La historia de Margarita Beese, la falangista condenada por registrarse como hombre en la España de Franco
Pasó de ser compañera de la abogada Victoria Kent en la Residencia de Señoritas de Madrid a estar encerrada en la cárcel de mujeres que la propia Kent proyectaría, ya como primera directora general de Prisiones de la República, para dignificar a las reclusas. Margarita Beese Rodríguez, miembro de la Sección Femenina de Falange, había respirado la efervescencia intelectual y artística del Madrid de entreguerras tras dejar atrás su Tenerife natal. Sin embargo, a punto de finalizar la Guerra Civil volvería a su ciudad para hacer algo que le costaría una condena de dos años, cuatro meses y un día de prisión.
Ese algo fue tratar de inscribirse en el Registro Civil con otro nombre y otro sexo: Juan Carlos, hombre. Margarita, falangista convencida y amante de la España que prometía Franco con su Cruzada, acudió el 5 de enero de 1939 al Juzgado Municipal de Santa Cruz para registrarse. Argumentó que su familia no la había inscrito al nacer, algo no poco común en la época, se presentó ante los funcionarios con un testigo, la documentación exigida con la firma falsa de su padre y la apariencia y vestimenta de un varón. A los cuatro meses fue detenida.
En su misteriosa historia ha buceado la periodista Andrea Momoitio durante tres años para reconstruir los pasos de una falangista que intentó cambiar de sexo en la España de Franco. Lo cuenta en su segundo libro, Farsante. Una historia queer en la Falange (Libros del K.O.), en el que, a partir de huellas dispersas, trata de recomponer un puzzle al que aún le faltan piezas. ¿Por qué intentó Margarita registrarse como Juan Carlos?
“No lo sabemos. No puedo afirmar que estemos ante un hombre trans, entre otras cosas porque no existía esa categoría en ese momento tal cual la conocemos hoy. En todas sus cartas y textos se refiere a sí misma como Margarita y después, durante el juicio, va cambiando de versión y puede que mintiera. Nada sobre su identidad de género ha llegado a las personas que la recuerdan de oídas”, señala la autora, que apunta a que lo que sí ha trascendido hasta la actualidad es que era lesbiana. ¿Quería Margarita vivir como hombre para ser libre con otra mujer? ¿Era verdaderamente un hombre trans? ¿Podemos analizar el pasado con las etiquetas de hoy?
Todas esas preguntas se las hace Momoitio en el libro, un trabajo atravesado de dudas de las que hace partícipe al lector con honestidad. Lo que sí está confirmado son los dos hechos fundamentales: que Margarita era falangista, tanto que llegó a relacionarse con la Jefa Nacional de la Sección Femenina, Pilar Primo de Rivera, y que a sus 42 años fue condenada por cambiar de sexo. A ello ha llegado la periodista tras buscar su rastro por todas partes: en decenas de archivos, cartas, fotografías, periódicos y las voces de quienes sabían que la falangista había sido una familiar lejana, aunque sabían muy poco de ella.
Dedicada “en cuerpo y alma” a Falange
Nacida en una familia pudiente y conocida de Santa Cruz de Tenerife, Margarita era hija de un hombre alemán, admirador de Adolf Hitler que poseía un negocio de flores y plantas en la isla. A su pesar pero gracias a su dinero, acabó cediendo en las peticiones de la joven, que ansiaba los aires de libertad que se respiraban en Madrid y, a sus 24 años, se trasladó a la capital para estudiar Bachillerato. Fue ahí cuando coincidió con Victoria Kent y otras muchas intelectuales en la Residencia de Señoritas, dirigida por María de Maeztu y vinculada a la Institución Libre de Enseñanza, el proyecto de renovación pedagógica impulsado a principios de siglo y erradicado tras la victoria franquista.
Entonces, la pluma de Margarita Beese ya era habitual en La Gaceta de Tenerife, un medio de marcada línea conservadora en el que empezó su carrera como escritora. Después sería nombrada directora de la revista Héroes, que buscaba visibilizar a los españoles “dispuestos a morir por el honor de España”. En sus escritos, que ha repasado y analizado Momoitio, cristalizan sus ideas fascistas y su “amor” por España.
La autora de Farsante retrata a un personaje contradictorio y “mentiroso” –por ejemplo, decía falsamente que había estudiado Medicina–, pero muy convencido de su ideología. En sus columnas, apoyaba un “feminismo conservador, un feminismo como Dios manda”, apunta Momoitio Respaldaba el acceso a la educación y defendía que el conjunto de “ciencia, voluntad y capacidad cultural” provocaría un perfeccionamiento de las mujeres, que, eso sí, no debían perder en ningún caso su feminidad ni obviar su “sagrado deber” de transmitir a sus hijos “el amor a la patria”, un discurso en línea con el que promovía la Sección Femenina.
“En sus textos se declara feminista, pero también antisufragista. Apostaba por los derechos de las mujeres de una forma muy limitada y venía a abogar por que las mujeres no podían hacer lo que ella hacía, que era vivir en cierta libertad, opinar y participar políticamente”, señala la periodista, que advierte de que “pensarlo en términos de hoy” puede resultar “contradictorio”. Por encima de todo, Margarita era falangista y, según sus propias declaraciones, se afilió a la Falange poco después de que José Antonio Primo de Rivera encabezara en 1933 en el Teatro de la Comedia de Madrid el acto fundacional del partido.
Tras el estallido de la Guerra Civil y una vez Málaga fue tomada por los sublevados, Margarita, que había accedido a trabajar en Correos, fue trasladada a la ciudad andaluza. Allí vivió su plenitud como miembro de Falange, a la que “se dedicó en cuerpo y alma” y en la que parece haber tenido una posición preponderante: era la delegada provincial de la rama de mujeres del sindicato falangista Central Nacional Sindicalista y ella misma aseguró en varias ocasiones haber sido parte de la Hermandad de la Ciudad y del Campo, una de las regidurías de la Sección Femenina para instruir a las mujeres de las zonas rurales.
Esto fue lo que motivó uno de los hallazgos de Momoitio que demuestra su peso en el partido. Y es que la mismísima líder de la SF, Pilar Primo de Rivera, pidió personalmente al jefe de la oficina de Correos de Málaga que Margarita pudiera ausentarse un mes de su trabajo para acudir a Salamanca, donde vivía Primo de Rivera, a “enseñar los estudios” que la mujer había hecho para la Hermandad, según la documentación a la que ha accedido la periodista. Su jefe aceptó la petición por “ser altamente beneficiosa para los sagrados intereses” del país, sobre todo, teniendo en cuenta las “actividades y entusiasmos” de Margarita “en favor del Movimiento Salvador de España”.
Durante el tiempo que estuvo en Castilla, la Sección Femenina celebró en Segovia su II Congreso, rodeado de la habitual parafernalia, actos, homenajes y misas que acostumbraban a promover las falangistas. Tras un homenaje “a los caídos”, las militantes abrieron las jornadas haciendo “a la inversa el camino de Isabel el día de su coronación” para acudir después al Alcázar, donde fueron coronados los Reyes Católicos. Fue este uno de los innumerables gestos que las falangistas tuvieron en relación con Isabel la Católica, que fue su referente femenino por excelencia, explotado hasta la saciedad durante la dictadura. Según cuenta Momoitio, a todas las asistentes al Congreso se les obsequió con un ejemplar de Mi Lucha, de Adolf Hitler.
El juicio
Después Margarita ya no volvería a Málaga. Debía hacer algo en Santa Cruz de Tenerife y allí regresó para acudir al Registro Civil, de donde salió inscrita como Juan Carlos. En mayo de 1939 fue detenida y trasladada a la prisión. Después pasaría por Las Ventas de Madrid, la cárcel erigida por Victoria Kent, para volver a la santacruceña. Al juicio, celebrado en abril de 1940, se presentó vestida de hombre, con camisa, chaleco y chaqueta, además de pantalones de pinzas y zapatos de piel.
Su primera versión para defenderse fue que había tratado de registrarse como un hombre para ir al frente de la guerra a Alemania para después alegar que Margarita prácticamente no respondía de sus actos porque sentía “una obsesión” por ser vista como un hombre. “Me atrae ser hombre”, llegó a decir. La falangista fue sometida a diversos exámenes médicos para acreditar “a qué sexo pertenecía” que concluyeron que era alguien “pseudohermafrodita o intersexual” simplemente porque vieron en su voz o su pelo algunos “rasgos varoniles”, sumado a que “su líbido está orientada al sexo femenino”, decían los informes en una clara confusión conceptual.
Finalmente, fue condenada por falsedad documental con el objetivo de “hacerse pasar por un varón y vivir de esta forma” a más de dos años de cárcel que cumplió antes de irse a vivir en plena Segunda Guerra Mundial al país de Hitler. Momoitio ha encontrado evidencias de que la Falange llegó a negar que hubiera sido una de las suyas, desconoce por qué. “Puede que no hubiera una voluntad firme de esconderla, pero sí era un personaje que no les convenía una vez fue juzgada”, apunta la autora del libro, que no ha hallado rastro de Margarita en la prensa local a partir del juicio a pesar de lo habitual que era la falangista en sus páginas años atrás.
Resulta paradójico pensar que mientras el país 'estrenaba' la Nueva España prometida por Franco, una de sus principales valedoras era olvidada y encerrada en las mismas cárceles que usó la dictadura para reprimir a miles de personas por su forma de ser o pensar. A Momoitio, que llegó a la primera pista de la existencia de Margarita gracias a la historiadora Yanira Hernández, le gusta pensar que durante su encarcelamiento pudo arrepentirse de sus ideales, pero luego lo duda. Aun así, sabe que hay mucho por contar de Margarita, la protagonista de una historia sin cerrar que “trató de encontrar espacios de libertad en un mundo que no estaba pensado para ella”.