Espermagedón: ¿se enfrenta el mundo a una crisis reproductiva masculina?
El mundo se está adentrando, sin darse cuenta, en una crisis reproductiva masculina. Es la advertencia de un grupo de científicos, que acaban de presentar los resultados de una investigación que revela una reducción del 50% de los niveles medios de testosterona masculina en el último medio siglo.
“Es alucinante que la testosterona haya disminuido a la mitad. Es mucho. ¡Despertad!”, señala el profesor Hahai Levine, quien dirigió el estudio, en declaraciones The Guardian, sobre un hallazgo que apunta a una crisis de la fertilidad masculina.
El equipo de Levine ya había documentado anteriormente una aparente disminución drástica del recuento de espermatozoides a nivel mundial. Es lo que han venido a bautizar en el artículo como “espermagedón”, una cuestión se ha convertido ya en una preocupación en todo el espectro político.
El secretario de Sanidad de Estados Unidos, Robert F. Kennedy Jr., ha calificado la disminución del recuento espermático como una “crisis existencial”, mientras el trabajo de Levine ha sido aprovechado en la “manosfera” como una prueba de que la sociedad moderna está castrando a los hombres. Los hallazgos también han avivado la preocupación por el impacto nocivo de los disruptores endocrinos, la contaminación atmosférica y el calentamiento global en la salud humana.
Sin embargo, entre los científicos, esta tendencia es objeto de controversia. Mientras que Levine y sus colegas han adoptado el discurso apocalíptico —su coautora, la profesora Shanna Swan, ha sugerido que el recuento de espermatozoides podría llegar a cero en 2045—, otros se muestran muy escépticos.
El catedrático de andrología de la Universidad de Mánchester, Allan Pacey, es uno de ellos. “Existe una tendencia a seleccionar los datos que respaldan nuestro punto de vista”, afirma, por lo que, “para quienes piensan que el mundo se va al garete y que todos estamos condenados, el descenso de la testosterona y del recuento espermático tiene sentido”.
En un análisis más reciente de la evolución del recuento espermático, en el que se utilizaron técnicas de medición posiblemente más fiables, el grupo de Pacey no encontró pruebas de un descenso sustancial, aunque la calidad del esperma sí parecía estar deteriorándose. Otros intentos de replicar estos hallazgos han arrojado resultados dispares, lo que lleva a un diagnóstico más prudente. “¿Creo que hay un problema de infertilidad masculina? Sí”, afirma Pacey: “Pero el descenso del recuento espermático no es algo que me preocupe”.
Un reflejo de la salud general
Un punto de partida menos polémico es que la salud reproductiva masculina es un reflejo de la salud general de los hombres. Y los científicos coinciden en que los últimos hallazgos sobre la testosterona probablemente se expliquen, en parte, por el fuerte aumento de las tasas de obesidad y diabetes. “Se ha producido un cambio profundo en la salud metabólica general”, afirma la profesora del Imperial College de Londres y especialista en endocrinología reproductiva Channa Jayasena.
El exceso de grasa corporal acelera la conversión de testosterona en estrógeno y también altera la señalización hormonal del cerebro. Las estimaciones varían, pero según un estudio, cada aumento de un punto en el IMC se asocia con una disminución del 2% en los niveles de testosterona, lo que podría reducir la producción de espermatozoides. El sobrepeso puede aumentar la temperatura escrotal, que, idealmente, debe estar varios grados por debajo de la temperatura corporal central para producir espermatozoides sanos. Y la diabetes está relacionada con niveles más bajos de testosterona, daño en el ADN espermático y disfunción eréctil.
“La obesidad podría explicar fácilmente todo este descenso”, afirma Jayasena, sobre la caída de los niveles de testosterona registrada en los últimos 50 años, una tendencia que le parece convincente. “Existe la duda de si factores como la contaminación y otros factores ambientales también podrían estar contribuyendo a ello”, matiza.
La incertidumbre no se debe a una falta de investigación. En la última década, se han realizado miles de estudios que analizan el posible papel de los contaminantes ambientales en diversos indicadores de la fertilidad masculina. De hecho, se han encontrado microplásticos en el líquido seminal y la exposición a los PFAS —los conocidos como químicos eternos— de ratas preñadas dio lugar a crías macho con espermatozoides anormales. Un estudio italiano sugirió que la contaminación podría estar provocando penes más pequeños, mientras otro, de Estados Unidos, descubrió que la longitud media del pene en erección había aumentado un 24% en los últimos 29 años. Los autores de ambos trabajos especularon con que las sustancias químicas que alteran el sistema endocrino podrían estar modificando el desarrollo masculino.
Algunos estudios, entre ellos uno publicado esta semana que relaciona la exposición a la contaminación atmosférica con cambios sutiles en el ADN de los espermatozoides, se consideran de gran calidad. Sin embargo, a medida que ha aumentado el interés público por los microplásticos, se ha desatado una “carrera por publicar” que ha llevado a pasar por alto controles básicos de contaminación y a formular afirmaciones audaces basadas en pruebas poco sólidas.
“Hay estudios que demuestran la presencia de microplásticos en los testículos y la extrapolación es que esto debe ser realmente perjudicial”, afirma el profesor Rod Mitchell, endocrino pediátrico de la Universidad de Edimburgo. “Pero podrían estar simplemente allí, inertes, sin provocar ningún efecto”, contrapone.
Mitchell ha llevado a cabo algunos de los experimentos controlados con más rigor hasta la fecha, utilizando un sistema que implica tejido testicular fetal humano incubado en el cuerpo de un ratón. Anteriormente, había descubierto los efectos negativos de ciertas toxinas ambientales en el desarrollo de los sistemas reproductivos de las ratas. “Empezamos con los plastificantes, los ftalatos y el BPA —que siempre aparecen en las noticias por ser potencialmente nocivos—”, explica.
“Pensábamos que eran los principales sospechosos, pero no observamos ningún cambio en los niveles de testosterona ni en el desarrollo de los testículos. Los estudios con animales son engañosos”, indica Mitchell, que se sitúa “en un término medio” respecto a si los factores ambientales están provocando el descenso de la fertilidad.
A pesar de afirmar con rotundidad que los factores ambientales son los culpables, Levine también reconoce que existe un alto grado de incertidumbre sobre los mecanismos biológicos concretos implicados. Sin embargo, sostiene que abordar la contaminación atmosférica y la obesidad reporta beneficios más amplios para la salud y que, dada la importancia de lo que está en juego, debería aplicarse el principio de precaución.
“No hace falta una prueba del 90%”, afirmó Levine. “Supongamos que hay un 1% de posibilidades de que algo que estemos haciendo ahora haga que la reproducción sea extremadamente infrecuente dentro de 100 años. ¿Deberíamos hacer algo al respecto? Yo creo que sí”, defiende: “¿Por qué tenemos que saltar al vacío con un paracaídas y ver si se abre o no? Alejémonos del precipicio”.
La infertilidad masculina, un problema secundario
Levine aborda la cuestión desde la perspectiva de la salud pública mundial. Sin embargo, para los hombres a título individual, el tema cobra relevancia debido al limitado margen de tiempo y recursos económicos de que disponen para mejorar sus posibilidades de tener un hijo. Navegar entre las afirmaciones contradictorias y las pruebas inciertas puede ser “una pesadilla”, afirmó el profesor Christopher Barratt, experto en medicina reproductiva de la Universidad de Dundee.
Para el creciente número de parejas que se someten a un tratamiento de fecundación in vitro, es habitual que la infertilidad masculina se trate como una cuestión secundaria, ya que las clínicas suelen estar dirigidas por ginecólogos. Algunos hombres cuentan que han tenido que esperar meses, o incluso años, para que se les diagnosticaran problemas tratables, mientras que a su pareja se le realizaban sucesivas ecografías y análisis de sangre. “Suena increíblemente sencillo —y bastante aburrido—, pero tenemos que hacer bien lo básico”, afirma Barratt. “El hombre tiene que someterse a un reconocimiento físico, a una anamnesis y a un análisis de semen”.
Tampoco se ha producido ningún cambio real en el análisis de esperma desde la década de 1950, cuando las pruebas de recuento y motilidad espermática se generalizaron. Y estas “pueden revelar datos muy contundentes”, señala Pacey: “Si no hay espermatozoides: tenemos un problema. Si hay problemas de motilidad: se necesita FIV o ICSI (inyección intracitoplasmática de espermatozoides)”.
Cuando se identifica la baja calidad del esperma como un problema, lo habitual es centrifugarlo para separar, a grandes rasgos, los espermatozoides más sanos y densos. “Es una solución burda ante la ignorancia”, afirmó Pacey. En este vacío, se ha producido recientemente una expansión del marketing en redes sociales de pruebas de fertilidad masculina, suplementos y “complementos” ofrecidos por clínicas, muy pocos de los cuales obtienen la “luz verde” de aprobación en el sistema de semáforo utilizado por el organismo regulador de la fertilidad del Reino Unido, la Autoridad de Fertilización Humana y Embriología.
El peligro de “maximizar la testosterona”
Resulta especialmente preocupante un discurso, ampliamente difundido por influencers especializados en salud masculina y empresas de prescripción online, según el cual los hombres deberían tratar los “niveles bajos de testosterona”, o incluso “maximizar la testosterona”, con terapia de sustitución de testosterona. Tanto Pacey como otros expertos temen que la publicidad en torno a los últimos hallazgos pueda llevar a más hombres a utilizar geles o inyecciones de testosterona, lo que, aunque parezca contradictorio, puede detener la producción de espermatozoides, ya que hace que el cuerpo reduzca su propia producción hormonal.
Entre las técnicas más prometedoras que se vislumbran en el horizonte se encuentra el uso de sistemas microfluídicos, que hacen que los espermatozoides “compitan” a través de laberintos, obstáculos y canales microscópicos para seleccionar la célula individual más apta.
También existe un gran interés por la fragmentación del ADN espermático, que aumenta con la edad. Las pruebas actuales suelen ofrecer un resultado sobre el porcentaje de espermatozoides afectados por daños problemáticos en el ADN, pero aún no pueden seleccionar de forma fiable el espermatozoide individual más sano.
Teniendo en cuenta que una eyaculación media libera entre 40 y 300 millones de espermatozoides, Barratt considera que mejorar la selección de espermatozoides es el problema perfecto para que lo resuelva la IA. “Hay tal cantidad de células que parecen diferentes unas de otras”, señaló, que “los espermatozoides y la IA están hechos el uno para el otro”.
En el extremo más radical de los nuevos avances, los inversores de Silicon Valley han prestado un fuerte respaldo a startups dedicadas al cultivo in vitro de óvulos y espermatozoides. Una de estas empresas, Paterna, afirmó recientemente haber cultivado con éxito espermatozoides humanos funcionales en un laboratorio a partir de células madre generadoras de esperma, y haber empleado dichas células para crear embriones de aspecto sano, un enfoque que, según la empresa, podría ayudar en el futuro a los hombres que carecen de espermatozoides.
“Soy muy optimista y creo que las opciones para los hombres serán muy diferentes dentro de cuatro o cinco años”, estima Barratt.
Mientras continúa la búsqueda para comprender la fertilidad masculina, muchos se muestran partidarios de evitar el pánico ante la incertidumbre. “No me preocupa que vayamos a extinguirnos de forma inminente”, afirma Mitchell: “No me creo algunas de las predicciones que apuntan a que el recuento de espermatozoides masculinos se reducirá a cero en un plazo de entre 20 y 30 años. Muchas poblaciones están en declive de todos modos, y no solo debido a posibles ligeras reducciones en la fertilidad masculina”.
Para este experto, “el problema, en lo que respecta a nuestro futuro, podría deberse más bien a otras cuestiones relacionadas con el mundo en el que vivimos”.