¿Qué evidencias hay detrás de la apuesta por la lactancia materna? Una cuestión de mala leche
Pocos temas generan tanto consenso aparente como la lactancia materna. Hemos oído muchas veces que los niños amamantados son más inteligentes, tienen menos obesidad y llegan más lejos en los estudios. Muchas de estas afirmaciones se apoyan en estudios serios. El problema, como explica la economista Emily Oster en su libro Cribsheet (2019), es que no todos esos estudios responden a la pregunta que de verdad nos interesa, es decir, si la lactancia materna causa esos beneficios o si simplemente va asociada a ellos.
La cuestión llega en buen momento. El Ministerio de Sanidad tiene en audiencia pública un proyecto de real decreto que prohibiría por completo la publicidad de las fórmulas para lactantes, que desde 2008 ya está restringida a publicaciones científicas y especializadas. Además, extendería los límites a las leches de continuación y de crecimiento, a los alimentos infantiles a base de cereales y a la presencia comercial en centros sanitarios y farmacias. La justificación es doble. Por un lado, que esa promoción reduce la lactancia. Por otro, que la lactancia aporta beneficios lo bastante importantes como para merecer protección. La primera parte del argumento se sostiene bastante bien. ¿Y la segunda?
Para responder, hay que distinguir entre correlación y causalidad. Que los niños amamantados salgan mejor parados en algún indicador no significa que se deba a la lactancia. Las madres que dan el pecho durante más tiempo suelen tener también más estudios, más ingresos y mejor salud, y son esos factores, y no la leche, los que pueden explicar buena parte de la diferencia. También existe la causalidad inversa. La diabetes o la obesidad de la madre dificultan la producción de leche, así que parecerá que no amamantar causa diabetes cuando en realidad ocurre lo contrario. Por eso la ciencia recurre a diseños que permitan aislar el efecto real, como comparar hermanos dentro de una misma familia o aprovechar cambios, por ejemplo la reforma de un permiso de maternidad o una política hospitalaria, que modifican la probabilidad de amamantar sin alterar nada más.
Las madres que quieren amamantar y no lo consiguen tienen más riesgo de sufrir depresión posparto. Promover la lactancia sin ofrecer un apoyo real también tiene costes
Cuando se aplican estos métodos en países ricos y comparables al nuestro, como Reino Unido, Canadá, Dinamarca o Australia, entre otros, el balance es desigual. En los bebés prematuros, los ensayos clínicos muestran que la leche materna reduce claramente el riesgo de una enfermedad intestinal grave. Es la prueba causal más sólida de todo el campo. En cambio, en el caso de la diarrea y las infecciones respiratorias en bebés nacidos a término, donde la asociación observada es fuerte, los estudios basados en reformas de permisos o en políticas hospitalarias no encuentran ningún efecto significativo sobre la salud infantil, aunque el mecanismo biológico que podría explicarlo, los anticuerpos presentes en la leche materna, es bien conocido. En el desarrollo cognitivo, los diseños causales sí apuntan a un efecto positivo, pero mucho menor del que sugieren las comparaciones simples, ya que pasa de unos 3 o 4 puntos de cociente intelectual a solo 1 o 2. Y en variables como la obesidad, la presión arterial o los años de escolarización, donde la asociación en bruto es grande, los estudios con hermanos la hacen prácticamente desaparecer.
En el caso de las madres, las asociaciones con un menor riesgo de cáncer de mama, diabetes o enfermedad cardiovascular son consistentes y tienen un mecanismo biológico creíble, relacionado con los cambios hormonales propios de la lactancia. Sin embargo, todavía no disponemos de estudios que permitan aislar la causalidad. Y hay un matiz que suele pasarse por alto. Las madres que quieren amamantar y no lo consiguen tienen más riesgo de sufrir depresión posparto. Promover la lactancia sin ofrecer un apoyo real también tiene costes.
Nada de esto significa que la lactancia materna no sea recomendable. Significa que hay que saber con exactitud qué aporta, a quién y en qué medida, en lugar de dar por bueno todo lo que confirma lo que ya pensábamos. Hacer políticas informadas en la evidencia consiste precisamente en eso, en preguntarnos con honestidad qué tipo de prueba tenemos detrás. Tiene sentido invertir en apoyo a la lactancia en los hospitales y proteger los bancos de leche para los prematuros. Y también lo tiene no convertirla en una solución mágica para problemas cuyas raíces sociales son mucho más profundas.
La evidencia rigurosa no nos dice qué debemos hacer, pero nos ayuda a no equivocarnos cuando decidimos.
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