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Vuelve al caballo, vuelven los 80

Estado del jardín del Doctor Lluch, en El Cabanyal, València.

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Hay quien pensará que mucho peor hubiera sido que volvieran los pantalones de campana, y puede que tenga razón. Pero que estén volviendo a aparecer chutonas en los parques, como en los 80, debería ser noticia de primera plana en todos los periódicos. De momento, no parece que preocupe en exceso. Los vecinos, a su suerte. Supongo que, con elecciones a la vista, en unas cuantas semanas habrá un desfile de candidatos hiperventilando. Pero de momento, que haya lugares como el Jardín del Doctor Lluch en el Cabanyal convertidos en territorio yonki, debería hacer saltar más de una alarma. Ahora, a la plaga solo le falta ir expandiéndose por el resto de la ciudad. Paciencia, todo llegará.

Hace años, parecía que los toxicómanos iban a ser para siempre parte de la imagen de la sociedad, y un buen día, dejaron de aparecer. El motivo no tuvo nada que ver con la eficacia policial ni las campañas de concienciación. Fue mucho más prosaico. El sida se llevó a la mitad del censo yonki de una tacada y, como pasa hoy con los trabajadores de la construcción, no hubo una nueva generación que les sustituyera. El que seguía fiel al jaco, además, se dio cuenta de que fumada era más barata (y segura) que chutada, así que los toxicómanos siguieron a la suya, pero como ya no necesitaban robar (bastaba con vender Kleenex para pagarse el vicio), dejaron de ser un incordio.

Supongo que hubo más factores, como que el caballo fue desplazado por las drogas de diseño y la coca, pero el caso es que un día el problema desapareció de nuestras calles, como se desvanecía un puño al abrir la mano en aquella maravillosa metáfora de Dashiell Hammett. Hasta el supermercado de la droga de Campanar, un lugar absolutamente surrealista y con vocación de eternidad, dejó de existir cuando llegó el ladrillo. Lo curioso es que no dejó herederos y no se reprodujo en ningún otro lugar.

Que las chutas en los parques de determinados barrios vuelvan a florecer (dudo que las veamos en el Parterre, por ejemplo) no significa necesariamente que aumente un consumo que es, de hecho, residual. Desde 2005, según los datos de Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones (OEDA), solo el 0,1 % la cata al menos una vez al año. Puede ser, simplemente una especie de moda o un cambio de hábito. En todo caso, no deja de ser un problema.

Pero el verdadero problema va a venir a la hora de exigir soluciones y aquí, me temo, hay que recordar cómo la mayoría de asociaciones de vecinos siempre apostó por la vía represiva. Más maderos, soñaban despiertos, menos droga. Cuando yo me drogaba otras cosas, en la calle Progreso, en el Cabanyal, daban un servicio excelente las 24 horas del día. Al final de la calle, hacia el sur, estaba el retén de Policía Local; hacia el norte, a tiro de piedra, un cuartel de la Guardia Civil. Mira que hay calles en València. No era casualidad que justo allí tuviéramos un supermercado donde no se ponía el sol formado por pequeñas pymes de la droga.

En los últimos años, la cosa se ha calmado. En el acuerdo que existe entre la policía y los miembros de una misma familia que aún se dedican al comercio de proximidad de drogaina es que no quieren problemas: los turistas, ni tocarlos, y nada de colas en las puertas. Así llevamos muchos años y, mientras se respetan estas normas, estos pequeños emprendedores han seguido a la suya que es vender droga y, no descubro nada, pagar a algunos policías para que no den la chapa.

Los vecinos del Cabanyal no se merecen tener que volver a aguantar parques convertidos en zonas chabolistas, ir con el miedo a que sus hijos se pinchen mientras juegan o, de vuelta a casa, que les pare un joven desnutrido con el famoso claim ochentero de “esas bambas, pa’ mi polla”, y tener que volver descalzos a casa.

Pero cuando tengan que volver a organizarse —y van a tener que volver a eso o no les harán caso— espero que sea con una pancarta nueva. La prohibición y la política punitivista que siempre defendieron no van a servir de nada. Drogas mucho más peligrosas que la heroína, que matan mucho más —caso del alcohol y el tabaco— son legales, y sus efectos negativos están relativamente controlados.

Pero las drogas ilegales generan mucho dinero: entre 6.000 y 8.000 millones al día (cerca del 0,5% del PIB) según del Ministerio del Interior. Aunque hay tanta y los precios están tan bajos, que cualquier honrado traficante se las ve y se las desea para poder poner un plato de gamba roja en su mesa. Aun así, esos millones son necesarios para muchos sectores de la economía (sobre todo el del lujo y, ahora, el de la construcción). El narco llena muchos bolsillos, y los seguirá llenando mientras no cambiemos la forma de enfrentarnos a él. Y si no lo hacemos, volveremos a ver parques llenos de flautas y vecinos clamando en el desierto para que sus hijos puedan jugar en paz.

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