Las ardillas prehistóricas comían carne de mamuts y bisontes y el hallazgo desmonta su imagen de animales exclusivamente herbívoros
Tras abatir un animal de gran tamaño, la abundancia de carne cambia durante días o semanas la vida de cualquier grupo que dependa de la caza o del aprovechamiento de cadáveres. Un mamut, un bisonte o cualquier gran herbívoro reúne una cantidad enorme de grasa, órganos y tejido muscular, de manera que una sola pieza puede alimentar a muchas personas y también atraer a numerosos carroñeros.
Esa capacidad nace de que el esfuerzo necesario para obtener el alimento es muy inferior a la cantidad de calorías que proporciona en el tiempo. Además, una parte del animal puede consumirse de inmediato mientras otra se conserva durante un tiempo o queda disponible para distintos depredadores.
Por eso los restos de grandes animales suelen dejar rastros duraderos que permiten reconstruir cómo se alimentaban las especies de una época.
Unos coprolitos del Yukón revelaron una alimentación mucho más amplia
Un análisis de excrementos fosilizados de ardillas terrestres árticas conservados en el permafrost del Yukón ha revelado que estos animales consumían una variedad mucho mayor de alimentos de la que se pensaba.
El estudio, publicado en Nature Communications, encontró ADN de plantas, aves, roedores, liebres y grandes mamíferos como mamuts, caballos y bisontes en muestras que abarcan desde hace unos 17.000 años hasta cerca de 700.000 años.
Aunque las ardillas terrestres árticas suelen describirse como animales que comen plantas, la investigación muestra que también recurrían a recursos de origen animal cuando tenían ocasión. Esa conducta encaja con lo que se observa en sus parientes actuales. Todas las especies del género Urocitellus pasan largos periodos en hibernación y necesitan acumular reservas antes de entrar en ese estado.
Cuando vuelven a la actividad, la necesidad de proteínas es especialmente intensa. El biólogo evolutivo Bryan McLean explicó a Nature esa situación extrema al señalar: “Están desesperadas por conseguir proteínas y alimentos de alta calidad”. El mismo investigador añadió que incluso ha observado ejemplares alimentándose de cadáveres de su propia especie.
El equipo perfeccionó el análisis del ADN antiguo para obtener resultados fiables
Para averiguar qué habían comido estos animales durante cientos de miles de años, los investigadores recurrieron a técnicas avanzadas de ADN antiguo. Una de ellas fue la metagenómica de secuenciación masiva, capaz de identificar fragmentos genéticos presentes en una muestra sin seleccionar previamente su origen. La otra consistió en enriquecer fragmentos concretos mediante sondas moleculares.
El trabajo no fue sencillo porque los excrementos contienen sustancias que interfieren con los análisis genéticos, así que el equipo tuvo que ajustar los procedimientos de extracción hasta obtener resultados fiables.
La parte vegetal del registro ofrece una imagen detallada de los paisajes que rodeaban a aquellas ardillas. Los restos genéticos corresponden a gramíneas, juncias, sauces, ranúnculos y otras especies adaptadas al frío. Esa variedad refleja las condiciones de la llamada estepa de los mamuts, un ecosistema abierto y seco que durante el Pleistoceno albergó grandes herbívoros y numerosas especies resistentes a las bajas temperaturas.
Los resultados más llamativos aparecieron en el ADN animal. Los coprolitos contenían señales genéticas de aves, liebres, roedores, cánidos, bisontes, caballos y mamuts. Los científicos aclaran que eso no significa necesariamente que las ardillas cazaran a esos animales. Parte de ese material pudo llegar mediante insectos, restos encontrados en el entorno o incursiones en nidos. Aun así, los datos apuntan a una dieta oportunista que aprovechaba prácticamente cualquier fuente disponible de proteínas y energía.
Los antiguos refugios permitieron reconstruir ecosistemas ya desaparecidos
Esa amplitud alimentaria ayuda a entender por qué un gran cadáver podía desempeñar un papel tan importante en aquellos paisajes. Un mamut muerto ofrecía alimento para carroñeros de muchos tamaños durante largos periodos. Las ardillas formaban parte de esa cadena de aprovechamiento, recogiendo recursos que otros animales dejaban atrás. Tyler Murchie, arqueólogo biomolecular de la Universidad McMaster, describió en Popular Science a estos roedores como animales que a veces actúan “como pequeñas ratas de carga del Ártico”.
Las muestras procedían de antiguas madrigueras selladas por el permafrost y descubiertas cuando explotaciones mineras removieron sedimentos congelados en la región canadiense del Klondike. Algunas tenían una antigüedad cercana a los 700.000 años, calculada mediante depósitos de ceniza volcánica presentes sobre los restos. Si esas estimaciones son correctas, parte del ADN recuperado de mamuts figura entre los más antiguos obtenidos para cualquier organismo.
Más allá de la dieta de una especie concreta, los investigadores consideran que estas madrigueras representan una fuente extraordinaria de información sobre ecosistemas desaparecidos. Los excrementos permiten observar al mismo tiempo qué comían los animales, qué organismos vivían a su alrededor y cómo era el entorno vegetal.
Mikkel Pedersen, paleoecólogo molecular de la Universidad de Copenhague que revisó el trabajo para Nature, resumió esa imagen de los antiguos paisajes al afirmar: “Puedes imaginar a estas ardillas saliendo de la tierra y empezando a comer cadáveres que yacían en el entorno”. Gracias a esos restos conservados durante cientos de miles de años, hoy es posible reconstruir un mundo desaparecido a partir de señales que quedaron enterradas bajo el suelo helado.
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