¿Quiénes eran realmente los Pueblos del Mar? Los jeroglíficos cuentan su guerra contra Egipto, pero no resuelven el misterio

Las migraciones explican una parte de su forma de actuar

Héctor Farrés

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Cuando los relieves egipcios dejaron de registrar sus ataques después del reinado de Ramsés III, los llamados Pueblos del Mar desaparecieron casi por completo de las fuentes antiguas. Aquella ausencia convirtió su identidad en uno de los grandes enigmas de la Edad del Bronce, porque antes habían irrumpido en Egipto, Anatolia y el Levante con una capacidad militar que alteró el equilibrio de varias potencias mediterráneas.

Los antiguos nombres alimentan el debate sobre su procedencia

La denominación Pueblos del Mar nació entre egiptólogos franceses del siglo XIX, aunque los documentos de los siglos XIII y XII a. C. ya recogían nombres como denyen, ekwesh, lukka, peleset, shekelesh, sherden, teresh y weshesh. Los textos los situaban desde el mar o procedentes de las islas, expresiones que no precisaban su origen y que han alimentado hipótesis relacionadas con Asia Menor occidental, el Egeo, las islas mediterráneas y el sur de Europa.

Las embarcaciones atribuidas a estos grupos transportaban mujeres, niños y enseres domésticos, un detalle que ha llevado a varios historiadores a ver en ellos comunidades migrantes capaces de combatir antes que ejércitos dedicados únicamente al saqueo. Algunas fuentes los presentaron como aliados o mercenarios, mientras otras los describieron como enemigos, una diversidad compatible con grupos distintos que pudieron desplazarse por sequías, crisis políticas y falta de recursos.

Durante el reinado de Ramsés II, entre 1279 y 1213 a. C., los Pueblos del Mar aparecieron primero en bandos opuestos durante la batalla de Qadesh y después atacaron el delta del Nilo. Kenneth Kitchen, egiptólogo y autor de Pharaoh Triumphant, recogió el texto de la Estela de Tanis II, donde los sherden llegaron en barcos de guerra y “nadie era capaz de resistirlos”. Ramsés II los derrotó e incorporó a algunos combatientes a su ejército.

Las campañas egipcias frenaron varios intentos de invasión

Merneptah, faraón egipcio que gobernó entre 1213 y 1203 a. C., volvió a enfrentarse a ellos cuando se aliaron con poblaciones libias procedentes de los mares del norte. Su victoria quedó inscrita en Karnak y en su templo funerario de Tebas. Mohamed Raafat Abbas, egiptólogo que tradujo parte del Himno del Triunfo, recogió la afirmación de que “todos los viajeros han sido sometidos por el rey del Alto y el Bajo Egipto”.

Hacia 1175 a. C., Ramsés III combatió una nueva ofensiva en las bocas del Nilo, episodio conservado en su templo funerario de Medinet Habu. El Instituto Oriental de la Universidad de Chicago publicó una traducción en la que las tropas enemigas acababan volcadas y con sus armas esparcidas por el mar. La victoria preservó Egipto, aunque agotó parte del tesoro real y dejó al reino en una posición económica mucho más frágil.

La destrucción atribuida a invasores alcanzó Hattusa, capital hitita, Megido y varios puertos de Chipre, Siria y Palestina, junto con palacios griegos de Micenas, Tirinto y Pilos. En Ugarit, ciudad portuaria del norte de Siria, una tablilla de arcilla atribuida a su último rey, Ammurapi, advertía de que “los barcos enemigos llegaron aquí” y relataba incendios que arrasaron varias ciudades.

La Edad del Bronce cayó por varias causas acumuladas

Entre 1250 y 1100 a. C., una megasequía obligó a numerosas poblaciones a abandonar sus territorios, mientras varios terremotos sacudieron el Mediterráneo oriental entre 1225 y 1175 a. C. Las disputas internas, la ruptura de las redes comerciales y las invasiones completaron una crisis que derribó imperios, debilitó a Egipto y Asiria, y provocó la desaparición de sistemas de escritura utilizados por micénicos e hititas.

La participación de los Pueblos del Mar en aquel hundimiento no permite convertirlos en una causa única, porque su avance coincidió con una cadena de catástrofes ambientales, económicas y políticas. La dificultad para medir su responsabilidad nace también de unas pruebas desiguales, formadas principalmente por inscripciones redactadas por sus adversarios y por restos arqueológicos que no asignan cada destrucción a un atacante identificado.

Mientras no aparezcan testimonios propios o hallazgos capaces de vincular sus distintos nombres con una procedencia común, su papel seguirá situado entre la invasión, la migración y la adaptación a un mundo que estaba dejando atrás la Edad del Bronce.

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