Teresa y los árboles de ciudad

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Hay ciudades que presumen de tener muchos árboles y ciudades que, además, los cuidan. No es lo mismo. Las primeras -la mía es así- pueden llenar sus folletos turísticos de fotografías verdes, anunciar miles de nuevas plantaciones y contar troncos como quien cuenta farolas. Las segundas entienden que un árbol no es solo un elemento decorativo que se instala, se recorta y se sustituye cuando deja de encajar en el dibujo desarrollista de una calle.

El árbol urbano es o debe ser otra cosa. Su verdor anima el alma. Es sombra natural cuando aprieta el verano, refugio para pájaros e insectos, filtro para la contaminación atmosférica y acústica, regulador de la temperatura y la humedad y, sobre todo, tiempo. Mucho tiempo. Cada árbol adulto proporciona unos beneficios que ninguna plantación recién inaugurada puede ofrecer en lustros. Por eso, cuando una ciudad pierde un árbol grande y frondoso y lo sustituye por otro pequeño, no ha ganado un árbol: ha perdido décadas, historia, bienestar ciudadano y dinero público.

La cuestión parece sencilla, pero algunas políticas municipales se empecinan en complicarla. Basta escuchar las quejas de muchos ciudadanos para comprobarlo. Vecinos y organizaciones ecologistas han denunciado en los últimos años podas que consideran excesivas, ejemplares eliminados en obras de reurbanización y alcorques que permanecen vacíos mientras se anuncian a bombo y platillo nuevas plantaciones. Tendría cierta gracia, si no fuera porque detrás de ellas hay una pérdida real: se anuncia que se plantarán tropecientos árboles, que a saber qué futuro les aguarda y, al mismo tiempo, se arrancan ejemplares que ya daban sombra.

Plantar árboles está bien. Conservar los que ya tenemos está mucho mejor. Podarlos en demasía impide que “paren” el ruido urbano y que den la sombra y el frescor cada vez más necesarios en esta caliente globalización. Desnudarlos tan severamente los deja como a mástiles varados en una playa de cemento. El cuidado ecológico del arbolado empieza precisamente por ahí: no hacerle daño innecesariamente. Una poda no debería ser una competición de motosierras. Tampoco debería utilizarse para conseguir que todos los ejemplares tengan la misma apariencia, como si la naturaleza necesitara pasar por una academia de peluquería municipal.

Un árbol sano tiene una estructura propia, una copa propia y una manera propia de crecer. La poda debe responder a necesidades concretas y altruistas: seguridad, ramas dañadas, interferencias inevitables o problemas fitosanitarios; no a la simple obsesión de unos cuantos por dejar su calle “limpia” y “uniforme”. Todo buen Ayuntamiento debería defender criterios de poda más naturales, alejados de los desmoches, de las viejas costumbres y de las formas artificiales; por cierto, muy caros de mantener.

Las cuadrillas de poda sistemática son gravosas y deberían estar mejor formadas para esa labor (por ejemplo, en desinfección de los útiles de poda para evitar propagar enfermedades), así como para otros trabajos de mantenimiento mucho más importantes y necesarios. Los técnicos funcionarios públicos que ordenan y presupuestan esas tareas también deberían aprender y ponerse al día. Además, no cualquier persona está capacitada para ejercer como concejal de parques y jardines. Parece que los eligieran a sorteo. Un modelo verdaderamente ecourbano debería ser bastante menos espectacular. Menos motosierra y más observación. Menos actuación por rutina y más diagnóstico. Antes de cortar, mirar. Antes de arrancar, preguntarse si existe otra alternativa. Antes de sustituir un árbol adulto, calcular qué se pierde realmente. La manía de plantar por todas partes, por ejemplo, abedules en ciudades mediterráneas es un error frecuente: su fronda amarilla es espectacular en otoño, sí, pero no están adaptados a tanto calor y, sobre todo, no dan la sombra que necesitamos ahora y en el futuro.

Y después está el suelo, ese gran olvidado. De poco sirve plantar árboles mientras se compacta la tierra a su alrededor, se impermeabiliza, se cubre cada centímetro de superficie con cemento o se deja el tronco atrapado en un alcorque diminuto. Las raíces necesitan espacio, agua, aire y un suelo vivo. El árbol no vive solamente por encima de la acera. Los pavimentos porosos, permeables o drenantes, que minoran inundaciones, rellenan acuíferos y reducen el calor, son frecuentes en las ciudades más sostenibles y las hacen más habitables en los días de mucho calor o de lluvias torrenciales.

También conviene abandonar otra vieja costumbre: tratar a cualquier insecto como una invasión enemiga. En una ciudad ecológica, las plagas se controlan mediante prevención y manejo integrado. Olvídense de una vez de los “glifosatos” y las “malas hierbas”. Son términos que debería pertenecer al pasado. Primero se identifica el problema; después se valora si realmente pone en peligro al árbol. Se favorecen los organismos beneficiosos, se mejora el riego y el suelo y se recurre a tratamientos específicos únicamente cuando son necesarios.

Y, sobre todo, los ciudadanos tenemos que aprender a convivir con los árboles. Con sus hojas. Con sus frutos. Con alguna rama que necesita vigilancia. Con la sombra que cambia de sitio según avanza el día. Una ciudad habitable no es solo cemento y asfalto, es aquella en la que todavía queda algo de naturaleza haciendo de las suyas. Señores alcaldes, deberían empezar a medir las políticas de arbolado de otra manera. No por cuántos árboles se plantan en una rueda de prensa, sino por cuántos llegan a viejos. No por la cantidad de alcorques inaugurados, sino por los que lucen una frondosa copa sobre nuestras cabezas. No por la cantidad de podas realizadas, sino por la salud de los árboles después de hacerlas.

Porque el árbol urbano no necesita que lo tratemos como un adorno verde. Necesita que dejemos de verlo como un estorbo. Y quizá esa sea la verdadera prueba ecológica de toda corporación local: comprobar qué hace cuando un árbol crece demasiado, cuando sus raíces levantan alguna baldosa, cuando sus ramas molestan a una fachada o cuando una obra exige cambiar el trazado. Si la primera respuesta es siempre “cortar”, todavía no hemos entendido nada. Si la primera pregunta es “¿cómo podemos conservarlo?”, entonces quizá estemos empezando a construir ciudades verdaderamente verdes, señores alcaldes.

In memoriam: Teresa Alonso fue una asidua paseante de su ciudad, de sus espacios verdes. Le encantaban los árboles y poco a poco aprendió a distinguir cada una de las especies. Seguro que aprobaría esta opinión. Va por ella.

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