Australia desvela un fósil que conserva una de las cadenas alimentarias más sorprendentes de la prehistoria: un pterosaurio acabó dentro de un ictiosaurio que después fue devorado por un pliosaurio

El contenido del estómago abrió nuevas hipótesis alimentarias

Héctor Farrés

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La caída contra el fondo marino desplazó hacia la cabeza parte del último alimento de un ictiosaurio y dejó reunidas, en un mismo fósil, las piezas de una cadena trófica del Cretácico. Según la reconstrucción de los investigadores, el animal murió en la columna de agua, quizá tras sufrir el ataque de un pliosaurio, descendió con tejidos todavía unidos y golpeó el lecho con el hocico.

Matt White, investigador asociado de la Universidad de Nueva Inglaterra y autor principal del estudio, explicó que “impactó contra el lecho marino con el rostro, y los tejidos blandos conectados mantuvieron la mayor parte del cuerpo en secuencia”. Un enterramiento rápido habría frenado la descomposición y evitado que las corrientes dispersaran los restos.

B.O.B. reunió varias pistas dentro de un mismo esqueleto

El estudio publicado en julio en Gondwana Research identifica el hallazgo como la primera prueba confirmada de que un ictiosaurio comió un pterosaurio. El ejemplar, apodado B.O.B. por Bag of Bones, conserva fragmentos de la mandíbula del reptil volador, peces y cefalópodos dentro de su cavidad corporal.

Pertenecía a la especie Platypterygius australis, medía entre seis y siete metros y formaba parte de un grupo de reptiles marinos con cuerpo parecido al de un delfín. White describió el conjunto como “una escena del crimen de reptiles marinos, e hizo falta bastante trabajo para reconstruir esa historia”.

Los buscadores aficionados Mike y Cathy Freeman, junto con Gary y Barb Flewelling, localizaron varios huesos en agosto de 2019 cerca de Richmond, en el interior de Queensland. La zona estaba habilitada para buscar minerales y algunos fósiles con licencia, por lo que entregaron las piezas al museo Kronosaurus Korner, donde recibieron su apodo.

Tres años después, Kevin Petersen, conservador del museo, regresó al yacimiento, encontró más restos y comprendió que pertenecían a un ictiosaurio de gran tamaño. El personal y los voluntarios dedicaron más de 600 horas a preparar el espécimen.

La tecnología descubrió restos ocultos sin romper la roca

Las masas rocosas esféricas situadas cerca del cráneo podían contener piezas frágiles, por lo que el equipo recurrió a tecnología de la Organización Australiana de Ciencia y Tecnología Nuclear para examinarlas sin romperlas. Las imágenes tridimensionales y la tomografía por neutrones mostraron huesos ocultos, y permitieron asociarlos al aparato digestivo y revelaron la mandíbula del pterosaurio.

El antiguo mar de Eromanga conservó una escena excepcional

White señaló que “las técnicas de escaneo también han mejorado, lo que nos ha permitido ver el interior de los ejemplares y descubrir qué pudieron comer”. Estos procedimientos pueden mostrar igualmente la forma de algunos órganos y las estructuras internas de los huesos.

Las vértebras partidas, las costillas ausentes y las marcas de mordida concuerdan con la acción de Kronosaurus queenslandicus, un pliosaurio de dientes capaces de triturar huesos. White lo definió ante la Australian Broadcasting Corporation como “básicamente el T. rex del océano”.

Las marcas apuntaron al ataque de un gran pliosaurio

Los investigadores plantean que atacó al ictiosaurio o aprovechó después el cadáver, una duda que impide determinar con precisión cómo comenzó el episodio. La posición adelantada de la comida pudo deberse al golpe contra el fondo y no necesariamente a la violencia ejercida por el otro reptil.

El pterosaurio pudo ser capturado cuando descendió al agua para pescar, aunque otra opción plantea que ya estuviera muerto y flotara en la superficie. David Unwin, paleobiólogo de la Universidad de Leicester que no participó en el estudio, interpretó en New Scientist que el contenido del estómago presenta al ictiosaurio como “un supercarroñero de los mares” y consideró que eran poco exigentes con su comida y dispuestos a engullir animales muertos, moribundos o en descomposición, incluidos los pterosaurios”. Ningún fósil había demostrado hasta ahora que estos reptiles marinos incluyeran animales voladores entre sus presas.

Las próximas excavaciones ampliarán el registro fósil

La escena ocurrió hace unos 100 millones de años en el mar de Eromanga, una masa de agua somera que cubría cerca de un tercio de Australia entre hace 95 y 120 millones de años. Aquel entorno albergaba reptiles marinos, peces y animales voladores, aunque sus relaciones alimentarias rara vez quedaron preservadas dentro de un mismo espécimen.

La continuidad de las excavaciones públicas cerca de Richmond y el avance de las técnicas de imagen pueden ampliar ese registro, pero cada interpretación dependerá de que los restos mantengan unidos al depredador, la presa y las señales de su final.

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