Bruto cruzó una línea sin retorno y pasó a la historia como el gran traidor de Roma
La promesa de fidelidad podía quebrarse cuando una familia, un general o una facción ofrecían protección, dinero o una salida política ventajosa. Las traiciones eran habituales en el mundo romano porque la lealtad dependía con frecuencia de alianzas personales, favores y ambiciones que cambiaban con rapidez.
Un senador podía apoyar a un dirigente y combatirlo después si consideraba que amenazaba la República, perjudicaba a su linaje o frenaba su ascenso. Esa conducta aparecía en conspiraciones, cambios de bando y acuerdos abandonados, y solía desembocar en otra lucha por el poder. El caso de un protegido enfrentado a su benefactor muestra hasta dónde podía llegar esa ruptura.
Marco Junio Bruto acabó atacando al hombre que impulsó su carrera
Marco Junio Bruto encarnó esa contradicción al participar en el asesinato de Julio César, que lo había perdonado tras la guerra civil y había favorecido su carrera. Bruto había combatido junto a Pompeyo, pese al odio familiar que sentía hacia él, y después recibió de César el gobierno de la Galia Cisalpina y la pretura urbana.
National Geographic recuerda que ese ascenso dependió en buena medida del respaldo del dictador, una circunstancia que convirtió el crimen de los idus de marzo en una de las deslealtades políticas más célebres de Roma.
La presión que rodeó a Bruto también procedía de su apellido. La tradición atribuía a Lucio Junio Bruto, supuesto antepasado suyo, la expulsión del último rey de Roma y la fundación de la República. Livio recogió el juramento de impedir que otro hombre reinara en la ciudad.
Siglos después, aparecieron mensajes en la tribuna del pretor que lo empujaban a imitar aquel precedente. Uno de ellos decía: “Bruto, ¿duermes?”. Esa llamada familiar se unió a las cartas de Cicerón, a la influencia de Porcia y a la visita de Cayo Casio Longino, que le aseguró que ninguna conjura prosperaría sin su participación.
Los conjurados mataron a César dentro de la Curia de Pompeyo
César había acumulado un poder que inquietaba a numerosos senadores. Su nombramiento como dictador vitalicio, las decisiones tomadas al margen del Senado, la silla dorada y la corona ofrecida por Marco Antonio alimentaron el temor a una nueva monarquía.
Bruto aceptó que César debía morir, pero defendió una operación limitada al tiranicidio. Rechazó matar también a Antonio y descartó tomar el control de las fuerzas militares, dos decisiones que después facilitaron la respuesta de los cesarianos.
El 15 de marzo del 44 a.C., César entró sin escolta en la Curia de Pompeyo. Los conjurados lo rodearon y le asestaron 23 puñaladas. Plutarco y Apiano afirmaron que al principio intentó resistir, aunque abandonó la defensa al ver a Bruto con una daga.
La conocida frase “¿Tú también, Bruto?” no aparece en las fuentes antiguas como una certeza histórica, ya que procede de la obra Julio César, de William Shakespeare. Los historiadores Suetonio y Dion Casio recogieron otra versión, pronunciada en griego, que suele traducirse como “¿Tú también, hijo mío?”. Aun así, ni siquiera esa fórmula puede darse por segura, porque el propio Suetonio señaló que César quizá no dijo nada antes de morir.
Bruto abandonó la península itálica cuando la posición de los conjurados se volvió insostenible, reunió tropas en Oriente y se unió a Casio. En el 42 a.C., ambos combatieron en Filipos contra Antonio y Octaviano. Casio se suicidó tras creer perdida la primera batalla, mientras Bruto fue vencido en la segunda. Antes de morir sobre su espada, dejó una frase recogida por Plutarco: “Debemos huir por todos los medios, pero con las manos, no con los pies”.
El plan contra César terminó reforzando a sus partidarios
El asesinato acabó con César, pero fracasó en su propósito político. Roma entró en pánico, los senadores huyeron y los conspiradores se refugiaron en el Capitolio. El Senado aprobó una amnistía mientras conservaba las decisiones de César, y Bruto aceptó el funeral público y la lectura del testamento.
Antonio aprovechó ambos actos para despertar la ira popular, mostrar las heridas del cadáver y poner a los asesinos a la defensiva. La República que Bruto quiso salvar terminó cediendo el poder a los herederos políticos del hombre que había ayudado a matar.
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