El animal que hace los backflips más rápidos del planeta mide 1 milímetro y vive en tu jardín
En la hojarasca de cualquier jardín húmedo vive uno de los animales más extraordinarios del planeta. No lo verás a simple vista: mide entre 1 y 2 milímetros, y si lo molestas desaparecerá ante tus ojos en una fracción de segundo. El colémbolo globular (Dicyrtomina minuta) es el animal que hace los backflips más rápidos de la Tierra, según un estudio publicado en la revista Integrative Organismal Biology por Adrian Smith, investigador de la Universidad Estatal de Carolina del Norte, y para verlo saltar fue necesaria una cámara de más de 40.000 fotogramas por segundo.
Pese a tener seis patas, el colémbolo globular no es un insecto. Pertenece a un grupo propio llamado Collembola, dentro de los hexápodos, que se separó evolutivamente de los insectos verdaderos mucho antes de que estos desarrollaran alas. Los colémbolos carecen de ellas y su estructura interna es lo suficientemente diferente como para tener una categoría propia. Son, en realidad, más parecidos a los ancestros comunes de los insectos que a los propios insectos.
El salto hacia atrás más rápido del planeta
Los datos del estudio de Smith son verificables y difíciles de procesar en su escala. Cuando un colémbolo globular salta, alcanza una velocidad de despegue de aproximadamente 1,5 metros por segundo en tan solo 1,7 milisegundos. La aceleración máxima registrada llega a los 1.938 metros por segundo cuadrado, comparable a la de una pulga. Pero lo que distingue al colémbolo de cualquier otro animal es lo que ocurre en el aire: gira hacia atrás a una tasa media de 282 rotaciones por segundo, con un pico máximo de 368 rotaciones por segundo. Es decir, en cada salto completa entre 14 y 29 giros antes de aterrizar. Además, la altura máxima alcanzada es de 62 milímetros (más de 60 veces su propia altura) y la distancia horizontal puede superar los 100 milímetros.
La consecuencia práctica es que el animal parece desaparecer. Smith lo describió con precisión: “Los colémbolos globulares saltan tan rápido que no puedes verlo en tiempo real. Si intentas filmar el salto con una cámara normal, el colémbolo aparecerá en un fotograma y desaparecerá. Si miras la imagen de cerca, puedes ver tenues estelas en espiral donde giró a través de ese único fotograma”. El efecto para un depredador es el de una presa que literalmente se teletransporta.
El mecanismo encargado de ese salto no son las patas. Es la fúrcula, una estructura bifurcada que el animal mantiene plegada bajo el abdomen, sujeta por un pequeño gancho llamado retináculo. Cuando detecta una amenaza, el gancho se libera, la fúrcula golpea el suelo con fuerza y el animal sale disparado hacia atrás. Es un sistema de muelle-catapulta que acumula energía mecánica y la libera en un instante. El giro no es un efecto secundario accidental: los investigadores observaron que la posición del centro de masa del cuerpo globular del animal, diferente al de los colémbolos alargados, es precisamente lo que genera esa rotación extrema como consecuencia física del despegue.
Un animal de 400 millones de años
Los colémbolos tienen registro fósil desde el Devónico temprano, hace más de 400 millones de años. Habitaban el suelo terrestre decenas de millones de años antes de que aparecieran los primeros dinosaurios y mucho antes de que las plantas desarrollaran flores. Son, en el sentido más estricto del término, fósiles vivientes que han sobrevivido a cinco extinciones masivas sin modificar sustancialmente su diseño.
Su impacto ecológico es inversamente proporcional a su tamaño. Los colémbolos se alimentan de hongos, esporas y materia orgánica en descomposición, reciclando los nutrientes que mantienen vivos los suelos y los bosques. Sin ellos, la descomposición de la materia orgánica se ralentizaría de forma significativa. Son además un bioindicador de salud del suelo ya que su presencia en densidades elevadas señala ecosistemas en buen estado.
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