Los veterinarios recibieron al animal inconsciente y con la lengua fuera, mientras los propietarios lo llevaban de urgencia a una clínica de Carolina del Norte. El perro apenas pesaba 5,5 kilos y presentaba un pulso tan débil que parecía imposible estabilizarlo.
Los ojos mostraban una dilatación extrema y el corazón latía con un ritmo cada vez más lento. Ese cuadro crítico reveló que se trataba de un chihuahua de 2 años que había ingerido cocaína y restos de fentanilo.
El electrocardiograma reveló una reacción inusual provocada por la cocaína: se ralentizó en vez de acelerarse
El equipo médico recurrió a maniobras de urgencia y pruebas diagnósticas para identificar el alcance del problema. El electrocardiograma mostró algo poco común, ya que el efecto habitual de la cocaína es acelerar el corazón, aunque en este caso ocurrió lo contrario.
El análisis reveló un bloqueo auriculoventricular de primer grado seguido de otro de segundo grado avanzado. La frecuencia cardíaca descendió a 32 latidos por minuto, justo la mitad de lo que se considera saludable en un perro pequeño.
Los profesionales aplicaron atropina en una cantidad cinco veces superior a la habitual, aunque el ritmo cardíaco no se corrigió por completo. El tratamiento se completó con epinefrina y, solo entonces, el corazón recuperó la estabilidad.
Los autores del estudio publicado en la revista Frontiers in Veterinary Science señalaron que “los clínicos deben considerar la exposición a cocaína como una posible, aunque poco común, causa de bloqueo auriculoventricular de segundo grado en canes”.
El perro logró recuperarse sin necesidad de marcapasos ni medicación permanente
El traslado al Hospital Docente de Veterinaria de la Universidad Estatal de Carolina del Norte permitió comprobar que, al cabo de unas horas, el perro estaba consciente y activo. El ultrasonido cardíaco no encontró alteraciones estructurales, y los marcadores sanguíneos de daño en el músculo cardíaco permanecieron dentro de los valores normales. Ante esa evolución, no se consideró necesario implantar un marcapasos ni continuar con medicación.
El resultado del análisis toxicológico reveló además la presencia de metabolitos de fentanilo, lo que hizo pensar que la cocaína que había ingerido estaba adulterada. Los dueños admitieron que el perro tenía tendencia a comer cualquier cosa que encontraba, aunque insistieron en que no había drogas en su casa. Sí reconocieron que poco antes habían visitado la vivienda de un amigo, lo que abrió la hipótesis de una posible exposición allí.
El veterinario residente en cardiología de la universidad, Jake Johnson, explicó que “los perros son carroñeros naturales y explorarán todo lo que encuentren en el suelo”. En ese sentido, recomendó vigilar siempre a las mascotas en los paseos y emplear bozal de cesta para reducir riesgos de ingestión.
Los expertos remarcaron que los estudios sobre toxicidad de drogas en animales suelen hacerse en condiciones controladas de laboratorio. La realidad muestra un escenario distinto, ya que las mascotas entran en contacto con sustancias por ingestión o inhalación mientras curiosean en espacios públicos o privados. Esa diferencia hace que los informes de casos clínicos tengan un valor añadido, porque permiten entender cómo afectan los tóxicos en situaciones reales.
Este caso marcó la primera vez que se documentó un bloqueo cardíaco por cocaína en un perro
En 2014 se había documentado en Estados Unidos un estudio con 19 perros intoxicados con cocaína, la mayoría con taquicardia sinusal. Sin embargo, ninguno de ellos desarrolló bloqueos cardíacos como el chihuahua de Carolina del Norte. Esa singularidad convierte a este caso en el primero de su tipo descrito en la práctica veterinaria.
Los investigadores creen que la dosis elevada y la forma en la que se absorbió la droga pudieron provocar la reacción inusual. En altas concentraciones, la cocaína actúa como anestésico local al bloquear los canales de sodio y potasio, lo que interfiere en la señal eléctrica que controla el latido. En medicina humana existen precedentes de bloqueos por sobredosis de cocaína, aunque en perros la literatura apenas recoge ejemplos fuera de laboratorios experimentales
El animal recibió el alta al día siguiente con indicaciones muy concretas. Los responsables debían vigilarlo de cerca para detectar cualquier signo de somnolencia, desorientación o conducta extraña, y se recomendó el uso de bozal en los paseos para prevenir nuevas intoxicaciones.
Más allá de este episodio, el informe plantea un problema que trasciende a un solo caso. El consumo y la adulteración de drogas en espacios públicos incrementan el riesgo para los animales domésticos, que pueden intoxicarse con apenas unos restos en el suelo. La investigación se enmarca en la iniciativa One Health, que estudia la relación entre la salud humana, animal y ambiental.
Johnson manifestó que “toda nuestra información tiene un mayor valor cuando se transmite a otros” y añadió que la publicación de casos clínicos es la mejor herramienta disponible para ampliar conocimientos en la práctica diaria. El chihuahua continúa vivo y estable, con la misma vitalidad que antes de aquella intoxicación que dejó desconcertados a los especialistas.