El Museo del Prado restaura el 'Pablo de Valladolid' de Velázquez, la obra que Manet consideró “el cuadro más asombroso jamás pintado”
La pintura puede cambiar de rumbo cuando alguien decide mirar a figuras que otros apartaban al fondo. En ese giro entran los retratos de bufones y hombres de placer, un territorio donde Diego Velázquez probó soluciones que no se veían en los retratos solemnes. EEstas obras no estaban pensadas para agradar, mostraban cuerpos y gestos tal como eran, sin escudos ni cortinas alrededor.
Ahí aparece una forma de pintar que prescinde de apoyos externos y deja al personaje solo ante el espacio. Ese modo de trabajar explica por qué estas pinturas tienen tanta importancia dentro de su trayectoria y por qué siguen marcando una frontera clara en la historia del arte.
El Prado lleva el lienzo al taller para saber mejor cómo está hecho
El Museo del Prado ha trasladado el lienzo Pablo de Valladolid al taller para iniciar un estudio técnico previo a su restauración, una intervención posible gracias al patrocinio de la Fundación Iberdrola España como miembro protector del programa de restauraciones. El proceso incluye un análisis material detallado antes de cualquier actuación sobre la pintura. Ese trabajo permitirá conocer mejor cómo trabajó Velázquez y en qué estado se conserva la obra. Según el Museo del Prado, la documentación obtenida servirá como base para planificar la intervención posterior.
La trascendencia de este retrato se dejó notar mucho después de su creación. Francisco de Goya tomó como referencia esta figura aislada para su retrato de Francisco Cabarrús, trasladando esa forma de situar al personaje en un espacio abierto. Décadas más tarde, Édouard Manet quedó impactado al ver la obra en el Prado en 1865 y la consideró un punto de inflexión personal. En una carta enviada a Henri Fantin-Latour escribió: “Es quizá el trozo de pintura más asombroso que se haya hecho jamás”. Esa impresión marcó su camino hacia una pintura más libre, con menos dependencia del entorno descriptivo.
El retrato de Pablo de Valladolid forma parte del conjunto que Velázquez dedicó a bufones y hombres de placer al servicio de Felipe IV. En esta obra eliminó cualquier fondo reconocible y dejó al personaje suspendido en un espacio indefinido, construido solo por la sombra bajo sus pies. Esa decisión rompió con las normas de su tiempo y concentró toda la atención en la figura. La ausencia de muebles, arquitectura o paisaje convirtió el aire en parte activa de la pintura.
Pablo de Valladolid fue un actor o bufón documentado en la corte entre 1632 y 1648. Velázquez lo representó con pocos elementos y una pincelada suelta que dirige la mirada hacia el gesto y la postura. La actitud se ha interpretado como declamatoria, acorde con su oficio escénico. El análisis estilístico sitúa la obra entre 1632 y 1635, en los primeros años del pintor al servicio de la corte.
Las pruebas técnicas permiten leer la pintura capa a capa antes de intervenir
Antes de restaurar el lienzo se aplican técnicas científicas no invasivas. El XRF scanning permite identificar los elementos químicos presentes en la superficie pictórica mediante fluorescencia de rayos X. La reflectografía infrarroja multiespectral analiza la respuesta de las capas internas entre longitudes de onda de 400 a 2600 nm y revela dibujos ocultos o cambios de composición. Estos métodos ofrecen datos nuevos sobre materiales, proceso creativo y la conservación.
El traslado al taller marca el inicio de una intervención planificada con apoyo de nuevos equipos de investigación adquiridos con fondos europeos del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia. La restauradora del Prado María Álvarez-Garcillán explicó en declaraciones al Telediario de TVE: “Se va a recuperar una transparencia mucho más cercana a lo que pretendía Velázquez”. Ese objetivo guía una actuación que busca respetar la obra y hacer legible su construcción original para futuras miradas.