Roma no solo conquistó con ejércitos: los broches imperiales también apuntalaron su poder

Los reyes que sucedieron a Roma ya conocían sus reglas

Héctor Farrés

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La puerta que ya existe resulta más útil para gobernar que el golpe que la derriba cuando un conquistador necesita mandar al día siguiente. Por eso, incluso grupos descritos como bárbaros podían preferir aprovechar aquello que ya servía para cobrar, obedecer, negociar y hacerse reconocer.

Destruirlo todo habría dejado un territorio más difícil de controlar y un poder menos creíble ante quienes ya vivían bajo esas reglas. Esa continuidad se entiende mejor cuando el mando deja señales en ceremonias, objetos y gestos heredados.

Susanne Hakenbeck atribuye el aprendizaje político a los obsequios

Un estudio publicado en el Cambridge Archaeological Journal por Susanne Hakenbeck, arqueóloga de la Universidad de Cambridge, plantea que esa continuidad no nació de la casualidad. La investigadora atribuye parte del proceso a los regalos de lujo que los emperadores romanos entregaron durante siglos a jefes situados más allá de sus fronteras.

Broches imperiales y medallones de oro habrían creado relaciones de lealtad, prestigio y dependencia que ayudaron a esos líderes a entender cómo funcionaba la autoridad romana antes de ocupar sus estructuras.

Los conquistadores aprovechan las estructuras que ya funcionan

Los broches de oro con ónice central hallados en Ostrovany, Rebrín, Szilágysomlyó y Ureki encajan con piezas que aparecen en el arte oficial romano. El missorium de Teodosio, del año 388 d.C., muestra al emperador y a sus coemperadores con broches de pendilia sujetando el manto, y los mosaicos de Rávena repiten ese lenguaje visual en Cristo como general romano y en Justiniano. Los análisis de fabricación sitúan esas joyas en talleres mediterráneos, lo que permite a Hakenbeck interpretarlas como regalos diplomáticos de primer rango enviados a élites fronterizas.

Los medallones de oro completaban ese mismo sistema de prestigio. Cerca de 100 piezas han aparecido fuera de las fronteras septentrionales, sobre todo en la actual Polonia, Ucrania y Transilvania, muchas usadas como colgantes con el retrato imperial hacia fuera. No eran adornos neutros. Al mostrar el rostro del emperador sobre el cuerpo de un jefe local, convertían la cercanía con Roma en autoridad política ante su propia gente.

Los intercambios crearon obligaciones entre Roma y sus vecinos

El antropólogo Marcel Mauss ayuda a entender la lógica de esos regalos, porque aceptar un objeto valioso implicaba entrar en una relación de devolución. En este contexto, la respuesta podía adoptar la forma de paz, tributo o servicio militar.

Dexipo, historiador del siglo III, relató que los jutungos negociaron con Roma en 271 d.C. intentando no parecer demasiado derrotados, ya que querían conservar los pagos imperiales. Esa relación era desigual, porque buena parte del oro procedía de minas romanas, aunque también obligaba al emperador a seguir alimentando alianzas.

Otras fuentes muestran que la frontera funcionaba con gestos, pagos y reconocimiento. Prisco, historiador que participó en una embajada ante Atila en 449, contó que los romanos ofrecieron seda y perlas a dos lugartenientes hunos tras una ofensa en una cena. Agatías, historiador del siglo VI, describió el viaje del rey Tzaties de Lázica a Constantinopla para recibir de Justiniano sus insignias reales, entre ellas un broche con colgantes enjoyados. Hakenbeck interpreta ese gesto como una cesión de legitimidad imperial.

Hakenbeck sitúa la preparación del cambio durante siglos

Los banquetes también servían para reforzar jerarquías. En la tumba de Mušov, en la actual República Checa, aparecieron calderos, bandejas, cucharas, cuernos para beber y recipientes de vidrio, junto a restos de animales preparados para un banquete funerario.

David Graeber, antropólogo, añadió a la teoría del regalo una idea útil para este caso: la comida ofrecida por un jefe podía crear obligaciones pendientes y reforzar diferencias de rango. Hakenbeck aplica esa lógica a los líderes fronterizos que recibían bienes romanos y luego distribuían prestigio entre sus seguidores.

Gregorio de Tours situó en el año 507 d.C. una demostración muy clara de ese aprendizaje político. Clodoveo recibió del emperador Anastasio las insignias del consulado, pero transformó el reconocimiento en una ceremonia pública ante la basílica de San Martín de Tours. Vestido con túnica púrpura y diadema, montó a caballo y repartió monedas entre la multitud. Para Gregorio, aquel cambio de estatus tuvo una lectura inmediata: “Desde aquel día fue llamado cónsul o augusto”.

El cambio más profundo llegó cuando los gobernantes de la frontera dejaron de esperar esos regalos y empezaron a encargar sus propias versiones. El tesoro de Pietroasa, hallado en Rumanía y enterrado hacia mediados del siglo V, incluía broches fabricados por orfebres locales, entre ellos uno con forma de águila. El tesoro de Zagorzyn, en el sur de Polonia, contenía medallones que imitaban modelos imperiales, incluso con textos deformados. Hakenbeck sitúa ahí el cambio decisivo: la autoridad que antes dependía del regalo imperial pasó a vivir en objetos creados fuera del mundo romano.

Las fronteras prepararon a los futuros herederos de Roma

La explicación final encaja con modelos de Stanley Tambiah y Marshall Sahlins sobre poderes periféricos que aprenden la cultura política del centro y luego aspiran a actuar como centros propios. Alexander Demandt llegó a reunir 210 razones propuestas para explicar la caída de Roma, pero Hakenbeck desplaza la atención hacia siglos de trato fronterizo, guerra, diplomacia y reclutamiento.

La arqueóloga sintetiza esa preparación acumulada en una frase: “Durante siglos de vida junto al imperio, con experiencias de diplomacia, guerra y generaciones reclutadas en ejércitos romanos, los pueblos más allá de las fronteras se hicieron expertos en entender cómo funcionaba el poder imperial romano”. Así, cuando aquellos reyes ocuparon el espacio de Roma, ya conocían sus expresiones, sus objetos y sus reglas de mando.

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