Un trabuquete inglés convierte un esqueleto con 160 fracturas en la prueba de la brutalidad de la guerra medieval

Las victorias escocesas cambiaron el desenlace de las guerras

Héctor Farrés

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El rastrillo cerraba el acceso principal y convertía cada intento de entrada en una operación lenta bajo el fuego de los defensores. Durante el asedio, solo el castillo de Stirling mantuvo la resistencia, de manera que toda la presión militar terminó concentrándose sobre aquella fortaleza.

Los atacantes dispusieron además de máquinas capaces de lanzar proyectiles pesados contra las defensas, una capacidad que podía abrir brechas y matar a cualquiera que quedara en su trayectoria. Resistir, con todo aquel poder, dejó así de depender únicamente de conservar las murallas, porque cada lanzamiento podía reducir las posibilidades de mantener la posición.

Un varón sufrió más de 160 roturas antes de morir

Los restos de un hombre hallados en el castillo de Stirling presentaban más de 160 fracturas producidas alrededor del momento de la muerte, según la bioarqueóloga Jo Buckberry, de la Universidad de Bradford. El esqueleto 150 pertenecía a un varón de entre 22 y 34 años y formaba parte de nueve individuos estudiados por el equipo. Buckberry presentó el análisis durante una reunión de la Paleopathology Association, donde planteó que podía tratarse del primer caso arqueológico conocido de una muerte causada por un trabuquete.

Los especialistas atribuyen el fallecimiento a un proyectil medieval

La atribución al célebre Warwolf todavía conserva una reserva importante, porque los restos permiten identificar el tipo de fuerza recibida, pero no el arma exacta. Buckberry considera bastante probable que el hombre muriera por un proyectil lanzado desde alguno de los trabuquetes de Eduardo I, mientras que Lukas Waltenberger, osteólogo forense de la Universidad de Vilna, valoró como convincente la interpretación publicada por Science. El investigador describió las lesiones como compatibles con un golpe de gran velocidad y enorme fuerza producido en muy poco tiempo.

El Warwolf había sido construido por mandato de Eduardo I durante el asedio de 1304, cuando el castillo de Stirling era el último reducto que seguía en manos de los partidarios de la independencia escocesa. Historic Environment Scotland recogió en 2024 que James Macivor atribuía la rendición de la guarnición al enorme poder destructivo de aquella máquina. Michael Prestwich, historiador y biógrafo de Eduardo I, señaló además que los defensores se habían rendido antes de que el trabuquete estuviera terminado, pero el rey quiso probarlo y bloqueó cualquier entrada o salida hasta efectuar el disparo.

El impacto alcanzó al hombre mientras permanecía de pie

Las lesiones del esqueleto ayudan a reconstruir lo que pudo ocurrir durante uno de aquellos lanzamientos, porque la mayor parte del daño se concentró en la cabeza y las costillas. Buckberry contó a Science que el hombre parecía haber recibido el golpe por la espalda mientras permanecía de pie, probablemente desde una piedra que alcanzó el hombro derecho y la parte posterior de la cabeza.

Eduardo I ordenó fabricar una enorme arma en 1304

Daily Mail recogió que la investigadora consideraba prácticamente inmediata la muerte debido a la amplitud de las fracturas. History Hit añadió otra precisión de Buckberry, que descartó un combate cuerpo a cuerpo porque faltaban las heridas de espada esperables en ese tipo de lucha.

Live Science publicó después que las técnicas actuales de microtomografía y escaneado tridimensional permitieron distinguir aquellas roturas de posibles daños posteriores al enterramiento. Patrick Randolph-Quinney, antropólogo biológico de la Universidad de Uppsala y colaborador del estudio, coincidió en que el cuerpo apenas habría avanzado después de recibir el golpe.

Jacobo VI reunió ambas coronas tres siglos después

La victoria inglesa en Stirling tampoco cerró las guerras de independencia, ya que las fuerzas de Roberto Bruce derrotaron a los ingleses en Bannockburn en 1314. Inglaterra reconoció la soberanía escocesa en 1328, aunque el conflicto reapareció poco después y prolongó las guerras hasta mediados del siglo XIV.

Las coronas de Inglaterra y Escocia acabaron unidas en 1603 bajo Jacobo VI de Escocia, tres siglos después de aquel asedio en el que una fortaleza aislada resistió frente a máquinas capaces de destrozar piedra y cuerpos.

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