Jeanne Villepreux-Power, la gran inventora que creó el primer acuario científico y resolvió un misterio que dividía a la ciencia
Una caja de cristal con agua de mar abrió una forma nueva de estudiar el océano. Jeanne Villepreux-Power la ideó en 1832 para seguir de cerca al Argonauta argo, un cefalópodo que dividía a los especialistas porque seguía abierta la duda sobre el origen de su concha, y ese trabajo acabó situándola entre las figuras pioneras de la biología marina del siglo XIX.
Los nuevos recipientes ampliaron el estudio de especies marinas
Antes de ese desenlace, su vida había dado un giro al instalarse en Messina junto a su marido, el comerciante inglés James Power. Allí empezó a observar plantas y animales sin formación académica formal, apoyándose en lecturas y en el trabajo directo con especies locales, y así fue construyendo un conocimiento propio sobre el entorno marino de la isla.
Ese interés la llevó a centrarse en el Argonauta argo para averiguar, como sospechabas otros investigadores, que utilizaba conchas ajenas. Para comprobarlo diseñó una caja de cristal con agua de mar que permitía seguir el desarrollo del animal durante semanas, y gracias a ese sistema concluyó que el propio organismo producía su concha, una idea que chocaba con otras teorías vigentes.
A partir de ese primer modelo ideó otras variantes adaptadas a diferentes profundidades y tamaños, de manera que podía bajar estructuras al mar o mantener ejemplares en condiciones estables cerca de la superficie.
Las academias europeas reconocieron una investigación pionera
El profesor Carmelo Maravigna explicó en una publicación de la academia de Catania que “debe reconocerse a Villepreux-Power la invención del acuario y su uso sistemático para estudiar la vida marina”, una valoración que refleja el alcance de aquel trabajo.
Los resultados de sus investigaciones quedaron recogidos en 1839 en una obra llamada Observations et expériences physiques sur plusieurs animaux marins et terrestres, donde describía tanto sus experimentos como sus observaciones.
Con esos estudios ganó reconocimiento en varias academias europeas y se convirtió en la primera mujer que ingresó en la Accademia Gioenia de Catania, además de colaborar con la Sociedad Zoológica de Londres.
Esas valoraciones tan positivas también llegaron desde otros científicos que loaron su manera de trabajar con organismos vivos. El investigador francés Claude Arnal escribió sobre ella que “no se conformaba con estudios descriptivos de ejemplares muertos”, una idea que encaja con su empeño en observar procesos en tiempo real.
Una costurera acabó dedicando su vida a la biología marina
Su historia arranca mucho antes de esos logros, en un pequeño pueblo del sur de Francia donde nació en 1794 en una familia humilde. Con apenas formación básica decidió marcharse a París siendo joven, un trayecto de unos 400 kilómetros que realizó a pie, y allí encontró trabajo en un taller de costura frecuentado por la alta sociedad.
Ese empleo le abrió puertas cuando en 1816 confeccionó el vestido de boda de la princesa Carolina de las Dos Sicilias. Aquel encargo le dio notoriedad y le permitió conocer a Power, con quien se casó dos años después, un paso que la llevó a instalarse en Sicilia y que acabaría marcando su entrada en el mundo de la ciencia.
El naufragio que sufrió en 1843 marcó un antes y un después porque arrastró al fondo del mar casi todo el material que había reunido durante años. Villepreux-Power siguió escribiendo tras aquel episodio, aunque dejó de investigar de forma continuada, ya que sin sus registros y ejemplares resultaba imposible retomar muchos de los experimentos que había iniciado.
Décadas después de su muerte, su figura empezó a recuperarse y su nombre volvió a aparecer en trabajos sobre historia de la biología marina. El anatomista británico Richard Owen llegó a referirse a ella como “la madre de la acuariofilia”, una expresión que resume el papel que tuvo al introducir un método que hoy se utiliza tanto en investigación como en ámbitos educativos y de conservación.
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