El pueblo medieval de Segovia levantado junto a un embalse y declarado Conjunto Histórico-Artístico

Maderuelo.

Andrés Maza

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En la zona norte de la provincia de Segovia, Castilla y León, situado en un lugar estratégico, a una altura elevada sobre las aguas del embalse de Linares del Arroyo y a las puertas del Parque Natural de las Hoces del río Riaza, se alza la villa de Maderuelo. En el año 1993 fue declarada Conjunto Histórico-Artístico. Esta pequeña localidad castellana, de escala recogida y sin alteraciones muy marcadas, representa una de las joyas más singulares del patrimonio medieval peninsular.

Visitar Maderuelo es adentrarse en un recinto fortificado donde cada adoquín que acompaña el trayecto, cada paño de muralla de calicanto y cada arco románico evocan la época convulsa de la Reconquista, periodo en el que este lugar alcanzó un importante esplendor.

Los orígenes de esta villa están datados en el siglo X, periodo en el que la región del río Riaza y la cuenca del Duero se convirtieron en una importante frontera bélica entre los reinos cristianos del norte y las tropas del Califato de Córdoba. Tras las campañas de consolidación territorial emprendidas por el conde Fernán González y reanudadas posteriormente bajo el reinado de Alfonso VI, Maderuelo cobró un papel geopolítico fundamental. Su posición elevada le permitió constituirse en cabeza de la próspera Comunidad de Villa y Tierra de Maderuelo, una institución señorial que llegó a coordinar el gobierno, la administración y la justicia de las aldeas que se encontraban a su alrededor.

El diseño urbano de Maderuelo es consecuencia directa de la angosta orografía de la loma rocosa sobre la que se asienta. A lo largo de todo el espacio que abarca, el caserío se distribuye de una manera natural y adaptada al terreno, formándose a partir de dos calles principales, largas y serpenteantes, que cruzan el pueblo de un extremo a otro. Estas vías conectan las entradas principales de la muralla y se unen entre sí a través de una red de callejuelas estrechas, pasadizos empinados y pequeñas plazas situadas a distintas alturas.

Fortaleza defensiva

En épocas antiguas, la fortaleza se empleaba para proteger a la población de los frecuentes asedios. Originalmente, contaba con un recinto amurallado continuo, el castillo en su flanco oriental y cuatro puertas de acceso de gran eficacia militar. La más célebre de todas es el Arco de la Villa, la principal entrada que permitía el acceso al pueblo y que presentaba un diseño defensivo con doble portón para poder cerrarse en caso de ataque. El arco interior era de medio punto —utilizado debido a su resistencia para soportar grandes cargas de peso—, mientras que en el exterior había uno apuntado.

En la parte superior de la puerta de entrada hay un arco elevado con un pequeño balcón de piedra que cuenta con un agujero en el suelo. Desde ese hueco, los guardias del pueblo podían atacar a los enemigos que trataban de entrar. El pasadizo todavía conserva sus enormes puertas de madera reforzadas con clavos de hierro y restos de pintura del siglo XV. Además, antiguamente la entrada contaba con un foso defensivo y un puente levadizo que se utilizó hasta inicios del siglo XX.

La Puerta del Barrio.

La Puerta del Barrio, ubicada en la parte contraria del lugar, recibe su nombre porque permite acceder al área donde los mozárabes se asentaron en Santa Coloma. Flanqueado por un viejo torreón defensivo, este paso abovedado fue reacondicionado con el paso de los siglos y, tras la pérdida de su función estrictamente militar, pasó a servir como hospital para personas necesitadas y albergue para peregrinos. Los restos de la antigua fortaleza y el imponente Torreón del Castillo, así como accesos secundarios como el Arco del Ancho y el Postigo de la Villa, se mantienen en la parte más alta de la villa, completando así su arquitectura militar.

La Iglesia-Palacio de San Miguel y el enigma de Doña María

En la parte alta del pueblo se ubica la Iglesia-Palacio de San Miguel, un edificio cuyos gruesos muros de sillería y saeteras defensivas demuestran que en sus orígenes formó parte de un cinturón fortificado independiente. Con una nave románica primitiva del siglo XVI, el templo quedó en estado de abandono tras perder el culto en el siglo XIX y fue restaurado en 1981.

Dentro del lugar se encuentra un popular enigma de la zona: la “Momia de Maderuelo”. Aunque no existen registros históricos oficiales sobre su identidad, las leyendas populares y la tradición oral del pueblo cuentan que los restos pertenecen a María, una joven noble del siglo XV e hija de un señor de la villa, quien habría fallecido de forma repentina durante un viaje. Otros relatos señalan que murió por amor o por epidemias. Según la versión sobre su fallecimiento durante un viaje transmitida por los vecinos, fue enterrada con sus mejores galas en la cripta del templo. Lo que sí es un hecho constatado es que, durante unas obras en el siglo XX, al levantar la losa de la sepultura se descubrió un cuerpo incorrupto en un estado de conservación sorprendente, que permanece expuesto en una vitrina dentro de la iglesia.

Al pie del atrio elevado de San Miguel se despliegan la Plaza del Baile y el Mirador del Alcácer y Barbacana, un balcón situado en esta zona. El término Alcácer alude al terreno adyacente donde históricamente se sembraba cebada verde para alimentar a las mulas y caballos del párroco.

El rescate histórico de la Vera Cruz

A los pies del cerro, solitaria en un llano junto al río, se encuentra la Ermita de la Vera Cruz, declarada Monumento Nacional en 1924. Este templo románico llamaba la atención principalmente por albergar en su interior uno de los conjuntos de pintura mural del siglo XII más valiosos de España, con representaciones del Pantocrátor y escenas bíblicas del Génesis.

En el año 1947, ante la inminente inundación del valle por la construcción del embalse de Linares del Arroyo, las autoridades ejecutaron una compleja obra de rescate mediante la técnica del strappo —que permite separar únicamente la capa pictórica superficial de una pintura mural de su muro original—. El procedimiento consiste en arrancar la fina capa de los frescos para evitar su pérdida bajo las aguas. Las pinturas murales originales de la Vera Cruz se conservan y exhiben hoy en el Museo Nacional del Prado, en una estancia diseñada a medida que recrea la forma exacta del ábside segoviano. Por su parte, la ermita original, que logró salvarse de aquella inundación, alberga en la actualidad réplicas exactas de alta fidelidad que permiten contemplar la riqueza de su iconografía románica en su espacio original.

Pasear por este lugar supone algo más que admirar el paisaje que ofrece. Es recorrer un fragmento de la historia de Castilla, donde el tiempo parece haberse detenido. Muchos de sus atractivos se conservan en muy buen estado y, si a ello se suman las réplicas románicas y el misterio que sigue presente en la actualidad, Maderuelo se presenta como un destino pequeño pero adecuado para desconectar del día a día.

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