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Ni celibato ni manada, es violación

Cuando nos violan, nada existe como existía y el hecho de seguir viva adquiere otro sentido. Ser una mujer violada es tener que recordarte constantemente que sí, que ésta que sigue hablando soy yo

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El Gobierno estudiará considerar a las víctimas de agresión sexual como víctimas de género

EFE

Tengo una amiga jueza y feminista que dice que cuando hablamos de la violación múltiple de los San Fermines no deberíamos decir el 'caso de la manada' sino 'la violación múltiple de Pamplona'. Sabe que el lenguaje no es baladí. Lo tiene presente en su trabajo e intenta ser lo más precisa y justa posible cuando lo usa. A nosotras, a nosotros, a veces se nos olvida. Decía el filósofo alemán Theodor W. Adorno que el lenguaje nunca es impune. Tenía razón: no lo es. Decir 'el caso de la manada' es dar protagonismo a cinco desalmados que van abriéndose su espacio en la lamentable opinión pública en su grado máximo de manipulación. Y decir que los curas que han abusado de niños en escuelas religiosas si tuvieran derecho al matrimonio no lo harían, es abusar nuevamente de las víctimas. Pero además: no es cierto.

Cuando una mujer o un hombre son violados, no saben todavía lo que significará durante el resto de sus vidas. Cuesta imaginar cuando sufres una violación, o cuando la recuerdas años más tarde, lo que supondrá el hecho de seguir viviendo después de ser violada. Lo que será. Porque una violación no es un episodio, sino un proceso larguísimo durante el que una víctima necesita recomponer desde su manera de respirar hasta su relación con el espacio. Lo sacude absolutamente todo. Hablar del celibato o de un grupo con un nombre absurdo no se acerca a tanto dolor, tantísima rabia, impotencia, tristeza, desesperación, silencio. No. Una violación no es un episodio. Una violación es la obligación de reaprenderlo todo, de tratar de estar contigo de una manera distinta, de encontrar el modo de sacudirse de encima la sensación de sociedad, vacío, miedo y desasosiego que empapa tu manera de mirar el mundo. Cuando nos violan, nada existe como existía y el hecho de seguir viva adquiere otro sentido. Duro, hermético, difícil, aislado, vergonzante, embarazoso, incómodo, absurdo, inexplicable, doloroso, afilado, cortante. Ser una mujer violada es tener que recordarte constantemente que sí, que ésta que sigue hablando soy yo. Y el puro episodio es incapaz de contener lo que supone tratar de aprender a vivir así. 

Por eso cuando decimos la manada o hablamos del celibato de los curas como una posible causa de la violación, estamos impidiendo hacer un ejercicio de autocrítica, como ciudadanía y como sociedad, que nos obligue a hablar de las cosas como son. Decimos 'manada' como si hubiéramos entendido algo, pero la palabra 'manada' no contiene nada; y la palabra 'celibato' tampoco. Los adolescentes violan y los curas violan porque los hombres violan. Es básicamente así. Y los hombres, masivamente los hombres, violan porque no se detienen a pensar qué supondrá su acto para la otra persona. No la ven, la usan. Y no será hasta que comencemos a hablar de la violación como un proceso de supervivencia insoportable, que socialmente estaremos incluyendo en una sola palabra todo su significado. Dice el diccionario de la Real Academia Española, siempre tan ajeno y aséptico, que una violación es 'la acción y el efecto de violar; es decir: tener acceso carnal con alguien en contra de su voluntad'. Pero cuando hablamos de agredir a las mujeres, las niñas y los niños, pensamos siempre en el acto; nunca en el efecto.

Y eso es ser una persona violada: vivir con el efecto que aquel acto te produjo. No el mero acto en sí. Sino toda la maldad, violencia y brutalidad que contiene.

En nuestra sociedad se viola, y mucho. De hecho, en todo el mundo se viola mucho. Hay quien cuenta que una de cada tres niñas han sido abusadas sexualmente. Y ahora, finalmente, y digo finalmente porque les toca por legítimo derecho, se habla también de los niños. De cuántos niños han sido violados no sólo por curas, sino también por sus padres, tíos, primos, hermanos, desconocidos... Ya era hora que también los sumáramos. Ya era hora que el debate se estableciera como si estuviéramos hablando de una enfermedad social cuya erradicación es urgente. Porque en el mundo las personas que hemos sido violadas somos probablemente mayoría. Y cuando decimos 'la manada' o 'el celibato' le estamos quitando importancia no sólo al dolor de una víctima sino también a nuestro propio proceso, en el mejor de los casos, de recuperación y supervivencia. De volver a nacer, me atrevería a decir.

Cuando en Pamplona cinco hombres le hicieron la vida pedazos a una joven fue la primera vez que en esta sociedad la indignación fue masiva. Pero muchas de nosotras y de nosotros sabemos que aquel dolor, aquella impunidad, son una lacra constante. Que parece que finalmente empieza a indignar más allá del seno más íntimo de la víctima y que tal vez eso logre que la cantidad de violaciones o su impunidad sea menos. Ojalá. Pero sobre todo debería lograr que la ciudadanía cuando hablemos del dolor y la injusticia hablemos de la víctima, no del victimario. Que cuando digamos 'violación' pensemos en la persona que la padece, no en quien la comete. Indignarnos no ha sido tan fácil como parecía, hemos tardado años en hacerlo masivamente, pero lo que de verdad cuesta es empatizar con la víctima y asumir que sí: que vivimos en una sociedad en la que se viola mucho, se silencia mucho y en la mayoría de los casos nadie paga por ello. Y que esta sociedad es la que hacemos juntas y juntos cada día. De modo que es evidente que hay algo estamos dejando de lado, algo no queremos pensar, algo que todavía nos avergüenza más de lo que nos repugna.

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