eldiario.es

9

Síguenos:

Boletines

Boletines

Minuto político Los temas de este miércoles

Lolita Bosch

Lolita Bosch. Barcelona, 1970. Escritora y activista. Su proyecto de activismo cultural contra la violencia y la exclusión, así como su propio trabajo literario, los proyectos por la paz activos y los programas literarios de autoaprendizaje que imparte y los que dona a víctimas se pueden ver en campuslolita.com

Los robots, las mujeres y el trabajo

De un tiempo a esta parte el nuevo temor que promueve el mercado es el pánico a que los robots nos dejen sin trabajo. Es la nueva amenaza. Nuestro nuevo límite: si sólo sabemos hacer algo que puede aprender a hacer un robot, no bastamos y no serviremos en una sociedad de futuro. En pocos años el 50% de los trabajos que hoy hacemos lo harán ellos y nosotras, nosotros, seremos a cada día que pasa menos útiles, más dependientes del mercado, más esclavos y menos capaces. Parece un mensaje hecho de forma expresa para aterrorizar, pero es un mensaje que comenzamos a repetir con sospechosa frecuencia. Y yo insisto en que quienes deberían darnos miedo no son los robots sino las personas que se creen que reemplazar otras personas (que no sean ellos, ellas) es fácil y posible. Y lo que sin duda también debería darnos miedo es que somos así, absurdamente sustituibles. No lo somos. Pero el efecto que produce pensar que una máquina puede hacer en el mundo lo que hoy hace en una cadena de montaje, nos merma. Sin duda. Y esa merma nos influye de distintas maneras y reconfigura nuestro lugar en la sociedad. De hecho, nos lo arrebata. Es como si esta sociedad, si lo que sabemos hacer lo aprenden a hacer los robots, no nos necesitara.

Y más allá de que resulte obvio que las máquinas hoy hacen miles de cosas que hasta hace un tiempo hacíamos nosotras y nosotros, también lo es que gracias a esta posibilidad nosotras y nosotros estamos haciendo cosas que hace un tiempo no nos hubiéramos siquiera planteado. Nos hubiese resultado imposible, apenas unos años atrás, pensar no sólo en exquisiteces como la nueva gastronomía o en socializar ciertos accesos a la educación con el nuevo modelo de producción cultural, sino también en accesos a cosas aparentemente menos importantes pero que igualmente han modificado y siguen modificando nuestro mundo. No sólo gracias a las máquinas y la tecnología, sino gracias a lo que las máquinas y la tecnología nos han enseñado de nosotras y nosotros mismos, que es mucho. 

Seguir leyendo »

Ay, Albert

Quién te ha visto y quién te ve. No quiero hacer leña del árbol caído, pero sí pensar que hay modos que al final fracasan. Que la gente es mucho más inteligente de lo que a veces parecen pensar ciertos políticos y políticas. Que se imponen el sentido común y la convivencia. Que la ciudadanía somos una muestra de que a pesar de todo, de todo, tendemos todos a la vida: a cuidarnos las unas a los otros y salvar la sociedad que habitamos. Si no fuera así, todo habría desaparecido hace tiempo. Que los depredadores encuentran siempre su límite. Y que todas las personas que reman a favor del bien común acaban siendo mayoría. No es ingenuidad, es una evidencia: seguimos vivas, vivos. Y no, no estoy exagerando. Destruir para rehacer es un negocio, una locura de la derecha, un mordisco del capitalismo extremo y una estupidez. Pero no es un movimiento que nos salve. Y sabemos que salvarnos es hacer lo que es mejor para todas, para todos.

Crear cizaña es la antítesis. Tratar a las personas como si no supieran trabajar por ese bien común es la antítesis. Chillar, gritar, aparentar, amenazar, hacerse el indignado, escandalizarse y escandalizar, aprovechar cualquier derrota ajena para subir escalones, no compadecerse ni acompañar, herir (gratuitamente herir), odiar, es la antítesis. En tu partido sois muchos, muchas. Y estoy segura (y me consta) que hay en sus filas gente honesta, rigurosa y convencida de que está trabajando por algo con lo que yo no empatizo pero que comprendo que haya quien lo defienda (sí, lo comprendemos, no nos ofende que no pensemos igual). Del mismo modo, todas las personas que os votan son diversas. Siempre he defendido no crear perfiles exangües de candidatos, candidatas ni votantes. No me parece absurdo votar a Ciudadanos aunque yo no lo haría. Y quiero a muchas personas que han confiado en vosotras, en vosotros. He leído algunos de vuestros programas e incluso he encontrado en ellos cosas con las que coincido y que celebraría que se implantaran. No, no me parecéis unos locos de la derecha ni unos intransigentes sin criterio. O, cuando menos, no todas y todos vosotros.

Seguir leyendo »

Estimada Ada, queridos 'comuns'

Estimada Ada, Queridos comunes, como mujer, barcelonesa y de izquierdas, debo reconocer que el trabajo que ha hecho el Ayuntamiento con Colau en primera línea durante los últimos cuatro años ha sido una carrera de obstáculos. Me constan las dificultades extras que supone ser mujer en un mundo masculino y de izquierdas en una ciudad controlada por algunos capitalismos que parecen efímeros pero son constantes. Sé que todas las cosas bien hechas que habéis hecho, que son muchísimas, han sido recibidas con entusiasmo por unas y con exagerada repulsión por otros. Como si la alcaldía estuviera, finalmente, en el punto de mira de la lucha de clases.

No debería haber sido así. Barcelona ya había sido gobernada por la izquierda y es una ciudad republicana, valiente y solidaria, con algunos modos propios que la convierten en una ciudad entre muchas. Tiene una capacidad de seguir siendo comunidad a pesar del turismo; de mantener un espíritu de resistencia, a pesar del consumo; y de caminar siempre con la cabeza alta, a pesar de la catalanofobia; impresionante. Es una ciudad querida, que nos enorgullece a menudo. Pero es también una sociedad con una casta que nos parece menos antigua que otras a nivel nacional, pero que nos sigue pareciendo oxidada localmente. Una ciudad de apellidos y costumbres, de barrios marcados por sus diferencias y de personas llegadas de muchos lugares del mundo, que la hacen más de todas y todos y la sienten propia. Lo es. Barcelona es esta ciudad casi móvil que nos habita. Y las personas que vivimos aquí sabemos que Ada y su Ayuntamiento se han tenido que enfrentar a prejuicios de clase, injusticias económicas y, por supuesto, infinidad de machismos.

Seguir leyendo »

El cadáver de Franco. El nuestro

Es una ilusión pensar que cuando muere un dictador muere una dictadura. Ojalá. A veces muere un régimen, como sucedió en el Estado Español, pero todas las personas, inercias, ideologías, costumbres, miedos, reacciones, afrentas, nostalgias, pendientes y sentimientos de injusticia que permean profundamente las sociedades amenazadas tardan mucho, muchísimo más tiempo en desaparecer. Tanto, como para pensar que Francisco Franco merece ser enterrado en la Almudena. Rectifico: que el asesino y responsable de masacres y represiones Francisco Franco merece ser enterrado en la Almudena.

El debate no es sólo el Valle de los Caídos, monumento infame entre los muchos monumentos infames que podemos visitar, sino qué lugar merece el cadáver de Franco. En mi opinión: ningún lugar público o de ninguna institución que reciba dinero público. Y no porque el dinero público no deba usarse para representar todas las opciones ideológicas de la sociedad de la que emana, sino porque la vida va antes.

Seguir leyendo »

Los presos, nosotros y el voto

Si esto que está ocurriendo lo leyéramos en una novela, Marchena sería claramente un saboteador del sistema que en apariencia defiende. Un porro, se llama en México: alguien aparentemente interno que lo revienta todo desde dentro. Un máster del contraespionaje. Un protagonista que sin duda se convertiría en el protagonista de una saga de suspense político. O como se ha dicho tradicionalmente en el Estado Español: un figura.

Marchena, si esto fuera mentira, sería un figura dicho con cierta exclamación involuntaria. Casi con caspa. “¡Joder, vaya figura el tío!”, algo así. Si fuera mentira, pero no lo es. La verdad es que un gobierno hecho de ciudadanos electos ha negado un derecho adquirido por cuatro ciudadanos también electos en las urnas. La verdad es: un gobierno español ha suspendido a cuatro diputados catalanes electos; la verdad es mucho peor: un gobierno ha vetado un resultado electoral. Y esto es gravísimo y tiene un nombre. Aunque tengamos que vigilar la ligereza con la que se usan ciertas conductas como si fueran adjetivos (nazi, fascista, nacionalista, etc), lo cierto es que desobedecer el mandato de las urnas tiene un nombre y sus consecuencias pueden ser terribles. Sobre todo, en una sociedad y un contexto que socialmente parece avalarlo o, cuando menos, omitirlo. Pecado cristiano que merece ser recordado como un acto inmoral pagano: la omisión a la justicia. También gravísimo. Igualmente impune.

Seguir leyendo »

Mi comida con Vox

Este fin de semana pasado unos amigos me invitaron a una comida. Éramos 20 comensales adultos y una docena de niñas y niños. Nos sentamos a comer en un ambiente festivo y alegre, con ánimo de disfrutar un sábado luminoso en el que habíamos esperado que lloviera. Comida buena, buen ambiente, risas, vino excelente… hasta que una cosa llevó a la otra y claro: llegamos a la política. En un entorno distendido y alegre y con personas de casi los cuatro costados y el centro del Estado Español: Jaén, Madrid, Asturias, Catalunya… Seguro imaginan la comida, antes comíamos muchas veces así. Pero la crispación política de los últimos años nos llama a poner exigencias antes de seguir celebrándolas. "Yo voto Vox", me dijo una mujer con la que llevaba un rato conversando. "Yo a los independentistas catalanes", respondí. "Lo entiendo", me dijo. Y me quedé, como dirían en México, con el ojo cuadrado. No porque esa mujer entendiera que yo soy independentista y republicana, sino por la velocidad con la que respondió. "Yo a Ciudadanos", dijo su acompañante. "Podemos", dijo una chica sentada a mi lado. Y desde el PSOE hasta el PP, hicimos como una ruleta de respuestas que nos llevó a reírnos las unas de los otros en una España que no recordaba: ganó el humor. Durante un rato ganó un sentimiento que nos ganaba antes. Cuando la política era una esperanza y no esta catalogación social.

Entiendo y respeto las posturas políticas. Nunca he querido una sociedad que piense como yo, sino un sociedad en la que podamos convivir con personas que opinen distinto. No sólo por una cuestión de entente social, sino porque creo que todas y todos tenemos mucho que aprender. Obviamente, yo, republicana, siento que tengo razón en muchas de las cosas que opino sobre el orden social que compartimos. Y creo, tengo que reconocerlo, que mi propuesta social es más solidaria e incluyente; más justa. Y probablemente lo sea. Pero mi respeto hacia los demás no puede venir condicionado por todas las cosas que pienso de lo que representan antes de conocerlos. Porque necesito vivir con la puerta abierta a la posibilidad de aprender y porque siento que vivo rodeada de personas que, como yo, aprenden constantemente a pensar y a replantearse las pocas certezas que tenemos todas y todos.

Seguir leyendo »

Legitimar la violencia en Catalunya

En el juicio del procés demasiado a menudo parece que se esté juzgando no el derecho de los presos y las presas a actuar de acuerdo al mandato ciudadano del 20 de septiembre (frente a la Consejería de Economía, en defensa de nuestras instituciones) y del 1 de octubre (en colegios electorales, en defensa de nuestra organización ciudadana), sino hasta qué punto las fuerzas del orden pueden reprimir y en qué grado dichas manifestaciones de libertad y coordinación social. Parece que el derecho de los líderes y representantes políticos no sea cuestionable; parece que no lo tengan y punto. Y que lo que de verdad está en debate es hasta qué punto se pueden reprimir las aspiraciones de autodeterminación de un pueblo.

Hay quien piensa que con el nuevo gobierno el resultado del juicio puede variar. Y no debería ser así, pero sin duda lo es. Lo dijeron en campaña las mismas políticas y políticos que han utilizado Catalunya como tema central de campaña: No habrá indulto, decían; como si les competiera. De modo que no queda sino pensar que les compete. No porque las políticas y los políticos no mientan en campaña, sino porque aparentemente representan el sentir de un porcentaje elevado de la población que no quiere indultar a los presos y las presas políticas catalanas (ni a los jóvenes de Altasu, a los titiriteros de Madrid, etc). Que la justicia es política es tan evidente que resulta innecesario argumentarlo.

Seguir leyendo »

La cívica ciudadanía española

Una sociedad se puede considerar madura no cuando llega a un consenso único sino cuando aprende a convivir con todas las opiniones. No cuando alcanza un grado convergente de razón sino cuando sabe cómo dialogar con personas que piensan distinto y a buscar acuerdos comunes. Y la clase política se puede considerar eficiente cuando no puede practicar un absolutismo exagerado y necesita de las otras y los otros. Y eso, a pesar de que en algunos aspectos no nos convenza, es lo que ha ocurrido en las últimas elecciones en España.

Una vez más la ciudadanía ha sido más moderna e inclusiva que sus instituciones y ha dicho un no rotundo a muchos abusos de poder con los que había quien se creía que habíamos aprendido a convivir sin inmutarnos. No ha sido así. El triunfo moderado pero emocionante del PSOE (si bien a muchas de nosotras nos duele el descenso de Unidas Podemos, no queríamos 23 diputados de Vox ni que Ciudadanos remontara de una forma tan competitiva) nos ha recordado a una España que creíamos extinta. Entiendo que a aquella España hay quien no quiere regresar ni confía en que nos pueda llevar por un camino sensato, pero verla aparecer el domingo pasado después de las elecciones fue reconfortante no sólo para quienes habían votado al PSOE sino para quienes lo hemos votado durante muchos años. Hay que reconocerlo: nos emocionó ver que el PSOE recuperaba una fuerza que habla de una sociedad que sentimos más nuestra que la de la trama Gürtel, el caballo de Abascal o el desprecio de Inés Arrimadas.

Seguir leyendo »

Nuestro derecho a fusilar a Puigdemont

Por Semana Santa en la localidad sevillana de Coripe fusilan al 'Judas del año'. En otras ocasiones les tocó a Eva Sannum, Iñaki Urdangarin, el asesino de Marta del Castillo o la asesina del niño Gabriel. Los personajes que se linchan, año tras año, son elegidos por el AMPA de la escuela pública del pueblo y la celebración está declarada de Interés Turístico Nacional. Este año han fusilado una simbólica figura de paja que representaba al presidente de la Generalitat Carles Puigdemont y Quim Torra ha dicho que pondrá una denuncia por odio. Los periódicos más furibundos de Catalunya se relamen los bigotes, acusan a España de inacción y denuncian a la prensa española de inacción. Y el escritor Quim Monzó ha escrito un tuit dirigido, simbólicamente a su madre, granadina: "Gracias, mamá, por haber huido de esta puta mierda y no haber querido regresar jamás". Así las cosas en la Catalunya profunda. Porque por más que hable el presidente y uno de nuestros escritores más conocidos, ésta no deja de ser una Catalunya profunda.

La tradición es tan brutal y brutalista como muchas otras tradiciones catalanas y españolas: la Guardia Civil carga los fusiles de los voluntarios de fusilar, acribillan a un muñeco de paja y le prenden fuego. Cuando arde, lo celebran. Lo escribo desde Catalunya donde hay tradiciones como tirar patos cautivos al mar y cazarlos en masa para cocinarlos aquel mismo día o incendiar los cuernos de un toro para que enloquezca y tengamos la sensación de que nos ataca. Un lugar en cuyas cabalgatas la mayoría de los reyes negros son reyes pintados de negro; sí, todavía hoy. O desde el Estado español, en cuya celebración del 12 de octubre (que ya de por sí es una salvajada) hay un espacio especial llamado 'Espacio del inmigrante'. En estos países en los que se ha celebrado miles de veces el asesinato de un toro, se han tirado cabras de un campanario o se ha salido a las calles a matar judíos como parte de una tradición. Aquí, nos llenamos la boca de desprecio.

Seguir leyendo »

A la izquierda le falta estrategia

Recuerdo que cuando Aznar gobernaba (públicamente) este país hizo una visita a la Universidad de Lleida y dio los buenos días a Lérida; así, en castellano. Una prima mía que estaba en aquel auditorio me contó el revuelo. ¿Se imaginan? Se consideró una falta de respeto que no llamara a la ciudad catalana con el nombre que había recuperado tras décadas de franquismo. Casi una provocación. De aquello hace más de veinte años y, desde entonces, aquel experimento incipiente se ha convertido en un modus operandi. Una estrategia. Sin duda, hoy la crispación es uno de los recursos más efectivos de la derecha. Y funciona. Claro que funciona. ¿Por qué, si no, iba a ir Albert Rivera a Errentería, Santiago Abascal atacaría a la prensa en Valladolid o Cayetana Álvarez de Toledo diría en TV3 que el medio público de televisión ha dado un golpe de estado? Los tres saben que las tres son certezas absurdas. Incluso creo que saben que son mezquinas. Pero funcionan. Por supuesto que funcionan. Lo saben porque lo han probado.

Su estrategia es mucho mejor que la de la izquierda. No de ahora, de siempre. Probablemente porque muchas políticas de derechas son más difíciles de legitimar y se sostienen en una jerarquía y una estructura que involucra y en la que intervienen muchos agentes sociales. De otro modo sería imposible, como se dice en catalán, "passar bou per bèstia grossa"; que literalmente significa 'pasar buey por bestia grande' y que hace, sin duda, referencia a esta capacidad (o incapacidad) de asumir que las cosas son así sólo porque lo dicen ellos, ellas.

Seguir leyendo »