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Lolita Bosch

Lolita Bosch. Barcelona, 1970. Escritora y activista. Su proyecto de activismo cultural contra la violencia y la exclusión, así como su propio trabajo literario, los proyectos por la paz activos y los programas literarios de autoaprendizaje que imparte y los que dona a víctimas se pueden ver en campuslolita.com

Mi comida con Vox

Este fin de semana pasado unos amigos me invitaron a una comida. Éramos 20 comensales adultos y una docena de niñas y niños. Nos sentamos a comer en un ambiente festivo y alegre, con ánimo de disfrutar un sábado luminoso en el que habíamos esperado que lloviera. Comida buena, buen ambiente, risas, vino excelente… hasta que una cosa llevó a la otra y claro: llegamos a la política. En un entorno distendido y alegre y con personas de casi los cuatro costados y el centro del Estado Español: Jaén, Madrid, Asturias, Catalunya… Seguro imaginan la comida, antes comíamos muchas veces así. Pero la crispación política de los últimos años nos llama a poner exigencias antes de seguir celebrándolas. "Yo voto Vox", me dijo una mujer con la que llevaba un rato conversando. "Yo a los independentistas catalanes", respondí. "Lo entiendo", me dijo. Y me quedé, como dirían en México, con el ojo cuadrado. No porque esa mujer entendiera que yo soy independentista y republicana, sino por la velocidad con la que respondió. "Yo a Ciudadanos", dijo su acompañante. "Podemos", dijo una chica sentada a mi lado. Y desde el PSOE hasta el PP, hicimos como una ruleta de respuestas que nos llevó a reírnos las unas de los otros en una España que no recordaba: ganó el humor. Durante un rato ganó un sentimiento que nos ganaba antes. Cuando la política era una esperanza y no esta catalogación social.

Entiendo y respeto las posturas políticas. Nunca he querido una sociedad que piense como yo, sino un sociedad en la que podamos convivir con personas que opinen distinto. No sólo por una cuestión de entente social, sino porque creo que todas y todos tenemos mucho que aprender. Obviamente, yo, republicana, siento que tengo razón en muchas de las cosas que opino sobre el orden social que compartimos. Y creo, tengo que reconocerlo, que mi propuesta social es más solidaria e incluyente; más justa. Y probablemente lo sea. Pero mi respeto hacia los demás no puede venir condicionado por todas las cosas que pienso de lo que representan antes de conocerlos. Porque necesito vivir con la puerta abierta a la posibilidad de aprender y porque siento que vivo rodeada de personas que, como yo, aprenden constantemente a pensar y a replantearse las pocas certezas que tenemos todas y todos.

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Legitimar la violencia en Catalunya

En el juicio del procés demasiado a menudo parece que se esté juzgando no el derecho de los presos y las presas a actuar de acuerdo al mandato ciudadano del 20 de septiembre (frente a la Consejería de Economía, en defensa de nuestras instituciones) y del 1 de octubre (en colegios electorales, en defensa de nuestra organización ciudadana), sino hasta qué punto las fuerzas del orden pueden reprimir y en qué grado dichas manifestaciones de libertad y coordinación social. Parece que el derecho de los líderes y representantes políticos no sea cuestionable; parece que no lo tengan y punto. Y que lo que de verdad está en debate es hasta qué punto se pueden reprimir las aspiraciones de autodeterminación de un pueblo.

Hay quien piensa que con el nuevo gobierno el resultado del juicio puede variar. Y no debería ser así, pero sin duda lo es. Lo dijeron en campaña las mismas políticas y políticos que han utilizado Catalunya como tema central de campaña: No habrá indulto, decían; como si les competiera. De modo que no queda sino pensar que les compete. No porque las políticas y los políticos no mientan en campaña, sino porque aparentemente representan el sentir de un porcentaje elevado de la población que no quiere indultar a los presos y las presas políticas catalanas (ni a los jóvenes de Altasu, a los titiriteros de Madrid, etc). Que la justicia es política es tan evidente que resulta innecesario argumentarlo.

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La cívica ciudadanía española

Una sociedad se puede considerar madura no cuando llega a un consenso único sino cuando aprende a convivir con todas las opiniones. No cuando alcanza un grado convergente de razón sino cuando sabe cómo dialogar con personas que piensan distinto y a buscar acuerdos comunes. Y la clase política se puede considerar eficiente cuando no puede practicar un absolutismo exagerado y necesita de las otras y los otros. Y eso, a pesar de que en algunos aspectos no nos convenza, es lo que ha ocurrido en las últimas elecciones en España.

Una vez más la ciudadanía ha sido más moderna e inclusiva que sus instituciones y ha dicho un no rotundo a muchos abusos de poder con los que había quien se creía que habíamos aprendido a convivir sin inmutarnos. No ha sido así. El triunfo moderado pero emocionante del PSOE (si bien a muchas de nosotras nos duele el descenso de Unidas Podemos, no queríamos 23 diputados de Vox ni que Ciudadanos remontara de una forma tan competitiva) nos ha recordado a una España que creíamos extinta. Entiendo que a aquella España hay quien no quiere regresar ni confía en que nos pueda llevar por un camino sensato, pero verla aparecer el domingo pasado después de las elecciones fue reconfortante no sólo para quienes habían votado al PSOE sino para quienes lo hemos votado durante muchos años. Hay que reconocerlo: nos emocionó ver que el PSOE recuperaba una fuerza que habla de una sociedad que sentimos más nuestra que la de la trama Gürtel, el caballo de Abascal o el desprecio de Inés Arrimadas.

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Nuestro derecho a fusilar a Puigdemont

Por Semana Santa en la localidad sevillana de Coripe fusilan al 'Judas del año'. En otras ocasiones les tocó a Eva Sannum, Iñaki Urdangarin, el asesino de Marta del Castillo o la asesina del niño Gabriel. Los personajes que se linchan, año tras año, son elegidos por el AMPA de la escuela pública del pueblo y la celebración está declarada de Interés Turístico Nacional. Este año han fusilado una simbólica figura de paja que representaba al presidente de la Generalitat Carles Puigdemont y Quim Torra ha dicho que pondrá una denuncia por odio. Los periódicos más furibundos de Catalunya se relamen los bigotes, acusan a España de inacción y denuncian a la prensa española de inacción. Y el escritor Quim Monzó ha escrito un tuit dirigido, simbólicamente a su madre, granadina: "Gracias, mamá, por haber huido de esta puta mierda y no haber querido regresar jamás". Así las cosas en la Catalunya profunda. Porque por más que hable el presidente y uno de nuestros escritores más conocidos, ésta no deja de ser una Catalunya profunda.

La tradición es tan brutal y brutalista como muchas otras tradiciones catalanas y españolas: la Guardia Civil carga los fusiles de los voluntarios de fusilar, acribillan a un muñeco de paja y le prenden fuego. Cuando arde, lo celebran. Lo escribo desde Catalunya donde hay tradiciones como tirar patos cautivos al mar y cazarlos en masa para cocinarlos aquel mismo día o incendiar los cuernos de un toro para que enloquezca y tengamos la sensación de que nos ataca. Un lugar en cuyas cabalgatas la mayoría de los reyes negros son reyes pintados de negro; sí, todavía hoy. O desde el Estado español, en cuya celebración del 12 de octubre (que ya de por sí es una salvajada) hay un espacio especial llamado 'Espacio del inmigrante'. En estos países en los que se ha celebrado miles de veces el asesinato de un toro, se han tirado cabras de un campanario o se ha salido a las calles a matar judíos como parte de una tradición. Aquí, nos llenamos la boca de desprecio.

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A la izquierda le falta estrategia

Recuerdo que cuando Aznar gobernaba (públicamente) este país hizo una visita a la Universidad de Lleida y dio los buenos días a Lérida; así, en castellano. Una prima mía que estaba en aquel auditorio me contó el revuelo. ¿Se imaginan? Se consideró una falta de respeto que no llamara a la ciudad catalana con el nombre que había recuperado tras décadas de franquismo. Casi una provocación. De aquello hace más de veinte años y, desde entonces, aquel experimento incipiente se ha convertido en un modus operandi. Una estrategia. Sin duda, hoy la crispación es uno de los recursos más efectivos de la derecha. Y funciona. Claro que funciona. ¿Por qué, si no, iba a ir Albert Rivera a Errentería, Santiago Abascal atacaría a la prensa en Valladolid o Cayetana Álvarez de Toledo diría en TV3 que el medio público de televisión ha dado un golpe de estado? Los tres saben que las tres son certezas absurdas. Incluso creo que saben que son mezquinas. Pero funcionan. Por supuesto que funcionan. Lo saben porque lo han probado.

Su estrategia es mucho mejor que la de la izquierda. No de ahora, de siempre. Probablemente porque muchas políticas de derechas son más difíciles de legitimar y se sostienen en una jerarquía y una estructura que involucra y en la que intervienen muchos agentes sociales. De otro modo sería imposible, como se dice en catalán, "passar bou per bèstia grossa"; que literalmente significa 'pasar buey por bestia grande' y que hace, sin duda, referencia a esta capacidad (o incapacidad) de asumir que las cosas son así sólo porque lo dicen ellos, ellas.

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Abascal no es Steve Bannon

No es Steve Bannon. Esto es una evidencia. Santiago Abascal no es Steve Bannon y no porque nos haga pensar en una caricatura que reconocemos, sino porque mira al pasado y no al futuro. Steve Bannon quiere destruir para reconstruir, Abascal destruir para recuperar. Ambos se rigen por ese mismo patrón destructivo que pretende sacudir a la sociedad hasta hacer que se ataque a sí misma. Uno con el delirio de que el mundo nuevo lo necesitará a él, promotor del caos, para guiarlo hacia un futuro mejor (entiéndase mejor no como más enraizado en el bien común, sino en el negocio inimaginable que supondrá hacerlo). El otro con la absurda ilusión sin sentido de que cuando el mundo se quiebre retrocederá a un pasado mejor (tampoco pensando en el bien común, eso no es mejor para Santiago Abascal, sino más recto, más acorde a unos valores que ya casi no pesan nada, menos abierto). Así que no nos dejemos engañar. Ambos lo hacen por dinero. Se ven como líderes y estandartes de dos mundos que no existen: el que no llega y el que ya terminó. Su egocentrismo patriarcal, heterosexual, blanco y enfermizo con el que quieren erigirse como adalides de sociedades que imaginan no sólo refuerza su ignorancia e incultura emocionales, sino que son un negocio. Un burdo, ofensivo e impune negocio. Que no solo desprecia el mundo tal y como lo hemos construido sino a sus votantes, seguidores y achichincles.

Steve Bannon fundó un movimiento con el nombre literario de 'The movement' que aglutina a partidos de extrema derecha europeos y se hermana con otros de otros lugares del mundo como Japón o Corea del Sur. Abascal es una de sus piezas del tablero imaginario con el que decide el futuro del mundo. No es la extrema derecha tal y como la conocíamos. Es una extrema derecha instalada en un mundo de redes sociales, noticias urgentes y una impunidad informativa sin precedentes. Pero Santiago Abascal no es Steve Bannon. Abascal es una caricatura y Bannon un estratega (nos guste o no reconocérselo).

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Proust con autismo

Hace algunos años, una de mis mejores amigas y una de las mujeres más inteligentes que conozco tuvo un hijo precioso de nombre Samuel. Mi amiga Bety y su pareja, Pedro, son dos lectores empedernidos que mantienen y promueven una relación exquisita con el lenguaje. Ambos viven dentro y cerca de la literatura todo el tiempo y usan el lenguaje para establecer un vínculo con el mundo. O establecían. Porque cuando nació Samuel todo cambió y Bety y Pedro han podido aprender cosas que, sin él, nunca hubieran podido saber.

A Samuel lo llamamos Proustete, así de literaria es nuestra manera de juntarnos y ser amigas. Y Proustete nació, sin que lo supiéramos, con autismo. Durante un tiempo ni Bety ni Pedro se dieron cuenta. No sabían, como han tenido que aprender miles de personas, que había otras maneras de entrar en el mundo. Ni siquiera las habían buscado. La literatura les parecía una mirada privilegiada (que es) y un rumbo infalible (que también es). Pero, como siempre, Proust sabía cosas que nosotros ignorábamos.

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Sí, perdón, México

Claro que una institución como la Casa Real Española debería pedir perdón a un país como México. Es una evidencia y no una locura de López Obrador. Para muestra tres botones: que el PP sigue creyendo que conquistar es civilizar, un restaurante de Barcelona en cuyos manteles ponía hasta hace muy poco algo así como: "alegra la cara, no todo es tan malo, nosotros conquistamos América" (lo denunciamos en Twitter y cambiaron los manteles) y que se sigue celebrando el día de la hispanidad aunque en América Latina se llame el día de la raza.

He escuchado argumentos que podrían parecer válidos excepto por una salvedad. Me explico. He leído que quienes conquistaron América fueron los abuelos de las personas que han nacido allá, que si Obrador también piensa pedir perdón a las comunidades indias que se unieron en la conquista a los españoles o si el actual rey español no es culpable directo de algo que ocurrió hace 500 años. Las tres son ideas que hay que pensar. Pero nadie le está pidiendo al ciudadano Felipe que pida perdón por una matanza, una falta de respeto por una cultura y una humillación y expolio sistemático que no ha cometido él directamente; se le está pidiendo al representante de la Corona del Reino de España que pida perdón por un acto que cometió el Reino de España. ¿Por qué no debería ser así? ¿En qué momento prescriben los delitos de las instituciones? Muchos gobiernos han pedido perdón muchos años después: Alemania por Hitler, Europa por permitir el franquismo, España por… ah no. España no. España no pide perdón, por sistema. Este país, el segundo con más fosas comunes, el país hispanohablante que peor ha hecho una revisión histórica y un mea culpa, el que no ha tenido la dignidad de perseguir a los responsables de una dictadura cuyos estragos seguimos padeciendo, el que ha mantenido estatuas de Franco de pie y sigue conviviendo con naturalidad con signos de la Falange, no. Este país no pide perdón aunque sus instituciones se perpetúen en los siglos.

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Quiénes quieren romper España

Esta capacidad de objetivar países que tiene la clase política es francamente sospechosa. En confundirlos con un ente con una vida propia que no es la suma de todas las personas y seres vivos que la conformamos, sino algo más atávico. Casi divino. Insiste la derecha una y otra vez en que nadie puede romper España; como si fuera una cosa. Un objeto. La pieza de algún conglomerado. Como si este país no fuera algo vivo y latente que se modifica a sí mismo porque está compuesta por millones de seres vivos que nacen y mueren, vienen y van, abortan y se reproducen constantemente: árboles, microbios, montañas, ríos, playas, personas…

La auténtica voluntad de no romper España sería otra: impedir que las playas desaparezcan por la construcción de diques para puertos, cuidar el medio ambiente para que no se desertice el territorio, sobreponer la necesidad de las personas a las de las aucas del estado y sus ridículos repartos, no permitir crímenes ni manifestaciones de odio ni la vulneración de los derechos fundamentales, respetar la vida y los derechos humanos, respetarnos, escucharnos, dialogar, pactar...

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Matar en directo. Matar sin arte

Decía el filósofo alemán Theodor Adorno que si algo deberíamos aprender de la Segunda Guerra Mundial es a experimentar no con los cuerpos sino con el arte. El morbo, la fascinación, la saña, no obstante, parecen haberse impuesto con descaro. Recuerdo hace tiempo que a mi amigo periodista Óscar Martínez, del Salvador, autor de libros imprescindibles y acompañante de migrantes en el tren de ‘la bestia’ durante su cruce en México y editor en el necesario periódico El Faro, le pregunté por qué según él la violencia había llegado a tal grado de exposición en la guerra de México entre el narco, a qué se debía que las formas de la violencia fueran cada vez más explícitas y repugnantes, en qué momento se había perdido el pudor ante la muerte. Su respuesta fue contundente y no la he olvidado nunca: "Porque ser malo es uno cosa, pero parecer malo hoy es muy difícil. Hoy la gente que comete un acto de maldad tiene que asustar a otra gente que ha cometido muchos". Se refería, claro, a los cárteles mexicanos, las maras centroamericanas, los traficantes de personas y de armas, los asesinos de periodistas… Y es cierto.

En México hemos vivido algunas escenas de violencia que han cambiado, radicalmente, nuestra manera de mirar el mundo. Gente y momentos que no olvidaremos jamás y lo han reconfigurado todo. Y desde que comenzó la guerra del narco yo he pensado muchas veces en aquella sugerencia (casi súplica) de Adorno: experimentemos con el arte, no con los cuerpos.

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