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Lolita Bosch

Lolita Bosch. Barcelona, 1970. Escritora y activista. Su proyecto de activismo cultural contra la violencia y la exclusión, así como su propio trabajo literario, los proyectos por la paz activos y los programas literarios de autoaprendizaje que imparte y los que dona a víctimas se pueden ver en campuslolita.com

Lo emocional de la política que no sabemos contarnos

¿Y si en todo esto hay un gran, gran componente emocional que no sabemos explicar y/o no lo saben entender? Recuerdo hace muchos años que un diputado vasco se levantó en el Congreso de los Diputados en Madrid y dijo: "Yo lo único que no entiendo es que este señor no entienda que yo no me sienta español". Años después podríamos ampliar la estupefacción de aquel parlamentario y decir que "muchas de nosotras y de nosotros no podemos entender que algunas y algunos de ustedes no entiendan que lo que sentimos no lo sentimos para ofender". ¿Se lo han planteado las políticas y los políticos del Estado Español? Deberían.

No sé cuántas veces he creído necesario insistir en que no queremos ofender a la ciudadanía española desde Catalunya; es más: que aunque el nuestro se convirtiera en un país independiente yo no renunciaría a la nacionalidad española porque la estimo y la siento como propia. Pero en Catalunya hay millones de personas que no (no puedo dar números, nadie puede, no nos permiten hacer un referéndum. Pero vivo activamente aquí y sé que somos millones y que si estamos equivocadas en las cuentas estaremos encantadas de hacer una votación para refrendarlas).

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Mi 1 de octubre a pesar de la sentencia

He esperado unos días. Quería contar un 1 de octubre tranquilo y he esperado porque tienen preferencia (ética) quienes vivieron y/o padecieron en Catalunya una violencia que todavía hoy sigue siendo inexplicable. Y porque en Catalunya y seguro que en muchos otros lugares del Estado estamos aguantando el aire hasta que salga la sentencia. Y eso a pesar de que tantos presos, presas y juicios después seguimos sin saber quién dio la orden de machacar a una ciudadanía pacífica (ahora ya, se mire por donde se mire, este es un hecho innegable) que había decidido ejercer su derecho a voto en un referéndum.

Se podría esgrimir (y se esgrime) que es ilegal convocar un referéndum pero en cambio nadie puede culparnos por haber participado en él. Yo voté el 1 de octubre, junto a mi hija, mi madre y mi abuela: cuatro generaciones de mujeres. Y voté en un ambiente festivo, tranquilo, rural, bonito, cordial y alegre.

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Como Gobierno no me viene nada

País al que vas, país del que escuchas, país del que alguien se queja y siempre la misma sensación de que este ridículo y tantos actos impunes e injustos sólo somos capaces de cometerlos aquí. Lo he escuchado, y seguro que ustedes también, en distintos lugares del mundo, en conversaciones con personas de todos lados. La pregunta que me hago es: ¿lo habrán escuchado también las políticas y los políticos? ¿Hay quien pueda pensar que no tienen ninguna sensación de ridículo, que todo es pura avaricia y poder? ¿Debemos juzgar el papelón que está haciendo el Gobierno del Estado español como una lucha por el poder y basta? ¿O es que estamos en manos de mujeres y hombres ineptos? ¿No será un poco de todo?

Da miedo la ineptitud, casi más que la avaricia. La ineptitud es un estado en el que uno se acopla con naturalidad e incluso se vuelve inconsciente de sus propias limitaciones. Todas, todos somos ineptos e ineptas en algo. Por suerte. Pero las personas que representan nuestras necesidades, nuestros intereses y nuestras esperanzas, deberían estar obligadas a hacer ejercicios constantes de autocrítica y dejar de vivir en esta especie de lucha de gallos mexicana en la que aplauden a quien más fuerte golpea (haya visto el contrincante un abuso o no). Como decía hace años un árbitro de fútbol: la falta la decide el color de la camiseta.

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La muerte como negocio

Hace años supe del primer narcotour que se hacía en el noroeste mexicano para ver los lugares donde estaban enterrados algunos capos, donde se habían librado algunas batallas y donde nacieron algunos líderes de cárteles que habían “alcanzado” representación nacional e incluso internacional. Pensé en inscribirme porque había leído mucho sobre los nombres y lugares que recorrían; y recuerdo tener un dilema sobre qué debía hacer. Finalmente decidí no hacer el tour. Ya sabía de recorridos por mansiones de Hollywood y caminos a pie para cruzar la frontera franco-española que sirvió de camino del exilio. Todas eran propuestas distintas pero todas tenían algo en común. Hoy, aquel dilema parece casi silenciado. Los tours han llegado a nuestras pantallas y, de este modo, a nuestras casas.

La extraordinaria escritora Svetlana Aleksiévich ha observado con horror las ristras de turistas que se hacen fotos en lugares altamente tóxicos porque han visto la serie basada en su periodismo de investigación imprescindible. Lo uso como ejemplo extremo aunque podríamos hablar de las visitas a Alcásser, a lugares de masacre en El Salvador o del terrible espectáculo en el que algunas personas convierten su visita a los campos nazis.

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Ni ñordos ni polacos

Cuando el movimiento independentista comenzó a crecer en Catalunya, muchas de nosotras, de nosotros, nos sumamos a un entusiasmo contagioso con la convicción de que se podrían cambiar cosas fundamentales. A mi modo de ver, y de acuerdo a mis motivos, fundamentalmente dos: nunca he querido ser súbdita de un rey y nunca he querido gastar una parte importantísima del dinero público en un ejército. Ser republicana y ciudadana con un ejército de paz me parecía un derecho y una razón. Así que me sumé, trabajé, me manifesté, colaboré y sumé mi voz a muchas voces distintas que por convicción o por indignación pedían un referéndum que me sigue pareciendo justo y necesario.

Permítanme un pequeño flashback. Hace muchos años, un buen amigo mío madrileño, hijo de militar, me mandó una postal a mi pueblo de l'Empordà. Un lugar pequeño y poco conocido. Puso el nombre de la provincia (Girona) pero era antes de que usáramos códigos postales. Así que detrás de mi nombre, mi dirección y el nombre de mi pueblo, escribió: Girona - Polonia. El único mensaje de la postal era: "A ver si así llega". Él estaba convencido, como tantas otras amigas y amigos españoles, que llamarnos polacos (así, en femenino, estoy hablando de antes incluso de los códigos postales) a las catalanas y catalanes era afectuoso. Y recuerdo que a mí me hizo gracia que llegara. Nunca me pareció una ofensa, hasta que un grupo de música (de cuyo nombre prefiero no acordarme) gritó en un escenario: ¿Hay algún polaco de mierda en la sala?. Hostia, pensé, soy una polaca de mierda (siempre va con el "de mierda": moro de mierda en la Península, "cholo de mierda" en el Perú… en fin). Así que con esta sensación de que si yo era polaca de mierda, mis amistades, mis familiares y el resto de habitantes de Catalunya también pensé que basta. Que una cosa era ser polaca y otra polaca de mierda. Hasta entonces yo había pensado que nos llamaban polacos porque estábamos en el extremo de la Península, así como Polonia está en un extremo de Europa. Nada más. Semanas más tarde estaba en una cena y un chico de Castilla dijo: "A mí me da igual que algunos polacos quieran la independencia, lo que no puedo tolerar es que catalanicen Santo Vicente de Taüll". Tardé un rato en entender que Santo Vicente de Taüll se refería a la extraordinaria iglesia de la Vall de Boi. Y años después sigo sin saber qué significaban 'catalanizar' ni 'yo no puedo tolerar'. En aquel corto tiempo vi un germen, pero lo identifiqué con pequeños grupúsculos con los que apenas me relacionaba y que eran los extremos más incomprensibles de las sociedades.

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Relato de tantos náufragos

¿Recuerdan empatizar con el personaje de 'Relato de un náufrago' de Gabriel García Márquez? Su triste relato a la deriva, su búsqueda, su hallazgo. ¿Recuerdan? Era un caso real, el del colombiano Luis Alejandro Velasco: quien sobrevivió diez días sin comer ni beber nada. Gabriel García Márquez era, en aquel entonces, reportero. Y el libro fue en su inicio una serie de capítulos hechos por entregas en el periódico en el que trabajaba.

García Márquez le donó las regalías del libro durante 14 años, momento en el que Luis Alejandro Velasco lo llevó a juicio porque en su prólogo Gabriel García Márquez había escrito que "los libros no son de quien los escribe sino de quien los sufre". Obviamente, lo perdió. El trabajo lo había hecho el periodista y además le había regalado durante muchos años los derechos de la obra de forma absolutamente voluntaria y generosa. Pero como dictaminó la justicia, aquella donación de derechos, "no había tenido como fundamento el reconocimiento del marino como coautor, sino la decisión voluntaria y libre de quien lo escribió".

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El hartazgo, la vergüenza y la prensa

Escucho con estupor a nuestra clase política, sí, claro, pero también leo con estupor e indignación la prensa (por llamarla de algún modo). Traten de hacerlo como si comenzaran de cero: lean declaraciones de Torra, Sánchez, Arrimadas, Meritxell Batet, Esperanza Aguirre y tantos otros, tantas otras, como si no las hubieran escuchado antes. La indignación que provocan es un barómetro importante para medir el hartazgo de nuestra sociedad. Y convivimos con esa indignación y esta vergüenza diariamente, como si la política se hubiera convertido en esto. Como si no tuviéramos memoria de políticas y políticos rigurosos, coherentes, solidarios. Los hemos tenido, las hemos tenido.

En la clase política hay muchas personas que quieren hacer las cosas bien hechas y están trabajando por los motivos correctos: el bien común, la generosidad, la ética social, la decencia. Pero la prensa… ay, la prensa. La prensa da voz a quien no tiene nada que decir, publica con demasiada frecuencia noticias (por llamarlas de algún modo) sin cotejar y prioriza de acuerdo a intereses que van más allá de nuestro derecho a estar informadas, informados.

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Madame la condesa y Fuenteovejuna, señor

Recuerdo cuando nació el diario Público. Guardé una de sus primera portadas: cuando se desmontó, del centro de Santander, la última estatua a Franco que quedaba de pie en la península. Quedan otras, en islas y territorio africano. Pero Público consideró que el hecho de que la última representación de Franco saliera de la Península Ibérica era una noticia de primera página. Lo era. De hecho, años después, debería seguir siéndolo.

En estos días publica eldiario.es que en Santander se ha organizado un pasacalles franquista. Dice así: "El pasacalles fue organizado por la Asociación Almirante Bonifaz (sí, el reconquistador de Sevilla del siglo XIII que sigue manteniendo reconocimiento ocho siglos después), quien puso en conocimiento de la Delegación del Gobierno el acto. Según informa la Delegación de Gobierno, en dicha solicitud no se hacía constancia de la exhibición de símbolos franquistas, sino 'una solicitud de pasacalles y ofrenda floral a los caídos, que discurriría hasta la Plaza de la Catedral', de lo cual se dio traslado al Ayuntamiento de Santander para que dispusiera del operativo habitual. No hubo solicitud de manifestación, que requeriría de autorización, sino que se informaba de un pasacalles". Como si, de otro modo, se hubiera prohibido. Pero no, hoy en este Estado Español no podemos tener la certeza de que se hubiera prohibido una manifestación franquista. Sabemos, de sobras, que la ley mordaza no es igual para todas y todos.

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Los robots, las mujeres y el trabajo

De un tiempo a esta parte el nuevo temor que promueve el mercado es el pánico a que los robots nos dejen sin trabajo. Es la nueva amenaza. Nuestro nuevo límite: si sólo sabemos hacer algo que puede aprender a hacer un robot, no bastamos y no serviremos en una sociedad de futuro. En pocos años el 50% de los trabajos que hoy hacemos lo harán ellos y nosotras, nosotros, seremos a cada día que pasa menos útiles, más dependientes del mercado, más esclavos y menos capaces. Parece un mensaje hecho de forma expresa para aterrorizar, pero es un mensaje que comenzamos a repetir con sospechosa frecuencia. Y yo insisto en que quienes deberían darnos miedo no son los robots sino las personas que se creen que reemplazar otras personas (que no sean ellos, ellas) es fácil y posible. Y lo que sin duda también debería darnos miedo es que somos así, absurdamente sustituibles. No lo somos. Pero el efecto que produce pensar que una máquina puede hacer en el mundo lo que hoy hace en una cadena de montaje, nos merma. Sin duda. Y esa merma nos influye de distintas maneras y reconfigura nuestro lugar en la sociedad. De hecho, nos lo arrebata. Es como si esta sociedad, si lo que sabemos hacer lo aprenden a hacer los robots, no nos necesitara.

Y más allá de que resulte obvio que las máquinas hoy hacen miles de cosas que hasta hace un tiempo hacíamos nosotras y nosotros, también lo es que gracias a esta posibilidad nosotras y nosotros estamos haciendo cosas que hace un tiempo no nos hubiéramos siquiera planteado. Nos hubiese resultado imposible, apenas unos años atrás, pensar no sólo en exquisiteces como la nueva gastronomía o en socializar ciertos accesos a la educación con el nuevo modelo de producción cultural, sino también en accesos a cosas aparentemente menos importantes pero que igualmente han modificado y siguen modificando nuestro mundo. No sólo gracias a las máquinas y la tecnología, sino gracias a lo que las máquinas y la tecnología nos han enseñado de nosotras y nosotros mismos, que es mucho. 

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Ay, Albert

Quién te ha visto y quién te ve. No quiero hacer leña del árbol caído, pero sí pensar que hay modos que al final fracasan. Que la gente es mucho más inteligente de lo que a veces parecen pensar ciertos políticos y políticas. Que se imponen el sentido común y la convivencia. Que la ciudadanía somos una muestra de que a pesar de todo, de todo, tendemos todos a la vida: a cuidarnos las unas a los otros y salvar la sociedad que habitamos. Si no fuera así, todo habría desaparecido hace tiempo. Que los depredadores encuentran siempre su límite. Y que todas las personas que reman a favor del bien común acaban siendo mayoría. No es ingenuidad, es una evidencia: seguimos vivas, vivos. Y no, no estoy exagerando. Destruir para rehacer es un negocio, una locura de la derecha, un mordisco del capitalismo extremo y una estupidez. Pero no es un movimiento que nos salve. Y sabemos que salvarnos es hacer lo que es mejor para todas, para todos.

Crear cizaña es la antítesis. Tratar a las personas como si no supieran trabajar por ese bien común es la antítesis. Chillar, gritar, aparentar, amenazar, hacerse el indignado, escandalizarse y escandalizar, aprovechar cualquier derrota ajena para subir escalones, no compadecerse ni acompañar, herir (gratuitamente herir), odiar, es la antítesis. En tu partido sois muchos, muchas. Y estoy segura (y me consta) que hay en sus filas gente honesta, rigurosa y convencida de que está trabajando por algo con lo que yo no empatizo pero que comprendo que haya quien lo defienda (sí, lo comprendemos, no nos ofende que no pensemos igual). Del mismo modo, todas las personas que os votan son diversas. Siempre he defendido no crear perfiles exangües de candidatos, candidatas ni votantes. No me parece absurdo votar a Ciudadanos aunque yo no lo haría. Y quiero a muchas personas que han confiado en vosotras, en vosotros. He leído algunos de vuestros programas e incluso he encontrado en ellos cosas con las que coincido y que celebraría que se implantaran. No, no me parecéis unos locos de la derecha ni unos intransigentes sin criterio. O, cuando menos, no todas y todos vosotros.

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