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Lolita Bosch

Lolita Bosch. Barcelona, 1970. Escritora y activista. Su proyecto de activismo cultural contra la violencia y la exclusión, así como su propio trabajo literario, los proyectos por la paz activos y los programas literarios de autoaprendizaje que imparte y los que dona a víctimas se pueden ver en campuslolita.com

Sí, me too y la culpa no era mía

Me llamo Lolita, fui violada a los 11 años y aquel ataque brutal y espeluznante cambió mi vida. Lo dije hace unos meses en un programa de televisión y lo publiqué en redes el pasado fin de semana: “DIGÁMOSLO. FINALMENTE DIGÁMOSLO... 38 años más tarde: ‪*Y la culpa no era mía (fue un señor mayor) ‬‪*Ni como andaba (vestido blanco y azul) ‬‪*Ni cómo dormía (sofá, 11 años). ‬#MeToo ‬#YLaCulpaNoEraMia‬ siempre lo he sabido y tras tantos años y tanta terapia y tanto amor yo ya estoy curada después de atravesar un larguísimo infierno. Con secuelas, como todas, pero libre y feliz. Ahora veo a estas chavas en la calle y me admiran. Ojalá hubiéramos estado todas entonces. Pero aquí estamos todas ahora. Aquí mi solidaridad con ustedes, compañeras. Decirles que se gana. Triunfa el amor.” Porque triunfa el amor. Vean, si no, lo que ahora estamos haciendo las unas por las otras. Como comentó una mujer en mi facebook: “Y así nos descubrimos viendo que las chicas de hoy salvan y sanan a las chicas que fuimos nosotras antes”. Que es exactamente lo que está ocurriendo. Y otra: “Está cabrón lo que están logrando con ésto, ¿no? Yo siento mucho agradecimiento y que mi carga se aligera cada vez más.” Pero lo peor es la evidencia, que una amiga comentaba así en sus redes: “Al parecer todas las mujeres, desde niñas, hemos sido violentadas en el aspecto sexual. Ya sea por omisión, por exhibicionismo, o por tocamientos. Sí, todas.. ”

Mi conclusión de estos días emocionantes y tristes, fue que “Entiendo que nos estamos dando cuenta de la cantidad infame de mujeres que hemos sido violadas, no?Entiendo que esto ha de servir de revulsivo. Que nuestra fuerza para hablar merece una respuesta masiva, de todas las mujeres a las que afortunadamente no les ha ocurrido, de todos los hombres que no eran conscientes... esto tiene que ser un antes y un después. Conste”. Porque tiene que serlo. En todo el mundo las mujeres hemos levantado la voz para hablar de un dolor íntimo y que nunca se apaga del todo, muchas de nosotras para constatar lo que ya sabíamos: Somos mayoría. La mayoría de las mujeres del mundo hemos sido violadas (si no todas violentadas, como comentaba mi amiga) y desde entonces, desde todas y cada una de nuestras violaciones, desde todos y cada uno de los momento más angustiosos, repugnantes y difíciles que hemos atravesado perplejas por el tabú social, no ha ocurrido nada. Hemos seguido viviendo, valientes, respuestas, atónitas, en un mundo que actúa como si la mitad de su población no hubiera sido profundamente herida. 

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Mi amiga Bety, la impunidad, la guerra y los Mossos

Tengo una amiga mexicana que lleva años viviendo en Catalunya. Casada con un catalán y madre de un niño precioso. Se llama Bety. Sin duda, una de las amigas más inteligentes, talentosas y graciosas que tengo. Bety y su marido, Pedro, hacen activismo cultural desde siempre y tratan de mejorar las condiciones sociales y artísticas de su ciudad periférica: Santa Coloma, a la que llamamos con orgullo Santaco. Mi amiga Bety, de Santaco, es investigadora en la universidad y periodista. Observadora sagaz, crítica y valiente. Ha trabajado contra la guerra de México, con mujeres del este de Europa que quiere saber cómo están viviendo aquí... Porque mi amiga Bety es una de esas mujeres fuertes y valientes y sensatas que hacen falta en todas las sociedades. Y por suerte nuestra vive aquí. Aún así, nunca ha querido pedir la nacionalidad española a la que tiene derecho y se mantiene atenta desde hace más de una década a las necesidades de allá: de México. Y ahora, que por primera vez la paró la policía, increíble, lamentable, tristemente, esto fue lo primero que pensó: suerte que esto no me está ocurriendo en México o en Chile. Porque mi amiga Bety sabe que a pesar de la injusticia, el miedo en el otro lado del océano siempre es peor. No por el comportamiento de la policía en la calle (que también) sino por las condiciones de protección de las detenidas y los detenidos.

Esto es lo que le pasó: Bety, analista de redes e influencias, colgó en twitter una fotografía con un comentario: "cuatro yogurteras y 10 elementos de los mossos de esquadra están frente a un acto de Omnium Cultural". No porque se indigne más con las fuerzas del orden si están frente a un acto independentista sino porque, como le dijo al policía que la detuvo y que tuvo la impunidad de preguntarle por qué estaba haciendo fotos: le gusta hacer fotos de cosas no habituales. Una manifestación un sábado en la mañana en Sant Andreu (otro barrio periférico), un pelotón de policía alerta frente a la ciudadanía (por suerte a la gente como mi amiga Bety eso le sigue pareciendo injusto) y unas furgonetas al acecho. Vio más. Vio cómo la policía empezaba a detener aleatoriamente a algunas personas y a pedirles papeles. Unas (probablemente con DNI español) querían saber por qué las detenían. Otras simplemente daban el NIE y esperaban con una paciencia que han / hemos aprendido en lugares mucho, mucho más impunes.

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Lo emocional de la política que no sabemos contarnos

¿Y si en todo esto hay un gran, gran componente emocional que no sabemos explicar y/o no lo saben entender? Recuerdo hace muchos años que un diputado vasco se levantó en el Congreso de los Diputados en Madrid y dijo: "Yo lo único que no entiendo es que este señor no entienda que yo no me sienta español". Años después podríamos ampliar la estupefacción de aquel parlamentario y decir que "muchas de nosotras y de nosotros no podemos entender que algunas y algunos de ustedes no entiendan que lo que sentimos no lo sentimos para ofender". ¿Se lo han planteado las políticas y los políticos del Estado Español? Deberían.

No sé cuántas veces he creído necesario insistir en que no queremos ofender a la ciudadanía española desde Catalunya; es más: que aunque el nuestro se convirtiera en un país independiente yo no renunciaría a la nacionalidad española porque la estimo y la siento como propia. Pero en Catalunya hay millones de personas que no (no puedo dar números, nadie puede, no nos permiten hacer un referéndum. Pero vivo activamente aquí y sé que somos millones y que si estamos equivocadas en las cuentas estaremos encantadas de hacer una votación para refrendarlas).

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Mi 1 de octubre a pesar de la sentencia

He esperado unos días. Quería contar un 1 de octubre tranquilo y he esperado porque tienen preferencia (ética) quienes vivieron y/o padecieron en Catalunya una violencia que todavía hoy sigue siendo inexplicable. Y porque en Catalunya y seguro que en muchos otros lugares del Estado estamos aguantando el aire hasta que salga la sentencia. Y eso a pesar de que tantos presos, presas y juicios después seguimos sin saber quién dio la orden de machacar a una ciudadanía pacífica (ahora ya, se mire por donde se mire, este es un hecho innegable) que había decidido ejercer su derecho a voto en un referéndum.

Se podría esgrimir (y se esgrime) que es ilegal convocar un referéndum pero en cambio nadie puede culparnos por haber participado en él. Yo voté el 1 de octubre, junto a mi hija, mi madre y mi abuela: cuatro generaciones de mujeres. Y voté en un ambiente festivo, tranquilo, rural, bonito, cordial y alegre.

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Como Gobierno no me viene nada

País al que vas, país del que escuchas, país del que alguien se queja y siempre la misma sensación de que este ridículo y tantos actos impunes e injustos sólo somos capaces de cometerlos aquí. Lo he escuchado, y seguro que ustedes también, en distintos lugares del mundo, en conversaciones con personas de todos lados. La pregunta que me hago es: ¿lo habrán escuchado también las políticas y los políticos? ¿Hay quien pueda pensar que no tienen ninguna sensación de ridículo, que todo es pura avaricia y poder? ¿Debemos juzgar el papelón que está haciendo el Gobierno del Estado español como una lucha por el poder y basta? ¿O es que estamos en manos de mujeres y hombres ineptos? ¿No será un poco de todo?

Da miedo la ineptitud, casi más que la avaricia. La ineptitud es un estado en el que uno se acopla con naturalidad e incluso se vuelve inconsciente de sus propias limitaciones. Todas, todos somos ineptos e ineptas en algo. Por suerte. Pero las personas que representan nuestras necesidades, nuestros intereses y nuestras esperanzas, deberían estar obligadas a hacer ejercicios constantes de autocrítica y dejar de vivir en esta especie de lucha de gallos mexicana en la que aplauden a quien más fuerte golpea (haya visto el contrincante un abuso o no). Como decía hace años un árbitro de fútbol: la falta la decide el color de la camiseta.

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La muerte como negocio

Hace años supe del primer narcotour que se hacía en el noroeste mexicano para ver los lugares donde estaban enterrados algunos capos, donde se habían librado algunas batallas y donde nacieron algunos líderes de cárteles que habían “alcanzado” representación nacional e incluso internacional. Pensé en inscribirme porque había leído mucho sobre los nombres y lugares que recorrían; y recuerdo tener un dilema sobre qué debía hacer. Finalmente decidí no hacer el tour. Ya sabía de recorridos por mansiones de Hollywood y caminos a pie para cruzar la frontera franco-española que sirvió de camino del exilio. Todas eran propuestas distintas pero todas tenían algo en común. Hoy, aquel dilema parece casi silenciado. Los tours han llegado a nuestras pantallas y, de este modo, a nuestras casas.

La extraordinaria escritora Svetlana Aleksiévich ha observado con horror las ristras de turistas que se hacen fotos en lugares altamente tóxicos porque han visto la serie basada en su periodismo de investigación imprescindible. Lo uso como ejemplo extremo aunque podríamos hablar de las visitas a Alcásser, a lugares de masacre en El Salvador o del terrible espectáculo en el que algunas personas convierten su visita a los campos nazis.

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Ni ñordos ni polacos

Cuando el movimiento independentista comenzó a crecer en Catalunya, muchas de nosotras, de nosotros, nos sumamos a un entusiasmo contagioso con la convicción de que se podrían cambiar cosas fundamentales. A mi modo de ver, y de acuerdo a mis motivos, fundamentalmente dos: nunca he querido ser súbdita de un rey y nunca he querido gastar una parte importantísima del dinero público en un ejército. Ser republicana y ciudadana con un ejército de paz me parecía un derecho y una razón. Así que me sumé, trabajé, me manifesté, colaboré y sumé mi voz a muchas voces distintas que por convicción o por indignación pedían un referéndum que me sigue pareciendo justo y necesario.

Permítanme un pequeño flashback. Hace muchos años, un buen amigo mío madrileño, hijo de militar, me mandó una postal a mi pueblo de l'Empordà. Un lugar pequeño y poco conocido. Puso el nombre de la provincia (Girona) pero era antes de que usáramos códigos postales. Así que detrás de mi nombre, mi dirección y el nombre de mi pueblo, escribió: Girona - Polonia. El único mensaje de la postal era: "A ver si así llega". Él estaba convencido, como tantas otras amigas y amigos españoles, que llamarnos polacos (así, en femenino, estoy hablando de antes incluso de los códigos postales) a las catalanas y catalanes era afectuoso. Y recuerdo que a mí me hizo gracia que llegara. Nunca me pareció una ofensa, hasta que un grupo de música (de cuyo nombre prefiero no acordarme) gritó en un escenario: ¿Hay algún polaco de mierda en la sala?. Hostia, pensé, soy una polaca de mierda (siempre va con el "de mierda": moro de mierda en la Península, "cholo de mierda" en el Perú… en fin). Así que con esta sensación de que si yo era polaca de mierda, mis amistades, mis familiares y el resto de habitantes de Catalunya también pensé que basta. Que una cosa era ser polaca y otra polaca de mierda. Hasta entonces yo había pensado que nos llamaban polacos porque estábamos en el extremo de la Península, así como Polonia está en un extremo de Europa. Nada más. Semanas más tarde estaba en una cena y un chico de Castilla dijo: "A mí me da igual que algunos polacos quieran la independencia, lo que no puedo tolerar es que catalanicen Santo Vicente de Taüll". Tardé un rato en entender que Santo Vicente de Taüll se refería a la extraordinaria iglesia de la Vall de Boi. Y años después sigo sin saber qué significaban 'catalanizar' ni 'yo no puedo tolerar'. En aquel corto tiempo vi un germen, pero lo identifiqué con pequeños grupúsculos con los que apenas me relacionaba y que eran los extremos más incomprensibles de las sociedades.

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Relato de tantos náufragos

¿Recuerdan empatizar con el personaje de 'Relato de un náufrago' de Gabriel García Márquez? Su triste relato a la deriva, su búsqueda, su hallazgo. ¿Recuerdan? Era un caso real, el del colombiano Luis Alejandro Velasco: quien sobrevivió diez días sin comer ni beber nada. Gabriel García Márquez era, en aquel entonces, reportero. Y el libro fue en su inicio una serie de capítulos hechos por entregas en el periódico en el que trabajaba.

García Márquez le donó las regalías del libro durante 14 años, momento en el que Luis Alejandro Velasco lo llevó a juicio porque en su prólogo Gabriel García Márquez había escrito que "los libros no son de quien los escribe sino de quien los sufre". Obviamente, lo perdió. El trabajo lo había hecho el periodista y además le había regalado durante muchos años los derechos de la obra de forma absolutamente voluntaria y generosa. Pero como dictaminó la justicia, aquella donación de derechos, "no había tenido como fundamento el reconocimiento del marino como coautor, sino la decisión voluntaria y libre de quien lo escribió".

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El hartazgo, la vergüenza y la prensa

Escucho con estupor a nuestra clase política, sí, claro, pero también leo con estupor e indignación la prensa (por llamarla de algún modo). Traten de hacerlo como si comenzaran de cero: lean declaraciones de Torra, Sánchez, Arrimadas, Meritxell Batet, Esperanza Aguirre y tantos otros, tantas otras, como si no las hubieran escuchado antes. La indignación que provocan es un barómetro importante para medir el hartazgo de nuestra sociedad. Y convivimos con esa indignación y esta vergüenza diariamente, como si la política se hubiera convertido en esto. Como si no tuviéramos memoria de políticas y políticos rigurosos, coherentes, solidarios. Los hemos tenido, las hemos tenido.

En la clase política hay muchas personas que quieren hacer las cosas bien hechas y están trabajando por los motivos correctos: el bien común, la generosidad, la ética social, la decencia. Pero la prensa… ay, la prensa. La prensa da voz a quien no tiene nada que decir, publica con demasiada frecuencia noticias (por llamarlas de algún modo) sin cotejar y prioriza de acuerdo a intereses que van más allá de nuestro derecho a estar informadas, informados.

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Madame la condesa y Fuenteovejuna, señor

Recuerdo cuando nació el diario Público. Guardé una de sus primera portadas: cuando se desmontó, del centro de Santander, la última estatua a Franco que quedaba de pie en la península. Quedan otras, en islas y territorio africano. Pero Público consideró que el hecho de que la última representación de Franco saliera de la Península Ibérica era una noticia de primera página. Lo era. De hecho, años después, debería seguir siéndolo.

En estos días publica eldiario.es que en Santander se ha organizado un pasacalles franquista. Dice así: "El pasacalles fue organizado por la Asociación Almirante Bonifaz (sí, el reconquistador de Sevilla del siglo XIII que sigue manteniendo reconocimiento ocho siglos después), quien puso en conocimiento de la Delegación del Gobierno el acto. Según informa la Delegación de Gobierno, en dicha solicitud no se hacía constancia de la exhibición de símbolos franquistas, sino 'una solicitud de pasacalles y ofrenda floral a los caídos, que discurriría hasta la Plaza de la Catedral', de lo cual se dio traslado al Ayuntamiento de Santander para que dispusiera del operativo habitual. No hubo solicitud de manifestación, que requeriría de autorización, sino que se informaba de un pasacalles". Como si, de otro modo, se hubiera prohibido. Pero no, hoy en este Estado Español no podemos tener la certeza de que se hubiera prohibido una manifestación franquista. Sabemos, de sobras, que la ley mordaza no es igual para todas y todos.

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