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Las izquierdas y sus alianzas

"Trabajemos, pues, las alianzas y, en vez de cerrarlos, abramos caminos a los pactos: por necesidad política y por consideraciones éticas", afirma el autor

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A estas alturas, y en esta España nuestra, no parece muy razonable que un partido político de izquierda, ni de los nuevos ni de los antiguos, pretenda acceder al poder y gobernar en solitario. La reciente ruptura del pacto que en Andalucía había permitido un Gobierno de coalición entre PSOE e IU en la comunidad autónoma, desde dicha apreciación inicial, hay que considerarla como una mala noticia. Si, tras ser disuelto el parlamento andaluz y adelantada la convocatoria de elecciones autonómicas por la presidenta de la Junta, en el uso legítimo de sus atribuciones, se insiste por ella misma en esa idea de un Gobierno políticamente "solipsista", entonces a la mala noticia del final abrupto de un Gobierno de coalición se añade la triste conclusión de que lo que empezó con un acuerdo prometedor, en cuanto a una nueva cultura de pactos por la izquierda, se ve desmontado por una secuencia de decisiones y aconteceres políticos que han supuesto retroceder respecto a lo avanzado en esa dirección. Pienso que la etapa de la coalición que ha gobernado la Junta de Andalucía no se merecía el desenlace que ha tenido; creo que su presidenta –aparcando algunas cuestiones– podía haber explorado otras posibilidades en las relaciones entre los partidos que sustentaban su Ejecutivo; reconozco que tampoco desde IU se pusieron las cosas fáciles en determinado momento. Pero, visto todo, considero necesario llevar el análisis más allá de los hechos inmediatos y reflexionar sobre lo que me parece imprescindible en nuestro presente y de cara al futuro, a partir de la coyuntura en que se encuentra Andalucía, con sus posibles correlatos en el conjunto de España.

Hagamos una constatación antropológica elemental: los humanos, como sujetos, no vamos por la vida en solitario, ni individual ni colectivamente. Lo cual no quiere decir que tengamos que ir en rebaño o en manada. Todo se cifra en cómo se conjugue lo individual y lo colectivo, lo particular y lo general. Cada persona concreta no es imaginable sin la socialidad que le es constituyente. Ni cada sujeto colectivo puede pensarse sin la realidad plural de la sociedad en la que se inserta. Un partido político, como organización social, no puede plantearse su acción al margen de la pluralidad de realidades políticas de la que forma parte, máxime en democracia cuando del hecho de la pluralidad se pasa al reconocimiento del pluralismo como valor político, incluso refrendado constitucionalmente. La necesidad política, y obligación ética, de tener en cuenta dicha pluralidad no queda en suspenso ni aun en situaciones parlamentarias de mayoría absoluta. Pasar por encima de ello es lo que hace que en ciertos casos hablemos de "rodillo parlamentario", lo cual señala un comportamiento ilegítimo aunque formalmente esté amparado por la legalidad.

Tener en cuenta la pluralidad es, por tanto, obligado en democracia. Pero, además, en las actuales condiciones de la izquierda es insoslayable si de verdad se quiere avanzar frente a la derecha. Desde la izquierda ya no vale que cualquiera de las fuerzas políticas que en ella se ubican piense en detentar el monopolio de la alternativa o en mantener el duopolio de un bipartidismo compartido con la derecha. El panorama de la izquierda es plural, con una diversidad que no sólo responde a que hayan surgido nuevas formaciones políticas, como Podemos, por el descrédito y el desgaste de otras, llamadas "tradicionales", como es el caso del PSOE y también de IU, sino que se debe a su vez a la compleja diversidad de una ciudadanía que busca también nuevos cauces y modos de participación y de representación política. Partiendo del análisis de las nuevas realidades y circunstancias hay que extraer las conclusiones pertinentes, destacando entre ellas la imperiosa necesidad de articular alianzas de izquierda –previsiblemente más viables mediante pactos postelectorales– para ofrecer al electorado alternativas verdaderamente transformadoras a las injustas políticas que viene aplicando la ortodoxia neoliberal.

Preparar el terreno a alianzas de izquierda, generar condiciones adecuadas para ellas, tener puentes entre partidos diferentes..., no debe plantearse meramente como vías de recambio por no poder conseguir mayorías absolutas. Todo ello ha de acometerse como estrategia política fecunda para forjar resistencias y construir propuestas compartidas, haciendo valer en positivo el hecho de la pluralidad capaz de articularse en torno a programas de gobierno solventes y creíbles. Y si cabe decir que sin estrategia no hay acción política, pues, desnortada, quedaría en mero activismo sucumbiendo al más craso pragmatismo –como de hecho ocurre–, hay que subrayar con tinta roja que la estrategia que actualmente necesitamos ha de contar como pieza clave con una estrategia de alianzas capaz de dar paso a pactos operativos entre fuerzas capaces de verdaderas reformas de signo solidario y emancipador. En tal sentido cabe recordar con el filósofo alemán Karl-Otto Apel que hasta la moral necesita estrategia –a condición de no verse engullida por la estrategia misma– para no acabar en moralismo estéril. Y siendo así hasta ese punto, es más que razonable suscribir con el politólogo Daniel Bensaïd que una izquierda sin razón estratégica está perdida; es más, termina moviéndose a oscuras en el eclipse de la política. Trabajemos, pues, las alianzas y, en vez de cerrarlos, abramos caminos a los pactos: por necesidad política y por consideraciones éticas. Ambas cosas convergen en no defraudar a la ciudadanía, es decir, en no fallar ante nosotros mismos.

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