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Qué bonita mi ciudad sin turistas

Paseamos por calles recuperadas para el ciudadano, sin aglomeraciones ni cruceros, sin ruidos ni degradación... pero también sin actividad económica, sin empleos y sin ingresos

Plaça Sant Felip Neri, de Barcelona

Plaça Sant Felip Neri, de Barcelona EFE

Qué bonita está nuestra ciudad sin turistas, ¿verdad? Hacía tantos años que no la veíamos así: sin aglomeraciones en el centro a cualquier hora. Sin buques desembarcando cruceristas de tres mil en tres mil. Sin trenecito, sin coches de caballo, sin bicitaxis, segways ni patinetes. Sin bares y tiendas a precios guiris. Sin el trocotroco de los trolleys. Sin despedidas de soltero, sin borrachos cantando de madrugada, sin olor a meado en los portales. Con espacio para caminar. Con niños jugando en las calles. Con bancos libres en la plaza. Con monumentos y museos a disposición de los vecinos. Con el mirador despejado para la puesta de sol. Con aparcamiento.

Qué bonita está nuestra ciudad. Sin turistas, y sin turismo: sin actividad económica para tantas empresas y trabajadores. Sin clientes, sin huéspedes, sin compradores. Sin ingresos, sin ventas, sin sueldos, sin propinas. Sin eventos, sin festivales, sin fiestas populares que atraen visitantes de todo el mundo. Con hoteles y restaurantes cerrados, con persianas aún bajadas. Con trabajadores en ERTE, otros despedidos, sin renovar o sin contratar en plena temporada. Con autónomos en cese de actividad, quemando ahorros o refinanciando deudas. Con muchos otros sectores que no viven directamente del turismo pero se resienten en ciudades donde tantos sueldos dependen del número de visitantes.

Qué bonita está nuestra ciudad. Si al principio del confinamiento circulaban fotos de animales salvajes (ciervos, zorros, patos…) regresando a las calles vaciadas de humanos, en las últimas semanas somos los vecinos los que regresamos a las calles vaciadas de turistas. Y resultamos tan exóticos como aquellos animales. En ciertas plazas del centro de, por ejemplo, Barcelona, llama más la atención un niño jugando que un búfalo pastando.

Qué bonita. Después del confinamiento no queremos salir de casa, y ahora tampoco queremos que regresen los turistas a nuestras ciudades. Nos gustaría mantenerlas más tiempo en el espejismo de estos días regalados: vacías, tranquilas, lentas, habitables. Si encima vemos a los visitantes extranjeros como posibles transmisores del virus (llegados algunos desde países donde la situación sanitaria aún no está controlada, como el Reino Unido), para qué queremos más: que no vengan, que solo traen gentrificación y ahora también virus.

Pero "España tiene que vivir, y nosotros vivimos de lo que vivimos", dijo este lunes Fernando Simón en respuesta a las dudas sobre la apertura de fronteras a turistas, un mensaje reiterado últimamente. Por eso las prioridades quedan claras: el sistema sanitario está exhausto tras meses de pandemia, la atención primaria sigue falta de recursos para otra ola, no sabemos qué pasará en septiembre con la vuelta a las aulas, el sector cultural agoniza con las restricciones de aforo… pero miles de turistas europeos pueden ya bajarse del avión sin apenas control, turistear por todo el país a su gusto, y debemos estar tranquilos porque se van a poner mascarilla y mantendrán la distancia de seguridad. Y si hay rebrote no pasa nada: volvemos a meter a los niños en casa y arreglado. Es lo que hay, "vivimos de lo que vivimos", la crisis económica no puede esperar más, toca reiniciar el país justo cuando empieza la temporada alta, no molesten, circulen.

Hay mucho que pensar y repensar en la dependencia turística de España. Hace años que distintos colectivos reclaman un debate sobre sus efectos económicos, sociales o ambientales, la precariedad que sostiene el modelo turístico, los desmanes urbanísticos cometidos en su nombre, o la dudosa riqueza que deja (la comunidad más entregada al turismo es también la que tiene más población en riesgo de pobreza: Canarias). Pero el debate sobre el turismo es uno de esos debates para el que nunca es buen momento, nunca toca. Cuando las cosas van bien, qué necesidad hay de repensar nada, si batimos año tras año el récord de turistas. Y cuando vienen malas, olvídate de repensar leches, que ahora se trata de sobrevivir y virgencita que me quede como estoy. Ya otro año hablaremos del "nuevo modelo productivo", la I+D+i y un Silicon Valley en cada comunidad, que ahora toca competir con otros destinos, no perder nuestra marca bien posicionada, vender seguridad al visitante, y que vuelvan los toros cuanto antes, que a los guiris les gustan mucho y olé.

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