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La construcción conjunta de la convivencia

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Corría el año 1987. Granada era una pequeña capital de provincia acostumbrada a los numerosos visitantes que llegaban desde lejos para admirar los delicados palacios y jardines de la Alhambra, para perderse por las intrincadas calles del Albaicín o para dejarse llevar por el desenfreno en una exótica zambra del Sacromonte.

Pero poco a poco fueron llegando otras personas desde lejos, que en lugar de maletas cargaban con la esperanza de echar raíces y construirse un futuro más próspero, tanto para ellas mismas como para las familias que dejaban atrás. Personas cuyo viaje era arriesgado y peligroso, que encarnaban el sueño de toda una comunidad que construyó con ellas un proyecto migratorio que beneficiaría también a la colectividad.

Su presencia en las calles granadinas era una consecuencia más del cambio social que estaba experimentando España, que estaba dejando de ser un país de emigrantes para convertirse en un país de acogida. Pocos podían intuir entonces la profunda transformación que viviría la sociedad en las décadas posteriores, la cual supuso un inmenso cambio de conducta en toda una población cuyo nivel adquisitivo aumentaba, permitiéndole el acceso a empleos con sueldos más elevados y mejores condiciones laborales.

Un pequeño grupo de personas se puso en los zapatos de estos nuevos vecinos de Granada y abrió una minúscula oficina que no tenía más pretensión que ayudarles a salir adelante en una ciudad desconocida. En muy poco tiempo se vio la necesidad de profesionalizar dicha atención, analizando una casuística cada vez más diversa e interviniendo de forma integral sin caer en el paternalismo. Ya no se trataba sólo de solidarizarse y tender la mano a las personas inmigrantes, sino que muy pronto se tuvo la convicción de que era necesario actuar estratégicamente para transformar la legislación y las políticas públicas, con el objeto de garantizar la igualdad de oportunidades y el respeto a los derechos de todas las personas residentes en el país, al margen de su situación administrativa. Con este objetivo se creó, junto con otras entidades andaluzas, la Federación Andalucía Acoge, organización que pelea desde el año 1991 por la construcción de una sociedad más plural y justa.

Como todas las sociedades, la nuestra está en constante cambio, por lo que sería ilusorio pretender que la convivencia se logrará sólo a través del esfuerzo unilateral de las personas llegadas desde fuera, sino que tenemos que construir conjuntamente una convivencia en la que quepamos todos y todas. En esta construcción cumplen un papel fundamental las administraciones públicas, que son las responsables de garantizar la cohesión social y el bienestar de todas las personas residentes en España. Por ello mantenemos una postura crítica y propositiva, trabajando de forma coordinada con la administración, pero desde la reivindicación de políticas sociales e intervenciones más inclusivas.

Por otra parte, a lo largo de estos 30 años han sido muchas las personas que han formado parte del proyecto de Granada Acoge, brindándonos de forma desinteresada su tiempo, su esfuerzo o su apoyo económico. También hemos trabajado codo con codo con numerosas asociaciones y colectivos para concienciar a la población sobre las dificultades a las que tienen que enfrentarse las personas inmigrantes y hemos organizado conjuntamente acciones reivindicativas y espacios de encuentro intercultural. Es preciso recordar la generosidad y el compromiso de tantas y tantas personas para no caer en el desánimo ante las noticias sobre el notable incremento de la xenofobia en Europa.

Los barrios granadinos se han llenado de acentos y se han enriquecido con los aportes de personas de orígenes muy distintos. Desde que llegaran los primeros inmigrantes han pasado ya tres décadas, y muchas personas nacidas en otros lugares se han convertido en zaidineras, chaneras, albaicineras o greñúas. Otras, lamentablemente, han tenido que volver a hacer las maletas para buscarse -como le ha ocurrido a tantos españoles y españolas- un nuevo destino en el extranjero para trabajar. Por ello, al pasear por las calles de Granada deberíamos diferenciar menos entre personas autóctonas y personas de origen inmigrante, y hablar más de vecinos y vecinas: sólo reconociendo que todos y todas formamos parte de una realidad cambiante podremos crear estrategias e iniciativas ciudadanas para hacer frente a las dificultades que afectan al conjunto de la población.

Las personas jóvenes deberían tener un papel protagónico en este proceso, ya que muchas de ellas han crecido entre códigos culturales distintos y se desenvuelven con una habilidad pasmosa en contextos diferentes, gracias a una gran capacidad de adaptación a los mismos, así como a un uso instintivo de la empatía. Haríamos mal en no potenciar las competencias de estos jóvenes, que son quienes están mejor capacitados para ayudar en la construcción de una sociedad más abierta e intercultural.

Por ello, 30 años después de que un pequeño grupo humano se organizara para fundar una asociación dedicada a la atención de las primeras personas que llegaban para asentarse en España, en Granada Acoge seguimos trabajando por la cohesión y la transformación social, con el convencimiento de que es preciso contar con la ciudadanía en su conjunto para lograr una convivencia que tome en cuenta a todos los vecinos y vecinas de la ciudad.

Assane Top, presidente de Granada Acoge

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