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Adrián Escudero

Adrián Escudero es doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es catedrático de Ecología en la Universidad Rey Juan Carlos en Madrid.

¿Por qué no penalizamos la mentira?

La sociedad de la que todos formamos parte no deja de sorprendernos con sus profundas contradicciones. Se valoran aspectos como la honradez, la honestidad, la sinceridad y la transparencia, pero el éxito social, o al menos el económico, lo alcanzan con mucha frecuencia los tramposos, los mentirosos y los egoístas. Diseñamos un complejo entramado de leyes para impartir justicia y luego nos las saltamos. Decimos, orgullosos, que las leyes son iguales para todos y luego permitimos que el que tiene dinero, pertenece a la Casa Real o es un alto cargo civil o eclesiástico se libre de una cárcel y unas sanciones que nos hubieran caído sin ninguna duda a cualquier otro miembro de la sociedad.

Pero últimamente estamos alcanzando límites históricos de cinismo social: elegimos democráticamente a políticos que han mentido y no hacemos nada para destituirlos cuando nos siguen mintiendo. Como es bien sabido, se ha incluso acuñado un término nuevo para justificar la mentira. Lo llamamos ahora posverdad. Es el término que refleja esa tendencia creciente según la cual la gente está dispuesta a dar más crédito a las emociones y creencias personales que a los hechos objetivos. Como apuntó Javier Gallego en su programa de radio ‘Carne Cruda’, esto es newspeak en toda regla: cambiar los significados de las palabras para manipular, tal y como George Orwell predijo en su obra maestra 1984.

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España y Portugal liderarán la ciencia mundial gracias a Trump y al Brexit

El equipo de Ciencia Crítica ha tenido acceso exclusivo a un estudio del recién creado Ministerio de Economía, Industria y Competitividad que plantea catapultar a España a primera línea de la investigación mundial. Un alto  cargo del Ministerio, que ha preferido permanecer en el anonimato, explica que la idea empezó a forjarse cuando el think tank SMARTASSES, tras las sorpresas del Brexit y el plebiscito sobre el proceso de paz en Colombia, predijo que Mariano Rajoy sería investido presidente del Gobierno español, y seguidamente Donald Trump  ganaría las elecciones presidenciales en EE.UU.

Los aún no elegidos miembros del todavía no constituido Ministerio no tardaron en ver la oportunidad única que dicha coyuntura supondría para España. Numerosas personalidades del país norteamericano habían anunciado que emigrarían a Canadá si Trump resultaba elegido presidente, y en Gran Bretaña hasta la Royal Society –barco insignia de su investigación científica– había mostrado su descontento con el Brexit debido a que supondrá un descenso sustancial en el presupuesto de investigación británico. Este éxodo dejaría vacantes algunos puestos científicos clave pero supondría un recurso incalculable para los países receptores de inmigrantes de esta valía. 

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Acorralando científicamente la noción de consciencia

La consciencia es una de las grandes incógnitas de la biología moderna. Durante mucho tiempo, al menos en las culturas europeas, se supuso que la consciencia era un atributo distintivo de los seres humanos, carente de base material. Un don divino. Si bien este postulado se ha ido relajando con el tiempo, en muchos sectores de la población queda la duda sobre la especificidad humana de la consciencia. Hasta tal punto que, el 7 de julio de 2012, un grupo de científicos reunidos en Cambridge con motivo de la  Francis Crick Memorial Conference sobre “Consciencia en animales humanos y no humanos” proclamó la Declaración de Cambridge sobre la Consciencia.

Esta declaración mantiene que la consciencia no es un atributo específicamente humano. O, más precisamente, que “la evidencia indica que los humanos no son únicos en poseer el sustrato neurológico que genera la consciencia.” Entre los animales que poseen sustratos homólogos, y que por tanto podrían ser conscientes, están todos los mamíferos y las aves.

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La universidad neoliberal y la futilidad de las clasificaciones simplistas

Uno puede pensar que los que nos consideramos progresistas tenemos visiones parecidas de la realidad, de la ciencia, de la universidad. Pero no es tan sencillo. La simplificación de la complejidad a la que nos someten los medios de comunicación o nuestros referentes intelectuales reducen lo complejo a una distribución binomial de blancos y negros, de buenos y malos . Ah, tú eres de los míos, o simplemente, tú eres de los otros. Sin embargo, la realidad es mucho más diversa y polifacética.

 

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El empate de la CUP y la incultura estadística

La reciente votación de la CUP, que se saldó con un empate a 1515 votos sobre un total de 3030 votantes, dio lugar a un río de artículos en los medios que no hicieron sino demostrar que una gran mayoría de periodistas, desafortunadamente, apenas entienden la estadística. Esto es algo muy preocupante cuando no parecen tener ningún rubor en utilizarla para arrimar el ascua a su sardina.

Se trataba, en este caso, de argumentar que dado que dicho empate era un evento rayano en lo imposible, tan solo podía ser fruto de una conspiración o una astracanada – o ambas cosas a la vez. Así, se llegó a decir que la votación “arrojó un resultado que, consultados los matemáticos más expertos, sólo puede producirse si todos los planetas se alinean, Jesucristo vuelve a resucitar y las ranas echan pelo” ( Julio Llamazares en El País), o que “la probabilidad de empatar dado que queremos empatar y vamos a empatar es uno” (tuit del economista  Manuel Ale. Hidalgo que recogió Montse Baraza en El Periódico).

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El fin de una legislatura perdida para la ciencia

Las elecciones de hoy marcarán el fin del período más negro para la ciencia española desde el inicio de la democracia. En ese período, el enorme esfuerzo hecho por los científicos y las instituciones para elevar nuestro país al nivel investigador que le corresponde por su nivel socio-económico y cultural ha sido revertido por una batería de contrarreformas basadas en la premisa de que la ciencia es uno de tantos lujos que los españoles no podemos permitirnos en tiempos de crisis.

En la década que precedió al inicio de la crisis, España había aproximado lentamente su inversión en I+D a la media europea, llegando a ser tan solo un 26% inferior a ésta. Desde entonces, el gobierno desanduvo este camino, y para 2013 nuestra inversión ya era un 35% menos que la media europea. El efecto fue más dramático para el personal investigador, que en 2008 era prácticamente igual a la media europea (tan solo un 2% menos) y en 2013 ya era un 10% inferior a ésta. ¿El motivo? Entre 2010 y 2013, España redujo su inversión anual en I+D en 1700 millones y permitió que perdiéramos más de 10.000 investigadores. La mayoría de esos investigadores han abandonado la actividad científica para siempre o han salido del país, aunque los altos cargos del gobierno desprecien estas cifras calificándolas de “ leyenda urbana”. Un esfuerzo titánico para formar a este capital humano dilapidado o simplemente regalado a nuestros países vecinos.

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España se DesMarca: El gobierno acumula impagos en los programas internacionales de I+D

Durante la durísima negociación de la deuda griega, nuestro gobierno se ha presentado a la opinión pública con la que considera su imagen de marca: Rajoy, y por extensión todo su equipo de gobierno, es un hombre de honor. Cumplir con las obligaciones y con la palabra dada a los poderes económicos es, para él, un deber incuestionable. Aunque cause un sufrimiento desproporcionado a toda la población.

Por ese motivo, y en colaboración con el anterior gobierno, santificó el deber de pagar la deuda en nuestra Constitución, dando a esta obligación prioridad absoluta. Sin importarle lo que opinara la población, ni el resto de grupos parlamentarios.

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Dinero público para imponer contenidos religiosos opuestos a la evidencia científica: es España y el siglo XXI

El artículo 27.3 de la Constitución Española de 1978 establece que “los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones.” Y como  España es un estado aconfesional, ya que según el artículo 16.3 de la Constitución “ninguna confesión tendrá carácter estatal”, parece razonable interpretar (como hacen, por ejemplo, la administración y jueces de muchos países europeos de nuestro entorno y EEUU) que la enseñanza de la religión pertenece al ámbito privado. Sin embargo el Gobierno español actual tiene otra interpretación:  la forma “ natural”  de implementar el artículo 27.3 es establecer, según las resoluciones 1849 y 1850, publicadas en el BOE de 24 de febrero de 2015, la inclusión de "la religión católica como área o materia en los niveles educativos que corresponda, que será de oferta obligatoria para los centros” (Ley Orgánica 8/2013, de 9 de diciembre).  

 

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Yo también quiero un fondo de contingencia como el de la Casa Real

Hablar de la Casa Real desde nuestro blog de ciencia crítica parece un alarde inexplicable ¿no? ¿Qué diablos tiene que ver esa vetusta institución con nuestro quehacer científico? Poco, por no decir nada... quizás  un par de líneas en algún discurso sobre la importancia de nuestra tarea o un reservorio de regios nombres para las Universidades que se van creando. Menos mal, de no ser por estas pocas líneas genéticas, ¿de dónde sacaríamos nombres para nuestros centros?

En realidad la lectura de las noticias aparecidas estos días sobre los presupuestos de la Casa Real y del ejercicio de modernidad del monarca para repartir esos dineros es lo que nos ha empujado a cruzar esta frontera.

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Representación gráfica de datos: claridad, manipulación y fraude

Hace unas semanas hablábamos de estadística: de la ubicuidad de la estadística en una sociedad saturada de información y donde lo incorporación de datos numéricos parece conferir un plus de credibilidad a las noticias, de la necesidad de tener un entrenamiento riguroso para realizar análisis estadísticos correctamente, de lo fácil que es manipular la opinión utilizando estadísticas que son ciertas a medias y de la imposibilidad de detectar el fraude sin acceso directo a los datos. Es por ello que queremos dedicar un post a mostrar ejemplos concretos de manipulación y fraude con las estadísticas más sencillas que cabe imaginar: el número de observaciones. No tendremos que calcular valores medios ni desviaciones típicas, ni que comparar la variabilidad de varios grupos; podemos obviar todo tipo de cálculo complicado… nos limitaremos a contar. Y con una cosa tan sencilla, ¿se puede manipular y mentir? Sí, claro que se puede.

 

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