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Adrián Escudero

Adrián Escudero es doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es catedrático de Ecología en la Universidad Rey Juan Carlos en Madrid.

Quo vadis Homo sapiens?

La única especie humana que ha llegado al siglo XXI, de las varias del género Homo que coexistieron durante miles de años, ha dejado de regirse solamente por las estrictas leyes de la biología. Esta especie no solo es capaz de cambiar y adaptar su comportamiento con suma rapidez, sino que colabora a gran escala para lograr efectos globales sobre la base de una gran novedad: confiar en extraños. Estas ideas que desarrolla de manera muy atractiva y provocadora Yuval Harari en su best seller  Sapiens, de animales a dioses, nos llevan a una pregunta:  ¿ Es realmente tan sabio el hombre sabio - Homo sapiens- o su nombre sólo alude a su incontestable capacidad tecnológica? 

En agosto de este año se cumplían 72 años de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, algo que nos prometimos no volver a repetir.  Sin embargo, Trump y Kim Jong-un nos hacen volver a respirar esa amenaza nuclear. Tal como decía Ana Merino, “nuestra extinción no necesita de un asteroide que golpee la tierra y desencadene un invierno global. Para eso ya estamos nosotros…” Ahora que tenemos un elevado grado de control sobre nuestro planeta ¿vamos a ser o no capaces de frenar, pensar globalmente y reconducir nuestras acciones más insostenibles?

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¿A quién ponemos la multa?

Cabría pensar –o al menos es de desear– que la cultura científica aumente a la par que los desarrollos tecnológicos que mejoran nuestra calidad de vida. No parece, sin embargo, ser el caso. Además, con demasiada frecuencia el abordaje que se hace en los medios sobre la tecnología no hace sino aumentar la confusión. Para muestra un reciente artículo sobre el uso de radares por la DGT que puede llevar a más de uno a encontrarse con una desagradable sorpresa en forma de multa.

El artículo nos dice que la DGT aplica la regla del 7 para determinar qué conductores son sancionados por exceso de velocidad. Según esta regla, el conductor será sancionado cuando un “radar” (un cinemómetro – en realidad no tiene que ser un radar) detecte un vehículo  circulando a más de 7 km/h por encima de la velocidad permitida (o a más de un 7% por encima de la velocidad permitida si ésta es superior a 100 km/h). De esto se desprende, según el artículo, que “cuando la velocidad máxima es de 40 km/h, el radar salta al superar los 47 km/h. En un tramo señalizado a 50 km/h, ese margen de error  permite circular hasta 57 km/h, y así sucesivamente: 67 km/h, 87 km/h…”

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Actividad universitaria e ingresos económicos

Atendemos a una reunión en un prestigioso bufete de abogados situado en una de las zonas más exclusivas de Madrid. Nos han pedido nuestra participación como especialistas para apoyar con conocimiento técnico a los responsables de la toma de decisiones en el contexto de un problema de gestión del territorio. Lo relevante para este post es que, en la presentación, el abogado nos informa que es catedrático de derecho administrativo de una universidad pública madrileña. Le preguntamos si lo es a tiempo parcial y nos contesta con rotundidad que no. A nosotros, catedráticos de ecología, no se nos ocurrió nunca abrir bufete ni oficina alguna pues nuestra labor docente e investigadora no nos deja ni un minuto libre. Eso sin pensar en posibles incompatibilidades formales, legales o administrativas.

Éste es un ejemplo paradigmático de la enorme diversidad de situaciones laborales que hay bajo el heterogéneo paraguas de la actividad universitaria. Durante mucho tiempo nos hemos convencido de que la actividad docente y la investigadora son las bases sobre la que se sitúa toda esta diversidad y que no hay mucho más, salvo, en su caso, la gestión universitaria. Hemos discutido hasta la saciedad como evaluar estas dos actividades universitarias clave, la docente y la investigadora y, sobre todo, cómo valorarlas con retribuciones adicionales. El contexto es simple, lo que deseamos todos es que se reconozca debidamente el esfuerzo y el desempeño individual y que nuestra remuneración se ajuste a dicha actividad de una manera realista. El debate se ha centrado, casi exclusivamente, en cómo evaluar la actividad investigadora, en general más fácil de cuantificar, y ha pasado con frecuencia de lo pasional a una excesiva acritud. En paralelo se están llevado a cabo esfuerzos para evaluar la actividad docente, como los del programa Docentia que siguen la estela de las universidades anglosajonas (en EEUU o en RU).

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¿Por qué no penalizamos la mentira?

La sociedad de la que todos formamos parte no deja de sorprendernos con sus profundas contradicciones. Se valoran aspectos como la honradez, la honestidad, la sinceridad y la transparencia, pero el éxito social, o al menos el económico, lo alcanzan con mucha frecuencia los tramposos, los mentirosos y los egoístas. Diseñamos un complejo entramado de leyes para impartir justicia y luego nos las saltamos. Decimos, orgullosos, que las leyes son iguales para todos y luego permitimos que el que tiene dinero, pertenece a la Casa Real o es un alto cargo civil o eclesiástico se libre de una cárcel y unas sanciones que nos hubieran caído sin ninguna duda a cualquier otro miembro de la sociedad.

Pero últimamente estamos alcanzando límites históricos de cinismo social: elegimos democráticamente a políticos que han mentido y no hacemos nada para destituirlos cuando nos siguen mintiendo. Como es bien sabido, se ha incluso acuñado un término nuevo para justificar la mentira. Lo llamamos ahora posverdad. Es el término que refleja esa tendencia creciente según la cual la gente está dispuesta a dar más crédito a las emociones y creencias personales que a los hechos objetivos. Como apuntó Javier Gallego en su programa de radio ‘Carne Cruda’, esto es newspeak en toda regla: cambiar los significados de las palabras para manipular, tal y como George Orwell predijo en su obra maestra 1984.

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España y Portugal liderarán la ciencia mundial gracias a Trump y al Brexit

El equipo de Ciencia Crítica ha tenido acceso exclusivo a un estudio del recién creado Ministerio de Economía, Industria y Competitividad que plantea catapultar a España a primera línea de la investigación mundial. Un alto  cargo del Ministerio, que ha preferido permanecer en el anonimato, explica que la idea empezó a forjarse cuando el think tank SMARTASSES, tras las sorpresas del Brexit y el plebiscito sobre el proceso de paz en Colombia, predijo que Mariano Rajoy sería investido presidente del Gobierno español, y seguidamente Donald Trump  ganaría las elecciones presidenciales en EE.UU.

Los aún no elegidos miembros del todavía no constituido Ministerio no tardaron en ver la oportunidad única que dicha coyuntura supondría para España. Numerosas personalidades del país norteamericano habían anunciado que emigrarían a Canadá si Trump resultaba elegido presidente, y en Gran Bretaña hasta la Royal Society –barco insignia de su investigación científica– había mostrado su descontento con el Brexit debido a que supondrá un descenso sustancial en el presupuesto de investigación británico. Este éxodo dejaría vacantes algunos puestos científicos clave pero supondría un recurso incalculable para los países receptores de inmigrantes de esta valía. 

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Acorralando científicamente la noción de consciencia

La consciencia es una de las grandes incógnitas de la biología moderna. Durante mucho tiempo, al menos en las culturas europeas, se supuso que la consciencia era un atributo distintivo de los seres humanos, carente de base material. Un don divino. Si bien este postulado se ha ido relajando con el tiempo, en muchos sectores de la población queda la duda sobre la especificidad humana de la consciencia. Hasta tal punto que, el 7 de julio de 2012, un grupo de científicos reunidos en Cambridge con motivo de la  Francis Crick Memorial Conference sobre “Consciencia en animales humanos y no humanos” proclamó la Declaración de Cambridge sobre la Consciencia.

Esta declaración mantiene que la consciencia no es un atributo específicamente humano. O, más precisamente, que “la evidencia indica que los humanos no son únicos en poseer el sustrato neurológico que genera la consciencia.” Entre los animales que poseen sustratos homólogos, y que por tanto podrían ser conscientes, están todos los mamíferos y las aves.

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La universidad neoliberal y la futilidad de las clasificaciones simplistas

Uno puede pensar que los que nos consideramos progresistas tenemos visiones parecidas de la realidad, de la ciencia, de la universidad. Pero no es tan sencillo. La simplificación de la complejidad a la que nos someten los medios de comunicación o nuestros referentes intelectuales reducen lo complejo a una distribución binomial de blancos y negros, de buenos y malos . Ah, tú eres de los míos, o simplemente, tú eres de los otros. Sin embargo, la realidad es mucho más diversa y polifacética.

 

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El empate de la CUP y la incultura estadística

La reciente votación de la CUP, que se saldó con un empate a 1515 votos sobre un total de 3030 votantes, dio lugar a un río de artículos en los medios que no hicieron sino demostrar que una gran mayoría de periodistas, desafortunadamente, apenas entienden la estadística. Esto es algo muy preocupante cuando no parecen tener ningún rubor en utilizarla para arrimar el ascua a su sardina.

Se trataba, en este caso, de argumentar que dado que dicho empate era un evento rayano en lo imposible, tan solo podía ser fruto de una conspiración o una astracanada – o ambas cosas a la vez. Así, se llegó a decir que la votación “arrojó un resultado que, consultados los matemáticos más expertos, sólo puede producirse si todos los planetas se alinean, Jesucristo vuelve a resucitar y las ranas echan pelo” ( Julio Llamazares en El País), o que “la probabilidad de empatar dado que queremos empatar y vamos a empatar es uno” (tuit del economista  Manuel Ale. Hidalgo que recogió Montse Baraza en El Periódico).

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El fin de una legislatura perdida para la ciencia

Las elecciones de hoy marcarán el fin del período más negro para la ciencia española desde el inicio de la democracia. En ese período, el enorme esfuerzo hecho por los científicos y las instituciones para elevar nuestro país al nivel investigador que le corresponde por su nivel socio-económico y cultural ha sido revertido por una batería de contrarreformas basadas en la premisa de que la ciencia es uno de tantos lujos que los españoles no podemos permitirnos en tiempos de crisis.

En la década que precedió al inicio de la crisis, España había aproximado lentamente su inversión en I+D a la media europea, llegando a ser tan solo un 26% inferior a ésta. Desde entonces, el gobierno desanduvo este camino, y para 2013 nuestra inversión ya era un 35% menos que la media europea. El efecto fue más dramático para el personal investigador, que en 2008 era prácticamente igual a la media europea (tan solo un 2% menos) y en 2013 ya era un 10% inferior a ésta. ¿El motivo? Entre 2010 y 2013, España redujo su inversión anual en I+D en 1700 millones y permitió que perdiéramos más de 10.000 investigadores. La mayoría de esos investigadores han abandonado la actividad científica para siempre o han salido del país, aunque los altos cargos del gobierno desprecien estas cifras calificándolas de “ leyenda urbana”. Un esfuerzo titánico para formar a este capital humano dilapidado o simplemente regalado a nuestros países vecinos.

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España se DesMarca: El gobierno acumula impagos en los programas internacionales de I+D

Durante la durísima negociación de la deuda griega, nuestro gobierno se ha presentado a la opinión pública con la que considera su imagen de marca: Rajoy, y por extensión todo su equipo de gobierno, es un hombre de honor. Cumplir con las obligaciones y con la palabra dada a los poderes económicos es, para él, un deber incuestionable. Aunque cause un sufrimiento desproporcionado a toda la población.

Por ese motivo, y en colaboración con el anterior gobierno, santificó el deber de pagar la deuda en nuestra Constitución, dando a esta obligación prioridad absoluta. Sin importarle lo que opinara la población, ni el resto de grupos parlamentarios.

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