El 'gordo' de verano
Un año después de los incendios de León seguimos en el mismo punto. El sorteo de verano y su lotería invertida ya está aquí. Esta vez me puede tocar. Lo digo porque escribo desde Valdemorillo viendo caer ceniza de un cielo naranja pese a que son las cinco de la tarde. Me atrevo a decir que es bonito y si fuera emprendedor montaría una empresa de caza de fuegos forestales para llevar a turistas en busca de nuevos impactos sensoriales; olor a humo, calor, cielo de pirocúmulos cayendo sobre la cabeza y todo ello combinado con un cierto riesgo -controlado- en el que un profesional con gotas de sudor en un cuello radicalmente moreno sale derrapando con un todo terreno con aire acondicionado.
El listado de expertos y expertas va desfilando por las televisiones donde opinan y explican. Periodistas becados retrasmiten dejando ver detrás de ellos una columna de humo. Los responsables políticos van desfilando, con chalecos de comandante, con cara de estar preocupados. Puede que sea verdad. Hace un rato que he apagado la tele. A los que les ha tocado el premio están llorando y en unos días tendrán que enfrentarse a la burocracia de la post catástrofe. Los datos son de récord; superficie quemada, gente desplazada, miedo, biodiversidad destruida, enfado. El resto cogerá el coche, aunque la gasolina está carísima con las tonterías de Trump, para disfrutar de su merecido verano. Hace calor eso sí.
Lo que tenemos delante es nuevo, brutal, impactante, salvaje e inabordable. Incendios que no se conocían y para los que hay muy poco que hacer. Inapagables los llaman.
Es por ello por lo que el recetario de defensa que teníamos se ha quedado obsoleto. La discusión acalorada sobre si los montes están sucios o si de lo que hablamos es de biodiversidad y de bosques funcionales y sanos aporta poco. La matorralización de bosques jóvenes como consecuencia del abandono rural y de la dinámica de los espacios abandonados constituyen un fenómeno global. La superficie forestal aumenta. No deja de hacerlo. La mayoría son bosques jóvenes y poco funcionales ero la tendencia es clara. Otros proponen ver nuestros montes llenos de ovejas, vacas y cabras para que ahuequen estos nuevos bosques y limiten la biomasa -combustible lo llaman algunos en un afán reduccionista-. Pero la realidad es tozuda, no hay gente que quiera volver al monte, aunque se ha incentivado con todo tipo de programas públicos. El romanticismo de volver a los paisajes que nos vieron jugar a los más mayores es una utopía.
Otros piden más gestión forestal preventiva pero los datos que vamos escrutando indican que en estos mega incendios las masas tratadas no han sufrido menos que el resto de los bosques y matorrales. Esa gestión es muy útil en otro contexto climático, pero para estos “nuevos fuegos” parece que no sirven. Hay quien insiste en que lo que hace falta son más medios, aunque sabemos que frente a estos monstruos da igual. Puede que la industria de la defensa contra incendios lo viva como una oportunidad para seguir creciendo, lo vienen haciendo de forma casi lineal a lo largo de los últimos 25 años, y que la tentación del político por tirarse por esa cuesta sea una salida vendible, pero sabemos que ante estos fenómenos no hay mucho que hacer. Recordemos lo de “incendios inapagables”. Los agro-supervivientes esa gente que consigue a duras penas seguir viviendo en esos territorios echa en cara a los urbanitas el abandono al que han sido sometidos. Ellos son los que sufren de verdad esta vorágine. Nos le falta razón, pero en este punto, parece poco importante. Desde contextos urbanos se plantean iniciativas de todo tipo; lo que tenemos que hacer es meter bisontes y caballos de Przewalski en el monte. Se inventan un término nuevo más próximo a eso que llamamos soluciones basadas en la naturaleza, rewilding o si preferís re-asilvestración, donde casi todo vale, hasta meter bichos de los que no tenemos constancia que hubiera en el territorio en una escala histórica. Si no fuera dramático lo que estamos viviendo podría comprar la idea. Dar un paseo por el monte del pueblo y encontrarse uno de estos bichos debe molar.
Pero estos incendios son inapagables. Eso dicen los que se dedican a apagar incendios.
Es por ello que sin meter mano a lo “gordo”, a la relación de Homo sapiens con el planeta en una escala de gobernanza global que no existe ni se espera, no hay nada que hacer. Imitando a aquel sabio de la economía española podríamos decir, esto es el mercado, quiero decir el Cambio Global, amigo. Quizás un pacto de estado sea un buen principio.
Dentro de la arquitectura económica en la que nos movemos y que no vamos a cambiar, sólo cabe trabajar en un marco de seguridad para la gente y sus bienes. A fin de cuentas, eso en el pequeño contexto del Gobierno de España y el de sus comunidades autónomas, se puede llevar a cabo sin torpedear nada. Habrá de desbrozar franjas de más de un kilómetro alrededor de cada pueblo, aunque sea una casa, educar a la gente para que sepa que tiene que hacer en caso de incendio, afinar los sistemas de alerta temprana, coordinar a los técnicos -ojalá la UME pase a ser una unidad civil y centralizada con, al menos, los mismos medios que tiene ahora- y dar recursos para la protección civil. Lo demás, es que no te toque la lotería. Sigo esperando a la Izquierda para enfrentar la Catástrofe. Hay que cambiar el sistema económico y no se me ocurre otra forma.
En octubre hablaremos de las Danas y de los nuevos Medicanes. Ese sorteo viene también lleno de premios. A ver a quién le toca.
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