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Francisco Javier Moreno Fuentes

Científico Titular en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos (IPP) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Doctor en Ciencia Política por la Universidad Autónoma de Madrid y Doctor Miembro del Instituto Juan March. Master en Políticas Sociales por la London School of Economics and Political Science (LSE). Pertenece al grupo de investigación sobre Política Social y Estado de Bienestar (POSEB), en el que desarrolla su investigación sobre inmigración, políticas de protección social, política sanitaria y sociología urbana. Es autor o co-autor de cuatro libros y de más de cuarenta artículos académicos y capítulos en obras colectivas.

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In, Inde, IndePPendencia

Parece cada vez más claro que el “referéndum” del 1-O no será un referéndum ni nada que se le parezca, pero algo será. Ernest Urtasun (Eurodiputado de ICV) lo califico recientemente en un programa de televisión matutino como una gran protesta contra el PP. Y pensamos que no se equivoca. Posiblemente ese será el mínimo común denominador de los que se movilicen, y será también un sentimiento ampliamente compartido por muchos ciudadanos catalanes que no salgan a la calle, no quieran la independencia y rechacen la alocada carrera hacia el precipicio impulsada por los partidos nacionalistas durante estos últimos años. Todos unidos frente al PP.

El PP gana elecciones, pero concita al mismo tiempo un enorme rechazo entre amplios sectores de la población española. Según el último barómetro del CIS de julio, un 55,3% de los ciudadanos declara que nunca votaría al PP, con toda seguridad. De media, el conjunto de españoles, sitúan al PP en el 8,26 de la escala de ubicación ideológica de los partidos (de 1 a 10). Un porcentaje alto de ciudadanos (40,5%) situaba al PP en las posiciones 9-10 de la escala de ubicación ideológica (es decir, en la extrema derecha). Esta cifra aumentó sensiblemente desde que ese partido llegó al poder (en enero de 2012 era del 27%). Paradójicamente, fue incluso más baja en las legislaturas de Aznar (la cifra se situó generalmente entre el 20-25%).

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La evolución del Estado de bienestar español: un sueño que no se hizo realidad

Durante los últimos cinco años España ha estado con frecuencia en el punto de mira de la prensa europea. Después de un largo período de crecimiento económico ininterrumpido y ampliamente aclamado, la crisis financiera que se inició en 2007 parece haber acabado con lo que la prensa económica extranjera había calificado como “el milagro español”. Desde 2008, España ha experimentado dificultades económicas extremas que han compelido a los gobiernos a realizar severos recortes y a aceptar lo que la ciudadanía ha percibido como una intervención suave de la UE a cambio de los recursos necesarios para rescatar a una parte del sistema financiero español.

Antes de la crisis, los cuatros años de la primera legislatura del Gobierno de Zapatero habían sido aprovechados para completar y consolidar el Estado de Bienestar heredado del anterior período de gobierno socialista. Los 14 años de gobierno de Felipe González (1982-1996) habían sido responsables de la introducción de importantes reformas que racionalizaron los sistemas de pensiones y sanidad, ampliando la cobertura y la generosidad del primero, y moviéndose en la dirección de garantizar la cobertura universal del segundo. Además, se establecieron las bases para la prestación de servicios sociales a nivel regional por parte de las Comunidades Autónomas y municipios.

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Destino Ítaca: ¿Estamos ya todos a bordo?

A lo largo de los últimos meses la sociedad catalana ha vivido en una burbuja de agitación nacionalista que, apartando el foco de los graves problemas económicos y sociales que la atenazan, ha transformado la percepción que ésta tiene de si misma, deformándola hasta convertirla en una caricatura irreconocible supuestamente determinada a emprender, de manera irrevocable, camino hacia “Ítaca”.

En el contexto de crisis económica, política e institucional en el que vive sumida la sociedad española, las élites nacionalistas han creído identificar una “ventana de oportunidad política” para plasmar sus sueños de ruptura con el resto de España. Esta hiper-movilización de los sectores sociales y políticos nacionalistas en pos de la independencia (con la definición de etapas intermedias en la transición hacia dicho destino como el difuso “derecho a decidir”, o la eufemística “creación de estructuras de Estado”) no ha sido confrontado por un discurso articulado, coherente y realista que, emergiendo desde sectores progresistas de la sociedad catalana, desenmascare el argumentario de agravios movilizado por el nacionalismo. En el escenario de mayor tensión que se recuerda entre elites políticas del Estado y de Cataluña, no existe un verdadero relato que, desde dentro de la sociedad catalana y marcando distancias con las líneas argumentales de la derecha más inmovilista de corte nacionalista español, actúe de contrapunto al “pensamiento único” independentista impuesto desde las esferas políticas y mediáticas de Cataluña. Un relato que proponga un modelo de articulación política e institucional que, reflejando fidedignamente la inequívoca voluntad de autogobierno de la sociedad catalana, tratase de dar respuesta a sus necesidades reales: desempleo, crecimiento de la vulnerabilidad socio-económica, deterioro de los servicios públicos, gradual desmantelamiento del Estado de bienestar, indignación ante la corrupción en las instituciones públicas y en la esfera política.

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