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Íñigo Errejón

Doctor en Ciencia Política en la UCM. Secretario Político de Podemos y Portavoz de Unidos Podemos en el Congreso de los Diputados.

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Mariano Rajoy es presidente: ¿fin de ciclo o salida en falso?

1. El alto precio de una investidura

El pasado sábado Mariano Rajoy fue reelegido presidente tras trescientos días de impasse. Una primera lectura podría deducir que se ha cerrado el ciclo de cambio político iniciado el 15 de mayo de 2011, que el nuevo Gobierno del Partido Popular supone una derrota de las expectativas políticas que se habían multiplicado en los últimos años y, particularmente, desde las elecciones europeas de mayo de 2014.

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Del asalto al cerco: Podemos en la nueva fase

El movimiento del 15 de mayo de 2011 fue al mismo tiempo manifestación y catalizador de un proceso de crisis orgánica en España, que se venía larvando largamente pero que se aceleró y agudizó con la crisis financiera de 2008 y, sobre todo, con la falta de respuesta política de los actores dominantes. Algunos de sus elementos centrales han sido el funcionamiento desacompasado de los aparatos estatales, la extensión de tramas mafiosas que patrimonializaban las instituciones, la corrosión de la solidaridad entre élites como efecto de la corrupción, la quiebra de las expectativas sociales y del ascenso social individual, la pérdida de prestigio de los gobernantes y el profundo desgaste de sus partidos o las severas dificultades del modelo español de desarrollo y la inserción periférica en Europa. En suma, el orden existente aparecía a ojos de una mayoría transversal de la población como caduco, colapsado, corrupto y escasamente capaz de satisfacer demandas u ofrecer garantías de mejora en el futuro y para las siguientes generaciones y, sobre todo, con enormes inercias y dificultades para autorreformarse. Estas condiciones generaban un descontento horizontal no absorbido por las narrativas tradicionales de la protesta ni tampoco por los canales ni las promesas de los sectores dirigentes. Se configuraba así lo que interpretábamos como una situación populista.

Afortunadamente, la movilización social y su impacto sobre el clima cultural y el sentido común de época le dieron a este escenario de crisis una interpretación y politización progresista y no reaccionaria: de contestación plebeya a favor de una reordenación de la convivencia en pos de más democracia, soberanía popular y justicia social. La “hipótesis Podemos” leía que en España se abría una ventana de oportunidad para la victoria electoral de una fuerza transversal, popular y ciudadana, que articulase los consensos nuevos que ya comenzaban a fraguarse por fuera de la política institucional, en un divorcio acelerado entre “la gente” y las élites políticas y económicas. Pese a la alta contestación y polémica que esta hipótesis despertó entre las minorías activistas, las elecciones europeas del 25 de mayo de 2014 supusieron un aldabonazo que inició en la política española un ciclo corto y acelerado presidido por el empuje de Podemos, su iniciativa intelectual y cultural y la obligación del resto de fuerzas políticas a reorganizarse o mutar para hacerle frente.

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¿Por qué Podemos? Algunas razones de la remontada

El 15 de mayo de 2011 abrió un ciclo de movilizaciones que, más allá de su masividad, expresaba una situación de divorcio entre el país real y el país oficial. Hubo quienes sólo quisieron leer en aquellas protestas el enfado por la crisis económica y las políticas injustas que la agravaban. Algo de eso había, pero no era todo, y quienes hicieron lecturas cortoplacistas o creyeron que el tablero político español estaba fijado y sus posiciones ancladas para siempre, pocos años después, tendrían que cambiar el ritmo apresuradamente para no ser superados.

Era una “escisión” social por la cual una amplia mayoría de la ciudadanía expresaba que ya no creía en las promesas ni los mitos de los de arriba. Más aún, acusaba a los privilegiados de haber roto el contrato social situándose por encima de la ley, de la representación, de las posibilidades y de la confianza de “la gente”. Emergía por tanto la posibilidad de que este agregado heterogéneo, definido más bien por una ausencia, por un “no ser los de arriba”, se constituyese en voluntad política, en un proyecto de reconstrucción nacional tras los desmanes de la minoría privilegiada. La crisis no era sólo económica, ni siquiera política. Era una crisis de valores y de horizonte, una verdadera crisis nacional.

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Malena sí puede

La política en cierto modo es un arte de bisagras. La sociedad y las leyes no siempre están ajustadas las unas con la otra. Si el desajuste se estira más de lo debido, se intensifica la tarea de lo político y la gente reclama su voz con más fuerza. El arte, sin duda, respira en la misma atmósfera. Su obligación es volar muy alto y desafiar a la realidad desde el horizonte.

Nuestra generación, la que ahora se ha visto obligada a interesarse por lo político y a pelear las bisagras que hagan falta para recuperar la dignidad y la vida, crecimos con los libros de Almudena Grandes. Almudena nos ha enseñado –sigue haciéndolo– que la vida vale más allí donde el corazón es más grande que las palabras, donde el cuerpo puede más que las costumbres, donde la libertad molesta al reloj y al calendario. Que hay que desafiar a las cadenas, las de dentro y las de fuera, se vistan de lo que se vistan. Nos ha enseñado que cuando Pablo hace sombra a Lulú, ésta confunde la sombra con el deseo y el deseo con la sombra; que a Malena le cuesta la vida querer lo que es y que a Jose –María José– le atraviesa tanto el amor del nosotros que le falta amor de sí.

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