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Jesús González Pazos

Miembro de Mugarik Gabe.

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Transnacionales y criminalización de la protesta

Recientemente, delegaciones de distintos países latinoamericanos y europeos compartíamos reflexiones sobre la guerra y el nuevo escenario posible que se abre con los acuerdos de paz en Colombia. Esto ocurría en una pequeña comunidad embera, cerca de la ciudad de Medellín. En esa situación, las autoridades tradicionales nos sorprendían cuando señalaban que hablar de ordenamiento territorial da a entender que es necesario ordenar la tierra. Sin embargo, la naturaleza siempre estuvo ordenada, en equilibrio. Nos decían que es el sistema dominante quien la ha desordenado; luego, lo importante, lo urgente, es "ordenar" el sistema que impacta negativamente contra los territorios, contra los derechos y contra la vida.

Es un hecho escasamente reconocido que en demasiadas ocasiones, las palabras más sabias no necesariamente se encuentran en los seminarios académicos ni en las grandes conferencias mundiales de economistas o políticos. Por el contrario, la experiencia de cientos, miles de años de comunidades y pueblos a lo largo del planeta es la que se traduce en verdadero conocimiento, tal y como las palabras de más arriba nos transmiten. Es el sistema el problema, pues es éste el que está ocasionando desequilibrios, injusticias, explotaciones sin fin, empobrecimiento para las grandes mayorías, aumento de las brechas de desigualdad, machismos y feminicidios o el cambio climático. Son éstas, junto con otro largo etcétera, algunas de las consecuencias más graves que hoy sufrimos, pero la causa, por mucho que se nos trate de ocultar reside en ese sistema dominante que prima los intereses y beneficios económicos de las élites por encima de los derechos humanos individuales y colectivos de las personas y pueblos, reprimiendo además la protesta cuando ésta se produce. Se nos sigue queriendo mostrar, en el mejor de los casos, solo el dedo (consecuencias) para que no podamos ver la luna (causas).  

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Estados neocoloniales y el 12 de octubre

Ahora que no está de moda, hablemos un poco de colonialismo. Muchos pensarán que es un asunto pasado, histórico, y que buena gana de desperdiciar el tiempo con temas como éste; sin embargo, mantendremos en este texto que hoy un número muy elevado de pueblos y sectores sociales viven aún situaciones que podemos calificar como coloniales, aunque con evidentes matices, y alguna diferencia, sobre lo que la historia política nos contó en relación a los siglos anteriores. Precisamente, esa historia, cargada de evidentes connotaciones ideológicas, nos enseña que, salvo contadas excepciones, para las décadas de los años 60 y 70 del pasado siglo XX podemos dar por finalizado el amplio periodo caracterizado por el colonialismo. Ese sistema de dominación que, principalmente, ejerció Europa durante los últimos 300 ó 500 años (según continente) sobre la mayor parte del mundo.

Si fijamos nuestra mirada en América Latina esa misma historiografía que señala una fecha esencial en 1492, y en complementariedad con las ideologías dominantes en la mayor parte del continente, establece en hace más menos 200 años el final de la era colonial. La misma se produciría, tras las guerras con la corona española, con las proclamaciones de independencia de la mayoría de las repúblicas que hoy conocemos y que dividen ese continente.

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Sin territorio no hay vida

En los tiempos que vivimos hablar de derechos humanos ha perdido mucho espacio y sentido en las grandes declaraciones políticas. Es una realidad que evidencia que éstos, en el pasado más reciente, se usaron en demasiadas ocasiones como arma arrojadiza con fines más de contienda político-ideológica que de preocupación verdadera por el ser y estar de la humanidad. Así, aún hoy, pese a la escasez de esos discursos, todavía estos derechos son usados con evidentes intencionalidades, cuando menos, muy discutibles. Se echa mano de ellos para condenar al gobierno de Venezuela, pero se olvidan los mismos cuando se habla, por ejemplo, de México (200.000 asesinados, 30.000 desaparecidos y 350.000 desplazados en la última década). Qué decir cuando se da asiento en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU a Arabia Saudí o cuando algunos gobernantes, pese a la constante violación de esos derechos y al financiamiento ideológico y dinerario del yihadismo que hace la monarquía saudí, justifican con no se sabe qué argumentos hacer negocios con ese país, ya sea vendiendo trenes de alta velocidad para el desierto o armamento de todo tipo y condición. El negocio es el negocio y los derechos humanos son otra cosa que no deben mezclarse con los primeros.

Sin embargo, esto no debe hacernos caer en el pesimismo. En su mayoría el reconocimiento y ejercicio de todos los derechos humanos, individuales y colectivos, y para todas las personas y pueblos, debe de seguir siendo una constante en las acciones por construir sociedades realmente más justas y democráticas de hecho. Subrayaremos este último término, de hecho, en complementariedad imprescindible con otro, de palabra, que en demasiadas ocasiones se queda simplemente en eso, en la palabra, en el discurso sin su concreción en obra.

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Venezuela, con respeto y solidaridad

En la práctica totalidad del universo político y comunicativo vasco y español defender hoy al gobierno venezolano y los progresos habidos respecto a las condiciones de vida que el proceso de transformaciones ha supuesto en ese país para las grandes mayorías populares, puede abocar directamente al linchamiento. Ver supuestos debates en determinados canales televisivos o tertulias radiofónicas, así como escuchar declaraciones de la clase política tradicional es como oír un discurso monotemático que no se sale ni un ápice de la supuesta verdad: Venezuela es un régimen dictatorial y la oposición solo lucha por la democracia perdida.

Aunque para ser justos, más que el linchamiento de quien disienta de ese discurso dominante, lo que prima hoy en día en esta democracia ibérica es la invisibilización absoluta, no vaya a ser que dar cabida a alguna duda razonable pueda abrir resquicios en el muro político y mediático construido en estos años. El fin, evidentemente, ahogar la más mínima objetividad sobre lo que está ocurriendo en ese país latinoamericano. Sin duda, cualquier observador independiente podrá apreciar el sustrato de tics coloniales que todavía subsisten y que la vieja “madre patria” periódicamente saca a la luz con su íntimo convencimiento de alumbrar el camino de todo un continente atrasado y no civilizado, como si todo se hubiera quedado parado en el siglo XVI o XVII.

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El nuevo imperialismo de las élites económicas

Hace unos años, y de forma paralela a la crisis que sufrieron los planteamientos más tradicionales de la izquierda clásica tras la desaparición del llamado bloque soviético, el término imperialismo cayó en desuso hasta su casi desaparición del lenguaje político y quedó relegado a los libros de historia. No era moderno hablar de imperialismo, como casi tampoco lo era declararse de izquierdas y sí, a lo sumo, progresista. Sin embargo, el mundo sigue dando vueltas y el afianzamiento del neoliberalismo y de sus consecuencias más duras, traducidas en el dominio de los mercados y de las élites económicas sobre la vida de los estados y pueblos, vuelve a poner sobre la mesa este término.

Así, ajustándose a las nuevas realidades político-ideológicas que hoy vivimos, se hace necesaria una revisión y actualización del término y de su significado. Interesa en este sentido un enfoque que hable del nuevo imperialismo basado principalmente en el desplazamiento de la acumulación del poder desde las manos de las clases políticas tradicionales y de los estados-nación hacia las élites económicas. Pero, hasta llegar a ello, y para entenderlo mejor, exploremos algunos elementos fundamentales del imperialismo clásico.

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Más allá de los 140 caracteres

Igual ya no está de moda leer y tampoco escribir. Y esto, aunque el metro o el autobús en las mañanas nos pueden llevar aún a pensar lo contrario cuando vemos a la gente ensimismada en sus pantallas de e-books y móviles. Sin embargo, lo que en realidad se va imponiendo cada día más es la cultura de los 140 caracteres, como consecuencia lógica de la sociedad rápida, esloganizada y minimalista que vivimos. Pero también como reflejo y consecuencia de la reducción del pensamiento crítico, que el sistema dominante tiene como evidente objetivo para hacer más absoluta su prevalencia.

Cierto es que en estos últimos años se ha desarrollado, se puede decir así, un arte del reduccionismo y hay que reconocer que a veces en 140 caracteres se condensan verdades o ácidas críticas y afiladas razones. Hay personas que han desarrollado una alta capacidad para transmitir mucho con pocas palabras; es de reconocer. Pero, la otra verdad es que cada día vivimos más en base a los mensajes condensados y reaccionamos, para bien y para mal, en función de los mismos. Incluso las clases políticas, las tradicionales y las modernas, hoy se pliegan a esta nueva realidad y usan el tuit de forma continua para trasladarnos declaraciones, imágenes e ideas simples o, directamente, para la manipulación informativa y el adoctrinamiento ideológico. Exponente máximo de esto último y de la cultura del reduccionismo es el actual presidente de los Estados Unidos, que prefiere este medio antes que exponerse ante periodistas y reconoce abiertamente que no le gusta leer. Aunque aún no sabemos si es por haber desarrollado esa alta capacidad de comunicación a través de unas pocas palabras o es porque, realmente, no tiene nada inteligente que transmitir.

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Criminalizando la defensa de los derechos

Pasados unos años ya desde la implantación del neoliberalismo y aunque empieza a dar serias muestras de agotamiento, urge revisar la relación entre este sistema y los derechos humanos. La característica fundamental en este campo se podría enunciar en una sencilla y clarificadora regla: en la misma proporción que ha crecido el poder del sistema financiero y de los mercados con su insultante acumulación de riqueza, se han reducido y recortado las libertades y derechos de los pueblos y personas. En esta relación ha crecido también la brecha de la desigualdad por la falta de redistribución de la riqueza, lo que va a incidir también de forma directa sobre el cumplimiento de determinados derechos como, por ejemplo, los que corresponden a una educación y salud universal y gratuita, a desplazarse libremente, o a una vida digna para todas las personas y no sólo para quienes pueden pagarse esos servicios tras los procesos de privatización.

De esta forma, y aunque vistos los acontecimientos políticos y económicos de los últimos años,  es posible afirmar que se ha entrado en las fases finales de este injusto sistema, hoy los procesos de criminalización y persecución contra quienes defienden los derechos humanos y alternativas al modelo dominante aumentan y se multiplican en todo el mundo. Alguien podría pensar que es esta una afirmación exagerada y alarmista; hacemos por eso un breve recorrido por tres ámbitos que han visto en estos años redoblarse las actuaciones en contra de los derechos.

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Geopolítica de la comunicación en América Latina

El anterior presidente de Estados Unidos, Barack Obama, pasa a la memoria colectiva en gran medida como un “presidente bueno”. De una parte por su imagen pública, de otra, al establecerse la irremediable comparación con las primeras decisiones del actual. Sin embargo, la realidad es otra. Solo dos hechos: de una parte, mantuvo a su país en todas y cada una de las guerra abiertas que tenía al llegar a la presidencia, pese a haber prometido su salida de la mayoría, y no cerró la ilegal cárcel de Guantánamo manteniendo allí a decenas de personas, nunca juzgadas en ningún tribunal y, por lo tanto, detenidas durante años en la más absoluta ilegalidad. Esto dice poco de su concepción y respeto a los derechos humanos y de los diferentes pueblos a decidir su presente y futuro sin intromisión de terceros. Pero además, en el plano interno, durante su mandato son inocultables los continuos episodios de racismo y discriminación contra la población negra a lo largo de todo el país y en especial los protagonizados por las fuerzas policiales, dando lugar a levantamientos y protestas como hacía años no se producían. Y esto durante la presidencia del primer mandatario negro de la historia estadounidense.

Pues bien, a pesar de ello y tal y como se señala al principio, Barack Obama se ha ido de la Casa Blanca con una cierta y popular buena imagen. Sin duda, entre otros actores, pero de forma determinante, han contribuido a ello los grandes medios de comunicación, los lobbys de la imagen y la información.

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RGI: una foto de dignidad con 63.000 familias

Prácticamente todos los días desayunamos, comemos o cenamos con alguna noticia en la que  el eje fundamental es la mejora de la situación económica. Normalmente, las mismas están protagonizadas por las instituciones vascas y el empresariado. Así sabemos de nuevas ayudas a la industria, firmas de acuerdos con la patronal vasca, imágenes de inauguraciones de nuevas plantas de producción o planes de formación profesional y prácticas baratas en empresas. La tónica general es una mayoría de hombres empresarios y satisfechos, de la mano de las autoridades compartiendo fotos y desayunos de trabajo. Como decimos, la idea machacona a transmitir es que la crisis que nos asoló ya está revirtiendo y entramos nuevamente en la senda del desarrollo y el crecimiento.

Es curioso (o no) que también hay otras noticias importante en este mismo campo, que no suelen ocupar tanto espacio o, cuando menos, son presentadas de forma distinta. Unas veces con sutileza, otras, de forma enrevesada y difícil de entender en su totalidad. Nos referimos a aquellas que nos hablan de que “nuestro empresariado” no es tan modelo ni tan motor de la recuperación. Son informaciones que nos hablan de la privilegiada y sostenida disminución de impuestos a las empresas y sus beneficios o, sobre el fraude millonario que todos los años “aflora” y que también protagoniza esta misma parte de nuestra sociedad.

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Comunicación o pensamiento único

Hace ya muchos años que los medios de comunicación masivos, en el mundo occidental cuando menos, fueron acertadamente calificados como el “cuarto poder”. Aquel que nos entretiene, que nos ayuda a evadirnos de los problemas diarios, aquel que nos informa de lo que ocurre en cualquier rincón del mundo. Pero también quien, en gran medida, hoy trabaja para las élites políticas y económicas que definen nuestras sociedades y el modelo dominante; esos medios que nos manipulan y que nos empujan a pensar y actuar de una determinada forma (construyen hegemonía) al ocultarnos o tergiversarnos la realidad.

Esto lo hemos visto, por ejemplo, en los últimos tiempos cuando nos hablaban de la crisis y la caracterizaban como solo económica mientras nos ocultaban que ésta no era puntual, sino estructural a ese sistema dominante, que esconde por lo tanto también una profunda crisis política, medioambiental, de valores, ideológica. Pero, lo podemos también percibir cuando hoy leemos o escuchamos desde el altavoz que son estos medios masivos que la recesión ha acabado y entramos de nuevo en las sendas del crecimiento. Mientras esto ocurre se ocultan o minimizan los millones de personas empobrecidas por la crisis, aquellos que con trabajos precarios y temporales ni tan siquiera pueden llegar a fin de mes, o los millones de hombres y mujeres que tienen de emigrar para encontrar un futuro que no hay en sus países.

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