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José Manuel Blanco

Licenciado en Periodismo y Comunicación Audiovisual, recién llegado de Río de Janeiro, donde trabajó un año para la Agencia Efe. Antes pasó por las redacciones de ABC y lainformacion.com.

De escalar paredes a la omnipresencia: así son los superhéroes con nanopoderes

El Kameleont es un superhéroe que lucha contra los ladrones de bancos. Una vez que estos cometen el robo y, con la mercancía en su coche, creen estar a salvo, se les aparece Kameleont, que estaba mimetizado con los asientos traseros, y les arrebata el botín. Mientras tanto, Super Armi tiene la virtud de escalar por las paredes con mucha facilidad para rescatar un globo y hacer feliz al niño que lo había perdido.

Kameleont y Super Armi son superhéroes de cómic. El primero toma su poder del efecto de mimetización de los camaleones, mientras que la segunda reproduce una habilidad que ya tienen los lagartos geco, capaces de ascender por superficies verticales sujetándose con la fuerza de su propio cuerpo, como si fueran ventosas. A día de hoy estos superhéroes son solo creaciones de un concurso, pero quizá algún día sus habilidades sean reales.

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Así era Arthrobot, el abuelo de los robots cirujanos que se perdió en una mudanza

En el quirófano, con una simple orden de voz del cirujano, el robot hacía que la pierna del paciente girase, subiese o bajase a gusto de aquel, que estaba operando la rodilla. La escena llama la atención, pero lo verdaderamente sorprendente es que tuvo lugar hace más de 30 años: su protagonista, el primer robot cirujano de la historia, se llamaba Arthrobot.

En 1983, James McEwen, un cirujano canadiense inventor de un sistema de torniquete controlado por un microprocesador y director del departamento de Ingeniería Biomédica del Hospital General de Vancouver, sugirió al ingeniero Geof Auchinleck que buscase formas de implicar a los robots en la asistencia sanitaria.

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De Android a WhatsApp: así aterriza la tecnología en la lengua de signos

La Real Academia de la Lengua limpia, fija y da esplendor, pero no se caracteriza por su velocidad a la hora de incluir nuevos términos en las páginas de su diccionario. Esta lógica carencia se ve disminuida con las recomendaciones que habitualmente Fundéu, la Fundación del español urgente, hace respecto al uso de palabras provenientes de otras lenguas, conceptos modernos o simplemente vocablos de moda que no han aterrizado aún en el diccionario de la RAE.

De igual forma, un grupo de expertos se dedica a registrar y analizar las muy distintas formas con las que aterrizan esos nuevos términos en la lengua de signos que, como cada 14 de junio, está de celebración por el Día Nacional de las Lenguas de Signos Españolas, con el que se conmemora la aprobación de la ley de 2007 que supuso su primer reconocimiento oficial. 

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Cómo ganar dinero regalando tu trabajo: historias de éxito con licencia CC

En principio, ofrecieron su trabajo sin recibir una remuneración a cambio, para que cualquiera pudiera copiar, compartir y transformar a su antojo, citando a los autores originales y hasta usándolo con fines comerciales. Se encontraron con que esto fue algo diferente a trabajar gratis: hacerlo para sí mismos y dedicándose a lo que mejor se les daba les permitió ganar dinero. Todo gracias a las licencias Creative Commons.

"Cuando hablamos a la gente sobre Creative Commons, una de las primeras preguntas que nos hacen es: '¿Cómo obtengo beneficios si doy contenido gratis?'", explica a  HojaDeRouter.com  Sarah Pearson, abogada en este organismo. Ella y su compañero Paul Stancey han escrito 'Made with CC', un libro que recoge el testimonio de 24 empresas o personas que apostaron por un modelo libre para compartir su trabajo y les ha supuesto una forma de vida. Algunos lo han monetizado o han podido conseguir otros trabajos gracias a ello. Otros, mediante donaciones, 'crowdfunding' o (mejor aún) pequeñas ventas, también han demostrado que es posible sacar rédito económico a este tipo de licencias.

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Los fotógrafos que retratan a los 'hackers' como criminales con máscara y capucha

Trabajan entre sombras, con capuchas que tapan su rostro y probablemente guantes. Escriben mucho en sus ordenadores, una serie de caracteres muy pequeños, como abigarrados, que parecen difíciles de entender para los legos en la materia. A veces pueden llevar una máscara; otras, el gorro de su sudadera impide que cualquier tipo de luz haga siquiera una sombra y veamos sus facciones. Estamos hablando de los 'hackers'. O de cierta representación de los 'hackers'...

esta, esta sudadera estándar pic.twitter.com/lCk8ny8yYS

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"Aquí no se mide": cómo el celemín y la fanega retrasaron el progreso en España

A comienzos del siglo XIX, la libra, una unidad de medida de peso, equivalía a 351 gramos. Pero eso era en Huesca. A 850 kilómetros de allí, en La Coruña, una libra eran 575 gramos. Y en Pamplona, 372 gramos. Había grandes diferencias de un punto a otro del Estado español. En Ciudad Real, mientras tanto, había una unidad de medida llamada barchilla que equivalía a 16,60 litros, y una media arroba de líquidos (excepto aceite) eran 8 litros; en la cercana Albacete, la media arroba de líquidos era de 6,365 litros. Y en Cataluña usaban una llamada cuartera que a saber a qué diantres equivalía en otras regiones.

Había que poner orden y concierto, y la solución vino del exterior. Al calor de la Revolución francesa y la Ilustración, los vecinos galos habían diseñado el sistema métrico decimal para universalizar el sistema de pesos y medidas y acabar con los viejos modelos. Así, en 1799 surgía un sistema ya bicentenario. España quiso beber de los nuevos aires que llegaban de más allá de los Pirineos. Esos esfuerzos llegaron al país "con sordina y retraso", explica a HojaDeRouter.com  Fernando Ros, profesor de la Universidad CEU Cardenal Herrera y autor de 'Así no se mide: Antropología de la medición en la España contemporánea'.

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De España al Gobierno de EE.UU. visibilizando a las mujeres 'hackers'

Aterrizó en el mundo de la informática de casualidad y es ahora una de las latinas más influyentes en el mundo de la tecnología. Desde California, y mientras trabaja para el Gobierno de los Estados Unidos, procurar ayudar a las mujeres que se quieren dedicar a la ciberseguridad e intenta despertar vocaciones. Soledad Antelada (1977), de origen argentino pero residente en España desde los cuatro años, es ingeniera del grupo de ciberseguridad del Lawrence Berkeley National Laboratory y lidera también Girls Can Hack, un club de 'hackers' que demuestra que las mujeres tienen mucho que decir en este campo.

Gracias a su trabajo, muchos ordenadores se libraron de los estragos que causó a nivel global el 'ransomware' WannaCry. Aunque el pasado 12 de mayo, mientras se producían los ataques, Antelada estaba viajando a España, estuvo trabajando todo el fin de semana. Como sabían del robo de herramientas de la NSA, ella y su equipo se habían puesto previamente manos a la obra. "Llevamos un mes y medio detrás de todo eso, porque en el momento en el que eso se hace público las organizaciones ya nos la veíamos venir, que alguien iba a intentar algo", explica Antelada a HojaDeRouter.com. "A la gente que ha sido diligente y ha aplicado todos los Windows 'updates' y todos los parches de seguridad que tenían que aplicar no les ha pillado el toro con este ataque; que es lo que nos ha pasado a nosotros básicamente: lo teníamos supercubierto".

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Del Apple II a Netflix en busca de Carmen Sandiego, la ladrona que enseña geografía

Larga melena negra, gabardina y sombrero rojos y una cara semioculta. Con ella, muchos niños conocieron la esfinge de Guiza, la Mona Lisa o la torre de Pisa, Aviñón o el Partenón, o al menos eso es lo que decía la canción de la cabecera de 'En busca de Carmen Sandiego', una serie de animación inspirada en el personaje de esta criminal sofisticada que viajaba por el mundo sustrayendo monumentos y obras de arte.

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El científico que inventó la batería de tu móvil y sigue investigando a los 94 años

Si estás leyendo este artículo desde tu teléfono móvil, en parte se lo debes a John Goodenough. Y si estás leyendo este artículo desde tu teléfono móvil y te quedas sin batería, no te preocupes, que John Goodenough está trabajando para que dure aún más. Este investigador estadounidense lleva casi cinco décadas investigando los materiales que componen las baterías, con una especial predilección por el litio, un material que ahora, sin embargo, está dejando de lado. A sus 94 años, este incombustible pionero sigue investigando para desarrollar mejores sistemas de almacenamiento de energía. Y no tiene intención de parar.

Combatiente de la Segunda Guerra Mundial, este graduado en Matemáticas por la Universidad de Yale se doctoró en Física por la Universidad de Chicago y trabajó en los laboratorios del Instituto Tecnológico de Massachusetts  (MIT por sus siglas en inglés) tras regresar de la contienda. Habría que esperar unos años todavía hasta que diera comienzo la revolución de las baterías recargables de iones de litio.

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El avión supersónico que nunca despegó y otras ideas delirantes de la Guerra Fría

Se propusieron construir escudos antimisiles gigantes, aviones que viajaran al espacio y regresaran como si de un puente aéreo se tratase e incluso automóviles inteligentes. También intentaron poner en marcha proyectores cinematográficos que funcionaran con energía solar o aprovechar el supuesto potencial de los parapsicólogos. No tuvieron éxito, pero sentaron las bases de muchas de las invenciones tecnológicas actuales. DARPA, la agencia federal estadounidense para el desarrollo de la tecnología militar, lleva casi 60 años mostrando de lo que son capaces sus científicos e ingenieros.

Nacida en 1958 bajo el recelo por el desarrollo tecnológico soviético (apenas unos meses antes la URSS había sorprendido a todo el planeta con el lanzamiento del Sputnik), durante los años de la Guerra Fría DARPA trabajó para desplegar todo su potencial contra su archienemigo. La escritora y periodista Sharon Weinberger acaba de publicar 'The Imagineers of War', en el que repasa, entre otras cosas, los inventos que se idearon durante aquellos años para demostrar el poderío armamentístico estadounidense.

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