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Focos

Kepa Tamames

Activista por los derechos de los animales desde 1986, es autor de numerosos artículos de opinión sobre el binomio Ética & Animales. Participa con frecuencia en foros de debate. 

Cofundó en 1993 la Asociación para un Trato Ético con los Animales (ATEA), entidad pionera en el panorama animalista vasco.

Ha diseñado y dirigido numerosas campañas de concienciación social, incluidos varios trabajos para diferentes administraciones públicas. Coordina desde su inicio las Jornadas Vascas de Protección Animal, iniciativa anual promovida por el Gobierno Vasco.

Publicó en 2007 Tú también eres un animal, un ambicioso proyecto editorial considerado la primera guía argumental para la defensa teórica de los animales en español (con prólogo y edición a cargo de la escritora Lucía Etxebarria). Asimismo, es autor de Estigma, una colección de relatos que aborda –con generosas dosis de humor– algunos de los eternos dilemas que acompañan a la comunidad humana: el amor, la violencia, la mentira, los recursos naturales… y, por supuesto, la inevitable “cuestión de los animales”.

Aun siendo un más que discreto consumista, recomienda vivamente comprar en antitaurino.eu, pues todos sus beneficios se destinan a la causa animalista.

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Políticos, técnicos y animalistas: encuentros en la tercera fase

Con frecuencia se nos pregunta acerca de cuál es la fórmula más eficaz para la lucha cotidiana en favor de los animales. Siempre respondemos lo mismo: no lo sabemos con absoluta certeza. Pero nuestra experiencia (de varias décadas) nos apunta que el cambio de mentalidad resulta crucial en todos los sentidos. Y quizá de manera particular si se da en el ámbito administrativo-gestor: políticos + técnicos.

Acaso en una primera fase haya que hacer visible la escalofriante problemática animal, a través de los medios de comunicación (gratis total) y de cuantas vías tengamos a nuestro alcance. Cuando advirtamos que la 'cuestión de los animales' ha madurado lo suficiente, y que ya no es entendida por muchos como una excentricidad emocional de cuatro chiflados, podemos pensar en la segunda.

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Una crítica razonada a las 'consultas populares'

Percibo que vivimos tiempos extraños. Por tal adjetivo ―y desde mi estricto juicio― debe entenderse tanto 'no llegar' como 'pasarse'. Es lo que sucede a menudo con el término 'democracia': que se ha popularizado hasta rozar la banalización más absoluta. Hemos acabado asumiendo que una sociedad es más demócrata y progre cuanto más pregunta. Y no veo yo que tenga que ser necesariamente así.

De forma paralela, aceptamos como 'natural' que no se consulten determinadas cuestiones (de hecho, una abrumadora mayoría de ellas). La presencia de ambas realidades en un mismo escenario debería, cuando menos, hacernos reflexionar.

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No hay 'mataderos buenos'

Recientemente, la máxima autoridad civil de Maule (en la provincia de Zuberoa, País Vasco francés) ordenaba el cierre cautelar del matadero local, después de que trascendieran ciertas  imágenes que ponían en cuestión el protocolo de bienestar animal del centro. 'Poner en cuestión' significa en el presente contexto que algunos operarios obviaban la más elemental consideración hacia los animales que pasaban por sus manos. Así, desmembraban corderos aún conscientes, degollaban terneros agonizantes y golpeaban con brutalidad a otros.

Las terribles imágenes fueron recogidas por cámaras colocadas en lugares estratégicos -de manera clandestina, claro está- por activistas de una entidad proteccionista gala. La clausura tiene mero carácter cautelar: apenas una semana, el tiempo que necesite la policía para recabar los datos necesarios. De hecho, con toda probabilidad esté a pleno rendimiento cuando este artículo vea la luz. Los treinta y pico empleados se quedaron sin trabajo durante dicho tiempo, y hasta hubo un par de despedidos, que además se enfrentan a penas de cárcel y a fuertes multas.

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¡Que venga el lobo!

Confirmado: el lobo feroz no se comió a la abuelita. ¡Es todo un cuento! Como lo es que los lobos, en general, se caractericen por una especial ferocidad, o incluso cierta mala fe. Son simplemente lobos, y como tales se comportan, tratando de conseguir su condumio diario y sacar a sus familias adelante, como hace aquí todo bicho que se precie, con nosotros los humanos en la lista.

Lo que sí parece claro es que el lobo no lo tiene fácil en ninguna parte, y menos en Euskadi. Por estos lares se le persigue con saña, en una guerra unilateral liderada por las administraciones públicas, lo que sirve de escudo protector a los ganaderos, quienes exigen a pleno pulmón su "derecho" a explotar a ovejas y cabras, negando al tiempo a los lobos su derecho a la vida y a la integridad física.

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Tortugas de Florida: arrumbadas en un rincón o deformadas por nuestra basura

Sus cuidadores no se devanaron los sesos a la hora de elegirle un nombre: Cacahuete, pues es la forma que recuerda su caparazón. En inglés, por supuesto, pues la tortuga es de Misuri (USA) de toda la vida. Hoy su mayor ocupación le viene dada como “voluntaria” ecologista. Y lo del entrecomillado tiene razón de ser, dado que, desde su calidad de Tortuguita de Florida, no se entera de tan particular detalle. Por contra, sí se enteró cuando por maldito azar introdujo su cuerpo en una de esas mallas que tan familiares nos resultan a los consumidores, de esas que mantienen juntas varias latas de bebida para mayor comodidad del cliente. Y no puede negarse que el invento cómodo es. Pero también tiene su lado criminal. Lo escribo con contundencia porque el consumo desaforado al que parecemos abonados deja rastros de sangre y muerte. Cacahuete se salvó por los pelos (¡y eso que los quelonios son lampiños como un huevo!), a diferencia de un sinfín de compañeros de toda especie y condición que se enredan las patas en hilos de coser hasta morir de gangrena, o que se tragan preservativos usados confundiéndolos con apetitosos gusanos, o que se atiborran a plásticos de todas formas y colores –auténticas chuches para ellos, imagino–, hasta que la bola obstruye sus sistemas digestivos y una mañana aparecen como cadáveres varados en la playa.

No somos inocentes. Tendemos a pensar que solo contamina quien con deliberación y alevosía arroja basura en un bello paraje; y que solo merece reproche el maleducado que no recicla, el que escupe en la calle o el que deja caer por su propio peso el envoltorio del caramelo. También esos contaminan, claro está, y acaso con el agravante de jeta grosera. Pero aquí quien más quien menos hacemos de las nuestras. Las en apariencia cándidas mallas, o en general cualquier tipo de recipiente abierto, se convierten en trampas mortales para los animales que viven ahí, más allá de nuestras inmediatas paredes. Cualquiera que conviva con gatos sabe bien lo fácil que les resulta meterse en líos monumentales: con las bolsas de plástico, con las cuerdas, con la caja de somníferos que olvidamos quitar de la mesilla… Recuerdo haber visto multitud de fotografías protagonizadas por animales enredados en los más variopintos objetos, y hasta haber liberado palomas, peces y anfibios de su martirio particular. Y tuvieron cierta suerte, pues tropezaron con alguien que se vio en ellos y ellas, e hizo sencillamente lo que a él le hubiera gustado que le hicieran otros ante similar encerrona. Sin embargo, son inmensa mayoría los animales que, sea por mera curiosidad o por desliz alimentario, acaban sus días agonizando en un ribazo, en un lago o en el patio interior de edificaciones urbanas abandonadas.

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El lobo que cambió América

Corre la última década del siglo XIX en la vieja América de la conquista agrícola y ganadera. La caza de búfalos y otras especies se extiende por doquier, y se ha convertido de hecho en una práctica obsesiva y criminal. Ello priva de alimento a los lobos; a ellos, legítimos y ancestrales moradores de aquellas vastas tierras.

Lobo es el líder de una manada que ataca al ganado para sobrevivir, atemorizando a los colonos de Nuevo México, quienes, como buenos creyentes católicos, se ven a sí mismos como dueños y señores de todo cuanto pisan, que para eso Dios dejó claro, negro sobre blanco, que nos cede en usufructo vitalicio todo Su Santo Monte.

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¡Basta ya de malos trucos!

La persona encargada de limpiar el descansillo de la escalera se afanaba en dejar todo como los chorros del oro, cuando oyó que algo se movía dentro de una de las cajas apiladas junto al ascensor. Se acercó entre asustada y curiosa…  ¡Un conejo tricolor! Solo un milagro salvó al roedor de acabar en la basura.

¿Qué se esconde detrás de los números de magia con animales?¡Quién puede saberlo, si es magia!, respondería el gracioso de turno. Sucede a veces que un “desliz” destapa cierta realidad que jamás hubiéramos relacionado con el abuso hacia los animales. Hace no mucho, el mago más mediático de este país olvidó parte del atrezzo de su espectáculo: un conejo. El animalito fue hallado en el interior de una caja de cartón, tal y como lo dejó el artista cuando abandonó el teatro camino de otra ciudad. Al parecer, ni siquiera era la primera vez que tal cosa sucedía en Málaga.

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Como quedar atrapados en medio de un bombardeo

Uno de los pocos recuerdos agradables que conservo de mi niñez es el olor a pólvora, asociado siempre a la traca que se quemaba cada tarde en una plaza céntrica de mi ciudad, con motivo de las fiestas patronales. Un enjambre de muchachitos inquietos nos agolpábamos en la trayectoria de la ristra por ver si atrapábamos alguno de los juguetes que de allí colgaban: cuchillos arapahoes, machetes sioux, penachos de plumas cherokees… Siempre supuse que el ayuntamiento tenía una especie de convenio comercial con las tribus indias americanas, pero es algo que nunca llegué a confirmar. Cosas de críos, supongo.

Sin embargo, hoy es el día que mantengo una más que pésima relación con toda suerte del citado material, sea este en forma de inocentes petardos o de bombetas de inusitado calibre. Porque hay que reconocer que esto ha derivado en una locura colectica de difícil explicación. O acaso simplemente responda a la idiotez coral a la que nos apuntamos enseguida y sin preguntar. Yo no sé ustedes, pero un servidor recuerda que, no hace tanto, la llegada del Año Nuevo se celebraba –además de con el consabido espumoso y las malditas uvas–, con el lanzamiento de una discreta cantidad de tracas y artilugios semejantes, y durante media hora, no más; y luego la gente se dedicaba al condumio desaforado y a lanzarse pullitas entre familiares, lo clásico en Navidad.

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Cita otoñal en Bidebarrieta

Es   Bidebarrieta   el nombre de una calle de Bilbao, en pleno Casco Viejo, que alberga en su tramo inicial a su “biblioteca de toda la vida”, sita en un contundente edificio que tiene bien pasado un siglo, de estilo ecléctico, que es como no decir nada porque de todo tiene un poco. Como tal, la biblioteca ocupa una sala de alto techo, romántica y silenciosa, que para eso es sala de lectura y recogimiento. Pero yo frecuento más el Salón de Actos, en el piso superior, imponente y al tiempo discreto, con vidrieras que por sí mismas merecen una visita. Me acerco allí cada otoño, pues se celebran desde hace algunos años unas sesiones vespertinas (y públicas) de lo más interesantes, creo. Y, además, sé con absoluta certeza que no estaré solo escuchando las ponencias, siendo que desde la platea observa con atención cerúlea Don Miguel [de Unamuno]. Quizá siente nostalgia el viejo profesor de aquella su primera conferencia en lo que era entonces el centro cultural y disidente de la ciudad. Disidente aún lo es, por cuanto se tratan allí los más diversos temas a lo largo del curso. Por ejemplo, la cuestión de los animales, que a eso voy. 

Este próximo lunes día 3 se inauguran, en efecto,  las VII JORNADAS VASCAS DE PROTECCIÓN ANIMAL. Se trata de un foro de opinión en su más estricto sentido, con invitados de todas las tendencias y pareceres, media docena cada año, divididos en tres sesiones: una pareja cada jornada.

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Un infierno sobre ruedas: daños colaterales de la tauromaquia

Hay una tragedia que no se plasma en el ruedo, y que por tanto nadie es capaz de maquillar con las consabidas pildoritas sedantes del arte y la cultura.

Con frecuencia hay un después de la lidia, cuando la gente fija su atención en el diestro, héroe o villano, para el aplauso o el insulto, según toque. El toro, al derrumbarse sobre el albero, oficialmente derrotado, cesa en su protagonismo. Pero a menudo el morlaco sigue dándose cuenta de todo, aunque su cuerpo ya no le responda, por la sencilla razón de que fue cercenada su médula espinal, o como se llame eso que nos permite a los vertebrados gestionar nuestras extremidades con cierto libre albedrío. A pesar de todo, los pulmones suelen ser unos órganos tozudos, y continúan su labor, para desgracia del animal, que siente así que se ahoga; y siente bien, porque la mayoría muere por falta de oxígeno. (Pruebe el lector a dejar de respirar durante unos segundos, y comprobará en carne propia de lo que se habla). Y a veces llegan conscientes al desolladero, lo cual no es óbice para que los operarios den comienzo al protocolo de desguace, pues el siguiente –vivo o muerto– apenas tardará veinte minutos en traspasar la cortina de plástico hediondo.

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