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Marcos Díez

Escritor, poeta y periodista. Autor de los poemarios  Combustión (Visor, 2014) y Puntos de apoyo (La grúa de piedra, 2011). Ha publicado también el libro de cuentos Desdoblados (Valnera, 2012). Dirige desde 2011 la Fundación Santander Creativa.

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Avispas

Hace unos días llamó mi atención una avispa que apareció revoloteando en el interior de la estufa de leña. Era enorme y agitaba sus alas al otro lado del cristal, como si me llamase para que abriese la puerta. En lugar de abrir acerqué una linterna y comprobé que la estufa estaba llena de avispas muertas, aquello era un cementerio repleto de pequeños cadáveres atigrados que se fundían poco a poco con la ceniza. Desde la calle pude comprobar que las avispas, que parecían helicópteros, entraban y salían por lo alto de la chimenea. Así que llamé a los bomberos. Creo que tengo un nido de avispas asiáticas en casa, dije. Vamos en veinte minutos, dijeron ellos. Respondieron a mi petición de auxilio de manera proporcionada: acudieron dos camiones, uno de ellos con escala, y unos diez bomberos. Me sentí tranquilo ante el despliegue pero un poco apurado por los vecinos que miraban desde las ventanas de sus casas como si en la mía se hubiese producido un asesinato y yo fuese el asesino.

Tras vestirse con los trajes protectores dos valientes subieron en la escala y pudieron comprobar que las avispas habían hecho un nido enorme dentro de la chimenea. El nido, tal y como está ubicado, no se puede retirar, así que lo mejor serán rociarlo con gasolina y quemarlo, me explicaron. Me dio un poco de pena por las avispas pero no tardé ni un segundo en decir que sí. Y fue entonces cuando los bomberos, en una paradoja maravillosa, me pidieron un mechero. Localicé el encendedor y ellos se encargaron del resto. Me consoló que las avispas no gritaran porque el sufrimiento que uno causa pero no ve siempre es más fácil de soportar. Los bomberos, que fueron amabilísimos, se fueron y cuando entré en casa me encontré con una treintena de avispas que habían huido del incendio y habían caído en la estufa de leña. Los bomberos me habían recomendado encender la chimenea pero no tuve valor de abrir la puerta y enfrentarme a ese pequeño ejército enfurecido. El primer día pensé en matarlas de hambre pero pasadas veinticuatro horas seguían allí zumbando con una energía prodigiosa. Las observé un rato y me llegaron a parecer unos seres sofisticados y prodigiosos. Pero aquello tenía que terminar.  Con una mezcla de pena, miedo y asco, me propuse acabar con ellas, ya sin intermediarios.

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Comida para perros

Cerca de la casa donde vivo hay un pequeño supermercado familiar. Me gusta hacer allí la compra porque conozco el nombre de los que allí trabajan y ellos conocen también cuál es mi nombre y cada vez que compro unos aguacates o unos plátanos acabamos charlando un poco de nuestras pequeñas cosas o de las cosas del pueblo. El otro día compré latas de comida para el perro. Hay que ver cómo le gustaban a fulanito, me dijeron. Y me explicaron que fulanito era un  vecino que se alimentaba con latas de comida para perros. Murió la semana pasada, me informaron. No me extraña, dije yo. Se murió con más de noventa años, aclararon ellos.

No me quito a ese hombre de la cabeza, me lo imagino a veces pobre y solo, comiendo en su cocina su lata con trozos de buey o de pollo calentada en una cazuela. Puedo ver su mano temblorosa sosteniendo una cuchara humeante camino de su boca. O quizá, ya totalmente abandonado, no calentaba la comida y hundía la cuchara directamente en la lata metálica mientras desde el envoltorio amarillo y naranja un Golden Retriever lo sonreía. Otras veces, en cambio, veo a un viejo miserable, con una cuenta en el banco llena de dinero y disfrutando, avaro, de comer por ochenta céntimos al día un plato de carne en salsa o untando en un trozo de pan un poco de paté de salmón para gatos, porque la comida de gatos también le gustaba. Pienso en ocasiones en sus invitados, si es que recibía visitas. El viejo abriría la lata discretamente en la cocina y echaría el contenido en una cazuela que, después, colocaría primorosamente en el centro de una mesa. El paté lo presentaría en un plato con unos biscotes, acompañaría el menú con un poco de pan, agua y vino y disfrutaría secretamente cuando los invitados le felicitasen por lo rica que le había quedado la carne.

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La cueva

A veces entro en cuevas para contemplar pinturas que tienen, me dicen, decenas de miles de años. Es barato, están cerca, en verano se está fresquito, no te mojas si llueve y no hace demasiado frío en invierno. Me parece, además, que es una buena manera de reencontrarme con mi insignificancia. De una cueva con pinturas milenarias salgo como si hubiese ido al masajista y me hubiese quitado un montón de contracturas de encima: duele un poco al principio pero qué alivio después. Contemplo las ciervas, las formas geométricas o los caballos y me asomo con ellos al abismo del tiempo de los hombres, al agujero tan negro de la historia. Veo las manos en negativo impresas sobre la piedra rugosa y me siento tentado de poner mi mano sobre esas huellas primitivas, como si a través de ese gesto pudiese saludar a quienes decidieron hace miles de años decir: “Estoy aquí”. Entregado a su contemplación la vida encuentra su verdadera dimensión y es más fácil asomarse con claridad a todo lo esencial.

Luego, al salir,  me entran unas ganas terribles de escribir mensajes y ocultarlos para que los encuentren los habitantes del futuro. No pienso en trascender sino en gastar bromas macabras. Como me gusta dar sustos (extraña reminiscencia de la niñez que aún conservo intacta) me imagino escribiendo mensajes inquietantes detrás de los armarios, debajo de las piedras, en el sótano de mi casa. No sé, pienso en un habitante del año 2150 retirando una estantería apolillada en el que hoy es mi hogar y descubriendo un mensaje escrito en la pared que diga: “Los fundadores de esta casa permanecemos a tu lado completamente muertos”. Otras veces me planteo indicarles que hay un muerto emparedado en el salón. Hace años escribí un poema hablando de cosas así. Se me ocurren muchos mensajes con los que inquietar a los habitantes del mañana: “Ten cuidado”, “no estás solo”, “mira en los armarios”, “cuando ocurra no grites” o, el sugerente, “sucederá en las escaleras”. Pienso también en escribir los mensajes en latín o del revés, es una tontería pero me parece que así les dará más miedo: “Odadiuc net”.

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Sintonizar

Que dos personas hablen el mismo idioma no garantiza que lleguen a entenderse. Se entienden porque comprenden los significados de las palabras que vocalizan pero no se entienden porque son incapaces de descifrar aquello que el otro quiere decir cuando dice las cosas que dice. Salen las vocales y las consonantes en su debido orden de la boca del que habla y llegan a la velocidad del sonido al oído del que escucha, pero parece que la radio no está bien sintonizada y los mensajes vienen contaminados con ruidos, con interferencias, con oscuras nieblas.

Cuántos esfuerzos, tantas veces, hay que hacer y cuánta fatiga se acumula para intentar entender y para que nos comprendan. Qué páramo dialogar con quienes compartimos una misma lengua pero distinta onda, qué soledad si eso ocurre con los padres, con los hijos, con la pareja, con los amigos, qué vértigo y qué desconcierto si no nos entendemos a nosotros mismos.

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Cuando no se puede

Nos dicen constantemente que se puede pero a veces resulta que no. Incluso cuando no se puede nos dicen que ese no poder ahora nos prepara para poder verdaderamente en el futuro. El fracaso como camino hacia el éxito es un mantra que, de alguna manera, nos invita a fracasar con cierto buen ánimo porque con cada caída estamos poniendo, se supone, la semilla para un buen porvenir. ¿Cuántos fracasos hacen falta antes de desfallecer? Bueno, de eso no se habla demasiado porque lo importante es no perder la confianza en que, si nos lo proponemos realmente, podremos. La clave es la actitud: no hay que dejar de sonreír y hay que seguir intentándolo aunque la sonrisa acabe siendo sólo una máscara.

Creer que si se quiere se puede es tanto como decir que si tenemos fe en nosotros podremos cambiar todas las cosas. Creer que se puede es, pienso, una visión deformada, mágica y engrandecida de uno mismo y de las capacidades propias. En los casos más surrealistas algunos creen poder superar enfermedades o retrasar la muerte si tienen una confianza firme en que lo lograrán (la esperanza es otra cosa). En el extremo de este delirio hay quien, incluso, está convencido de que podrá cambiar el mundo, no su vida íntima y cotidiana sino el mundo con mayúsculas.

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Sobre la actualidad

 La actualidad, con sus urgencias, oculta otros asuntos que también ocurren ahora pero que parecen invisibles ante semejante avalancha.  La actualidad es como estar en un andén por el que pasan sin parar trenes a velocidades vertiginosas, a veces alcanzamos a distinguir algo a través de las ventanillas pero, normalmente, nos quedamos sólo con un conjunto de formas imprecisas desdibujadas por su velocidad. La actualidad obliga a su consumo inmediato, las noticias pasan veloces, caducan en días o en horas o en segundos y son rápidamente engullidas por el negrísimo  agujero de la historia. Los trenes, cuando pasan a grandes velocidades, generan un efecto de succión que parece atraer hacia ellos a las personas que están cerca. Con la actualidad ocurre algo parecido, succiona la atención y el interés, aturde y oculta lo demás. Y como los trenes no dejan de pasar pues es fácil quedarse atrapado en ese lugar desde el que vemos desfilar sin interrupción las cosas que son actuales.

La actualidad no está sólo en los medios de comunicación. También nuestra vida cotidiana está repleta de hechos informativos relevantes, de noticias que compartimos a través de nuestros canales de comunicación personales con la familia y los amigos. La actualidad es eso que parece que es importante justo ahora, eso a lo que hay que prestar atención hoy, eso que debe preocuparnos o alegrarnos en este preciso momento, eso que no puede esperar.  La actualidad suele estar estrechamente vinculada con lo novedoso y con lo efímero. La actualidad es actualidad precisamente porque introduce algo nuevo (y que, previsiblemente, tendrá consecuencias significativas) y porque tiende a la volatilidad.

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Mi coche

A los veintiún años comencé a trabajar en una empresa que estaba en un polígono industrial en las afueras de la ciudad. Las naves estaban situadas en un espacio delimitado por el mar, la autopista, el puerto industrial, un puerto deportivo y el aeropuerto.  Sólo se podía llegar allí conduciendo. No había otra manera: ni tren, ni autobús, ni bicicleta. Imposible a pie. Y fue por esa circunstancia por la que, con un padre mecánico mediante, me hice con mi primer coche: un Peugeot 306 diesel que aspiraba, con sus pegatinas de colores, a ser un deportivo. Al arrancarlo, eso sí, uno se encontraba en realidad con sus escasos 60 caballos y algo parecido a un tractor. Se compró de segunda mano con unos 200.000 kilómetros y el motor destrozado. Mi padre, como un resucitador de automóviles, le dio una nueva vida al coche y el coche vivió esa segunda vida conmigo. Trece años y 300.000 kilómetros juntos. Viajes al extranjero, agostos infernales sin aire acondicionado. Qué raros los recuerdos. Me vienen a la mente las gaviotas que levantaban el vuelo delante del parabrisas, como si ensayaran una coreografía, cuando pasábamos mi 306 y yo junto a un almacén de piensos. 13 años, 300.000 kilómetros.  Hago el cálculo y me salen 150 días conduciendo, cinco meses íntegros en ese pequeño espacio en el que uno, además de conducir, está solo muchas veces, piensa y observa. O escucha música o discute o tiene una conversación.

Cuando arrancaba el coche dentro del garaje temblaban las puertas de la casa. Un amigo decía que el motor vibraba con tanta fuerza que se le iban a saltar los empastes. El 306, con su bastedad, con su mecánica primitiva y robusta, devoraba los kilómetros sin rechistar. Creo que me cansé yo del coche antes de que el coche se cansara de mí. Es lo que tiene la vida moderna, que uno se cansa de cosas que aún son útiles y las cambia por otras que, es verdad, suelen ser más cómodas y eficientes todavía. El caso es que me dio un poco de pena abandonar a mi viejo coche pero he de reconocer que una vez que tuve el volante del coche nuevo entre mis manos se me pasó rápido esa nostalgia: qué silencio, qué suavidad, qué climatizador... Con medio millón de kilómetros pensé que el destino de mi viejo Peugeot sería el desguace pero mi padre me dijo que ese coche había que venderlo. Porque mis padres son de una generación en la que las cosas no se desaprovechan, ni se abandonan sólo porque sean viejas. En la generación de mis padres las cosas se cuidaban, se aprovechaban, se arreglaban. Por eso el 306 duró tanto y por eso el coche, pese a mi escepticismo, se vendió después de haber sido pulido a mano, limpiado en profundidad y reparado. Lo compró un ganadero pasiego por casi mil euros. 

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Mosquitos

Normalmente echo un vistazo antes de acostarme. A veces mato uno o dos, los aplasto inmisiricorde con la zapatilla. Pero en ocasiones alguno sobrevive agazapado, quizás escondido entre las ropas colgadas del perchero. O debajo de la cama, como los monstruos de la infancia. El caso es que se esconden y salen a por mí cuando de la habitación se apodera la oscuridad. Lo frecuente es que esperen a que esté dormido. Es entonces cuando se dirigen zumbando directamente hasta mi oreja, como si vieran en ella una diana brillando en medio de la noche. Revolotean vertiginosos en mi oído como si fueran el torno de un dentista, a veces pienso que quieren llegar a mi cerebro y taladrar allí.

Medio inconsciente comienzo a dar entonces manotazos en el aire, golpes ciegos que hacen replegarse al enemigo. Lo que consigo es una tregua breve que me permite conciliar de nuevo el sueño. Es entonces cuando ellos vuelven a atacar. Y así una vez y otra y otra. Y la noche va pasando intermitente sin que yo me llegue a despertar ni a dormir del todo. A veces pienso que no quieren mi sangre y que su único objetivo es torturarme, dejarme suspendido en el limbo de la semi inconsciencia, parece que hubieran sido entrenados para eso porque molestan lo justo para que no descanse pero no lo suficiente como para que me anime a levantarme para acabar con ellos. Es la suya una técnica precisa, milenaria. Aquí tenéis mi cuerpo, me dan ganas de gritar, bebed de él y dejadme en paz. Pero el caso es que me despierto y no hallo rastro de sus perforaciones en mi piel. Así que creo que su único objetivo es hacerme la noche imposible.

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El festín

A ver cómo lo explico. A lo largo del día hay muchos momentos en los que siento una enorme alegría. Es una alegría íntima, sin carcajadas, una especie de plenitud. Ejemplos: esta semana, por ejemplo, me sentí así al abrir la ventana de la cocina al amanecer y ver la niebla y los árboles y el sol intentando abrirse paso al otro lado de la montaña; o al caminar por la Alameda con los colores de los árboles a punto de explotar, como si gritasen (y eso que soy daltónico, qué espectáculo para los que ven bien); o al contemplar a un milano haciendo equilibrios en el aire. 

La lista es innumerable y está repleta de cosas minúsculas que veo, oigo, huelo, toco o siento. Qué placer el ruido de la cafetera nada más despertar, qué milagro el agua del mar en el que me sumerjo; qué maravilla el cielo encapotado y el azul; qué gozo escuchar el canto de los pájaros; qué raro y  qué bello es conversar con otro ser; qué sofisticado el lenguaje; qué hermoso es abrazar; qué fantasía el sueño; qué energía zambullirse en la idea de otro en un papel; qué vibración la del cuadro o la canción. Alegrías inmensas que no niegan lo frágil, el dolor, la muerte inevitable y misteriosa.

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Conductores

Se considera que los borrachos dicen la verdad, que desinhibidos por el alcohol afloran las esencias de cada cual: las ganas de abrazar al prójimo, la risa, la oscuridad o la violencia. Creo que con el vehículo pasa algo parecido. Los coches (evolución de los caballos o de los   carruajes) se han convertido en un espacio privado sobre ruedas en el que nos movemos de acá para allá. El coche es un refugio y un caparazón. Protegidos por la carrocería, a bordo de esa armadura de bielas, pistones y amortiguadores,   sintiéndose invulnerables y anónimos, los conductores dejan a un lado su rostro social, se relajan y se atreven a mostrar lo que hay debajo de su máscara.

La carretera sirve, por eso, para desenmascarar a los agresivos que fuera del vehículo tienen una apariencia más amable. A los lobos con piel de corderos. El coche, con sus caballos, da potencia al que no la tiene. El vehículo engrandece las personalidades más pequeñas, como los uniformes, los reconocimientos, el calor de un grupo, el poder o el dinero.   Al volante fluyen los instintos y, así, el agresivo monta en cólera. Pienso que quien es un agresivo cuando conduce, quien pierde los nervios con facilidad e insulta y reta y desafía, difícilmente no tendrá comportamientos similares (más o menos contenidos) en su vida cotidiana. Los conductores que pierden una vez y otra los papeles al volante me dan mala espina.

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