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Marcos Díez

Escritor, poeta y periodista. Autor de los poemarios  Combustión (Visor, 2014) y Puntos de apoyo (La grúa de piedra, 2011). Ha publicado también el libro de cuentos Desdoblados (Valnera, 2012). Dirige desde 2011 la Fundación Santander Creativa.

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Sobre la actualidad

 La actualidad, con sus urgencias, oculta otros asuntos que también ocurren ahora pero que parecen invisibles ante semejante avalancha.  La actualidad es como estar en un andén por el que pasan sin parar trenes a velocidades vertiginosas, a veces alcanzamos a distinguir algo a través de las ventanillas pero, normalmente, nos quedamos sólo con un conjunto de formas imprecisas desdibujadas por su velocidad. La actualidad obliga a su consumo inmediato, las noticias pasan veloces, caducan en días o en horas o en segundos y son rápidamente engullidas por el negrísimo  agujero de la historia. Los trenes, cuando pasan a grandes velocidades, generan un efecto de succión que parece atraer hacia ellos a las personas que están cerca. Con la actualidad ocurre algo parecido, succiona la atención y el interés, aturde y oculta lo demás. Y como los trenes no dejan de pasar pues es fácil quedarse atrapado en ese lugar desde el que vemos desfilar sin interrupción las cosas que son actuales.

La actualidad no está sólo en los medios de comunicación. También nuestra vida cotidiana está repleta de hechos informativos relevantes, de noticias que compartimos a través de nuestros canales de comunicación personales con la familia y los amigos. La actualidad es eso que parece que es importante justo ahora, eso a lo que hay que prestar atención hoy, eso que debe preocuparnos o alegrarnos en este preciso momento, eso que no puede esperar.  La actualidad suele estar estrechamente vinculada con lo novedoso y con lo efímero. La actualidad es actualidad precisamente porque introduce algo nuevo (y que, previsiblemente, tendrá consecuencias significativas) y porque tiende a la volatilidad.

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Mi coche

A los veintiún años comencé a trabajar en una empresa que estaba en un polígono industrial en las afueras de la ciudad. Las naves estaban situadas en un espacio delimitado por el mar, la autopista, el puerto industrial, un puerto deportivo y el aeropuerto.  Sólo se podía llegar allí conduciendo. No había otra manera: ni tren, ni autobús, ni bicicleta. Imposible a pie. Y fue por esa circunstancia por la que, con un padre mecánico mediante, me hice con mi primer coche: un Peugeot 306 diesel que aspiraba, con sus pegatinas de colores, a ser un deportivo. Al arrancarlo, eso sí, uno se encontraba en realidad con sus escasos 60 caballos y algo parecido a un tractor. Se compró de segunda mano con unos 200.000 kilómetros y el motor destrozado. Mi padre, como un resucitador de automóviles, le dio una nueva vida al coche y el coche vivió esa segunda vida conmigo. Trece años y 300.000 kilómetros juntos. Viajes al extranjero, agostos infernales sin aire acondicionado. Qué raros los recuerdos. Me vienen a la mente las gaviotas que levantaban el vuelo delante del parabrisas, como si ensayaran una coreografía, cuando pasábamos mi 306 y yo junto a un almacén de piensos. 13 años, 300.000 kilómetros.  Hago el cálculo y me salen 150 días conduciendo, cinco meses íntegros en ese pequeño espacio en el que uno, además de conducir, está solo muchas veces, piensa y observa. O escucha música o discute o tiene una conversación.

Cuando arrancaba el coche dentro del garaje temblaban las puertas de la casa. Un amigo decía que el motor vibraba con tanta fuerza que se le iban a saltar los empastes. El 306, con su bastedad, con su mecánica primitiva y robusta, devoraba los kilómetros sin rechistar. Creo que me cansé yo del coche antes de que el coche se cansara de mí. Es lo que tiene la vida moderna, que uno se cansa de cosas que aún son útiles y las cambia por otras que, es verdad, suelen ser más cómodas y eficientes todavía. El caso es que me dio un poco de pena abandonar a mi viejo coche pero he de reconocer que una vez que tuve el volante del coche nuevo entre mis manos se me pasó rápido esa nostalgia: qué silencio, qué suavidad, qué climatizador... Con medio millón de kilómetros pensé que el destino de mi viejo Peugeot sería el desguace pero mi padre me dijo que ese coche había que venderlo. Porque mis padres son de una generación en la que las cosas no se desaprovechan, ni se abandonan sólo porque sean viejas. En la generación de mis padres las cosas se cuidaban, se aprovechaban, se arreglaban. Por eso el 306 duró tanto y por eso el coche, pese a mi escepticismo, se vendió después de haber sido pulido a mano, limpiado en profundidad y reparado. Lo compró un ganadero pasiego por casi mil euros. 

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Mosquitos

Normalmente echo un vistazo antes de acostarme. A veces mato uno o dos, los aplasto inmisiricorde con la zapatilla. Pero en ocasiones alguno sobrevive agazapado, quizás escondido entre las ropas colgadas del perchero. O debajo de la cama, como los monstruos de la infancia. El caso es que se esconden y salen a por mí cuando de la habitación se apodera la oscuridad. Lo frecuente es que esperen a que esté dormido. Es entonces cuando se dirigen zumbando directamente hasta mi oreja, como si vieran en ella una diana brillando en medio de la noche. Revolotean vertiginosos en mi oído como si fueran el torno de un dentista, a veces pienso que quieren llegar a mi cerebro y taladrar allí.

Medio inconsciente comienzo a dar entonces manotazos en el aire, golpes ciegos que hacen replegarse al enemigo. Lo que consigo es una tregua breve que me permite conciliar de nuevo el sueño. Es entonces cuando ellos vuelven a atacar. Y así una vez y otra y otra. Y la noche va pasando intermitente sin que yo me llegue a despertar ni a dormir del todo. A veces pienso que no quieren mi sangre y que su único objetivo es torturarme, dejarme suspendido en el limbo de la semi inconsciencia, parece que hubieran sido entrenados para eso porque molestan lo justo para que no descanse pero no lo suficiente como para que me anime a levantarme para acabar con ellos. Es la suya una técnica precisa, milenaria. Aquí tenéis mi cuerpo, me dan ganas de gritar, bebed de él y dejadme en paz. Pero el caso es que me despierto y no hallo rastro de sus perforaciones en mi piel. Así que creo que su único objetivo es hacerme la noche imposible.

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El festín

A ver cómo lo explico. A lo largo del día hay muchos momentos en los que siento una enorme alegría. Es una alegría íntima, sin carcajadas, una especie de plenitud. Ejemplos: esta semana, por ejemplo, me sentí así al abrir la ventana de la cocina al amanecer y ver la niebla y los árboles y el sol intentando abrirse paso al otro lado de la montaña; o al caminar por la Alameda con los colores de los árboles a punto de explotar, como si gritasen (y eso que soy daltónico, qué espectáculo para los que ven bien); o al contemplar a un milano haciendo equilibrios en el aire. 

La lista es innumerable y está repleta de cosas minúsculas que veo, oigo, huelo, toco o siento. Qué placer el ruido de la cafetera nada más despertar, qué milagro el agua del mar en el que me sumerjo; qué maravilla el cielo encapotado y el azul; qué gozo escuchar el canto de los pájaros; qué raro y  qué bello es conversar con otro ser; qué sofisticado el lenguaje; qué hermoso es abrazar; qué fantasía el sueño; qué energía zambullirse en la idea de otro en un papel; qué vibración la del cuadro o la canción. Alegrías inmensas que no niegan lo frágil, el dolor, la muerte inevitable y misteriosa.

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Conductores

Se considera que los borrachos dicen la verdad, que desinhibidos por el alcohol afloran las esencias de cada cual: las ganas de abrazar al prójimo, la risa, la oscuridad o la violencia. Creo que con el vehículo pasa algo parecido. Los coches (evolución de los caballos o de los   carruajes) se han convertido en un espacio privado sobre ruedas en el que nos movemos de acá para allá. El coche es un refugio y un caparazón. Protegidos por la carrocería, a bordo de esa armadura de bielas, pistones y amortiguadores,   sintiéndose invulnerables y anónimos, los conductores dejan a un lado su rostro social, se relajan y se atreven a mostrar lo que hay debajo de su máscara.

La carretera sirve, por eso, para desenmascarar a los agresivos que fuera del vehículo tienen una apariencia más amable. A los lobos con piel de corderos. El coche, con sus caballos, da potencia al que no la tiene. El vehículo engrandece las personalidades más pequeñas, como los uniformes, los reconocimientos, el calor de un grupo, el poder o el dinero.   Al volante fluyen los instintos y, así, el agresivo monta en cólera. Pienso que quien es un agresivo cuando conduce, quien pierde los nervios con facilidad e insulta y reta y desafía, difícilmente no tendrá comportamientos similares (más o menos contenidos) en su vida cotidiana. Los conductores que pierden una vez y otra los papeles al volante me dan mala espina.

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Jardineros

Cuidar un jardín es echar un pulso a la naturaleza. La naturaleza dice: "por aquí". Y el jardinero responde: "por allí". Donde la naturaleza hace crecer un cardo llega el jardinero y hace lo posible para eliminarlo: lo arranca de raíz, lo baña con herbicidas, lo mutila con una desbrozadora. Lo que haga falta. Y luego, cuidadosamente, cava un agujero y planta un jazmín y lo riega con esmero y lo alimenta.

Cultivamos jardines con la ilusión de que podremos imponer nuestro orden a leyes que no hemos escrito nosotros, leyes a las que no queremos obedecer y que no nos obedecen. El jardinero aspira a intervenir en lo natural para domar sus reglas caóticas, para decir: “Mando yo”, para crear la ilusión de que puede dominar lo inesperado. Es una batalla sin cuartel en la que el jardinero nunca puede detenerse porque si se detiene la naturaleza lo pasa por encima. Al menor descuido, un hongo ataca un arbusto que se quiere sano, o unos topos arruinan el césped, o un vendaval derriba un árbol, o un sol abrasador quema las flores que con cuidado se han estado cultivando.

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La invasión de los ultracuerpos

Cuanto mayor es la distancia entre nosotros y las desgracias que suceden mayores posibilidades hay de que esas desgracias nos resulten indiferentes. Esa distancia puede ser geográfica, cultural, ideológica o económica. Así, puede afectarnos más lo que le pasa a un australiano de clase media que al pobre de la esquina. Con la interconexión y el acceso a la información las tragedias se nos agolpan, se nos caen encima como una cascada, y al final hacemos como cuando llueve: nos cubrimos con chubasqueros y ya nada (o casi nada) nos alcanza. La piel se convierte en impermeable, todo aquello que no nos toca directamente se manifiesta en nuestra conciencia como si fuese una ficción y, gracias a eso o por eso, lo ignoramos como el que apaga la televisión, cierra una página web o deja una novela. Es algo que nos sucede, en mayor o menor grado, a casi todos. Hay quien denomina a eso nihilismo de la percepción. Yo no sé bien cómo llamarlo pero sé que sucede. No tanto porque lo observe en los demás, que también, sino porque lo observo en mí.

Cuando hablo de indiferencia no hablo de ver y no actuar, porque no darían los brazos ni la vida para todo (aunque por algo se empieza), sino de esa forma de ver  como sin ver, de ver e ignorar lo que se ve, de ver y despreciar, de ver sin respetar lo que se mira (que es quizá lo mínimo que nos deberíamos exigir cuando contemplamos una desgracia o tragedia). No hablo de emociones alborotadas, ni de rasgarse las vestiduras porque cuando algo nos afecta tampoco es necesario gritarlo a los cuatro vientos  (que a veces es como querer apropiarse de la tragedia de un tercero). Hablo de cierta conciencia en la mirada, de cierto pudor ante el que sufre, de hacer con discreción lo que se pueda.

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Ratas

Mi perro, un chucho que tiene casi diez años y está castrado, ha cazado recientemente dos ratas. Cosas del instinto. Ocurrió en sendos paseos por el campo, quiero pensar que eran ratas sanas y vigorosas, de esas que hacen madrigueras en la tierra y corretean olisqueando con sus naricillas entre la hierba. A una la dejó medio viva. Menos mal que estaba yo allí con mi infinita bondad para ayudarla. Le grité “¡NO!”, él soltó la presa y la rata se quedó en el suelo agonizando entre unos dolores que parecían atroces mientras yo me trataba de alejar lo más rápido posible de la escena del crimen.

Siendo sincero no le ordené que soltara a la rata movido sólo por la compasión. En realidad no me movía tanto el deseo de salvar la vida a la rata (que algo de pena me dio con sus grititos, sí) sino el asco que me provocaba el hecho de que mi perro tuviera una rata en la boca, aunque a él no parecía darle asco en absoluto.

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"El lenguaje poético está en las antípodas del político: indaga, busca, arriesga"

Lorenzo Oliván (Castro Urdiales, 1968) comenzó a escribir aforismos veinte años antes de la fundación de Twitter. Los hizo en una época en la que no estaba de moda y en la que pocos apostaban por un género que Oliván, uno de los poetas de más prestigio de su generación, logró acercar al terreno de lo poético. Tanto es así que Pre-Textos (en colaboración con la Fundación Gerardo Diego) ha elegido su colección de poesía para que vea la luz 'Dejar la piel', un volumen que recoge tres décadas de lo que el propio autor define como "fragmentos". Este libro, que se presenta este viernes a las 19.30 en la Librería Gil de Santander, apuntala una trayectoria sólida y sin fisuras que ha merecido reconocimientos en el terreno de la poesía, con premios como el Nacional de la Crítica, el Loewe o el Generación del 27, y que se completa con las traducciones de John Keats y Emily Dickinson.

'Dejar la piel' lo comenzó a escribir hace tres décadas, cuando no había internet, y ve la luz en un tiempo marcado por las redes sociales, los titulares, los enunciados cortos… ¿La brevedad está reñida con la profundidad? ¿Se puede no ser superficial en 140 caracteres? ¿Cómo se logra eso?

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El sótano

La cama estaba en el centro y era confortable. Había también una silla de madera, una mesa robusta, un perchero, un retrete, un lavabo y una ducha. Pasaba la mayor parte del tiempo tumbado en la cama pero también paseaba por la estancia. Lo hacía con los ojos abiertos aunque era lo mismo que tenerlos cerrados porque la oscuridad era absoluta y no podía ver nada. Los tenía abiertos aunque fuese sólo para contemplar ese negro al que mis pupilas no eran capaces de acostumbrarse.

Normalmente daba un paseo por la estancia nada más despertarme, tendría unos cincuenta metros cuadros distribuidos de forma irregular. Ese paseo me solía llevar dos o tres horas porque era minucioso y palpaba de forma meticulosa las paredes. Siempre descubría cosas nuevas, rugosidades inesperadas, pequeñas grietas. Los olores también eran importantes así que muchas veces recorría el sótano con la nariz pegada al suelo, a los muebles o a las paredes, olisqueando todo igual que un animal. En otras ocasiones iba más lejos y con la ayuda de la silla o mesa palpaba pacientemente cada centímetro del techo.

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