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Marcos Díez

Escritor, poeta y periodista. Autor de los poemarios  Combustión (Visor, 2014) y Puntos de apoyo (La grúa de piedra, 2011). Ha publicado también el libro de cuentos Desdoblados (Valnera, 2012). Dirige desde 2011 la Fundación Santander Creativa.

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1982

En uno de los primeros recuerdos de mi infancia estoy en un supermercado y una cajera me guiña primero el ojo derecho y luego el izquierdo y me regala un sobre de cromos del Mundial de Fútbol. Yo miro a Naranjito, que confundo inicialmente con una mandarina, y pienso: "¡Estamos en 1982!". Con cinco años sentí que había alcanzado el futuro y me creí un privilegiado, como un escalador que llega a lo alto de una montaña. Fue la primera vez que tuve verdadera conciencia del tiempo.

En 1992 me pasó algo parecido. Y qué decir del cambio de milenio y el efecto 2.000 que iba a colapsar la civilización contemporánea. En aquella época trabajaba en una televisión local haciendo un programa patrocinado por el Gobierno regional de turno titulado pomposamente '2006, un horizonte empresarial'. Llegó 2006 y el horizonte, como la zanahoria que se pone delante del burro para que no se detenga, siguió estando exactamente a la misma distancia.

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Los insignificantes

Hubo un tiempo en el que creí tener claras las cosas. Ahora sé que no, que no las tenía claras sino que fingía tenerlas claras. Lo fingía tan bien que hasta yo mismo creía que las tenía claras.

Creer que se tienen claras las cosas es una mala estrategia de supervivencia porque te convences de que las cosas están bien pero, en realidad, te pudres por dentro.  Un día toda esa vehemencia se vino abajo y apareció la vida. Porque la vida es eso que aparece cuando te reconcilias con tus dudas, con la permanente incertidumbre, con tu vulgaridad, con tu mediocridad, con tu insignificancia.

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Iguales

Hace unos meses pasé una tarde husmeando, totalmente fascinado,  en los muros de Facebook de personas totalmente desconocidas para mí. Finlandeses, polacos, rusos, japoneses, argentinos, etíopes, egipcios, sirios, esquimales, canadienses, filipinos, australianos, brasileños, cubanos, ingleses, belgas, ucranianos y muchos chinos. Mujeres, hombres, viejos, jóvenes. Estudiantes, jubilados, empresarios de éxito. Trabajadores, funcionarios, becarios, mochileros, deportistas. Fotos en la nieve o en la playa, fotos de desayunos, comidas o cenas, fotos de fiestas, fotos  solos o acompañados, fotos de cumpleaños, fotos sentimentales,  fotos sobre vivir el momento, fotos de viajes. Mensajes con ejercicios fotográficos, pictóricos o literarios. Imágenes de logros deportivos, mucho running, surf, esquí y escalada. Exhibición de logros físicos o intelectuales, fotos de cuerpos vestidos o semidesnudos, fotos de ropa y de zapatos, fotos de comida,  fotos de bienestar, sonrisas, maquillaje, bodas, hijos, perros, gatos, atardeceres y selfies, muchos selfies. 

Pasaba de muro en muro como Tarzán de árbol en el árbol. Tras ver unos doscientos perfiles, borracho de tanta imagen, me embargó la extraña sensación de estar asomado a un hormiguero en el que los individuos eran indistinguibles los unos de los otros. Nada era distinto. El fondo idéntico de cada perfil, con la estructura familiar y los colores corporativos de Facebook haciéndome sentir en casa (Facebook es una nacionalidad), contribuían a esa aplastante uniformidad de todo lo que, en teoría, debía de ser diferente.  Bajo todas esas fotografías y comentarios había un impulso común: mostrar. Mostrar para ser reconocidos, admirados, queridos, reconfortados. Mostrar para decir existo, valgo la pena, soy singular. Qué primario y corriente el deseo compartido por todos tras la aparente diversidad. 

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Suicidio telefónico

El ser humano está lleno de contradicciones. Ahí va una personal: me molesta que me llamen por teléfono para venderme un seguro o una tarifa de internet o lo que sea pero, al tiempo, no quiero trasladar mi malestar a la persona que me llama y que se gana la vida como buenamente puede. Al final he optado por decir que me he muerto. Me gustaría hablar con el titular de la línea, dicen ellos. Lo lamento, falleció hace unos días, digo yo. Normalmente me dan el pésame, cuelgan rápido y no me vuelven a llamar. Imagino que, como me he muerto, me dan de baja en sus listas de personas a las que vender algo y por eso dejan de molestarme.

Creo que es un remedio efectivo porque lo usa poca gente. Si el día que me llaman estoy de mal humor o son impertinentes me vuelvo más cruel. No lo sienta, les digo, que no lo quería nadie. A veces, si estoy acompañado, pronuncio mi nombre y apellido en voz alta y anuncio mi fallecimiento. ¿Marcos Díez? Lo siento, lo acabamos de enterrar. A la gente, normalmente, le incomoda que hable de mi propia muerte en voz alta, como si las meras palabras fueran un conjuro o un llamamiento o tuviesen poderes o las escuchase algún ser mágico o yo qué sé. La experiencia me dice que he informado de mi muerte en decenas de ocasiones y que todavía no me he muerto yo. De hecho, ni siquiera me han cortado la línea telefónica, que era mi principal temor.

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Patata adonis

Un amigo sobradamente cualificado (es psicólogo, enfermero y sexólogo) tiene una teoría sobre la evolución del atractivo en las personas. El atractivo es ese no sé qué que hace que unas personas nos atraigan, otras nos resulten indiferentes y algunas nos generen rechazo. La belleza cuenta, claro, pero no sólo. Cuántas guapas y guapos insípidos a nuestros ojos hay por el mundo. Y menos mal. Mi amigo, para simplificar, divide a las personas en dos grupos: los patata y los adonis.

Estas categorías no son inmutables. A veces un patata en la juventud acaba siendo un adonis en la vida adulta. Este segmento de la población podría definirse como los patata-adonis. Son los mejores porque el que ha sido patata lleva mucho mejor ese ascenso a los cielos de los adonis y porque esa evolución suele estar asociada a cualidades no físicas, a una maduración que llega con los años, que es fruto de lo que se hace con la vida que se vive, con las decisiones que se toman y con la experiencia. Los adonis-adonis suelen tenerlo todo pero están tan convencidos de su atractivo que se esfuerzan menos y, además, de tan perfectos que son acaban perdiendo algunos puntos porque los que no nacimos adonis siempre los tenemos un poco de envidia. Los patata-patata tienen cierto aire resignado pero algunos se olvidan tanto de querer ser adonis que, precisamente por eso, acaban siendo irresistibles. Pero la peor parte es para los adonis-patata, porque qué duro es haber sido adonis y acabar siendo patata, los adonis-patata arrastran la decadencia del aristócrata venido a menos, confían en la inercia e intentan disimular pero sin mucho éxito, como el calvo que intenta cubrirse la cabeza dejándose largo el poco pelo que le queda y acaba pareciendo, así, doblemente calvo.

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Maneras de escribir

Cada vez que me siento a escribir en el ordenador aporreo el teclado como si fuese una antigua máquina de escribir. No lo puedo evitar. Escribo con dos dedos, como si fuese un tullido, y golpeo cada tecla como si los índices fuesen dos martillos y yo un carpintero. Soy tan ruidoso que me han llamado en varias ocasiones la atención así que he intentado disciplinarme y he ordenado a mis manos que se deslicen como bailarinas por el teclado. Imposible, cuando me quiero dar cuenta ya estoy escribiendo con violencia otra vez.

Quizás en mi inconsciente piense que si no golpeo cada letra con la suficiente fuerza las palabras no quedarán escritas como deben. Dentro de esta apología de la violencia mecanógrafa hay matices, cierta música oculta. Me he dado cuenta, por ejemplo, de que golpeo con más violencia cuando termino una palabra que cuando la empiezo. Y con más fuerza todavía cuando golpeo la barra espaciadora, que cada vez que me siento a escribir ya comienza a temblar atemorizada. Otras peculiaridades, cuando estoy enchufado a la escritura y todo fluye dejo caer mis dedos con especial firmeza, tal vez porque dudo menos de lo que escribo. Cuando me siento torpe, en cambio, los dedos acarician dubitativos las vocales y las consonantes, el teclado apenas resuena, y lo escrito tampoco.

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El doble

Me ha pasado dos veces y con dos personas distintas. En ambos casos se me acercaron y me dijeron: qué bien hablas inglés, pareces nativo. Y yo, que no sé hablar en inglés, me quedé un tanto desconcertado porque me lo decían personas a las que prácticamente no conocía. Al ver mi cara de perplejidad comenzaron a darme explicaciones y me ofrecieron detalles de un vídeo colgado en internet en el que se supone que hablo, o alguien que es idéntico a mí habla, en un perfecto inglés americano.

Pensé en buscar el vídeo pero finalmente desistí porque temí llevarme una desilusión. Para empezar, no iba a entender nada de lo que mi doble decía y, además, a lo mejor mi doble no me gustaba o, casi peor, me gustaba demasiado. Desde entonces fantaseo a veces con lo útil que tiene que ser tener un doble al que poder encargar las tareas más incómodas y aburridas. Y, además, si el doble habla en inglés pues mejor todavía porque multiplicaría mis competencias. En ocasiones estoy tentado de ir a buscarlo pero sería un problema si mi doble no sabe hablar en español. ¿Qué nos íbamos a decir? Por otra parte, no es descartable que yo pudiera ser una decepción para él, que quizá prefiera tener como doble a un alemán ingeniero o un médico australiano.

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Personajes

Una persona escribe y cuenta cosas, unas las siente de verdad y otras no, algunos hechos de los que habla habrán sucedido y otros serán una ficción. Porque el que escribe finge a veces (Pessoa ya lo explicó con su famoso “el poeta es un fingidor”) y en otras ocasiones inventa o miente.  La verdad en un cuento o en un poema no tiene porqué coincidir con la realidad de los hechos o con lo que realmente se le pasa a uno por la cabeza cuando no escribe.  Auden dijo que en el poema la verdad debe ceder paso a las posibilidades interesantes. Lo suscribo. Así, se puede dar la paradoja de decir en un poema lo que uno no siente y que sin embargo el poema esté cargado de fatalismo y de verdad y esto último es lo que en realidad importa.

El poeta José Luis Piquero, cuya lectura recomiendo vivamente, escribió un poema demoledor  titulado 'Retiro sentimental'. En uno de sus versos decía:  “En mi casa no se dijo nunca te quiero”. La familia se disgustó mucho. Y, claro, a ver cómo explicas que en un poema hay biografía, sí, pero aparente autobiografía también. A ver cómo explicas que cuando se escribe se crea un personaje y que lo que se plasma en un papel no equivale necesariamente una descripción de las ideas, emociones, posición moral o hechos acaecidos en la vida de quien escribe. A mí, particularmente, estas confusiones en lugar de molestarme me divierten porque emborronan la identidad, la llenan de niebla y el espacio privado, con todos los velos que se crean, acaba siendo más grande.

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Dispersión

Las personas dispersas tenemos un problema y una virtud. Todo a la vez. La dispersión dificulta estar en una sola tarea y está asociada a ese dejar para mañana las cosas que podemos hacer hoy. Pero, al tiempo, permite el vuelo del pensamiento y las conexiones improbables, tan fructíferas tantas veces. La dispersión es algo así como una tendencia natural de la mente a vagar sin rumbo, a distraerse, a ir de acá para allá. Las mentes dispersas no lo pasan bien atadas a una cadena de estudio o trabajo que exija hacer una sola cosa durante mucho tiempo.

Las personas dispersas sufrimos y gozamos a la vez. Gozamos porque la mente encuentra siempre una presa que agarrar, una veta en la que picar, un misterio en el que zambullirse. Es muy difícil que se aburra una persona con la mente dispersa porque el pensamiento siempre acaba encontrando cosas con las que curiosear. Cuando el pensamiento es en sí mismo una vasta geografía uno siempre tiene el recurso de caminar por dentro, de dar largos paseos como el que anda sin pretender llegar a ningún sitio, ese placer.

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Las desapariciones

Es una de las cosas más comunes pero qué poco se habla de ello y qué sorpresa causa cuando sucede pese a que todo el mundo sabe que va a suceder. Me refiero a las desapariciones. Las personas están y de pronto no están. A veces, con la enfermedad, se desaparece muy despacio, algo así como morirse a plazos. Las personas que enferman se van volviendo cada vez más transparentes hasta que un día se las deja de ver. En otras ocasiones, con los accidentes por ejemplo, la vida se volatiliza en décimas de segundo, igual que cuando damos al interruptor y apagamos una bombilla.

Cuando veo una película antigua no puedo evitar cierta congoja al asomarme a la juventud de tantos que ya no están. Me pasa también cuando visito los museos de prehistoria y contemplo los cráneos expuestos al otro lado de las vitrinas. Me cuesta menos comprender los miles de años que me separan de las mujeres y los hombres de Altamira que los millones de años que vendrán cuando deje de haber hombres y mujeres sobre la faz de la tierra que puedan medir el tiempo.

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