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Marcos Díez

Escritor, poeta y periodista. Autor de los poemarios  Combustión (Visor, 2014) y Puntos de apoyo (La grúa de piedra, 2011). Ha publicado también el libro de cuentos Desdoblados (Valnera, 2012). Dirige desde 2011 la Fundación Santander Creativa.

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Personajes

Una persona escribe y cuenta cosas, unas las siente de verdad y otras no, algunos hechos de los que habla habrán sucedido y otros serán una ficción. Porque el que escribe finge a veces (Pessoa ya lo explicó con su famoso “el poeta es un fingidor”) y en otras ocasiones inventa o miente.  La verdad en un cuento o en un poema no tiene porqué coincidir con la realidad de los hechos o con lo que realmente se le pasa a uno por la cabeza cuando no escribe.  Auden dijo que en el poema la verdad debe ceder paso a las posibilidades interesantes. Lo suscribo. Así, se puede dar la paradoja de decir en un poema lo que uno no siente y que sin embargo el poema esté cargado de fatalismo y de verdad y esto último es lo que en realidad importa.

El poeta José Luis Piquero, cuya lectura recomiendo vivamente, escribió un poema demoledor  titulado 'Retiro sentimental'. En uno de sus versos decía:  “En mi casa no se dijo nunca te quiero”. La familia se disgustó mucho. Y, claro, a ver cómo explicas que en un poema hay biografía, sí, pero aparente autobiografía también. A ver cómo explicas que cuando se escribe se crea un personaje y que lo que se plasma en un papel no equivale necesariamente una descripción de las ideas, emociones, posición moral o hechos acaecidos en la vida de quien escribe. A mí, particularmente, estas confusiones en lugar de molestarme me divierten porque emborronan la identidad, la llenan de niebla y el espacio privado, con todos los velos que se crean, acaba siendo más grande.

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Dispersión

Las personas dispersas tenemos un problema y una virtud. Todo a la vez. La dispersión dificulta estar en una sola tarea y está asociada a ese dejar para mañana las cosas que podemos hacer hoy. Pero, al tiempo, permite el vuelo del pensamiento y las conexiones improbables, tan fructíferas tantas veces. La dispersión es algo así como una tendencia natural de la mente a vagar sin rumbo, a distraerse, a ir de acá para allá. Las mentes dispersas no lo pasan bien atadas a una cadena de estudio o trabajo que exija hacer una sola cosa durante mucho tiempo.

Las personas dispersas sufrimos y gozamos a la vez. Gozamos porque la mente encuentra siempre una presa que agarrar, una veta en la que picar, un misterio en el que zambullirse. Es muy difícil que se aburra una persona con la mente dispersa porque el pensamiento siempre acaba encontrando cosas con las que curiosear. Cuando el pensamiento es en sí mismo una vasta geografía uno siempre tiene el recurso de caminar por dentro, de dar largos paseos como el que anda sin pretender llegar a ningún sitio, ese placer.

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Las desapariciones

Es una de las cosas más comunes pero qué poco se habla de ello y qué sorpresa causa cuando sucede pese a que todo el mundo sabe que va a suceder. Me refiero a las desapariciones. Las personas están y de pronto no están. A veces, con la enfermedad, se desaparece muy despacio, algo así como morirse a plazos. Las personas que enferman se van volviendo cada vez más transparentes hasta que un día se las deja de ver. En otras ocasiones, con los accidentes por ejemplo, la vida se volatiliza en décimas de segundo, igual que cuando damos al interruptor y apagamos una bombilla.

Cuando veo una película antigua no puedo evitar cierta congoja al asomarme a la juventud de tantos que ya no están. Me pasa también cuando visito los museos de prehistoria y contemplo los cráneos expuestos al otro lado de las vitrinas. Me cuesta menos comprender los miles de años que me separan de las mujeres y los hombres de Altamira que los millones de años que vendrán cuando deje de haber hombres y mujeres sobre la faz de la tierra que puedan medir el tiempo.

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El túnel

Antes de escribir un poema nunca sé de qué voy a hablar en el poema. El poema, digamos, va apareciendo a medida que lo escribo. Es como entrar a un túnel en el que ves una luz al fondo. Caminas a tientas hacia esa luz pero hasta que no cruzas el túnel no sabes qué paisaje te vas a encontrar al otro lado. No sé lo que voy a decir en un poema antes de escribirlo pero, misteriosamente, las cosas que acabo diciendo acaban siendo más importantes para mí, me enseñan y me muestran más, que todo aquello que digo sin llegar a cruzar el "túnel" del poema.

El poema se mueve en un terreno de naturaleza confusa, un espacio en el que no caben las certezas y en el que todo puede ser cuestionado. El poema hunde su mirada en las sombras, en lo que no se ve a simple vista (aunque esté a plena luz del día, aunque lo tengamos delante de los ojos). Un poema debe decirnos cosas que no sabemos, debe encerrar una pequeña revelación, debe buscar la verdad sin llegar jamás a alcanzarla.

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Avispas

Hace unos días llamó mi atención una avispa que apareció revoloteando en el interior de la estufa de leña. Era enorme y agitaba sus alas al otro lado del cristal, como si me llamase para que abriese la puerta. En lugar de abrir acerqué una linterna y comprobé que la estufa estaba llena de avispas muertas, aquello era un cementerio repleto de pequeños cadáveres atigrados que se fundían poco a poco con la ceniza. Desde la calle pude comprobar que las avispas, que parecían helicópteros, entraban y salían por lo alto de la chimenea. Así que llamé a los bomberos. Creo que tengo un nido de avispas asiáticas en casa, dije. Vamos en veinte minutos, dijeron ellos. Respondieron a mi petición de auxilio de manera proporcionada: acudieron dos camiones, uno de ellos con escala, y unos diez bomberos. Me sentí tranquilo ante el despliegue pero un poco apurado por los vecinos que miraban desde las ventanas de sus casas como si en la mía se hubiese producido un asesinato y yo fuese el asesino.

Tras vestirse con los trajes protectores dos valientes subieron en la escala y pudieron comprobar que las avispas habían hecho un nido enorme dentro de la chimenea. El nido, tal y como está ubicado, no se puede retirar, así que lo mejor serán rociarlo con gasolina y quemarlo, me explicaron. Me dio un poco de pena por las avispas pero no tardé ni un segundo en decir que sí. Y fue entonces cuando los bomberos, en una paradoja maravillosa, me pidieron un mechero. Localicé el encendedor y ellos se encargaron del resto. Me consoló que las avispas no gritaran porque el sufrimiento que uno causa pero no ve siempre es más fácil de soportar. Los bomberos, que fueron amabilísimos, se fueron y cuando entré en casa me encontré con una treintena de avispas que habían huido del incendio y habían caído en la estufa de leña. Los bomberos me habían recomendado encender la chimenea pero no tuve valor de abrir la puerta y enfrentarme a ese pequeño ejército enfurecido. El primer día pensé en matarlas de hambre pero pasadas veinticuatro horas seguían allí zumbando con una energía prodigiosa. Las observé un rato y me llegaron a parecer unos seres sofisticados y prodigiosos. Pero aquello tenía que terminar.  Con una mezcla de pena, miedo y asco, me propuse acabar con ellas, ya sin intermediarios.

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Comida para perros

Cerca de la casa donde vivo hay un pequeño supermercado familiar. Me gusta hacer allí la compra porque conozco el nombre de los que allí trabajan y ellos conocen también cuál es mi nombre y cada vez que compro unos aguacates o unos plátanos acabamos charlando un poco de nuestras pequeñas cosas o de las cosas del pueblo. El otro día compré latas de comida para el perro. Hay que ver cómo le gustaban a fulanito, me dijeron. Y me explicaron que fulanito era un  vecino que se alimentaba con latas de comida para perros. Murió la semana pasada, me informaron. No me extraña, dije yo. Se murió con más de noventa años, aclararon ellos.

No me quito a ese hombre de la cabeza, me lo imagino a veces pobre y solo, comiendo en su cocina su lata con trozos de buey o de pollo calentada en una cazuela. Puedo ver su mano temblorosa sosteniendo una cuchara humeante camino de su boca. O quizá, ya totalmente abandonado, no calentaba la comida y hundía la cuchara directamente en la lata metálica mientras desde el envoltorio amarillo y naranja un Golden Retriever lo sonreía. Otras veces, en cambio, veo a un viejo miserable, con una cuenta en el banco llena de dinero y disfrutando, avaro, de comer por ochenta céntimos al día un plato de carne en salsa o untando en un trozo de pan un poco de paté de salmón para gatos, porque la comida de gatos también le gustaba. Pienso en ocasiones en sus invitados, si es que recibía visitas. El viejo abriría la lata discretamente en la cocina y echaría el contenido en una cazuela que, después, colocaría primorosamente en el centro de una mesa. El paté lo presentaría en un plato con unos biscotes, acompañaría el menú con un poco de pan, agua y vino y disfrutaría secretamente cuando los invitados le felicitasen por lo rica que le había quedado la carne.

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La cueva

A veces entro en cuevas para contemplar pinturas que tienen, me dicen, decenas de miles de años. Es barato, están cerca, en verano se está fresquito, no te mojas si llueve y no hace demasiado frío en invierno. Me parece, además, que es una buena manera de reencontrarme con mi insignificancia. De una cueva con pinturas milenarias salgo como si hubiese ido al masajista y me hubiese quitado un montón de contracturas de encima: duele un poco al principio pero qué alivio después. Contemplo las ciervas, las formas geométricas o los caballos y me asomo con ellos al abismo del tiempo de los hombres, al agujero tan negro de la historia. Veo las manos en negativo impresas sobre la piedra rugosa y me siento tentado de poner mi mano sobre esas huellas primitivas, como si a través de ese gesto pudiese saludar a quienes decidieron hace miles de años decir: “Estoy aquí”. Entregado a su contemplación la vida encuentra su verdadera dimensión y es más fácil asomarse con claridad a todo lo esencial.

Luego, al salir,  me entran unas ganas terribles de escribir mensajes y ocultarlos para que los encuentren los habitantes del futuro. No pienso en trascender sino en gastar bromas macabras. Como me gusta dar sustos (extraña reminiscencia de la niñez que aún conservo intacta) me imagino escribiendo mensajes inquietantes detrás de los armarios, debajo de las piedras, en el sótano de mi casa. No sé, pienso en un habitante del año 2150 retirando una estantería apolillada en el que hoy es mi hogar y descubriendo un mensaje escrito en la pared que diga: “Los fundadores de esta casa permanecemos a tu lado completamente muertos”. Otras veces me planteo indicarles que hay un muerto emparedado en el salón. Hace años escribí un poema hablando de cosas así. Se me ocurren muchos mensajes con los que inquietar a los habitantes del mañana: “Ten cuidado”, “no estás solo”, “mira en los armarios”, “cuando ocurra no grites” o, el sugerente, “sucederá en las escaleras”. Pienso también en escribir los mensajes en latín o del revés, es una tontería pero me parece que así les dará más miedo: “Odadiuc net”.

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Sintonizar

Que dos personas hablen el mismo idioma no garantiza que lleguen a entenderse. Se entienden porque comprenden los significados de las palabras que vocalizan pero no se entienden porque son incapaces de descifrar aquello que el otro quiere decir cuando dice las cosas que dice. Salen las vocales y las consonantes en su debido orden de la boca del que habla y llegan a la velocidad del sonido al oído del que escucha, pero parece que la radio no está bien sintonizada y los mensajes vienen contaminados con ruidos, con interferencias, con oscuras nieblas.

Cuántos esfuerzos, tantas veces, hay que hacer y cuánta fatiga se acumula para intentar entender y para que nos comprendan. Qué páramo dialogar con quienes compartimos una misma lengua pero distinta onda, qué soledad si eso ocurre con los padres, con los hijos, con la pareja, con los amigos, qué vértigo y qué desconcierto si no nos entendemos a nosotros mismos.

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Cuando no se puede

Nos dicen constantemente que se puede pero a veces resulta que no. Incluso cuando no se puede nos dicen que ese no poder ahora nos prepara para poder verdaderamente en el futuro. El fracaso como camino hacia el éxito es un mantra que, de alguna manera, nos invita a fracasar con cierto buen ánimo porque con cada caída estamos poniendo, se supone, la semilla para un buen porvenir. ¿Cuántos fracasos hacen falta antes de desfallecer? Bueno, de eso no se habla demasiado porque lo importante es no perder la confianza en que, si nos lo proponemos realmente, podremos. La clave es la actitud: no hay que dejar de sonreír y hay que seguir intentándolo aunque la sonrisa acabe siendo sólo una máscara.

Creer que si se quiere se puede es tanto como decir que si tenemos fe en nosotros podremos cambiar todas las cosas. Creer que se puede es, pienso, una visión deformada, mágica y engrandecida de uno mismo y de las capacidades propias. En los casos más surrealistas algunos creen poder superar enfermedades o retrasar la muerte si tienen una confianza firme en que lo lograrán (la esperanza es otra cosa). En el extremo de este delirio hay quien, incluso, está convencido de que podrá cambiar el mundo, no su vida íntima y cotidiana sino el mundo con mayúsculas.

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Sobre la actualidad

 La actualidad, con sus urgencias, oculta otros asuntos que también ocurren ahora pero que parecen invisibles ante semejante avalancha.  La actualidad es como estar en un andén por el que pasan sin parar trenes a velocidades vertiginosas, a veces alcanzamos a distinguir algo a través de las ventanillas pero, normalmente, nos quedamos sólo con un conjunto de formas imprecisas desdibujadas por su velocidad. La actualidad obliga a su consumo inmediato, las noticias pasan veloces, caducan en días o en horas o en segundos y son rápidamente engullidas por el negrísimo  agujero de la historia. Los trenes, cuando pasan a grandes velocidades, generan un efecto de succión que parece atraer hacia ellos a las personas que están cerca. Con la actualidad ocurre algo parecido, succiona la atención y el interés, aturde y oculta lo demás. Y como los trenes no dejan de pasar pues es fácil quedarse atrapado en ese lugar desde el que vemos desfilar sin interrupción las cosas que son actuales.

La actualidad no está sólo en los medios de comunicación. También nuestra vida cotidiana está repleta de hechos informativos relevantes, de noticias que compartimos a través de nuestros canales de comunicación personales con la familia y los amigos. La actualidad es eso que parece que es importante justo ahora, eso a lo que hay que prestar atención hoy, eso que debe preocuparnos o alegrarnos en este preciso momento, eso que no puede esperar.  La actualidad suele estar estrechamente vinculada con lo novedoso y con lo efímero. La actualidad es actualidad precisamente porque introduce algo nuevo (y que, previsiblemente, tendrá consecuencias significativas) y porque tiende a la volatilidad.

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