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Marcos Díez

Escritor, poeta y periodista. Autor de los poemarios  Combustión (Visor, 2014) y Puntos de apoyo (La grúa de piedra, 2011). Ha publicado también el libro de cuentos Desdoblados (Valnera, 2012). Dirige desde 2011 la Fundación Santander Creativa.

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Jardineros

Cuidar un jardín es echar un pulso a la naturaleza. La naturaleza dice: "por aquí". Y el jardinero responde: "por allí". Donde la naturaleza hace crecer un cardo llega el jardinero y hace lo posible para eliminarlo: lo arranca de raíz, lo baña con herbicidas, lo mutila con una desbrozadora. Lo que haga falta. Y luego, cuidadosamente, cava un agujero y planta un jazmín y lo riega con esmero y lo alimenta.

Cultivamos jardines con la ilusión de que podremos imponer nuestro orden a leyes que no hemos escrito nosotros, leyes a las que no queremos obedecer y que no nos obedecen. El jardinero aspira a intervenir en lo natural para domar sus reglas caóticas, para decir: “Mando yo”, para crear la ilusión de que puede dominar lo inesperado. Es una batalla sin cuartel en la que el jardinero nunca puede detenerse porque si se detiene la naturaleza lo pasa por encima. Al menor descuido, un hongo ataca un arbusto que se quiere sano, o unos topos arruinan el césped, o un vendaval derriba un árbol, o un sol abrasador quema las flores que con cuidado se han estado cultivando.

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La invasión de los ultracuerpos

Cuanto mayor es la distancia entre nosotros y las desgracias que suceden mayores posibilidades hay de que esas desgracias nos resulten indiferentes. Esa distancia puede ser geográfica, cultural, ideológica o económica. Así, puede afectarnos más lo que le pasa a un australiano de clase media que al pobre de la esquina. Con la interconexión y el acceso a la información las tragedias se nos agolpan, se nos caen encima como una cascada, y al final hacemos como cuando llueve: nos cubrimos con chubasqueros y ya nada (o casi nada) nos alcanza. La piel se convierte en impermeable, todo aquello que no nos toca directamente se manifiesta en nuestra conciencia como si fuese una ficción y, gracias a eso o por eso, lo ignoramos como el que apaga la televisión, cierra una página web o deja una novela. Es algo que nos sucede, en mayor o menor grado, a casi todos. Hay quien denomina a eso nihilismo de la percepción. Yo no sé bien cómo llamarlo pero sé que sucede. No tanto porque lo observe en los demás, que también, sino porque lo observo en mí.

Cuando hablo de indiferencia no hablo de ver y no actuar, porque no darían los brazos ni la vida para todo (aunque por algo se empieza), sino de esa forma de ver  como sin ver, de ver e ignorar lo que se ve, de ver y despreciar, de ver sin respetar lo que se mira (que es quizá lo mínimo que nos deberíamos exigir cuando contemplamos una desgracia o tragedia). No hablo de emociones alborotadas, ni de rasgarse las vestiduras porque cuando algo nos afecta tampoco es necesario gritarlo a los cuatro vientos  (que a veces es como querer apropiarse de la tragedia de un tercero). Hablo de cierta conciencia en la mirada, de cierto pudor ante el que sufre, de hacer con discreción lo que se pueda.

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Ratas

Mi perro, un chucho que tiene casi diez años y está castrado, ha cazado recientemente dos ratas. Cosas del instinto. Ocurrió en sendos paseos por el campo, quiero pensar que eran ratas sanas y vigorosas, de esas que hacen madrigueras en la tierra y corretean olisqueando con sus naricillas entre la hierba. A una la dejó medio viva. Menos mal que estaba yo allí con mi infinita bondad para ayudarla. Le grité “¡NO!”, él soltó la presa y la rata se quedó en el suelo agonizando entre unos dolores que parecían atroces mientras yo me trataba de alejar lo más rápido posible de la escena del crimen.

Siendo sincero no le ordené que soltara a la rata movido sólo por la compasión. En realidad no me movía tanto el deseo de salvar la vida a la rata (que algo de pena me dio con sus grititos, sí) sino el asco que me provocaba el hecho de que mi perro tuviera una rata en la boca, aunque a él no parecía darle asco en absoluto.

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"El lenguaje poético está en las antípodas del político: indaga, busca, arriesga"

Lorenzo Oliván (Castro Urdiales, 1968) comenzó a escribir aforismos veinte años antes de la fundación de Twitter. Los hizo en una época en la que no estaba de moda y en la que pocos apostaban por un género que Oliván, uno de los poetas de más prestigio de su generación, logró acercar al terreno de lo poético. Tanto es así que Pre-Textos (en colaboración con la Fundación Gerardo Diego) ha elegido su colección de poesía para que vea la luz 'Dejar la piel', un volumen que recoge tres décadas de lo que el propio autor define como "fragmentos". Este libro, que se presenta este viernes a las 19.30 en la Librería Gil de Santander, apuntala una trayectoria sólida y sin fisuras que ha merecido reconocimientos en el terreno de la poesía, con premios como el Nacional de la Crítica, el Loewe o el Generación del 27, y que se completa con las traducciones de John Keats y Emily Dickinson.

'Dejar la piel' lo comenzó a escribir hace tres décadas, cuando no había internet, y ve la luz en un tiempo marcado por las redes sociales, los titulares, los enunciados cortos… ¿La brevedad está reñida con la profundidad? ¿Se puede no ser superficial en 140 caracteres? ¿Cómo se logra eso?

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El sótano

La cama estaba en el centro y era confortable. Había también una silla de madera, una mesa robusta, un perchero, un retrete, un lavabo y una ducha. Pasaba la mayor parte del tiempo tumbado en la cama pero también paseaba por la estancia. Lo hacía con los ojos abiertos aunque era lo mismo que tenerlos cerrados porque la oscuridad era absoluta y no podía ver nada. Los tenía abiertos aunque fuese sólo para contemplar ese negro al que mis pupilas no eran capaces de acostumbrarse.

Normalmente daba un paseo por la estancia nada más despertarme, tendría unos cincuenta metros cuadros distribuidos de forma irregular. Ese paseo me solía llevar dos o tres horas porque era minucioso y palpaba de forma meticulosa las paredes. Siempre descubría cosas nuevas, rugosidades inesperadas, pequeñas grietas. Los olores también eran importantes así que muchas veces recorría el sótano con la nariz pegada al suelo, a los muebles o a las paredes, olisqueando todo igual que un animal. En otras ocasiones iba más lejos y con la ayuda de la silla o mesa palpaba pacientemente cada centímetro del techo.

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¡SORPRESA!

No teníamos mucho dinero para viajar y en la agencia anunciaron una promoción. Pagando una cantidad de dinero no muy alta te daban un viaje sorpresa: una modesta escapada en tienda de campaña, un par de noches en una pensión en tu propia ciudad o un crucero por los fiordos noruegos. Todo podía suceder. El caso es que a mí me pareció una idea horripilante pero Emma, en cambio, pensaba que era una aventura estupenda. “Adiós a la monotonía por unos días”, era el lema de la promoción. Emma dijo que sí. Yo dije que no. Al final dije que por qué no. Así que pagamos la pequeña cantidad de dinero y recibimos las instrucciones. En quince días teníamos que estar a las ocho de la mañana en el lugar indicado.

Los días previos al viaje estábamos un poco inquietos. Emma porque pensaba que íbamos a conocer el Polo Norte. Yo porque imaginaba que íbamos a tener chinches en la cama. Y luego estaba lo del equipaje. Llamamos en varias ocasiones para que nos orientaran un poco. ¿Hará frío o calor? ¿Llevamos traje baño? ¿Habrá que facturar? En la agencia se tomaban su promoción al pie de la letra y respondían gritando: ¡SORPRESA!

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Sonrisa

Cuando Agustín se mudó al complejo lo hizo sin saber que Manuela vivía allí. Le costó reconocerla. Había envejecido, claro, aunque el tiempo no la había tratado tan mal. Estaba encogida y arrugada, sí, pero caminaba todavía con soltura y en su forma elegante de moverse reconoció algunos gestos, cierta forma de ladear la cabeza y una determinada manera de sonreír. Manuela sonreía  pero tras su sonrisa se adivinaba, o Agustín creía adivinar, una especie de melancolía que a él, cuando eran poco más que unos niños, le despertaba una ternura difícil de definir. Esa sonrisa, un poco resignada a veces, había sido para él un enigma, un misterio que le había acompañado desde que se conocieron.

Agustín siempre había pensado que esa sonrisa ocultaba una insatisfacción, un deseo. Manuela sonreía de tal manera a Agustín que él llegó a pensar que ella utilizaba su sonrisa para comunicarse con él a través de un lenguaje cifrado, secreto,  con el que le decía cosas que sólo él podía intentar comprender. Nunca supo qué era lo que ella quería decir porque nunca hablaron de ello. En realidad, nunca hablaron de nada porque eran demasiado jóvenes y los padres de ambos eran unos vecinos mal avenidos. Agustín se tuvo que mudar precipitadamente a otro país y ni siquiera pudo despedirse de Manuela. Cincuenta años después regresó impulsado por un primitivo deseo de morir en el mismo lugar en el que había nacido.

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La tala

Cada veinte años cortaban los eucaliptos. Yo aún no había nacido cuando los plantaron por primera vez. Mi madre me contó que antes había pastos y que antes de los pastos hubo otros árboles. Los primeros árboles, robles sobre todo, los cortaron hace tanto tiempo que mi madre no era capaz de recordarlo. A ella se lo contaron mis abuelos. Cuando la gente se fue a la ciudad los pastos comenzaron a ser un problema porque daban mucho trabajo y no había gente ni ganado para trabajarlos. Así que algunos vecinos comenzaron a plantar eucaliptos porque una fábrica cercana, que se dedicaba a la producción de celulosa, compraba la madera.

Mi padre odiaba aquellos árboles, decía que secaban la tierra y que nada volvería a crecer en esos montes. Para él eran una invasión, una horda de bárbaros que cercaban la casa. Algunos vecinos venidos de la ciudad veían los eucaliptos como un bosque aunque en realidad eran una plantación. Creo que la gente decía eso porque resultaba más bonito decir que vivías cerca de un bosque que junto a una plantación. Mi padre odiaba también a esos vecinos que llegaban al pueblo con sus buenos modales, su ropa limpia, sus casas de ladrillo, sus jardines y sus coches brillantes.

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Colesterol

En unos análisis de sangre me ha dado alto el colesterol. Bueno, no es que me haya dado alto. Dicen que es normal pero tirando a alto. Hace no mucho tiempo hubiesen sido normales a secas pero como el colesterol es peligrosísimo han bajado los niveles y lo que antes era normal ahora se considera una amenaza para mi salud. Analítica alterada. Te lo dicen, te lo escriben en un informe médico, te ponen los asteriscos y ya sientes depositarse al colesterol (que te lo imaginas como un petróleo blanquecino) en las paredes de tus arterias. Si prestas atención puedes llegar incluso a sentir en el pecho y en el brazo una ligera opresión, algo parecido a un amago de infarto.

Me alimento más o menos bien (la dieta mediterránea y todo eso), no fumo, no bebo (casi) alcohol y hago ejercicio moderado. Hace unas semanas me comí unos callos riquísimos, es cierto, pero en general soy un aburrido ciudadano que se comporta de forma cardiovascular responsable: aceite de oliva, verdura, fruta, legumbre, pescado, poca carne, poca ansiedad, paseos y un poco de deporte. Pero, pese a todo, ahí está el colesterol, el puñetero, como una sombra circulando por dentro de mi sangre. Me encuentro estupendamente (qué placer que a uno no le duela nada) pero es como si tuviera de pronto una mancha. Peor aún que una mancha porque comienza a aflorar tímidamente un atisbo de culpabilidad. Así que me siento no sólo amenazado sino también un poco avergonzado porque parece que el culpable soy yo, que no me cuido lo suficiente.

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Libros

Cuando entro en una casa llena de libros me parece que estuviera la despensa llena. Ya saben, esa sensación de que si se produjera una catástrofe, o lo que fuera,  y tuviera que quedarme encerrado sin poder salir el encierro no sería tan malo porque tendría provisiones. Lorca, en su conocido discurso en Fuente Vaqueros, recordaba cómo Dostoyevski, prisionero en Siberia, pedía socorro a su lejana familia: “¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!”.

 Las bibliotecas personales, que no dejan de ser un símbolo del conocimiento que acumula cada uno, son esa cosa que se construye durante años para que luego, cuando el acumulador de los libros se va al otro barrio, acaben desguazadas por ahí sin que a nadie le importen demasiado. En esto los libros no se diferencian del resto de las cosas que una persona deja atrás. Al final todo avanza hacia su descomposición.

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