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Focos

Nidia García Hernández

Escribir es mi medio favorito de expresión, una constante que se ha mantenido en el tiempo, vocacional, sin llegar nunca a perder su encanto. Vía de escape y reflexión, se convierte en una herramienta más para entender el mundo. Apasionada de los libros y de investigar nuevos temas, no concibo el día sin hacer algún pequeño descubrimiento que amplíe ideas o derroque otras; observando, sin perder de vista los detalles que construyen historias.

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'Westworld', un parque de robots en el salvaje oeste

En un futuro no tan lejano, la humanidad cuenta con un nuevo pasatiempo, una atracción sin precedentes bautizada como Westworld. Este parque de escala monumental ofrece a los usuarios la oportunidad de experimentar la vida del salvaje oeste, un mundo sin ley donde la supervivencia está a la orden del día. En este escenario, guiado por forajidos y prostitutas, los asistentes pueden dar rienda suelta a sus instintos más primarios. ¿Lo mejor? No hay lugar para el remordimiento pues aunque los personajes que dan vida a esta fantasía tienen una apariencia perfectamente humana, no son otra cosa que estilizados robots. Cuidadas inteligencias artificiales que reciben el nombre de “anfitriones” y que han sido diseñadas para atraer y complacer a sus invitados.

La atracción es anunciada como una oportunidad de autoconocimiento, de revelar tu verdadero ser y dar respuesta a la gran pregunta: ¿quién soy en realidad? Un acto de fe que se desmorona con la elección prioritaria de sus usuarios: sexo y violencia sin medida. Pues en Westworld, el visitante siempre gana. Los anfitriones, fieles a las leyes de la robótica de Asimov, no pueden infringir daño. Y es que la serie ha querido mantener los códigos propios de la ciencia ficción, haciendo constantes referencias a las teorías que su literatura ha alumbrado. Es el caso del escritor Isaac Asimov, quien concibió una serie de normas con las que regir el comportamiento de los robots del mañana. Descritas en sus novelas como “formulaciones matemáticas impresas en los senderos positrónicos del cerebro” o, lo que es lo mismo, líneas de código con las que establecer un manual de conducta. En compendio, serían tres leyes básicas:

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Ante la pérdida de derechos: ¡Revoluciónate!

La crisis ha traído consigo la pérdida de derechos, unos por los que se llevaba siglos luchando. Refrescar algunas de las historias que lo hicieron posible, tal vez ayude a romper la sumisión que el miedo ha instalado en los trabajos.

Empezar un nuevo año trae consigo la ilusión de que todo es posible, nuevas oportunidades están al acecho, deseando dejarse atrapar por esta nueva versión de nosotros mismos. Atender los propósitos personales está muy bien, sin embargo, no hay que olvidarse de los objetivos colectivos; pues una puesta a punto totalmente individualizada puede hacernos ignorar el panorama completo, del que también somos parte. Es como esa viñeta que muestra una barca que empieza a hundirse por un extremo, obligando a las personas más próximas al agujero, a echar el agua fuera desesperadamente; mientras, el resto de pasajeros situados algo más lejos de la catástrofe, respiran aliviados: ¡ qué suerte no estar en ese lado! Olvidando que comparten bote.

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"Trabaje gratis": crece el número de ofertas de empleo sin sueldo

“Trabaje gratis”, dice el cartel. Unas luces de neón lo acompañan, parpadeantes, con la intención de hacerlo más vistoso, pues no es algo que haya que pedir con la boca pequeña. Quién sabe, a lo mejor el parpadeo de colores le aturde y pierde por fin todo el sentido y el valor de las cosas. Igual hasta se queda ciego de principios, derechos y convicciones, pasando a formar parte del engranaje de explotación que parece regir muchos de los puestos de trabajo en España.

Simplificando: la esclavitud ha vuelto; está de moda. Y esta vez sin necesidad de cadenas o latigazos intimidatorios, porque las cabezas gachas y la dignidad ausente vienen de serie. Una pandemia que a muchos interesa que no se erradique porque aumenta los ingresos de unos pocos, a costa del esfuerzo de la mayoría.

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Ronda: breve homenaje al amor

Porque no hay amor más incondicional, desinteresado y leal que el de un perro. Las descripciones siempre se quedarán cortas pero lo mínimo que podemos hacer, es ordenar las palabras e intentar un humilde tributo.

La primera vez que vi a Ronda, ella ya me había visto a mí. Sentí sus ojos en mi espalda y pese a estar inmersa en unas circunstancias que la aterrorizaban, me sonrió. Se encontraba dentro de un chenil (una jaula típica de las perreras), junto a un Samoyedo blanco llamado Búnker, mucho más vistoso y de acuerdo con nuestros cánones del perfecto peluche. Pero una vez superada la primera impresión, esos segundos prejuiciosos, quien se ganó mi corazón fue ella.

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Cuéntame un cuento… ¡pero como los de antes!

Son ya muchas las generaciones que han crecido con los cuentos tradicionales presentados a través del filtro de Disney, versiones que incluyen canciones pegadizas y finales almibarados. Son, en resumen, fantasías bien amortiguadas donde la justicia y los buenos actos terminan siempre por salir airosos, lo que deja un ambiente sosegado que anticipa los más apacibles sueños. Sin embargo, no era éste el efecto que los primeros cuentos pretendían. Siendo muchos más brutales en sus narraciones primigenias, reflejo de la sociedad del momento. Porque si algo ha caracterizado a los cuentos, es su maleabilidad; esa capacidad de adaptarse a los tiempos para seguir cautivándonos.

Disney los dulcificó y Pixar inició la costumbre de añadir capas a las historias, de modo que tanto niños como adultos puedan seguir una trama personalizada. Pero estas variantes no son nuevas, sino que han ido sucediéndose desde que el cuento es cuento. De ahí que se conozcan versiones de la Cenicienta en la China Imperial o de La Bella durmiente en la Dinastía XX de Egipto. Piezas que han ido integrando -y evolucionando- el folclore y otras leyendas para adaptarse a las distintas necesidades generacionales.

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'Girls'

Cuando se estrenó Girls en 2012, los referentes femeninos rompedores eran mucho más escasos en televisión, de ahí que su llegada trajera tanto revuelo. Cada capítulo −ideado por Lena Dunham y Jenni Konner− precedía el escándalo, ya fuera por los desnudos de Dunham o por la crudeza de las relaciones que se mostraban en la serie. Ambas tenían un elemento común: carecer de todo artificio. Lena, por medio de Hannah Horvath, encarnaba un tipo de cuerpo habitual entre el común de los mortales pero que, al mismo tiempo, había sido desterrado de la pantalla. La supresión sistemática de los medios fue lo que hizo olvidar que, efectivamente, existían mujeres como ésa. Las escenas que mostraban a una Hannah con sobrepeso y diminutos pechos, sorprendían o incomodaban, acostumbrados como estamos al Photoshop y el bisturí. Iba siendo hora de reprogramar los parámetros de la normalidad o, cuanto menos, de la diversidad.

Aceptar el cuerpo de Dunham fue trasgresor, especialmente porque partía de un punto donde esa “imperfección” parecía no tener importancia. Nos llamaba la atención a nosotros pero su personaje no estaba pendiente de ello, lo que aumentaba la confusión. Para la actriz, sus desnudos no tienen nada de revolucionario, son naturales, por más que el mundo insista en preguntarse por qué una chica como ésa cree necesario exhibirse así.

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Técnicas y estrategias para que 2017 sea un año de propósitos cumplidos

Una vez superadas las Navidades, ese paréntesis de irrealidad que nos invita al consumo y las comilonas, toca recoger el árbol y hacer frente a lo que está por venir. El día uno de enero supone para muchos una puesta a cero, un momento de retrospección desde el que hacer balance y establecer nuevas metas. De éstas, bajar de peso, dejar de fumar y aprender algo nuevo ocupan el pódium general, una lista que se caracteriza por reemplazar aquellos hábitos más dañinos por otros más saludables.

Comenzar el año nos llena de optimismo, sin embargo, el porcentaje de éxito de estas resoluciones sólo alcanza al 10% de los que lo intentan (según un estudio de la Universidad de Psicología de Scranton). Una proporción que disminuye a medida que se cumplen años, siendo más difícil modificar conductas a los 50 que a los 30, dado el arraigo de la costumbre. Además de la continuidad, otro factor clave del que tendemos a alejarnos. Directamente, el 25% de las personas abandona sus metas de año nuevo durante la primera semana, y menos de la mitad las mantiene pasados seis meses.

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Los secretos de Andrew Wyeth

A Andrew Wyeth le gustaba pasear por las praderas y bosques próximos a su casa de Chadds Ford, Pensilvania. Los paseos eran una simple excusa para poder estar a solas, así de grande era su necesidad de abstracción. Su mayor deseo era un imposible: poder pintar sin estar presente, que sólo sus manos formasen parte de la realidad, dejando al resto de su ser al margen. Un sueño inalcanzable pero al que conseguía aproximarse recorriendo aquellos prados: “Cuando estoy solo en el bosque, caminando a través del campo, me olvido de todo lo relacionado conmigo mismo. Dejo de existir”.

Se podría pensar que estos paseos fueron la fuente de inspiración de su obra, pero él no quería motivos forzados. “Trato de salir de mí mismo mientras camino, estar en blanco; ser una especie de caja de resonancia, muy abierta a todo, todo el tiempo, para ser capaz de captar una vibración, un tono de algo o de alguien”. Su mujer, Betsy James, compartía esta opinión: “Él no es un artista bucólico que camina alrededor de las granjas en busca de paredes agrietadas. Es una cosa muy diferente. Va al límite”.

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Thoreau: un pensador del mañana

El escritor no iba a contentarse con lo establecido y se lo cuestionaría todo, esperando con ello llegar a ser una persona íntegra pero, sobre todo, alguien que había aprendido a vivir.

Hay pocas imágenes de Henry Thoreau. Google nos devuelve, constantemente, las mismas dos fotografías: una primera a los 39 años y con una barba al estilo Lincoln; y otra a los 43, un año antes de morir de tuberculosis, donde empieza a apreciarse ya su deterioro. En esta última imagen, la barba le ocupa todo el rostro, el cual parece consumirse tras ella. El efecto resalta aún más la melancolía de sus ojos. Unos ojos que intrigan ya que, por un lado, parecen cansados y envejecidos, como si debido a su habilidad de percibir más que el resto se hubiesen agotado antes de tiempo. Pero por otro, bajo esos pliegues que caen y que coronan unas cejas de derrota, parece quedar un brillo. La chispa de la curiosidad: el universo de reflexiones que lo hizo adelantarse a su tiempo y vivir persiguiendo la verdad de las cosas. No iba a contentarse con lo establecido: ni las leyes, ni las costumbres. Iba a cuestionárselo todo, esperando llegar a ser una persona íntegra pero, sobre todo, alguien que había aprendido a vivir.

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‘La chica de rosa’ cumple 30 años

La chica de rosa está de aniversario, cumpliendo treinta años este 2016. La película fue el cierre de la trilogía ideada por John Hughes e interpretada por la actriz Molly Ringwald, que estuvo precedida por Dieciséis velas y El club de los cinco. Esta saga retrata la adolescencia norteamericana de los años ochenta con sus trifulcas, centros comerciales, dramas existenciales y bailes de instituto. Hughes ofreció a los espectadores la visión de un adolescente que busca diferenciarse pero que, al mismo tiempo, necesita ser aceptado y, como no podía ser de otro modo, ansía enamorarse. Son tramas que se alejan de los estándares de la época, donde los jóvenes del cine parecían estar destinados a vivir en una persecución sexual constante, en títulos tipo Porky’s; o a terminar decapitados en un Viernes 13.

Hughes dejó a sus adolescentes ser adolescentes. Sus historias reflejan con mayor veracidad un tiempo donde el sexo es más elucubración que realidad y donde las personalidades empiezan a definirse, tras formularse por primera vez las grandes preguntas. “En esa época se piensa mucho más acerca de todo” −diría Hughes−. “Cuando creces, tienes que bloquear esas cuestiones porque estás haciendo frente a las cosas del día a día. En esos años, en cambio, cuando algo te sucede se percibe de un modo más intenso; parece que todo se viva más profundamente”.

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