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Nidia García Hernández

Escribir es mi medio favorito de expresión, una constante que se ha mantenido en el tiempo, vocacional, sin llegar nunca a perder su encanto. Vía de escape y reflexión, se convierte en una herramienta más para entender el mundo. Apasionada de los libros y de investigar nuevos temas, no concibo el día sin hacer algún pequeño descubrimiento que amplíe ideas o derroque otras; observando, sin perder de vista los detalles que construyen historias.

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La ciencia de la felicidad

Ser feliz. Esas dos palabras se han convertido en la máxima aspiración de nuestras vidas. Es casi un derecho que damos por sentado, sin embargo, este concepto es algo relativamente nuevo. Hasta el siglo XVIII la mayoría de los humanos entendían la vida como un valle de lágrimas. Vivir venía ligado al sufrimiento y la felicidad era entendida como algo azaroso, prácticamente un capricho del destino. De ahí que no resulte extraño que la mayoría de vocablos que la definen estén relacionados con lo fortuito. Happiness, proviene del inglés happ que significa ocasión o fortuna; ocurre lo mismo con el francés, bonheur, cuyas raíces son bon (bueno) y heur (suerte). En italiano, español, portugués y catalán, tenemos felicità, felicidad, felicidade y felicitat, derivados del término en latín felix, que puede significar tanto suerte como destino. La felicidad, por tanto, era algo que sucedía accidentalmente y de improviso, ajeno a nuestra voluntad.

Hasta la aparición de pensadores como Voltaire y Rousseau, la dicha no se volvería algo terrenal, una promesa adquirible en vida. Así, la felicidad continuaría evolucionando hasta convertirse en el objetivo real que es hoy, donde “más que un emocionante derecho, parece haberse convertido en una mercancía, en un codiciado objeto de consumo que hay que poseer para no ser un paria social”, expone la escritora Rosa Montero. Las marcas la utilizan como reclamo y se esfuerzan en direccionarnos pero, ¿realmente la felicidad se puede comprar? Para Dan Gilbert, autor del best seller Tropezar con la felicidad, es todo mucho más sencillo que eso. Apodado por sus compañeros de Harvard como Profesor Felicidad, lleva más de treinta años investigando su naturaleza.

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Hiper (des)conectados: los efectos secundarios de consultar la pantalla a cada segundo de silencio

La sala de espera del médico, la cola del supermercado, el interior del transporte público… en cualquiera de estos escenarios se reproduce el mismo patrón: cabezas bajas y ojos fijos en la pantalla. La luz blanca de nuestros dispositivos nos hipnotiza y con ellos, las esperas ya no lo son tanto. Esquivar el tedio no parece algo reprochable, sin embargo, el automatismo de consultar la pantalla a cada segundo de silencio está empezando a limitar nuestra capacidad de introspección. Leer un artículo en el móvil pueda hacernos reflexionar pero, ¿por cuánto tiempo? Normalmente pasamos de un estímulo a otro: consultamos una noticia, vemos las últimas fotos de Instagram y mantenemos tres chats abiertos con sus demandantes ventanas emergentes. Demasiados elementos para retenerlos y, mucho menos, para analizarlos como corresponde.

Los tiempos muertos son importantes para no limitarnos simplemente a reaccionar ante lo que otros están publicando o haciendo en la red ”, explica José Luis Orihuela, escritor y profesor en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra. Este “reaccionar” produce un efecto de falsa reflexión porque es superficial, episódico. El conocimiento está demasiado disperso como para anclarse, los datos llegan fragmentados y rápidamente son reemplazados por otros nuevos. En un mundo sobresaturado de información, donde nada es capaz de mantener nuestra atención el suficiente tiempo, parece irremediable caer en lo insustancial. “ La cultura líquida moderna ya no es una cultura de aprendizaje, es, sobre todo, una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido ”, concluye el sociólogo Zygmunt Bauman.

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La paradoja de la tolerancia

¿Recuerdan aquello de “ es mejor callar y parecer estúpido, que hablar y disipar toda duda ”? Ni siquiera necesitan conocer la fuente original (Mark Twain), basta con haber visto Los Simpsons para reconocerla. La frase tiene sus variantes en el refranero popular, esas pequeñas píldoras de sabiduría que se traspasaban de padres a hijos; eran tiempos donde pocos sabían leer o escribir, pero entendían el concepto y la importancia de llevarlo a cabo. Ahora, con menores tasas de analfabetismo, la premisa parece tener una reacción más afín a la de Homer Simpson: “ Debo decir algo o pensarán que soy idiota ”. Un automatismo que se ha revestido de derecho, amparándose en una confundida libertad de expresión. Esta conducta solía verse frenada por los más cercanos pero hoy en día, al ocurrir con una pantalla de por medio, el entornar masivo de ojos no surte el mismo efecto. Por el contrario, “el ideólogo” se puede encontrar jaleado por un séquito que representa fielmente aquello de “ los que más hablan son los que menos tienen que decir ”. Porque internet, y especialmente las redes sociales, se han convertido en una ventana excepcional, un escaparate donde verter lo primero que se nos pase por la cabeza y encontrar, en la inmensidad de la red y gracias al hashtag adecuado, un gemelo de pensamiento que nos aliente. Por eso, en pleno siglo XXI, hay un grupo cada vez mayor de personas que cree, y afirma, que la tierra no es redonda. Poco importa el historial de pruebas científicas, ni mucho menos, el material gráfico existente; que la NASA envíe fotos y vídeos no significa nada, ¡podría ser todo un montaje! Es una parte más de las teorías de conspiración que se remontan al alunizaje de 1969, considerado el rey de los fraudes. “ Hasta que no lo vea con mis propios ojos, no lo creeré ”, es el argumento más repetido. De manera que la información debe convertirse en experiencia para ser válida. Un sistema que es toda una contradicción en sí mismo.

Para dudar de la esfera terrestre, aplican el mismo juego de la experiencia: miro al horizonte y veo una línea recta, por tanto, al final de eso debe existir un precipicio donde habita el Kraken. Bueno, lo de los monstruos medievales ha desaparecido de la historia, intercambiándose ahora por una barrera de hielo que evita el desbordamiento de los océanos. Al menos así lo defiende la Flat Earth Society, un grupo de convencidos “terraplanistas” que afirma, sin titubeos, que lo mejor es “ confiar en los propios sentidos para discernir la verdadera naturaleza del mundo que nos rodea ”. Por lo que: si el mundo parece plano, tendrá que serlo. El movimiento incluye gráficos y referencias históricas con los que convencer a los más ingenuos, como una serie de animaciones de nuestro planeta convertido en disco y sobre él, una cúpula que incluye la atmósfera, el sol, la luna y las estrellas. Y así, a fuerza de implicar el escepticismo de Descartes y citar algunos experimentos (ya refutados), ganan adeptos. Cuando sería suficiente con poner en práctica la duda cartesiana a la que nos invitan para descubrir las mentiras que los sustentan. Una rápida consulta en la red desmorona sus principales credenciales científicos, como el experimento de los niveles de Bedford. Los terraplanistas se amparan en las observaciones que Samuel Birley Rowbotham realizó en 1838 y que, efectivamente, concluían que la Tierra no era redonda. Sin embargo, no incluyen que unos treinta años más tarde, en 1870, el experimento se ajustó para evitar los efectos de la refracción atmosférica. De esta manera, Alfred Russel Wallace encontró una curvatura que demostraba la forma esférica del planeta.

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Broad City

Dos chicas, Ilana Glazer y Abbi Jacobson, se conocen durante unas clases de improvisación del Upright Citizens Brigade de Nueva York; tienen 19 y 22 años, y la química es inmediata. De este encuentro fortuito surgirá una amistad destinada a revolucionar el mundo de la comedia.

Jacobson y Glazer tenían claro su objetivo: estaban dispuestas a trasgredir, y tuvieron la suerte de tener la tecnología de su lado. Internet, una vez más, hizo las veces de salvoconducto para aquellos que no parecen, ni quieren, encajar en lo establecido. La red, en su espíritu democrático, dio vía libre a sus ideas y les sirvió de lanzadera. En Youtube encontraron el espacio ideal para compartir una serie web donde experimentarían con vídeos cortos −no más de tres minutos de duración− que serían un primer esbozo, más casero y destartalado, de su posterior éxito,   Broad City.

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Okja: una fábula contra el capitalismo de la carne

Okja tiene una gran ventaja de su parte: es ficción, y como fábula que es, nos acercamos a ella con la guardia baja. Pocos esperarían que una película palomitera les cambiase, pero este cuento nos enfrenta a una parte muy real de nuestro día a día y que solemos omitir, aplicándonos aquel “ojos que no ven, corazón que no siente”. Pues Okja les hará sentir, o cuanto menos, cuestionarse su estilo de vida.

Si el mensaje de la película produce tanto impacto es porque Okja no aparece como el producto final al que estamos acostumbrados −una bandeja de carne envasada al vacío−, sino que lo hace como nuestra mascota. El director, Bong Joon-Ho, retrata el vínculo entre Okja, un cerdo transgénico, y Mija, la niña protagonista: una amistad sin devaluaciones que se desarrolla en los bosques de Corea del Sur. El afecto es mutuo y palpable, igual que el que cualquiera con un perro o un gato en casa corroboraría. Una compañía que no necesita de palabras para confortarnos y que, como en el caso de Okja, muestra inteligencia y empatía. Es, al identificarnos con esta conexión, cuando sucede la magia y el mensaje nos llega de pleno: tenemos que terminar con esta injusticia. Pudiendo llegar a ser más efectivo que artículos o documentales animalistas, ya que el público no está sesgado de antemano.

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Clásicos imprescindibles en tus lecturas de verano

Leer más es uno de los propósitos que casi todos anotamos en nuestra lista de objetivos de Año Nuevo, pero llega julio y no hemos terminado ninguna de las lecturas o tan siquiera hemos decidido por cuál empezar. Puede que ya sea un poco tarde para la operación bikini pero aún hay tiempo para redimir la escasez de nuestra librería. En verano, además, disponemos de la tranquilidad necesaria para retomar el hábito, una actividad compatible con los momentos de playa, toalla y vistas al mar.

Acercarse a los clásicos, además, es una apuesta segura. A fin de cuentas, han superado la prueba de los años. Sus historias son atemporales, incluso puede llegar a sorprendernos el vernos reconocidos en los pensamientos de un escritor del siglo XIX. Nuestra esencia, aquello que nos conmueve, nos apasiona o nos hace trascender, no ha cambiado tanto después de todo. Pero es verano y no apetece nada enfrentarse a las mil páginas del   Ulises  James Joyce o superar la monumentalidad de   En busca del tiempo perdido  de Marcel Proust. La epifanía sensorial de la magdalena es mejor dejarla para otro momento del año, de ahí que la selección de libros propuesta resulte el complemento perfecto para las vacaciones. Las tramas, no sólo son amenas, sino que cuentan con la extensión justa para acompañar las horas de vuelo o las tardes en la piscina. Sin olvidarnos de la oportunidad única que los libros nos brindan: la posibilidad de vivir múltiples vidas en una sola.

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La misteriosa mujer del tatuaje azul en la barbilla

Al pensar en los pioneros nos viene a la mente la imagen de aquellos hombres y mujeres dispuestos a cruzar el océano con la esperanza de fundar un mundo nuevo. El problema era que aquel “nuevo mundo” ya existía y había estado habitado durante generaciones por los nativos del lugar: cherokees, apaches, quapaws, siouxs… infinidad de tribus que aprendieron a adaptarse a la salvaje Norteamérica. De hecho, si muchos de estos colonos sobrevivieron fue gracias a las enseñanzas de los indios; un gesto que obtuvo una contrapartida menos generosa (enfermedades, exilio…) y que redujo drásticamente su población.

La colonización del siglo XIX difícilmente podrá deshacerse de su oscuro legado, pero centrándonos en el punto de vista de los recién llegados, resulta tentador imaginar las sensaciones de aquellos pioneros. El sobrecogimiento de atravesar las llanuras de Nebraska o la impresión de divisar las Montañas Rocosas. El continente norteamericano era inmenso y lleno de contrastes, pero sobre todo, no se parecía a nada de lo que habían visto antes. El impacto de aquellos paisajes tuvo, sin ninguna duda, que emocionarles; aunque no por ello el más ordinario de los días estuviera exento de dureza.

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'Conectadogs', el primer centro de recuperación para perros 'condenados'

Cuando me acerqué al mundo del voluntariado, lo hice desde el más absoluto desconocimiento, ajena a la dureza de las protectoras de animales. Como la mayoría, no era consciente del trabajo y las necesidades de este tipo de centros. Mi propósito era ayudar y fui allí sin más pretensión que esa: echar una mano en lo que hiciera falta. Afortunadamente, cada vez son más las personas dispuestas a implicarse y a aportar su pequeño granito arena a estas causas. Sin embargo, el abandono de animales en España mantiene unas cifras preocupantes: sólo en 2015 las sociedades protectoras atendieron 137.000 casos. Por eso, aunque trabajadores y voluntarios dan lo mejor de sí, no es suficiente.

El flujo de animales es tan masivo que resulta imposible llevar a cabo un seguimiento individualizado. En general pueden más las prisas de contener lo incontenible, lo que desencadena que se anteponga la adopción a toda costa. El problema de esta solución es que su efectividad sólo sirve a corto plazo. Un perro sale del centro, sí, pero la ausencia de valoración previa no prevé las incompatibilidades que puedan surgir. ¿El resultado? El animal se devuelve a la protectora y empieza a ser tachado de “difícil”, el primero de muchos adjetivos que se volverán menos amables con el tiempo y la falta de oportunidades.

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Laurie Lipton: universos en blanco y negro

Los dibujos de la pequeña Laurie Lipton no eran los garabatos típicos de los niños de su edad. En aquellas hojas de papel, Laurie dibujaba cuerpos que se retorcían y adquirían muecas siniestras. Sus gustos siempre fueron peculiares: prefería quedarse en casa a salir fuera a jugar y de todos los colores, elegía siempre el negro. Un lápiz era todo el color que necesitaba el particular mundo que producía su cabeza. Uno cuyos padres mostraban con orgullo, desconcertando a las visitas, que no llegaban a entender como una niña era capaz de crear algo tan escalofriante.

Los señores Lipton, lejos de adquirir actitudes represivas o de psicoanálisis, la alentaron a seguir dibujando. “Yo era una niñita angelical y mi imaginación era brutal y sangrienta. Por suerte, mis padres nunca me censuraron. Siempre me animaron a hacer exactamente lo que quería artísticamente. En todo lo demás yo era educada y obediente. ¿Será tal vez por eso que mi estilo es salvaje pero mi técnica es extremadamente controlada?”, se pregunta la artista.

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El cuento de la criada: libro vs serie

Apresurarse a decir aquello de “ el libro es mejor”, se ha convertido en un cliché. Una frase manida que resulta pretenciosa, cargante y propia de un Sánchez Dragó que se aferra con pedantería a aquello de cualquier tiempo pasado fue mejor. Por eso a los tópicos es mejor no hacerles caso pero, ya sea por simple estadística, en ocasiones tienen razón. Y en el caso de los libros, adaptación y expectativas no suelen ir de la mano.

No es un prejuicio. Así como desconfío de los que sólo citan libros que tienen su equivalente cinematográfico (sospechoso, cuanto menos), suelo ser optimista con las adaptaciones en formato serie. Porque es imposible condensar cientos de página en una hora y media, pero en una temporada (o dos), las posibilidades mejoran; y nadie se opone a prolongar un entretenimiento.

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