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Ricardo Chiva Gómez

Catedrático de Organización de Empresas en la Universitat Jaume I.

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¿Es tan importante el aspecto y la autenticidad para la credibilidad de un líder?

Hace ya un tiempo que, tanto en entornos políticos como empresariales, hemos empezado a ver y escuchar a personas, cargos políticos, líderes o directivos que no responden al prototipo de profesional: traje y corbata, serio, siempre al grano, sin un ápice de dudas, racional, le importan solo los hechos, las cifras, los números, la rentabilidad. De hecho, parece que algunas personas sienten una cierta animadversión hacia los que no responden a este perfil. Recientemente el juez José Yusty Bastarreche decía en un email que la alcaldesa Manuela Carmena no tiene un aspecto “presentable”, y, en general, este juez, parece tratar despectivamente a todas las personas que gobiernan con ella o están implicadas en el partido político asociado a ella. De alguna manera, parece considerarlos poco profesionales.

La RAE describe la profesionalidad como “la cualidad de la persona u organismo que ejerce su actividad con capacidad y aplicación relevante”, y en general todos lo asocian a pericia, seriedad o eficacia, entre otras cualidades. La profesionalidad es una cualidad que se ha venido vinculando a un tipo de persona afín a empresas u organizaciones que siguen un enfoque individualista, competitivo, centrados en maximizar beneficios económicos, más es siempre mejor, y donde las tareas y la rentabilidad están por encima de todo. En este tipo de empresas las personas deben lograr sus objetivos, la mayoría de carácter cuantitativo, y cuando lo hacen, son unos buenos profesionales. Eso les permite ascender en la línea jerárquica hasta que un día dejen de motivarse o motivarles o dejen de hacer bien su trabajo o les dé igual y se conviertan en unos profesionales incompetentes. Pero el éxito se mide por el lugar en la escala jerárquica que se ocupa, por los logros obtenidos, por la codicia. Y claro, estas organizaciones son el reflejo y el contexto de estos profesionales: solo importan los beneficios, solo importa crecer.

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Carta a los empresarios que creen que la innovación y la baja calidad del empleo son compatibles

En general, en este país, a la mayoría de los empresarios y a las asociaciones empresariales les encanta subrayar la importancia que tiene la innovación. Para eso, publican informes en los que aconsejan fomentar la innovación a las instituciones públicas, u organizan seminarios al respecto. Sin embargo, esto no cuadra con el modelo empresarial que están creando y con las exigencias que están planteando, ya que todo eso a lo que conduce no es precisamente a la innovación.

De acuerdo con el Innovation Union Scoreboard 2017 de la Comisión Europea, España se encuentra en uno de los grupos de países de la UE donde las empresas innovan menos –innovadores moderados–. Una investigación de la EAE Business School, titulado La inversión en I+D+i 2017, incide en que España invierte en I+D+i un 39% por debajo de la media de sus socios comunitarios. El informe COTEC 2017, recientemente publicado, recalca también la preocupante situación de España en lo que respecta a la innovación. En general, podemos afirmar que, si bien nunca hemos destacado por ser un país repleto de empresas innovadoras, cada vez nuestras empresas innovan menos. Y lo que parece claro es que sin innovación es difícil que haya recuperación económica. El propio informe COTEC 2017 arroja sombras sobre dicha supuesta recuperación.

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La gestión de la calidad o cómo acabar con la Universidad lentamente

La gestión de la calidad se ha extendido en el ámbito universitario español. Y si para muchos esto puede significar que la Universidad actúa correctamente ya que sus procesos ahora tienen la máxima calidad, es decir se hacen bien las cosas, la realidad es bien distinta.

La gestión de la calidad es un enfoque directivo desarrollado a mediados del siglo pasado que pone el énfasis en la mejora continua de los procesos dentro de las organizaciones. Si bien este concepto en sí mismo no es negativo, puede que lo sea su implantación o aplicación al mundo organizativo, o al menos resulte obsoleto.

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Más y mejor democracia: 15M y organizaciones innovadoras

A pesar de que muchas personas mantienen que dirigir una empresa o una organización no tiene nada que ver con dirigir un país, una comunidad autónoma, o un pueblo, y lógicamente no es exactamente igual, existen muchas conexiones entre la gestión política y el management o la dirección de las organizaciones. Por ejemplo, es indiscutible el vínculo entre las ideas sobre la burocracia de Max Weber, incidiendo en la importancia de las normas y reglas, y el estado de derecho, o aquel que se rige por un sistema de leyes e instituciones ordenado en torno de una constitución y donde cualquier medida o acción debe estar sujeta o ser referida a una norma jurídica escrita. Este énfasis en la norma es muy distinto de lo que sucede en las dictaduras, donde el deseo del dictador –o de unos pocos– es la base de todas las decisiones, lo cual presenta muchos puntos en común con las organizaciones autocráticas, muy defendidas por gran parte del empresariado.

Sin embargo, la autocracia, a través del ordeno y mando, y la burocracia, a través de todo tipo de reglas, no son los únicos modelos organizativo empresariales existentes ni las únicas formas de coordinar el trabajo de las personas que trabajan en las organizaciones. Ambos modelos, basados en el control, han ido evolucionando hacia una versión en la que el logro, la competencia, los objetivos, estrategias y los incentivos son esenciales, todo ello impregnado por la economía neoliberal que nos abruma.

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