Más y mejor democracia: 15M y organizaciones innovadoras

Imagen de archivo.

A pesar de que muchas personas mantienen que dirigir una empresa o una organización no tiene nada que ver con dirigir un país, una comunidad autónoma, o un pueblo, y lógicamente no es exactamente igual, existen muchas conexiones entre la gestión política y el management o la dirección de las organizaciones. Por ejemplo, es indiscutible el vínculo entre las ideas sobre la burocracia de Max Weber, incidiendo en la importancia de las normas y reglas, y el estado de derecho, o aquel que se rige por un sistema de leyes e instituciones ordenado en torno de una constitución y donde cualquier medida o acción debe estar sujeta o ser referida a una norma jurídica escrita. Este énfasis en la norma es muy distinto de lo que sucede en las dictaduras, donde el deseo del dictador –o de unos pocos– es la base de todas las decisiones, lo cual presenta muchos puntos en común con las organizaciones autocráticas, muy defendidas por gran parte del empresariado.

Sin embargo, la autocracia, a través del ordeno y mando, y la burocracia, a través de todo tipo de reglas, no son los únicos modelos organizativo empresariales existentes ni las únicas formas de coordinar el trabajo de las personas que trabajan en las organizaciones. Ambos modelos, basados en el control, han ido evolucionando hacia una versión en la que el logro, la competencia, los objetivos, estrategias y los incentivos son esenciales, todo ello impregnado por la economía neoliberal que nos abruma.

En los últimos años ha ido tomando peso, aunque lamentablemente todavía de forma minoritaria, un nuevo modelo organizativo que maximiza la innovación en las empresas y en el que todas las personas asumen el poder, y se coordinan entre sí. Este modelo promueve y alienta la creatividad, la participación, el trabajo en equipo, el diálogo, la responsabilidad, la autonomía y el aprendizaje, entre otros. Pero lo que merece especial mención es que además se sustenta en contextos en los que hay un mayor grado de democracia o en los que la democracia directa toma un peso considerable, trabajando las personas en círculos o equipos autogestionados.

La cuestión es si ahora hay indicios de que esta propuesta alternativa en las organizaciones está teniendo o ha tenido su contrapartida a nivel político-social: ¿existen planteamientos políticos para la administración de nuestros países, comunidades o ciudades que van en la misma línea?

Desde mi punto de vista sí los hay. La emergencia de movimientos sociales como el 15M en nuestro país, y su posterior desarrollo e influencia en ciertos partidos o grupos políticos, supuso y supone una reivindicación muy clara: democracia más participativa o directa, además de democracia real, es decir, representantes políticos que efectivamente representen a las personas –en lugar de a las grandes corporaciones–, separación real o efectiva de poderes, ausencia de manipulación en los medios de comunicación públicos, justicia social y económico fiscal, etc. 

Si bien estas demandas son obvias y suelen estar recogidas en constituciones o normas de ámbito general, es importante recalcar que la población percibe que no se están cumpliendo, al menos en nuestro país: no parece que nuestros representantes defiendan los intereses de los ciudadanos representados, no parece que el poder ejecutivo o legislativo se mantenga totalmente separado del judicial, no parece que la televisión pública se mantenga independiente con respecto al poder ejecutivo, no parece que por ejemplo paguen proporcionalmente lo mismo las grandes corporaciones que cualquier asalariado, etc.

Además, el 15M reclamaba más democracia, más directa y participativa, permitiendo a los ciudadanos decidir sobre asuntos relevantes. Apoyar una democracia más directa implica, tanto a nivel socio político como empresarial, que las personas son responsables, autónomas, complejas, o críticas y que pueden y quieren opinar, votar y decidir sobre su futuro. Por lo tanto, los representantes no pueden hacer lo que consideren porque han sido elegidos, sino lo que las personas consideran: se trata de una soberanía popular.

Las nuevas organizaciones de las que hablamos, autogestionadas por sus trabajadores, parten del supuesto de que sus miembros son capaces de tomar decisiones, confían en ellos, por lo que les dan autonomía y se genera una menor desigualdad: son organizaciones poco jerárquicas y muy transparentes.  En el orden político social, todo esto implica preparar y formar a las personas para ser críticas, creativas y ser capaces de innovar y proponer, lo cual requeriría un nuevo modelo educativo, y defender políticas económicas que busquen erradicar la desigualdad creciente, lo cual precisa cambiar las políticas neoliberales imperantes, además de ofrecer una democracia más transparente.

En otras palabras y utilizando la analogía de las empresas, en estos últimos años nuestro país se ha hecho más jerárquico y vertical: más desigual. Esperemos que nuestra sociedad pueda desarrollarse, al igual que nuestras organizaciones, y alcanzar una mejor democracia lo antes posible; las normas y el Estado de Derecho ya no son suficientes. El 15M fue el principio.

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23 de mayo de 2017 - 21:39 h

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