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Las violencias sexuales y la legitimidad de los depredadores

Tenemos que dejar de construir contextos que nos presenten como un elemento más para el disfrute masculino heteropatriarcal. Aquí está la base de las violencias sexuales

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En los últimos días hemos podido leer el escrito de la Fiscalía sobre la violación múltiple perpetrada a una mujer joven durante las Fiestas de San Fermín el julio pasado. Yo no podía contener las lágrimas y las náuseas mientras leía el nivel de crueldad de la agresión y la objetivación de la chica que la estaba sufriendo. Cabe decir que, gratamente, en este caso, la Fiscalía ha situado bien y ha impulsado la sensibilización sobre el caso y la condena social. Sin duda habrá un antes y un después de este juicio y -esperamos- de esta sentencia.

Pero hasta cierto punto es fácil empatizar con una aberración de este nivel, todo el mundo se siente herido. El problema está en pensar que son situaciones aisladas, fruto de la enajenación mental de algunos hombres o que el consumo de alcohol u otras drogas ha influido. De este modo, no hay que remover nuestras conciencias ni cuestionar como, quizás sin saberlo, estamos legitimando la estructura que acaba generando este tipo de situaciones.

Vemos diariamente la instrumentalización de las mujeres y de sus cuerpos en los contextos de ocio, los carteles de las discotecas vendiéndonos como reclamo, las ofertas de entrada gratis para las mujeres en los locales nocturnos, los lemas en las Fiestas Mayores (entre ellas San Fermines) creando la expectativa sexual como algo que forma parte indisoluble de la fiesta al mismo tiempo que el alcohol y / u otras sustancias, etc. Las mujeres también crecemos normalizando estos entornos como crecemos normalizando el acoso que por nuestra socialización a veces nos resulta casi imperceptible; cuando tocan nuestro cuerpo sin permiso, cuando nos acorralan entre varios hombres en los locales nocturnos o nos invitan a una copa pretendiendo que existe una deuda implícita que se paga sexualmente. Estas son prácticas mayoritariamente presentes en los entornos de ocio nocturno.

¿Qué tienen que ver con la aberrante agresión sexual de San Fermines? Todo. Porque estas prácticas habituales legitiman la percepción de impunidad en el acceso a los cuerpos de las mujeres y funcionan también como rituales de reconocimiento de la masculinidad. Este "ofrecimiento" constante y público del cuerpo femenino da a la construcción hegemónica de la masculinidad el escenario perfecto para llevar a cabo sus rituales de reafirmación. Esta situación es aún más visible en las agresiones en grupo donde, como explica brillantemente Rita Laura Segato, la violencia contra los cuerpos de las mujeres se acaba convirtiendo en una muestra de fuerza entre hombres y de construcción del poder masculino.

Recientemente el ámbito del las Fiestas Mayores está poniendo el foco en la prevención de las agresiones sexuales con varios protocolos y campañas. Es un gran avance; pero hay que ir mucho más allá: es importante respetar el consentimiento en las relaciones sexuales, si. Pero esta perspectiva, si no vigilamos, nos vuelve a colocar a las mujeres en un papel pasivo a expensas de la "interpretación" del otro sobre lo que es el consentimiento. Hay que construir un relato que hable del deseo de las mujeres, no ser objeto de deseo o objetivación. Tenemos que dejar de construir contextos que nos presenten como un elemento más para el disfrute masculino heteropatriarcal. Aquí está la base de las violencias sexuales.

Cuando se producen situaciones tan graves como la que da lugar a este artículo, no podemos hacer únicamente una atribución individual de la responsabilidad. Cada vez que socialmente toleramos -de diferentes maneras- el mensaje de las mujeres como objetos para ser mirados, utilizados o al servicio de la construcción de la masculinidad tradicional estamos contribuyendo a legitimar los depredadores que son, al final, la punta del iceberg, pero la corresponsabilidad en la transformación es colectiva y política.

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