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La fábula metacinematográfica: el cine dentro del cine (II)

"Pensé si la bisectriz de la historia me había situado del lado de la desesperanza (...) si el cine había dejado de ser una posibilidad"

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'Melancolía', de Lars Von Trier

'Melancolía', de Lars Von Trier Europa Press

El comienzo de la década de 1990 trazaba una línea del horizonte: el final del siglo y el final del milenio; era casi inevitable pensar que, tras ella, el círculo se cerraría con el final del mundo. Todo ello constituía un campo abonado para cosechar la histeria: por doquier proliferaban predicadores de cataclismos, profetas del holocausto, oradores exaltados que pronunciaban soflamas inspiradas en puridades morales, pretendidos ministros de Dios autoinvestidos como portadores de la verdad revelada, jueces de la horca…Una imaginaria bisectriz parecía haber partido el ángulo de la historia en dos partes simétricas: la del final del primer milenio,  tiempo en que los escoliastas y los ilustradores que miniaban los códices fijaron su atención obsesiva en el Apocalipsis de San Juan; y la del final del segundo milenio, tiempo – mi tiempo - de los pensadores que habían reducido la metafísica a un mero artificio lingüístico, y de los pseudohistoriadores revisionistas, que defendían, por medio de la paranoia y la teoría de la conspiración,  la verdad oculta tras la apariencia.

En mitad de esa selva espiritual, busqué abrigo en el Ateneo de Madrid. Me senté en un sofá de la Cacharrería, solo. Abrí el periódico y leí distraídamente. La realidad parecía haberse sumido en una larga noche.

A comienzos de la década, justo después de que Francis Fukuyama proclamara el “final de la historia”, cuando los escombros del muro de Berlín parecían rubricar la sentencia atribuida a Margaret Thatcher según la cual “no hay alternativa”, la economía mundial entraba, pese a ello, en honda recesión: el capital productivo, en su prurito por incrementar la tasa de beneficio, quedaba contagiado por la larva codiciosa adherida al capital parásito…Los analistas arrojaban cifras como se disparan venablos contra el mañana que nace: en 1991, los veinticuatro países de la OCDE suprimieron 6 millones de puestos de trabajo;  entre 1991 y 1993, se destruyeron ocho millones de empleos en los doce países de la Unión europea; en 1992, Alemania alcanzaba el nivel de paro de los años 30 y el indicador de desempleo seguiría siendo decreciente hasta finales de la década…Por primera vez, ningún sector económico escapaba a la crisis; por primera vez, las políticas inflacionistas de estímulo no respondían a la reactivación del crédito; por primera vez, de hecho, asistimos a una crisis de sobreproducción del crédito, a una estéril saturación monetaria, a una erosión del cañamazo financiero de la economía con el que parecía cumplirse el vaticinio que anunciaba que, en su insaciable avidez, el capital terminaría por devorarse a sí mismo.

¿Era, de verdad, el fin del mundo?

Salí de la Cacharrería, inquieto, ansioso...,pero permanecí en el interior del Ateneo…”Mejor, a cubierto”, me dije. Entré en la Sala de Consulta. Me senté en uno de los pupitres…Abrí, maquinalmente, otro periódico…Los ecos de la realidad social eran un correlato de la realidad económica...Todo parecía mover a náusea…Los apóstoles de lo crepuscular parecían hacer cundir su discurso…

Los suicidios colectivos, rituales, como ceremonia de purificación de los elegidos para la eternidad fueron más numerosos que nunca durante aquella década que prologaba el fin del milenio. Ni la esperanza ni la sátira parecía contener a estos sacerdotes de la sordidez y la muerte. El exaltado Ramón Morales, en el año 1991, había enardecido a sus fieles para que continuaran rezando en una ceremonia en que debían inhalar gases tóxicos, en México; David Koresh consiguió sumir en una alucinación común a ochenta y siete personas para entregarse a la muerte en su granja de Waco (Texas), en 1993…Los capítulos se sucedieron con una frecuencia atroz:  en el mismo año de 1993, en Vietnam; en 1994, en Suiza y en Canadá; en 1995, en Francia y en el metro de Tokio (en un conato de provocar una masacre con un asesinato multitudinario); en 1997, de nuevo en Canadá; ese mismo año, en Estados Unidos; y, en 2000, en Uganda…El nombre de las sectas: “Templo del Sol”, “Verdad Suprema”, “Puerta del Cielo”, “Movimiento de Restauración de los Diez Mandamientos de Dios”, hablan del arrebatado delirio que era su puntal.

¿Sería, ciertamente, el fin del mundo?

Era, al menos, el fin de una época. Todos estos episodios de muertes rituales tenían un precedente cercano en noviembre de 1978, año en que James Warren Jones, pastor protestante, indujo a los novecientos catorce miembros de “El Templo del Pueblo”, a un prologal suicido colectivo en Jonestown (Guyana). Un año después, Jean-François Lyotard nos advertía, en La condición posmoderna, de que habíamos entrado en un tiempo nuevo: la posmodernidad. El pensamiento de Lyotard parecía sentenciar un fin de la historia muy distinto del que decretaría Fukuyama, puesto que, de acuerdo con el pensador francés, habíamos llegado a un punto en que el hombre había dejado de creer en los grandes discursos de la liberación, en las doctrinas que englobaban la totalidad del devenir, que Lyotard comprime en cuatro: cristianismo, iluminismo (razón ilustrada), marxismo y capitalismo.

Tras este expurgo de los discursos de la esperanza, era lícito y hasta lógico preguntarse si aún quedaba, en nuestro mundo, un lugar para el amor, para la solidaridad y para el progreso. Me llegué hasta la puerta del Ateneo de Madrid, respiré y me invadió una mefítica atmósfera de desesperanza y de muerte. En un alarde de arrojo, salí a la calle del Prado. Subí la solapa de mi abrigo para que el frío no me cortara el rostro. Deambulé sin rumbo. De mi caminar errático, por el Madrid de las Letras, me ha quedado impreso en el recuerdo mi paso por las calles Cervantes, Lope de Vega, y la plaza de Jacinto Benavente. Me pregunté si no había una respuesta satisfactoria en todas las páginas de la historia de nuestra literatura, la que va del Siglo de Oro a la Edad de Plata. Alcancé la plaza del Ángel y me pregunté por los ángeles de Rilke, por los de Alberti, por los de Win Wenders, y, en estos pensamientos estaba cuando me abordó un hombre, con la mirada perdida de un oligofrénico; se me acercó, levantó un dedo índice que asomaba tras el mitón que cubría su mano y me dijo: “Recuerda, hermano, que tienes que morir”. ¿Es esto lo que quedaba de los ángeles? Me encaminé hacia el centro para recobrar un rumbo que creía perdido, en busca, una vez más, de mi hada madrina. En Gran Vía, el esplendor de los edificios históricos era usurpado por las firmas de las grandes entidades financieras. De camino a la Puerta del Sol, atravesé la calle de la Montera. Las meretrices ofertaban transacciones en el muladar del amor. ¿Es esto lo que quedaba de las hadas?

Aquella noche, antes del sueño, envuelto en el humo del último cigarrillo, pensé si la bisectriz de la historia me había situado del lado de la desesperanza, si merecía la pena seguir buscando una respuesta, si el cine había dejado de ser una posibilidad…, si no había transcurrido ya el tiempo de las hadas y de los ángeles…para siempre.

Ya dormido, soñé que los cuatro metarrelatos a los que alude Lyotard eran los cuatro jinetes del apocalipsis, y que el único ángel que aún quedaba era el que tañó la séptima trompeta, el ángel de la muerte. Comprendí que, en la Posmodernidad, era necesario trascender la vieja dialéctica cervantina entre la realidad y la ficción para sumarle el plano de los anhelos, de las esperanzas, de las ensoñaciones…Algunos diletantes se habían dado mucha prisa en sustituir a Cervantes por Lacan. Yo, por mi parte, comprendí que no es posible trascender a Cervantes, y resolví que había que regresar a la locura quijotesca (lo hice de la mano de Michel Foucault). Entendí, finalmente, que todo acercamiento cinematográfico a la verdad, en nuestro tiempo, debía transitar una senda mucho más sinuosa, donde no cabía ya un discurso lineal ni exclusivamente racional. Pensé en algunas distopías apocalípticas como Doce monos (1995), del genial Terry Gilliam, en cuya trayectoria, ya desde tiempos de los Monty Python, parecía vislumbrarse esa ansiosa búsqueda de la verdad a través de la ficción que yo mismo compartía. No abandoné esa obsesión, por lo que, desde esa noche, me fueron saliendo al paso otros muchos títulos: Mad Max (1979), de George Miller;  la maravillosa Stalker (1979), de ese visionario llamado Andrei Tarkovsky; Kamikaze 1999 (El último combate) ópera prima de Luc Besson rodada en1983; O-bi, o-ba: El fin de la civilización (1985), de  Piotr Szulkin; la fascinantemente extraña Cartas de un hombre muerto (1986), de Konstantin Lopushansky, heredero de la estética y del discurso de Tarkovsky;  La carretera (2009), de John Hillcoat; o Melancolía (2011), de Lars Von Trier.

Sin embargo – tendría tiempo para volver sobre las distopías -, mi pensamiento se concentró, una vez más, en la reflexión que el cine proponía acerca de sí mismo como lenguaje para conquistar la verdad. Y, en ese magma de sueños, realidades, recuerdos vividos, recreados o inventados, se me impuso la figura de David Lynch. De su mente alucinada, nacería  Mulholland Drive (2001) como un acercamiento postmoderno a la realidad metacinematográfica, sobre la que volvería en Inland Empire (2006). En 2002, Spike Jonze haría su aportación a este corpus fílmico sobre las posibilidades expresivas y sugestivas del cine con Adaptation (2002). El escepticismo y la sospecha habían enardecido el revisionismo histórico, discurso al que no fue ajena la producción metacinematográfica, como en el caso del largometraje rumano The rest is silence (2007), de Nae Caranfil. En definitiva, sin perspectivas indudables, sin centros de gravedad ni ejes estructurales con que ordenar el pensamiento y el discurso, no quedaba más que la desalentada búsqueda de una voz creativa propia, como se encargó de exponer Jacob Thuesen con The Early Years: Erik Nietzsche Part 1, (2007).

Sin embargo, la indagación metacinematográfica no había arrancado, ni mucho menos, en la Postmodernidad, como tampoco la desesperanza y el vacío eran exclusivos de ese tiempo. Habría que regresar al siglo XX, al cine dentro del cine, en la pretensión de que el reino de las hadas se impusiera, una vez más, al reino de la muerte…Pero esa es otra película.

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