Por qué las dietas 'detox' no funcionan para eliminar los excesos navideños

Foto: Robert Gourley

Darío Pescador

Tras la Navidad, la premisa con la que nos bombardean tanto desde la publicidad como desde algunos de comunicación triviales, siempre es la misma: tu cuerpo ha acumulado toxinas durante los excesos navideños, y necesitas eliminarlas con dietas, purgas o incluso enemas.

Cuando elimines todas esas impurezas tendrás una vida más sana y una piel radiante. Pero hay un pequeño problema: la teoría es falsa. No necesitas ninguna dieta para eliminar toxinas. Además, si buscas perder peso, estas dietas son una idea terrible, porque producen efecto rebote

Es cierto que el mundo es tóxico. Vivimos rodeados de contaminantes, desde el plomo en el aire hasta el arsénico en el agua. Además, con cada digestión tu cuerpo produce sustancias de desecho que son tóxicas, como el ácido úrico. Pero hay buenas noticias: tu organismo no acumula toxinas

El cuerpo humano tiene un equipo muy eficaz para expulsar las sustancias peligrosas formado por el hígado, los riñones y el sistema digestivo. El hígado no es un filtro, sino una planta química. En realidad transforma toxinas (como el alcohol) en otros compuestos no tóxicos. Otras sustancias de desecho son eliminadas por riñones y el intestino, y por uno u otro lado, acaban en la taza del inodoro. Si en tus órganos hubiera toxinas, estarías ya criando malvas.

'Detox', dietas contraindicadas

Las dietas 'detox' no tienen ninguna base científica. Aún así, basta buscar en Internet para encontrar cientos de dietas depurativas y productos con la etiqueta 'detox'. No es algo nuevo. La dieta llamada 'Master Cleanse' o dieta del jarabe de arce, se inventó en los años 40. Las limpiezas basadas en zumos, licuados verdes, la de la sopa de cebolla o la de la alcachofa son variaciones del mismo tema.

Sus efectos no son nada agradables:

  • Las dietas depurativas proporcionan menos de la mitad de las calorías que el cuerpo necesita. Además son deficientes en proteínas y ácidos grasos esenciales, que son los ladrillos con los que se construyen las células. Sin materiales de construcción, hay destrucción de tejidos.
  • Algunas de estas dietas incluyen laxantes o diuréticos, aumentando el riesgo de deshidratación.
  • Los zumos y limonadas proporcionan azúcar, que pueden paliar el hambre durante unos minutos. La insulina sube rápidamente para contrarrestar esa entrada de azúcar, y cae igual de rápido, provocando hipoglucemia.
  • Si sientes sueño, irritabilidad o mareos entre cada zumo no es porque las toxinas circulen por tu cuerpo, es tu cerebro en estado de alarma porque no le llega suficiente glucosa.
  • Pasados dos días empiezan a descender las reservas de glucógeno, que es el azúcar almacenada en el hígado y los músculos. El glucógeno está acompañado de agua, por lo que el peso que bajas en estos días se debe sobre todo a la pérdida de líquidos.
  • Al escasear el glucógeno, tu cuerpo empieza a usar más grasa como combustible, pero también a quemar la masa muscular. Es como arrancar tablones del propio barco para alimentar la caldera de vapor que lo mueve.
  • Como el cuerpo está en un estado de alarma (¡estamos pasando hambre!), se pone en modo ahorro. Tu cuerpo no sabe cuándo volverá a comer, así que preferirá conservar las reservas de grasa y quemar el músculo.
  • A los cuatro días entrarás en cetosis. Tu cerebro y corazón empiezan a utilizar cuerpos cetónicos, extraídos de la grasa, en lugar de glucosa. El subproducto de quemar cuerpos cetónicos es acetona, que hacen que tu sudor y tu aliento huelan raro. No, no hueles mal porque estés eliminando sustancias químicas. Las estás produciendo.
  • Terminada la semana de limpieza (más bien hambre), vuelves a comer sólido. Has perdido unos cuantos kilos y cantas victoria. Pero más de una tercera parte de ese peso perdido es simplemente agua. En cuanto vuelvas a comer pasta, pan o patatas lo recuperarás, en cuestión de horas.
  • El resto del peso perdido se reparte entre la grasa (algo se ha quemado) y por desgracia, masa muscular. Con menos masa muscular, tu metabolismo baja. Es decir, ahora tu cuerpo necesita menos energía para funcionar.
  • Si regresas a tu dieta anterior, rica en azúcar, grasa y almidón, y con el cuerpo funcionando a menos revoluciones, todos los días, parte esa comida se almacenará en forma de grasa en tus michelines. Es el llamado efecto rebote. El músculo se perdió por el camino.

Lo peor que puede ocurrir es que este ciclo se repita dentro de unos meses, para la 'operación bikini'. Cada vez que haces una dieta hipocalórica tan extrema pierdes masa muscular, desciende tu metabolismo y enseñas a tu cuerpo a agarrarse a la grasa.

Evita a toda costa el azúcar

Por mucho que se empeñen las revistas femeninas y los vendedores de 'smoothies', no necesitas depurarte. A no ser que sufras de cirrosis, tu hígado no está sucio. Ningún médico ha visto restos de comida podrida desde hace años en una colonoscopia. Beber zumos durante una semana no va a mejorar un sistema que funciona bien a diario.

¿Hay alternativas? Por supuesto. El primer paso es reducir drásticamente o eliminar por completo el azúcar, zumos, refrescos azucarados y el alcohol de tu dieta. También debes reducir la cantidad de pan, pasta, patatas y comida procesada. A cambio, aumenta las verduras, huevos, carne, pescado legumbres y frutas, e incluye suficiente grasa saludable como aceite de oliva o aguacate para alcanzar las calorías que necesitas.

Lo último, y más importante, es hacer ejercicio intenso al menos tres veces por semana. No moderado. Intenso. De este modo aumenta tu metabolismo y conservas tu masa muscular. Los resultados pueden sorprenderte.

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