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España y Argentina: la paradoja del pueblo contra sí mismo

En pocas semanas España y Argentina van a elegir un nuevo gobierno para los cuatro próximos años

El 20 de diciembre, los españoles tienen que elegir entre varios partidos políticos que proponen proyectos radicalmente diferentes, no solo en lo político-económico sino también en la manera de afrontar el independentismo

El 22 de noviembre, los argentinos (después de que ninguno de los candidatos alcanzara directamente la presidencia en las elecciones del pasado 25 de octubre) irán a un balotaje entre los dos candidatos más votados: Daniel Scioli y Mauricio Macri. Estos encarnan proyectos antagónicos

En los dos países se pondrán entonces en juego cuestiones muy importantes vinculadas a la construcción de lo que se denomina “el país que queremos”

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"En ciertas condiciones, el deseo de las masas puede volverse contra sus propios intereses.

¿Cuáles son esas condiciones? Ésa es toda la cuestión"

Félix Guattari

En España gobierna con mayoría absoluta el Partido Popular, el cual durante su mandato ha sido un fiel vasallo de las directivas europeas, empobreciendo, despreciando y desoyendo a los sectores populares de una manera desconocida en los treinta y ocho años habidos de democracia. A pesar de ello, si aciertan los datos de la última encuesta del CIS, el PP sería el ganador de las elecciones con el 29,1% de los votos. Aunque no es desdeñable el retroceso en votos que se prevé, sorprendentemente se haría de nuevo con la victoria. El PSOE se colocaría en segundo lugar y Ciudadanos, partido emergente que mezcla el perfume de medidas sociales con un decidido posicionamiento neoliberal, se constituiría en la tercera fuerza política. Con esos resultados, los partidos de derecha obtendrían el 43,8% de los votos. Así, al igual que en Argentina -como veremos más adelante- amplios sectores populares darán su apoyo a quienes atentan de modo implacable contra sus intereses más legítimos.

En oposición a esta deriva neoliberal se presentan dos partidos con vocación de ser una alternativa o al menos un núcleo lo suficientemente fuerte como para condicionar alianzas en la formación de un gobierno: Podemos, como una alternativa posible, e Izquierda Unida, mucho más alejada en las encuestas. El PSOE, actor conocido en el juego del bipartidismo de la democracia española, apuesta por recuperar a su electorado intentando dar credibilidad a sus propuestas actuales sin cesar de mostrar su posición más ambigua. El nuevo partido Podemos propone claramente medidas anti-neoliberales, las cuales se inspiran en una vocación de beneficiar a los más desfavorecidos. Para ello es necesario poner al Estado al servicio del cambio de rumbo y convocar a la sociedad a comprometerse en la construcción de un proyecto emancipatorio común. Tarea nada sencilla por el enorme ataque mediático que cae sobre ellos, suavizado en parte por su entrada en el gobierno de alcaldías y comunidades.

Por su parte, Argentina decide entre la continuidad del proyecto kirchnerista o retornar al neoliberalismo derrotado por aquel hace 12 años. Es de destacar que en estos años (2003-2015) se han tomado medidas que favorecen claramente a las clases más desfavorecidas y a las clases medias, sin olvidar que los más ricos han continuado enriqueciéndose como en todo sistema capitalista. Recordemos hechos relevantes llevados a cabo: creación de empleo y reducción de la pobreza, gestión de la deuda pública, crecimiento sostenido de la inversión pública sin endeudamiento, reestatalización de las pensiones que estaban en manos de los bancos, jubilación para las amas de casa, asignación universal por hijo, Ley de Medios poniendo algún coto al imperio informativo “independiente” que controla los medios de comunicación, renacionalización de YPF, desarrollo en I+D repatriando a más de 1000 científicos y políticas de derechos humanos juzgando a los genocidas 32 años después. Los errores que hayan podido producirse no consiguen borrar lo avanzado en el bienestar de las mayorías. Y sin embargo, para sorpresa general y decepción de los que se han comprometido con este proyecto, el 37% de los votantes eligió a Scioli y el 34% a Macri. Este, según sus manifestaciones en cada acto público, destruirá todos y cada uno de logros antes enumerados. Su anunciada devaluación de la moneda, junto a una amplia política de reendeudamiento, no ha impedido que no solo lo votasen las clases altas, sino también las clases medias y amplios sectores de la clase obrera. Si triunfara Macri, estos últimos sectores experimentarán muy rápidamente las consecuencias catastróficas que dichas medidas van a generar en ellos y lo que va a implicar de soledad y sufrimiento para la subjetividad la reactivación de una ideología de la competencia, siguiendo un modelo en el que cada uno es impulsado a ser un empresario de sí mismo.

Con sus diferencias, los dos países se juegan en un breve lapso su destino por unos cuantos años. La alternativa es clara: continuidad o no de un gobierno neoliberal en España y continuidad o no de un gobierno anti-neoliberal en Argentina. Pero lo común, que llama la atención en ambos casos, es que amplios sectores populares apoyen gobiernos u opciones políticas que los desfavorecen o los van a desfavorecer. En Argentina permanecen en la memoria los efectos desastrosos de la década menemista (1989-1999) y en España no hace falta memoria porque no es cuestión del pasado el no tener trabajo, el no tener para comer o el no tener dinero para vivir dignamente.

¿Cómo podemos pensar esta entrega a un partido o a una política que perjudica los propios intereses? Se buscan diferentes explicaciones a esta paradoja tal como los efectos que los medios ejercen sobre los ciudadanos según lo formula Luis Bruchstein: “En algunos grupos sociales puede pesar más el discurso mediático que el interés propio” o quizás un cierto “aburguesamiento” de los sectores populares faltos de formación ideológica -cuando mejora su situación- tal como afirma Atilio Borón: “No necesariamente los sectores populares que mejoran su situación socioeconómica y cultural gracias a la acción de los gobiernos progresistas y de izquierda luego lo recompensan con su voto, y en la Argentina del pasado domingo esto fue muy elocuente. Hace tiempo que hemos venido advirtiendo que, ante la ausencia de una sistemática labor concientizadora y de formación ideológica -la célebre “batalla de ideas” de Fidel- el  boom de consumo no crea hegemonía política sino que termina engrosando las filas de los partidos de la derecha.”

Aunque verdaderas, estas dos fundamentaciones de la paradoja entre voto e interés propio se quedan cortas si no incluimos una reflexión sobre otros aspectos de la subjetividad. Fue Freud en su escrito sobre la psicología de las masas el que esclareció el fenómeno identificatorio con un líder o con un ideal como la causa de los fenómenos de masas. Esto lo conoce bien la política y lo utiliza concienzudamente para alcanzar sus objetivos. Pero la fascinación con el líder o la adhesión a un ideal no es causa suficiente como para realizar actos contra sí mismo. No basta esto para comprender el compromiso del pueblo alemán con el nazismo o el suicidio colectivo en Guyana en 1978.

Es posible que para explicar estos fenómenos haya que tener en cuenta que, junto a la identificación, también opera una pulsión de muerte, un impulso inconsciente que lleva al sujeto a realizar actos que van en contra sí mismo. Esta pulsión se manifiesta en cosas tan sencillas como la elección de un trabajo que no satisface y hace sufrir, en compartir la vida con otro que resulta insoportable, en la adicción a sustancias o actos que ponen en riesgo la vida, o en el enigma de la anorexia. Y no es suficiente cambiar de trabajo o de pareja, porque probablemente se repetirá aquello de lo que se huye. En todas estas situaciones está presente una satisfacción paradójica: disfrutar allí donde se sufre. De esto nadie quiere saber nada.

Si hacemos extensivo esto a la política, campo donde también está en juego la subjetividad, se puede entender que alguien elija a un partido que claramente va a atentar contra sus intereses. Un voto ejercido en contra de sí mismo que se disfraza, por ejemplo, con la idea de “cambiar” por estar “cansado” de los actuales gobernantes o que se sostiene en una ideología familiar, transmitida de generación en generación, a pesar de sentirse apresado en ella. Desconocer esto es pensar que se conseguirán más votos del campo popular con solo mejorar la propaganda o la información política. Todo ello es necesario, qué duda cabe, pero no alcanza por sí solo. Desvelar la maniobra destructiva que la alianza entre identificación y pulsión de muerte puede poner en acto, iluminaría lo que encierra un voto contra sí mismo. El hacer caer la inocencia de una posición que se quiere libre a la hora de decidir por lo que considera mejor, evidenciaría la servidumbre voluntaria existente en la ligazón a políticas que hacen daño, tal como ya en el siglo XVI reveló Étienne de La Boétie. A lo mejor de este modo el campo popular sufriría menos decepciones y libraría mejores batallas.

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