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"Las mujeres de mi libro tuvieron la osadía de enfrentarse a un mundo-macho"

El poeta y periodista de El Mundo, Antonio Lucas, publica Vidas de santos (Círculo de Tiza) donde junta las biografías de varios personajes que vertebraron el siglo XIX y XX

Entre los cincuenta retratos están John Keats, Sid Vicious, Camile Claudel, Simone Wiel, Jean-Michel Basquiat, Juan Luis Panero, Anne Sexton, Keith Douglas, Ian Curtis, Margarita Lozano o Gerda Taro

"Este libro es lo contrario a un manual de autoayuda, es un manual de autodestrucciones y todas ellas llegan por un déficit de cariño o por algo más cabrón: por un déficit de bondad"

"La poesía tiene una condición extraordinaria: no te pide que sea verdad o mentira lo que cuenta, te pide que sea auténtico y el poema es el primero que te delata"

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Antonio Lucas. Foto: Marta Jara

Antonio Lucas. Foto: Marta Jara

El poeta y periodista de El Mundo, Antonio Lucas, recopila en Vidas de santos (Círculo de Tiza) los retratos de cincuenta abandonados del siglo XIX y XX, personajes extraños a sus épocas, rebeldes y desdichados. En el libro conviven Rimbaud, y Jean Vigo, y Camille Claudel, y Nick Drake, y Marga Gil Roësset, y tantos otros que el periodista nos enseña como si se tratase de su pequeño muestrario de joyas defectuosas.

A pesar de que hayan aparecido por entregas en El Mundo, y aunque no los hubieses ordenado en los tres bloques que componen Vidas de santos, estos retratos tienen una unidad evidente.

Cuando me propusieron hacer el libro es cierto que no lo veía: "Un volumen de recortes de periódico..." Pensé que no tendría entidad. Pero cuando ya en la editorial lo organizaron e hicieron la secuencia me di cuenta de que era como una novela coral sobre ángeles jodidos. Los personajes interactúan entre ellos porque coincidieron, se conocieron e, incluso, algunos fueron amantes. El libro empezó a tomar su carácter de historia secuenciada, que entonces para mí era insólita porque esto se escribió entre 2013 y 2015. Vidas de santos es una selección que, cuando la vi completa, formaba una estampa completa, de pronto se generó una familia que tenía algo que contar en común: sus momentos del siglo XIX y del XX que, a la vez, son esenciales para entender esa cultura.

Estas pequeñas biografías no se entenderían ni antes, ni después. Son justo esos dos siglos y lo que ellos conllevan: las guerras, la burguesía, la liberación de la mujer...

Como dices, tiene mucho que ver con el nacimiento y asentamiento de la burguesía, que genera una exclusión en aquellos que no se adaptan a los buenos modales burgueses e, incluso, luchan contra ellos desde dentro. Ellos reivindican su propia vida, se dan la extremaunción y la utilizan como rebeldía e insurrección contra ese molde que establece un código de conducta que no aceptan. Esto es lo que les avería, lo que les hace seres extraños. Todos están permanentemente en la cuneta, fuera del mainstream, que existía en el XIX y se asienta en el XX. Están en el cauce de lo extravagante, lo extraño y lo ajeno a la conducta de su tiempo, que imponía las buenas costumbres.

En la primera parte de tu libro, Promesas quebradas, hablas de vidas cortísimas, como Rimbaud, el músico Juan Crisóstomo de Arriaga o un descubrimiento para mí, el poeta canario Félix Francisco Casanova. Por una parte son vidas desdichadas pero, paradójicamente, también piensas que al menos no les ocurrió lo que a Oscar Wilde, que superó la edad en la que debería de haberse muerto.

Escogí a gente que moría antes de los veinticinco o que terminaba su obra de importancia antes de esa edad. Son sietemesinos de época: nacen muy pronto, en un momento en el que no se les entendía o ellos no entendían su tiempo, y fallecen muy pronto. Hay algunos que mueren casi siendo niños, como Casanova o De Arriaga, y piensas: ¿Cómo a alguien le da tiempo a hacer algo con tan poca edad? Y ¿cómo alguien deja ese cadáver, con la de turbación que tiene un cadáver joven? Cuando alguien muere tan joven adquiere esta condición de proyecto quebrado que genera cierta intemperie en quien la lee o en quien les ha conocido. Aún así queda la huella de un trabajo hecho por el que se le va a recordar, esa especie de venganza contra su tiempo de "nos vamos a ir jóvenes pero lo que vamos a dejar os lo vais a tener que comer". Hay un desafío, una cierta arrogancia, totalmente inconsciente, y el tiempo les hace esa justicia.

Dice nuestro querido maestro Raúl Del Pozo en el prólogo: "La mirada compasiva del autor evita la zona oscura de los personajes. Y a la vez nos los devuelve con más luz". Alguno de ellos era un imbécil pero tampoco te interesaba señalarlo, ¿no? Por ejemplo, Sid Vicious.

Me parece un bobo integral y lo digo, el único al que me atrevo a calificar así porque forma parte de una cosa muy perversa: todo lo que genera alrededor una persona joven a punto de zozobrar, rodeada de sanguijuelas que buscan su dinero. Cuando el periodismo toca estos personajes los trata como si estuviesen desactualizados pero son realmente de una enorme modernidad y al volcarlos en un periódico adquieren un presente. Tú lees o escribes sobre Rimbaud y se pone de manifiesto que la poesía del siglo XX no se entiende sin él. Por tanto, siguen siendo una banda de hijos de puta después de muertos, siguen dando titulares.

Antonio Lucas y Edu Galán. Foto: Marta Jara

Antonio Lucas y Edu Galán. Foto: Marta Jara

El único malvado recurrente en Vidas de santos es Picasso: con Dora Maar y Carles Casagemas. Dos vidas truncadas por el mismo dinamo. Y porque solo hablas de dos...

¡¿Sabes la morgue que arrastra Picasso?! Dora Maar porque todo lo que entraba en la órbita erótico-sexual-perversa de Picasso terminaba convertida en carne picada. Ella llega a decir esa frase tremenda: "Después de Picasso, Dios". Su propia vida, después de que la abandona, se convierte en un altar de Picasso: lo olvida todo, su condición de fotógrafa, de mujer, de individuo... En el caso de Carles Casagema, encontramos a un tipo con aspiraciones de pintor al lado del Minotauro de la pintura. Picasso vino a joderle la vida a todos los pintores de su entorno y a los que vinieron después: el borde del alero solo lo pisó él en pintura y el resto solo podía seguirle.

Casagemas representa una de puntos comunes de los personajes del libro: el abandono. En este caso por un amigo pero en otros por la sociedad, por sus amantes... Y, en general, por la familia. Era imposible comprenderlos, es imposible ser el padre de Sid Vicious o Ian Curtis, nacen para ser apátridas de los suyos.

Este libro es lo contrario a un manual de autoayuda, es un manual de autodestrucciones y todas ellas llegan por un déficit de cariño o por algo más cabrón: por un déficit de bondad. Alguien que no entiende al hijo, a la pareja, al amigo... Y que termina haciendo esa cosa tan arrogante, tan fea, de decir "¡Él sabrá!". En muchos casos, este es el nudo de la soga: lo que ocurre es que mucha gente no ha encontrado nunca cobijo para la tormenta en sus cercanos. La soledad es muy hermosa cuando uno la decide y la comparte, pero cuando alguien está pegando gritos pidiendo calor y lo único que funciona son bombonas de butano que, al encenderlas, van a explotar, es muy jodido.

Segunda parte del libro: Heterodoxas, sobre mujeres de esa época. Me interesa mucho el reto brutal que fue para la mujer el XIX y el XX y que acabó con muchas pioneras muertas, torturadas, en el psiquiátrico...

Quería mostrar que en ese tiempo la Historia y el canon cultural se escribían con el escroto, cuando había mujeres con una identidad muy definida, mujeres creadoras, que fueron subvertidas a una aventura muy perversa: al papel de musas. La musa siempre tiene un protector, un hombre que la asobina, que la acalla. Estas mujeres se revuelven contra la condición de sumisas: ellas preferían ser putas que sumisas, cosa que me parece extraordinaria, como Renée Vivien. Era una mujer distinguidísima en un mundo de ricos que se revuelve contra la condición de ser la mujer ornamento de los machos. Entonces decide vivir una existencia feroz en dirección contraria, una existencia que tampoco deseaba demasiado pero que le imponían. Entonces para distinguirte debías de ser muy valiente: ese es el cordón umbilical de estas mujeres, eran muy valientes. Al final, todas tienen la osadía de enfrentarse a un mundo-macho, como sigue siendo hoy, aunque en nuestros días esté más blanqueado.

Vidas de muertos y, en el tercer bloque de tu libro, Vidas revueltas, vidas de vivos. ¿A cuál de ellos quieres más?

Rafael Sánchez Ferlosio. Me parece el escritor más punk que está en activo: su último conjunto de aforismos es de una lucidez tal que es como si te aplicas una picana cada vez que abres el libro.

Antonio Lucas. Foto: Marta Jara

Antonio Lucas. Foto: Marta Jara

Los Panero. Son centrales en la autodestrucción.

Los conocí a los tres, pero me apetecía más escribir sobre Juan Luis. El más malencarado de los Panero me dio una ternura enorme. Le fui a ver al Ampurdán y estaba muy enfermo, miraba la vida por detrás de los muros de su casa: un hombre tan poderoso que, de pronto, era un gatito manso, arrepentido. Me gustaba rescatar a aquel ogro bueno que, además, era un gran poeta. Los Panero podrían ser el espíritu de este libro: lo tenían todo y, sin embargo, hay una molécula en esa familia que, desde muy pronto, les hace caer. Ahí está el daño, el desamparo, el abandono... La extremaunción aplicada a una familia en vida. Fueron unos forajidos del amor, fueron cimarrones: no supieron dar amor y, probablemente, no supieron recibirlo, si alguna vez les cayó en gracia.

Los últimos años de Leopoldo María, ¿estaba para sacar del psiquiátrico?

No. Hicieron muy mal algunos que se acercaron a hacerle bobadas y cucamonas. Desde los noventa era un señor con graves problemas mentales: quiso ser el Artaud español y, al final, su personaje se lo comió. Era un poeta extraordinario que necesita la justicia de una antología. Llegó un momento que se convirtió en una factoría de gracias para algunos; Nacho Vegas, Bunbury fueron a hacerle un vídeo que era una cosa patética: sus últimos quince años fue el comodín para darle una cierta condición de underground a gente que no conocía a Leopoldo María Panero.

¿Cómo se es poeta en tiempos de Internet?

Buena pregunta. En tiempos de Internet, un tipo lo puede ser cuando quiera, hasta en la puerta de los baños de los bares. El problema es que Internet jerarquiza muy poco. La poesía es muy cabrona y tiene una condición extraordinaria: no te pide que sea verdad o mentira lo que cuenta, te pide que sea auténtico y el poema es el primero que te delata. Cuando tú lees un poema, puedes ver que de factura es bueno pero que no se siente, ni se ha vivido, ni se ha dolido... Por eso admiramos a César Vallejo o a Lorca: son poetas que lanzan las palabras más lejos que la vida.

Sé que eres feliz escribiendo poesía, sé que eres feliz con este libro, o deberías estarlo, pero ¿cómo puedes ser feliz siendo columnista?

(Nos reímos) Soy feliz a raticos en todo. Como columnista sufro mucho, escribo aún como la primera vez, con los huevos en la garganta. Hay una condición exhibicionista en el columnista y no siempre aciertas. Me parece que hay una serie de columnistas extraordinarios de nuestra generación como Manuel Jabois o Juan Soto Ivars, que ha revitalizado el género con mucho talento y que te hace pelear por seguir en esa órbita. Me gusta mucho que haya mucha gente escribiendo: quien escribe, piensa, aunque sea mal.

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