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The Americans, la gran serie de la que pocos hablan

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Una imagen promocional de la serie "The Americans". En la foto, Matthew Rhys y Keri Russell.

Miro a los hijos del matrimonio Jennings y los envidio: algún día descubrirán que sus padres no son norteamericanos, ni gerencian un negocio de viajes en las afueras de Washington, ni bajan al garaje para hacer la colada. Un día Paige y Henry (13 y 11 años) descubrirán que sus padres son soviéticos infiltrados en los Estados Unidos de Reagan, que salen a la madrugada a matar gente, que odian todo lo yanqui, que fingen ser un matrimonio, y que lo que hay en el sótano, detrás de la lavadora, es un sistema encriptado para comunicarse con Moscú. ¡Ah, el día que esos chicos sepan esto sobre sus padres, qué hermoso episodio de The Americans será ese!

Todavía no ha ocurrido, y por eso no es un espoiler lo que acabo de escribir, sino más bien el deseo de un espoiler. La serie The Americans promedia su segunda temporada y entre sus muchos aciertos hay uno que me encanta: no es una serie precipitada, las cosas no ocurren a lo loco, todo lleva su tiempo de cocción y su estilo. Pero eso sí: cuando las cosas ocurren, es un placer ver de qué manera todo cambia.

Más imágenes de The Americans

La familia Jennings en el desayuno.

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La parábola del rating y las cloacas

Fragmento de una viñeta del humorista gráfico ruso Denis Lopatin.

Hace muchos años había noventa y nueve casas y cada una tenía un televisor que emitía un solo canal. Las empresas no sabían qué programas se veían en los hogares, ni en qué horarios poner sus anuncios.

—¿Qué ve la gente?

—Ni idea.

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Shameless, la mamá de todas las grandes ficciones

La familia Gallagher al completo, al inicio de la primera temporada (2004). La serie finalizó en mayo de 2013, después de 139 episodios.

Cuando vi por primera vez "Shameless" supe que había un universo nuevo en la televisión. Despojado, sucio y tan real que daba miedo. Ocurrió hace varios años, cuando todavía no era muy común descargar ficción británica, y conseguir los subtítulos de cada episodio costaba una batalla diaria del dedo índice contra la tecla F5.

En ese tiempo —que ahora parece una época ingenua— todo el mundo estaba emocionado con "Lost". ¿Recuerdan "Lost"? Fue aquella historia tan parecida a la del avión malasio: el MH370 empezó con gran misterio y acabó decepcionando a medio mundo; "Lost" también.

Entre 2004 y 2006 todos mirábamos "Lost", todos hablábamos de "Lost", los subtítulos de "Lost" estaban corregidoss siempre a tiempo, los foros sobre "Lost" se multiplicaban como conejos, mientras que en Gran Betaña, silenciosa, humildemente, Paul Abbott componía la ficción más potente de la primera década del siglo: sí señor, "Shameless". Sin aviones misteriosos, sin números chungos, sin gente guapa, aunque —eso sí— con un montón de náufragos perdidos en una isla llamada Gran Bretaña.

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¿Por qué me gusta una serie 'sobre chicas' si soy un señor?

Un fotograma de "Girls", la serie de HBO que parece una comedia liviana, pero apunta a mucho más.

Es fácil decir en voz alta que nos gusta Mad Men o The Wire, porque nos hace parecer inteligentes y cultos. También es fácil decir que miramos The Big Bang Theory o Modern Family, porque nos hace fama de divertidos o de afectos a la diversión. Y si decimos que miramos Treme, parecemos sensibles a la música y a la política. Pero también hay series que miramos un poco a escondidas, con cierta vergüenza generacional o de género; hay series que no mencionamos en voz alta en las sobremesas ni en los tuits. Un buen ejemplo es Girls. ¿Qué hace un tipo como yo, gordo, barbudo, de cuarenta y pico, viendo una comedia de veinteañeras neoyorquinas?

Quiero quitarme la máscara y salir del armario. Y lo haré aquí mismo, públicamente: adoro Girls, a pesar de la brecha generacional, geográfica, sexual, tecnológica y hormonal que me separa de sus tramas. No hay una sola cuestión que me haga empatizar con ninguno de sus personajes, y sin embargo me parece una de las poquísimas series de televisión que servirán —dentro de cien años— para explicar cómo ha vivido y qué ha pensado la juventud en la segunda década del siglo veintiuno.

Una de las razones de esta capacidad de observación de Girls tiene la edad de su creadora: Lena Dunham nació el mismo verano en que Maradona le hizo el segundo gol a los ingleses en el Mundial de México. Este no es un dato menor: quiere decir que cuando nació todos nosotros ya teníamos pelos en las patas.

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Una metáfora sobre la piratería

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"Te sientas en un sofá que pagaste, con pizzas que pagaste, mirando un plasma que pagaste, a ver mi película gratis. ¡Me estás robando!"

La semana pasada —tras el cierre repentino de la plataforma en streaming PopCorn Time— se organizó el enésimo debate sobre propiedad intelectual, derecho de autor y piratería.

Son divertidos e intensos estos debates, lástima que siempre se empantanan en el mismo punto: cuando alguien usa, a la ligera, la palabra ROBAR.

Uno dice: "Si te descargas mi película gratis, me estás robando". Aquel agrega: "Si te robo el coche te quedas a pie, si me bajo una serie, la serie sigue ahí". Otro acusa: "Te sientas en un sofá que pagaste, con pizzas que pagaste, mirando un plasma que pagaste, a ver mi película gratis. ¡Me estás robando!". Y otra vez el debate queda trabado. Y no se avanza.

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La dificultad de pronunciar Macánagui

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Tanto en la imagen como en la serie, el detective de la izquierda (Rustin Cohle) le hace sombra al de la derecha (Martin Hart).

Hace ocho semanas empecé a ver True Detective –la terminé anoche, ¡qué primera entrega tan perfecta!– y sigo sin poder nombrar correctamente al mejor actor de la serie, al mejor actor del año, al mejor actor de este principio de siglo y posiblemente a uno de los más camaleónicos de su generación. De hecho, hasta hace unos meses no sabía ni que existiera el tal Macánagui. Decidí llamarlo de esta forma –Matiu Macánagui– tanto en voz alta como al redactar su nombre, porque ya estoy grande para ir haciendo copipaste a cada rato desde la Wikipedia.

Cuando lo descubrí, en el primer episodio de True Detective, gente más joven que yo me aseguró que este actor ya era famoso entre las tribus que consumen chatarra audiovisual. Lo confirmé en IMDB: Macánagui había hecho un montón de películas taquilleras –de esas que los burgueses ilustrados pasamos de largo al mirar el afiche– desde mediados de los 90 hasta bien entrada esta década.

Pero en 2012 pasó algo muy extraño: por alguna razón misteriosa Macánagui pateó el tablero de su propia vida y enhebró cuatro joyas del cine al hilo: Mud, The Paperboy, Magic Mike y Dallas Buyers Club, además de un monólogo soberbio de cuatro minutos en The Wolf of Wall Street.

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¿Alguien imagina una serie sobre ETA con etarras simpáticos?

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El episodio final de «El Patrón del Mal» tuvo picos de 79% de share en Colombia.

Pocas horas después de atentar con cincuenta kilos de explosivos contra el periódico El Espectador, porque «es el único que habla mal de mí», Pablo Escobar desayuna tranquilo junto a Fabio. Es un día precioso. La prensa de la mañana no ha llegado, por supuesto: los talleres gráficos volaron por los aires a las 6:43 AM y él lo sabe porque lo ordenó. Escobar le señala a Fabio la ausencia del periódico sobre la mesa. Lo hace con una sonrisa de niño travieso por debajo del bigote. Fabio entiende el gesto y abre los ojos grandes: «Pero Pablo, ¿te cargaste El Espectador?». Escobar se queda un momento dubitativo y dice: «¿Sabes qué pienso? Que nunca me cogí a una deportista. Vete a buscar la capitana del seleccionado de voley colombiano, que está muy buena, y me la traes».

Cuando vi esta escena de «El Patrón del Mal» me terminé de enamorar del personaje protagónico, encarnado por Andrés Parra, al que deberían darle un Premio Nobel del Mimetismo.

Pablo Escobar El Patrón del Mal 03

Andrés Parra (izquierda) obtuvo muchísimos premios por su caracterización perfecta de Pablo Escobar (derecha).

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