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¿Cabe un marjal en tu zapato?

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Una mallada restaurada en l’Albufera de València

Una mallada restaurada en l’Albufera de València Andreu Escrivà

Si pensamos en zonas húmedas, seguro que nos vienen a la cabeza lagunas litorales, pantanos inmensos o carrizales sin fin: ahí están La Isla Mínima y True Detective, que captaron a la perfección la atmósfera cargada de los humedales. Cualquier cosa menor que un campo de fútbol, y más aún si se seca de vez en cuando, corre el peligro de ser clasificada como un charco, pero... ¿realmente lo es? ¿Tiene sentido comparar l’Albufera con un barrizal más pequeño que una habitación de un piso de protección oficial, y que encima se encuentra a cien quilómetros del mar?

Además de los ríos, lagos y grandes zonas húmedas, existe en el planeta una multitud de ecosistemas que se encharcan de forma temporal, o que retienen el agua únicamente en una pequeña superficie. La vida florece allí donde hay agua, sea en el sombrero invertido de una seta, en los huecos de árboles, grietas en las rocas o en el centro de las bromeliáceas, un grupo de plantas cuyas hojas se agrupan en forma de rosetón y captan agua de lluvia y niebla. Volviendo a las referencias cinematográficas, “La vida se abre camino”, como dijo Jeff Goldblum en Parque Jurásico. Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto pensar a una escala distinta? ¿Por qué sólo entendemos como marjal una lámina de agua extensa y permanente? ¿Por qué pensamos que no hay nada interesante en una balsa, si una gota de agua bulle de vida?

Charca de ganado seca en Ares del Maestrat.

Charca de ganado seca en Ares del Maestrat. Francesc Mesquita

Desde siempre han existido pequeñas charcas con agua en el territorio valenciano: en un entorno de escasez hídrica era una buena idea asegurar el suministro para el ganado. Así, gran parte del país está sembrado de motitas azules o verdosas, dispuestas estratégicamente, que permiten visualizar una red amplia e insustituible de ecosistemas singulares, a medio camino entre la acumulación natural de agua y la intervención humana. Estos puntos de agua, zonas húmedas en miniatura, han servido de refugio a multitud de especies animales y vegetales, y de forma muy especial a un grupo muy amenazado por el cambio global y las sequías, los anfibios. Más del 30% de las especies conocidas de anfibios están en peligro, y existen pruebas de que se está produciendo un declive acelerado en sus poblaciones. Esto, entre otros motivos, explica la inclusión de las lagunas y charcas temporales mediterráneas como un hábitat prioritario para la Unión Europea, y la financiación e impulso a proyectos como el Life Basses, que focalizó la investigación en Menorca, pero sirvió también para estimular el conocimiento de estas masas de agua en todo el Mediterráneo peninsular.

A los anfibios no les gustan los ríos, porque lo suyo son las charcas: la corriente no les sirve ni para vivir ni para criar. En un territorio como el nuestro, además, tampoco es que abunden, y es por ello que se ha puesto tanto empeño en conservarlas. En la Comunitat Valenciana, tras otro proyecto LIFE (con fondos europeos) para preservar sus hábitats, en el que se restauraron 96 puntos de agua y se crearon 23 reservas de fauna, la Generalitat Valenciana editó un manual para su preservación, coordinado por Vicente Sancho y Nacho Lacomba. De descarga gratuita y consulta muy recomendada, allí se nos explica la problemática de las charcas y la especies presentes (haciendo hincapié en algunas como el gallipato - Pleurodeles waltl- o el sapillo pintojo - Discoglossus jeanneae-), qué zonas presentan mayor interés (como por ejemplo el Maestrazo o los Serranos y Alto Palancia) y cómo abordar la restauración de los puntos de agua. En este mismo sentido, y a un nivel más general y didáctico, cabe también reseñar la  guía de iniciativas locales para anfibios de WWW-Adena, dentro de la campaña que la entidad hizo a favor de ellos. Porque el caso es que es lo bueno que tiene ser pequeño: que eres más manejable. Las actuaciones en estas charcas, que pueden incluir participación ciudadana, son más rápidas y baratas que en los ecosistemas de mayor tamaño, sujetos a más variables, y los resultados se observan de forma más rápida. El efecto para la biodiversidad a nivel global de tejer una red con multitud de motas azules es, sin duda, comparable al de restaurar un gran humedal. Son, además, un excelente recurso didáctico, y una fabulosa primera aproximación a estos hábitats y su fauna y flora, dada su ubicuidad e incluso la posibilidad de creación desde cero si las condiciones son propicias.

Punto de agua en Ares del Maestrat.

Punto de agua en Ares del Maestrat. Francesc Mesquita

Pero tienen un problema: se secan. ¿O acaso no es un problema? Lo cierto es que, como su propio nombre indica, son hábitats temporales, y los periodos de sequía entran dentro de su ciclo hidrológico normal. Una charca no deja de serlo por perder el agua acumulada. En Humedales con futuro iremos conociendo algunos ejemplos cercanos y sorprendentemente desconocidos, que además ilustran a la perfección el potencial soterrado de estos ecosistemas.

¿Podrían importarse estas charcas a las ciudades? ¿Se incrementarían los problemas de mosquitos o plagas? No sólo podrían, sino que deberíamos planteárnoslo muy seriamente. Porque... ¿cuánto tiempo hace que no escuchas a una rana o ves una libélula en tu pueblo o ciudad? En próximos posts también abordaremos el papel de la naturaleza urbana, y cómo lo que antes pensábamos que era un simple charco puede ayudarnos, y de qué manera, a recuperar la aún embrionaria biodiversidad urbana. Aunque sólo tenga el tamaño de tu zapato.

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