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Los nombres ilustres

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Han tardado cuarenta años pero más vale tarde que nunca. La historia de una guerra la escriben los vencedores. La otra historia, la de la derrota, se queda en la parte de dentro de las casas, en el silencio público, en la honorabilidad de una razón machacada por la victoria. Eso pasó aquí después de aquel abril de 1939. La razón moral republicana fue carnaza en manos pintadas con el color azul del falangismo y el rojo de la venganza. Y así cuarenta años de dictadura. El lenguaje también lo hicieron suyo, lo cambiaron a su antojo, le dieron la vuelta a su favor. Los rebeldes no eran ellos -los del golpe de Estado- sino los defensores del orden constitucional de la II República. Los muertos sólo eran de los suyos y ahí estaban escritos: en las fachadas de todas las iglesias. La nobleza era sólo suya, para la derrota sólo quedaba -como los restos de un cadáver dejados a los buitres- una humillación que quitaba las ganas de vivir. Lo dice el historiador Francisco Espinosa: “El franquismo no sólo se apropió de la historia sino que también corrompió las palabras”.

La historia de aquella barbarie no se acabó cuando murió el dictador. Vino la Transición y todo seguía siendo de los de antes. Los honores de quienes habían provocado tanto daño quedaron intocados, intocables. Las voces seguían siendo las suyas: las otras habrían de quedar aún en el silencio de las casas, en la inconveniencia pública, en la necesidad de que siguieran ganando los de siempre para que la paz, tantos años después, no fuera la paz sino que siguiera siendo su victoria, la de ellos, esa victoria que aún defienden quienes desde el PP se empeñan en que aquella victoria -la de los suyos de entonces y de ahora- no se acabe nunca. Luego llegó la Ley de Memoria. Fue en el año 2007, cuando era presidente del Gobierno Rodríguez Zapatero. Es una ley a medias, como siempre que se trata de que la historia deje de ser un ultraje para la memoria republicana. Lo único que quedó en su miedosa redacción fue la obligación de retirar los símbolos del franquismo. Hace nueve años que se aprobó esa ley. Es la única ley que no obliga a su cumplimiento. Los símbolos franquistas los retira quien quiere. Las calles están llenas todavía de esos símbolos. La Justicia no obliga a que se retiren. Bueno, a lo mejor la Justicia sí que obliga pero algunos jueces dicen que no pasa nada si esos símbolos siguen donde estaban. O sea, que llevamos cuarenta años de democracia y nueve con una Ley de Memoria y es como si todo siguiera como en aquel lejano abril de 1939. Esta semana, en Valencia, se ha roto ese maleficio. O eso parece.

El ayuntamiento de Valencia -su equipo de gobierno de izquierdas y Ciudadanos- ha decidido retirar los honores a un montón de nombres que representan entre nosotros la historia negra de la dictadura franquista. Ha contado para esa decisión con el asesoramiento académico e investigador del Aula de Historia y Memoria Democrática de la Universitat de València: militares, gobernadores civiles, alcaldes, miembros de la administración que acabó con los derechos de quienes habían perdido la guerra. Todos esos nombres seguían ahí, en el lugar más privilegiado de nuestra historia. Los honores seguían siendo suyos, como siempre. Ahí estaban, intocados como entonces, intocables. El pasado y el presente se confunden en una algarabía borracha de silencios y de olvidos. Ahí estaban sus nombres, como si la historia -la de antes, la de ahora- les perteneciera sólo a ellos. El equipo de gobierno de izquierdas y Ciudadanos han retirado esos honores. Un año después de tomar posesión lo han hecho. En un año se ha hecho lo que estaba pendiente desde hace cuarenta. Pero en el ayuntamiento de Valencia ha habido una abstención en esa retirada de honores. La del PP. No podía ser otra. Es normal. Claro que es normal. No van a borrar de la historia de la dignidad los nombres de los suyos. Es lo más normal del mundo. Ellos defienden sus nombres, la arrogancia de su victoria, la sinrazón que los llevó -a esos suyos- a convertir la paz en una carnicería humana de dimensiones infinitas.

Llevamos cuarenta años de democracia. Para algunas cosas, esa democracia es demasiado frágil. Para muchas cosas creo que es demasiado frágil. Los nombres que acaba de cambiar de sitio el Ayuntamiento de Valencia hace años que deberían haber ocupado el lugar de la vergüenza democrática en vez de una honorabilidad que no les correspondía. Desde estos días, la derrota de la legalidad democrática republicana tiene en Valencia voz propia después de tantos años. Bienvenida sea esa voz. Y la historia que en sus palabras habrá de regresar para que no sea de nuevo pasto del silencio y el olvido. Ojalá.

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