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Mi teléfono móvil es catalán

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No quiero, ni puedo, ni debo, ni me da la gana. No soy capaz de seguir correteando un minuto más en esta rueda que gira sin sentido. ¡Vamos a parar un momento! Solo unos minutos para reflexionar, mientras pulsamos la tecla “Pause”.

¿Y qué me pasa? Pues, no lo sé. No sé si es un nuevo ataque de mi crisis de los 40 a la que me aferro con fuerza, ahora, que estoy cerca de los 50. No tengo ni idea. O quizás es un ataque de adolescencia retardada. Todo puede ser. O aún peor, una deseada regresión a mi infancia, que fue muy feliz, pero claro, ya no es momento de ponerme a jugar en el parque al escondite.

Disculpad si me centro en mi “yo”, no es una buena práctica. Pero me siento incomprendido. No lo aparento en absoluto y puedo pasar por un ciudadano más, pero interiormente soy un inadaptado social. Nunca he entendido casi nada. Todo me parece extraño. ¿Por qué las cosas son como son? ¿Por qué la gente hace cosas tan raras? ¿Por qué los políticos se empeñan en complicarlo todo?

Sin ir más lejos, este fin de semana han sido las elecciones en Cataluña. Estoy perplejo ante tanto desencuentro, con el corazón partido de la población catalana, en dos dolorosas mitades. En este mundo cada vez más intercomunicado, soy más partidario de borrar líneas que de añadir nuevas, pero desde el máximo respeto a las dos posturas. Menudo lío. Y la crisis no se quiere ir. Tampoco tapamos la hemorragia de la corrupción y mientras, la rueda continua, como si todo fuera normal. ¿Alguien entiende algo?

Mis esperanzas están centradas en los avances positivos de la ciencia y en las ventajas de la revolución tecnológica. Del mismo modo que las esperanzas económicas y sociales de España deberían estar puestas en la formación de las nuevas generaciones. Es el mejor potencial.

En Cataluña los políticos han utilizado las concesiones en materia de educación para defender los valores nacionalistas. Unos lo ven fenomenal y otros piensan que ha sido una barbaridad, un adoctrinamiento. Para estos temas, los políticos, si piensan en los jóvenes.

Lo más valioso que podemos dejar a las nuevas generaciones es una formación de calidad. El futuro de todos depende de ello. Pero nuestros políticos nunca llegan a un consenso. ¿En qué realidad se mueven sus intereses? Tampoco entiendo una sociedad que se moviliza por un equipo de fútbol pero no exige calidad en la educación. Y seguimos día a día como si fuera normal.

¿Cómo es posible que la informática no sea una asignatura destacada en los planes educativos?

Se imparte una formación informática rácana, a nivel usuario, ¿Y a nadie le importa? Estamos desaprovechando otra oportunidad histórica. La revolución digital ha afectado radicalmente a todas las disciplinas. ¿Dónde está la duda? ¿Cuántos años tendremos que esperar?

No, no lo entiendo y estoy indignado. ¿Nadie se ha dado cuenta de la trascendencia de la revolución informática? ¿Nadie sabe que nuestro futuro depende de la formación que demos a los niños y jóvenes estudiantes? ¿De verdad nadie lo sabe?

Vivimos, para bien y para mal en un mundo cada día más tecnológico. Intentamos trabajar y socializarnos, unidos a nuestros teléfonos móviles “inteligentes”. Nos comunicamos más por el móvil que en persona. Nos acompaña en todo momento. Lo contemplamos, lo adoramos y disfrutamos de sus cambios, como hacemos con los niños más pequeños. “Mira, mira lo que sabe hacer”. Cuando observo a la gente por la calle jugueteando con los móviles de forma enfermiza me reconforta pensar que no soy el único “abducido”.

Hablamos con el teléfono, pero esta vez no hay otra persona detrás, sino una inteligencia artificial que se puede llamar “Siri” (Apple), “Cortana” (Microsoft) o “Google Now” (Google). Qué rápido se dice, pero es un proceso complejo. Conseguir que el móvil entienda nuestros sonidos y comprenda el lenguaje natural son dos pasos tan espectaculares como para llegar al tercero, que el móvil nos ofrezca una respuesta inteligente.

Hemos pasado de cero a cien en décimas de segundo. Sin casi darnos cuenta, nuestros móviles están dotados de una inteligencia artificial que se ha colado sigilosamente y que nos ofrece opciones ligadas al resto de servicios. Podemos preguntarle por los restaurantes más cercanos o por cualquier destino y nos llevará paso a paso, guiados por GPS. Mientras, analizará el tráfico y nos informará de si llueve o hace frío, nos avisará de nuestras próximas tareas y citas, para que nunca se nos olvide nada. Podemos pedirle que nos cuente un chiste o preguntar la edad de nuestro actor favorito o por un producto que nos gusta o cualquier otra cosa, enviar un mensaje, un correo electrónico o hacer una llamada. Y todo por medio de la voz, como cuando hablamos con nuestros semejantes.

Además, cada día más aplicaciones y servicios están preparados para interconectarse y ser utilizados por nuestro asistente personal. Veremos como esa unión con nuestro teléfono se acercará a una fusión con nuestra mente. La inteligencia artificial lo sabe casi todo sobre nosotros, sobre nuestros gustos, costumbres y consultas. Nos hará las sugerencias necesarias en el lugar y en el momento oportuno. No sabemos si perjudicará nuestra memoria, si dejaremos de escribir, si dejaremos de pensar.

Los asistentes digitales, activados por la voz, nos permiten controlar dispositivos sin necesidad de teclear ni pulsar. Podemos hablar con nuestro móvil y con el reloj, como hacía James Bond. Y podremos hablar con nuestro coche, como hacía David Hasselhoff en sus divertidas discusiones con su coche inteligente KIT, interpretando en los años 80 a Michael Knight.

Nuestros asistentes digitales empiezan a mostrar algunas respuestas con sentido del humor o ironía. Pero no tienen sentimientos y les dará igual si les preguntamos en castellano, en ruso, en inglés o en catalán.

No, de verdad que no lo entiendo. Sabemos que este río lleva cada día más caudal y nadie hace nada. A nadie le importa si nuestros alevines saben nadar.

De momento pulsaré la tecla “Continuar”, a ver qué pasa.

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