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En busca de la ciencia perdida

La ciencia en España ha sufrido y sufre graves reveses económicos, de los que será muy lento y difícil recuperarse

Los jóvenes científicos nos enfrentamos a la elección de exiliarnos para poder desarrollar nuestra vocación, o quedarnos en el país y renunciar a ella

Solo tendremos futuro y autonomía como país si en el presente la ciencia no queda exiliada más allá de nuestras fronteras

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Manifestación en contra de los recortes en ciencia en Madrid

¿Os acordáis del principio de En busca del arca perdida, cuando Indiana Jones corre desesperadamente delante de una gran roca que rueda a toda velocidad, siempre a punto de alcanzarle? Pues Indiana debe sentir ahí algo parecido a lo que se siente ahora al intentar hacer ciencia en España. Corres y corres y corres intentando hacerlo cada vez mejor, y peleando para que el siguiente obstáculo no sea el que mate tu carrera científica: las becas de doctorado ya no salen más, o tu grupo de investigación se queda sin dinero, o se acabó el dinero para cualquier tipo de congreso o colaboración con el extranjero, o simplemente tu universidad no tiene dinero ni para ponerte un ordenador.

Igual mientras Indiana corre va pensando que qué está haciendo él allí, si no podría buscarse una ocupación menos desagradecida y sin tantas piedras rodantes, que le diera menos quebraderos de cabeza y algo más de dinero.

Pero ¿no sería duro tirar por la borda la vocación de su vida y tanto tiempo y dinero invertidos en formación? ¿De verdad no hay otra forma de trabajar en esto? ¿Todo arqueólogo, o físico, o biólogo, o investigador en general, tiene que correr siempre una carrera de obstáculos al borde del desastre?

Mientras tanto la piedra sigue rodando, pero al final nuestro héroe sale del templo, la piedra se bloquea y él se salva, ¡hurra! Seguirá siendo arqueólogo. Por desgracia en la ciencia española no siempre ocurre así, más bien al contrario. No todos somos ni queremos ser Indiana Jones.

Podemos tomárnoslo con humor, y sin embargo la situación es cruda para toda la ciencia española en general, y para los jóvenes científicos en particular. La infraestructura y el tejido científico en construcción que ya estaban dando grandes resultados lleva años recibiendo golpes cada vez más mortales, que ya a día de hoy han hecho un daño del que tardaríamos mucho en recuperarnos. Y eso en el supuesto de que esta situación de ataque y negación de toda la ciencia española por parte de las instituciones dejara de darse. Tenemos grandes científicos a todos los niveles que se van, grupos de investigación que ven drásticamente reducida o anulada su financiación, laboratorios, observatorios y centros científicos que se quedan sin presupuesto. ¿Cuánto tardaremos en recuperar todo eso, y mientras tanto cuánta ciencia se habrá perdido en el camino?

En este contexto, ser joven y científico en España es una situación difícil. Siempre supimos que se trataba de una carrera de mucho trabajo y sacrificio, pero había un camino, y a base de esfuerzo conseguías llegar a hacer de la ciencia una gran fuente de satisfacción y un modo de vida. En ese proceso estaban implícitos unos años de doctorado y/o postdoctorado en el extranjero, que asumías como una época de descubrimiento y aprendizaje tras la cual aparecería, si ése era tu deseo, la opción de volver a tu país. Podías dedicarte a la ciencia sin sacrificar a cambio otras grandes facetas de tu vida.

Estamos tirando por la borda una gran inversión colectiva en la formación de una generación científica que podría aportar muchísimo al país

Eso ya no es así. Aquellos que intentamos empezar o que estamos realizando ahora el doctorado afrontamos la etapa que tenemos delante sabiendo que esos años en el extranjero muy probablemente tendrán ahora el cariz de lo permanente, porque a España no podremos volver. En definitiva, el exilio. Nos enfrentamos a una dificilísima elección: podemos renunciar a nuestra vocación y nuestra formación, porque en España no podemos ganarnos la vida con ellas, y quedarnos entonces en nuestro país intentando sobrevivir de cualquier otra forma que encontremos (incluyendo el arriesgarnos a no encontrarla y engrosar las filas del paro, como tantos otros), o podemos elegir mantener nuestra dedicación a la ciencia e irnos a hacer carrera fuera, mentalizándonos de que probablemente será para no volver, renunciando así a nuestras raíces, a la cercanía a nuestra gente y a tantas cosas que nos son queridas.

Esto es una faceta más del drama personal y colectivo del exilio juvenil que vive nuestro país. No sólo se están violando flagrantemente los derechos que tenemos todos a un futuro y una vida digna, obligándonos con ello a emigrar, sino que además estamos tirando por la borda una gran inversión colectiva en la formación de una generación científica que podría aportar muchísimo al país. Lo vamos a pagar a medio y largo plazo, porque en estos tiempos es absolutamente innegable la importancia de la ciencia para el avance y el desarrollo de un país. Pero esto forma parte de esa mentalidad mezquina y egoísta de esa clase dirigente que busca un país lo menos formado, crítico y autónomo posible, que esté al servicio de otros que vayan por delante, sacrificando sin ningún escrúpulo el bien de todos por el beneficio de unos pocos.

Necesitamos asumir y expandir la consciencia de la gravedad de esta situación y combatir contra ella, dentro y fuera del ámbito científico. Sólo tendremos futuro, desarrollo y autonomía como país si construimos un presente en el que la ciencia no quede exiliada más allá de nuestras fronteras.

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