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Ante el futuro de la Universidad y el mapa de titulaciones: autocrítica y relevancia social

Las exigencias de la crisis, hoy, como las demandas del “boom”, ayer, no deberían ser el argumento para destruir las bases científicas más sólidas de nuestras Universidades.

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Fachada del Palacio de Santa Cruz, el edificio histórico de la Universidad de Valladolid.

Fachada del Palacio de Santa Cruz, el edificio histórico de la Universidad de Valladolid.

Es cierto que las enseñanzas de Grado y de Master en la comunidad de Castilla y León adolecen de algunas debilidades derivadas de la fragmentación y dispersión, pero frente a la supresión apenas se ha optado por la integración de contenidos y de titulaciones bajo troncos comunes. Es quizás uno de los objetivos de las reformas de Bolonia que más se ha incumplido. Además, las excepciones que se señalan en el mapa de titulaciones de la Junta de Castilla y León (“de especial interés”, estratégicas, imparticiones únicas, proximidad a los umbrales estadísticos) no dejan de ser consideraciones que miran cada una “ pro domo sua” y no “ pro domo omnium”. La calificación de estratégicas frente a la idea de fundamentales o esenciales para la formación y para la sociedad, no exclusivamente para el mercado, es una aportación propia del leguaje tecnocrático o economicista que nos domina y nos traiciona. Reconozco que es difícil sustraerse a esta jerga cuando nuestras estructuras universitarias de mayor valor añadido y de mayores plusvalías culturales y científicas están cada vez más a merced de las grandes corporaciones financieras e industriales.

Sabemos que conjugar con equilibrio formación y especialización es una tarea lenta y de largo aliento, y hemos comprobado en estas últimas décadas que la especialización sin una sólida formación es desgraciadamente puro pragmatismo, que nos conduce al resquebrajamiento del saber, sin apenas avances y aportaciones a los paradigmas científicos, en el sentido tan bien expuesto por Kuhn en la Estructura de las Revoluciones Científicas, o al desapego y distanciamiento de la ciencia con la sociedad tal como explicó con hondura J.D.Bernal hace más de cincuenta años en su Historia Social de la Ciencia. Las exigencias de la crisis, hoy, como las demandas del “ boom”, ayer, no deberían ser el argumento para destruir las bases científicas más sólidas de nuestras Universidades.

Nos falta, sin duda, capacidad para trazar puentes interdisciplinares y apoyar las iniciativas para cruzarlos, enriqueciendo de este modo las propias titulaciones y sobre todo a los alumnos y a los profesores. No es una reflexión sin fundamento. A lo largo de más de quince años he podido comprobar como profesor o coordinador de un doctorado (El Medio Ambiente Natural y Humano en las Ciencias Sociales) que en este marco compartido y lleno de complicidades pueden cosecharse frutos bien granados y propiciar diálogos renovadores y críticos entre alumnos de distintas titulaciones y procedentes de más de quince países. Todo un estímulo para seguir avanzando en el descubrimiento de problemas y metodologías compartidas, y para abrir la mente a la epistemología de la “complejidad” y de la “diversidad”, en palabras de E. Morin. Saber mirar más allá de las bardas y de nuestro propio entorno, es la máxima que aprendí de mis maestros, en particular de D. Ángel Cabo Alonso (recién galardonado con el Premio Nueva Cultura del Territorio que otorga el Colegio de Geógrafos de España y la Asociación de Geógrafos Españoles). Aprovecho para recordar aquí, no sea que la desmemoria universitaria lo cubra todo, al profesor Nicolás Martín Sosa que se nos fue prematuramente y que impulsó este doctorado transdisciplinar de manera generosa y valiente.

A pesar de las declaraciones solemnes y retóricas que escuchamos con frecuencia, en la Universidad española se mantienen de manera a veces agresiva e insolente los compartimentos estancos y, con una visión casi patrimonial, “mi área de conocimiento”; y sigue faltando entre los docentes e investigadores un verdadero trabajo en equipo. En la Universidad sobran burócratas, gestores de conocimiento, agencias de calificación, y profesores atados al BOE, al BOCYL, o a tantos reglamentos abrumadores nacidos en aras de la “eficiencia”, y necesitamos ahora más que nunca profesores capaces de unir e integrar proyectos docentes e investigadores generosamente abiertos y hasta cierto punto rebeldes, en el sentido antidogmático e innovador, dándole a esta palabra el noble significado que encierra y no su mera acepción tecnocrática.

Las Universidades no son entes virtuales y metafísicos, aunque tengan una carga inmaterial y patrimonial tan profunda que marca sus identidades y matices diferenciales. Precisamente por ello se enriquecen y fortalecen cuando entran en contacto  y en colaboración, sin merma de sus autonomías. Conjugar y compartir a la vez y con inteligencia la cooperación y la autonomía lo consideramos primordial a todas las escalas para el futuro de una Universidad dinámica y crítica en el contexto de una sociedad abierta, libre y democrática, capaz de convertir a la Universidad pública en un baluarte de formación rigurosa y cívica, o en una fortaleza científica que sea al mismo tiempo conciencia histórica y conciencia geográfica de nuestros propios límites y de la amplitud de formas de ser, de estar, y de vivir que contemplamos en el mundo. La Universidad al servicio de la sociedad. Ahora bien, el desguace y el desmantelamiento de lo público, solo ofrecerá ventajas de nuevo a las oligarquías y élites que tan cínica y egoístamente nos están gobernando. En estas circunstancias, no creo que sean las corporaciones económicas que nos abrazan y la Junta de Castilla y León que nos tutela, con sus correspondientes ataduras mercantiles y burocráticas, las garantes de nuestra independencia intelectual y de nuestra relevancia académica en la sociedad y en el mundo.

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