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REGIÓN DE MURCIA

La otra ganadora de las elecciones: la abstención

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Las encuestas electorales sobredimensionaron a Ciudadanos y fallaron en Madrid

Sin duda la gran noticia que nos dejan las elecciones locales y autonómicas en la Región de Murcia, al igual que en tantos lugares de España, es el fin de las mayorías absolutas, además de la tan señalada debacle del Partido Popular. La Región de Murcia se ha sumado a los vientos de cambio que soplan en todo el territorio español, sin embargo los medios nacionales no han parecido reparar en ello. Se habla de Aragón, de Baleares, de la Comunidad Valenciana, de Extremadura, de Madrid, de las dos Castillas. Pero poco o nada se dice en las televisiones y radios de ámbito estatal de que dos décadas de férrea mayoría absoluta han terminado en Murcia.

Y ahora que empiezan las cábalas y juegos de pactos es quizá momento de señalar también la que ha sido la otra ganadora de las elecciones: la abstención. La Región de Murcia ha sido la cuarta de España donde más se ha producido este fenómeno, sólo por detrás de Baleares, Canarias y Asturias. La abstención en los recientes comicios ha sido del 34,78% frente al 32,43% que se produjo en 2011, es decir, un aumento del 2,35% respecto a hace cuatro años.

La caída de la participación no ha sido tan acusada en la ciudad de Murcia, donde se ha pasado de una abstención del 32,98% en 2011 al 34,68%, es decir, una caída de 1,7%.

También a nivel nacional la abstención aumentó: La participación electoral el pasado domingo fue del 64,93%, frente al 66,16% de 2011, una caída del 1,23%, y ello pese al empuje de Barcelona y Madrid donde la reñida y apasionada (por no decir crispada) pugna entre las fuerzas emergentes y los partidos tradicionales ha tenido el efecto de un sensible aumento en la participación.

Surjan los gobiernos que surjan en los próximos meses en la Asamblea Regional y en los ayuntamientos, los políticos deberían prestar atención a un fenómeno silencioso, pero que no deja de ganar terreno año tras año: el creciente desinterés de los ciudadanos por ir a votar. Tras él subyace un peligro a largo plazo que raramente se oye señalar: Si la gente no vota, la democracia pierde su sentido.

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