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Cuando llegar el primero no es signo de victoria

Ante  un escenario polarizado por la identidad y por la crisis social, los partidos se extreman. Y muchas veces los que sacan más votos presentan un perfil duro, con muchas aristas

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EFE

Mucho se habla estos días de Borgen. Reconozco que yo también caí seducido por esa serie danesa de televisión. En ella, se relataba la política de ese país a través de la ficción. Sobre todo, me gustó ese estilo luterano de ejercer la política, sin boato ni parafernalia. La representación política como ejercicio de ciudadanía. Nada que ver con  “House of de Cards” que desprende poder por los cuatro costados.  Parece ser que Miquel  Iceta también ha visto la serie y se ha apuntado al episodio donde el tercer partido llega a gobernar por vetos de los partidos mayoritarios entre sí. A partir del jueves veremos si esa opción tiene algún recorrido.

Pero dejando la ficción televisiva a un lado,  merece la pena una reflexión política sobre cómo no siempre consigue el premio el que llega  primero. Cabe recordar que en los sistemas de tradición parlamentaria gobierna quien más apoyos tenga en el parlamento;  no quién más votos saque en las urnas. Es decir, la meta no se encuentra al final de  las urnas sino en el proceso político derivado de las  mismas. Por ejemplo, en Navarra gobierna el segundo partido, a mucha distancia del primero.

Como en alguna ocasión he comentado, el nuevo sistema político español se ha complejizado fruto de la aparición de nuevos agentes políticos. En la actualidad es casi impensable que un solo partido gobierne con mayoría absoluta. Algo que hasta en cuatro ocasiones ha ocurrido en el Gobierno de España después de la última dictadura. En Navarra, nunca. Pero a este factor de multiplicidad de los agentes políticos se le une otro más.  La polarización política  se acentúa fruto de una ciudadanía todavía enfadada por el anquilosamiento de las instituciones. Por ello, los viejos acuerdos entre los viejos partidos son poco probables; casi se entienden como traición. Esto no es Alemania.

Los viejos acuerdos entre los viejos partidos son poco probables; casi se entienden como traición

Así, ante  un escenario polarizado por la identidad y por la crisis social, los partidos se extreman. Y muchas veces los que sacan más votos presentan un perfil duro, con muchas aristas. De tal modo que el resto de partidos  prefiere vías intermedias, el menos malo. No es de extrañar que las “opciones puente” puedan tener éxito.

Cabe recordarles a aquellos partidos con vocación de gobierno que si quieren obtener su objetivo deben fijarse no en cómo llegar el primero sino con quién puedan pactar. Mejor que no pretendan buscar ni la verdad absoluta, ni la hegemonía. Simplemente, que se fijen en la pluralidad del mapa, en los competidores que pueden ser aliados. Que sean capaces de entender otras formas de pensar. La suma cero  no es real en términos políticos. En política, muchas veces se gana perdiendo y se pierde, ganando.

Un partido con vocación de gobierno no tendrá éxito  situándose en los extremos del arco político. De tal forma,  se puede conseguir un buen resultado, incluso ser el primero, pero no gobernar.  La vocación de gobierno se consigue situándose en la centralidad misma de la ciudadanía, liderándola. Y para estar en la centralidad hay que escuchar a los dos lados; al lado izquierdo y al lado derecho. Y si estás en un espacio de identidad variable, a todas las identidades colectivas que existan. Porque en última instancia, la política es la virtud de entenderse con el que no es tuyo.

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