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¡Que Dios nos coja confesados!

Estados Unidos ha recuperado el sueño americano. Y parece haber indicios claros de que una sobredosis de sueño pueda acabar desembocando en ese sueño eterno a partir del cual se hace un poquito difícil volver a la vida

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Trump diluye sus promesas más extremas en su primera semana como presidente electo

EFE

Mira por dónde, a lo mejor va a ser necesario desempolvar el viejo himno y pedir muy seriamente a Dios que salve a América. Seguro que trabajo no le iba a faltar, después de la victoria de Trump y las negras expectativas que ha desatado. No estaría mal, por eso, que el Supremo Hacedor destinara unas cuantas horas extras de su eternidad para arreglar lo que algunos mortales se han empeñado en poner patas arriba. Eso es, al menos, lo que yo haría.

Yo, si fuera Dios, entraría en un duro conflicto de competencias con el presidente electo. Y empezaría por requisarle el botón nuclear. “Mira, Donald –le diría-, ya sé que el botoncito ese es de tu directa y exclusiva competencia. Pero, si no te importa, mejor te lo guardo, no vayamos a tener una desgracia, que eres muy tuyo y a veces te puede el mal carácter. A ver si te piensas que voy a permitir que me destroces en un par de días lo que tantos siglos y milenios me ha costado crear y sostener”.

Eso de entrada. Y, una vez salvado el mundo de una eventual extinción, trataría de insuflar un poco de cordura en buena parte de la sociedad americana. Por ejemplo, en esos blancos pobres, tan desesperados por un sistema que les margina, que no han tenido mejor ocurrencia que votar a un típico y tópico exponente del sistema: un multimillonario al que le sale el dinero por las orejas. Un tipo que, gracias al sistema, vive como Dios, haciéndome una verdadera competencia desleal. Y algún rapapolvo echaría también a ese cincuenta por ciento largo de mujeres que parecen haber dicho a Trump: “Tú insúltanos cuanto quieras, que nosotras te vamos a votar, porque somos tan tontas que nos merecemos que periódicamente nos lo recuerden”. Y así con todos y todas.

¡Se iban a enterar Donald Trump, América, el mundo si yo fuera Dios! Pero el problema es que no lo soy; y, además, no sé si puedo presentarme a unas primarias para sustituirle, dada la alarmante falta de reflejos del actual titular de la Divinidad, porque el pobre está ya muy mayor. ¡Cuidado que lo tenía fácil evitar el desastre que se ha producido! ¿Qué le habría costado a Dios enviar a Trump un rayo justiciero que lo fulminara en cuanto empezara a decir las sandeces sangrientas que han provocado una verdadera alarma planetaria? Eso lo hacía Dios divinamente en sus buenos tiempos, cuando Dios era un Dios como Dios manda.

Mira por dónde, a lo mejor va a ser necesario desempolvar el viejo himno y pedir muy seriamente a Dios que salve a América

Pero se ve que el más allá no es lo que era y ahora nos tenemos que conformar con que Dios nos coja confesados. Entre otras razones, porque Estados Unidos ha recuperado el sueño americano. Y parece haber indicios claros de que una sobredosis de sueño pueda acabar desembocando en ese sueño eterno a partir del cual se hace un poquito difícil volver a la vida. Es lo que tiene recuperar algunas señas de identidad. Y las del salvaje Oeste parece que tiran con especial fuerza, de la mano de su héroe: el solitario autosuficiente que cabalga por las praderas sin otra compañía que la de su revólver para imponer la ley y la justicia frente a los malos.

Los americanos auténticos han vuelto a su verdadera casa y han comprobado que como en casa en ningún lado. Les sobra demasiada adherencia extraña como para ejercer su derecho a decidir sin interferencias: negros, por ejemplo, que estarían mejor colgados de un árbol o en las plantaciones de algodón, de donde nunca debieron salir; mujeres que se creen con derecho a pensar sin querer sujetarse a la natural autoridad del hombre; mejicanos que infectan el país de drogas, prostitución y crimen, y a los que hay que enseñarles las puertas de salida; inmigrantes sirios, que tratan de hacer de Estados Unidos una provincia del Daesh… Por no hablar de los malos compatriotas, que, en lugar de hacerse ricos como es su obligación nacional, se lanzan sin miramientos a matar a personas muy vulnerable por no estar lo suficientemente armadas como para repeler agresiones.

Y todo eso va a cambiar, claro. Con Trump va a cambiar. Con él, vuelve el americano emprendedor. El que triunfa por méritos propios, sin injerencias de los poderes públicos. ¿O no ha dicho Clint Eastwood hasta la saciedad que el Estado no tiene por qué agobiar a la gente metiéndose en sus vidas? A ver si, además de hacer la guerra a los que quieren su ruina, con lo que eso cuesta, quienes gobiernan los Estados Unidos deberían preocuparse de los que fracasan por su mala cabeza. Haciendo posible, por ejemplo, que dispongan de prestaciones sanitarias. ¡Como si la gente de escasos recursos no tuviera derecho a morir en paz!

Todo esto es lo que nos viene encima. Todo un planazo, sin duda alguna estimulante. La extrema derecha europea lo ha sabido ver desde el primer momento. ¡Lástima que existan aún tantos tibios que se lleven las manos a la cabeza! Son los que ruegan que Dios les coja confesados. Aunque preferiblemente sería necesario que aprovecharan la democracia que todavía nos queda para frustrar la nueva glaciación que algunos quieren traernos.

 

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