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Gin tonic

El liberalismo solo consiste en cultivar las buenas maneras, santiguarse mucho, decir constantes naderías como Susana Díaz

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Gin-tonic Time Out

En su magnifico libro de memorias, cuyo titulo ahora mismo no recuerdo, el director de cine John Huston decía que tras la segunda guerra mundial el mundo se había vulgarizado tanto que le resultaba tremendamente complicado encontrar a alguien interesante con quién entablar conversación. Supongo que esto, entre otras razones que ignoro, le convirtieron en un bebedor habitual que en sus últimos años de vida añoraba, según propia confesión, la compañía de Humprey Bogart, Montgomery Clyff, Walter Huston, Cark Gable y otros singulares bebedores con los que coincidió vitalmente durante el breve periodo de entreguerras.

Nada más poderoso que el afán de imitación, sobre todo cuando conviene así que ultimamente dedico bastantes horas de mi vida a comportarme con el padre de la enigmática Angélica Huston hablando en los bares con un compañero de oficio mucho más instruido que un servidor, sobre todo en todo aquello que concierne a la actualidad política, social y económica de este desconcertante país. Esta tarde, ante su habitual gin tonic y mi habitual fascinación por quienes son capaces de beber gin tonics tan complicados aderezados con cardamomo, regaliz, frutas exóticas y especias casi, casi desconocidas, me asegura que el liberalismo de ahora, el que tanto promocionan los dirigentes del Partido Popular, no es la libertad sino su exquisita teoría doméstica según la cual a los ricos se les da la libertad de veranear en sus paraísos fiscales y a los pobres se les da a elegir entre la tortilla de patata con o sin cebolla, que eso, siempre, va en gustos.

La libertad y el liberalismo, continua asegurándome, van cada uno por su lado y no se pueden mezclar porque los liberales de toda la vida, más españoles que la bandera, por supuesto, ricos por tradición familiar o por especulación financiera, siempre han sabido que la libertad es una herramienta social del proletariado y que lo suyo, o sea, el liberalismo, solo consiste en cultivar las buenas maneras, santiguarse mucho, decir constantes naderías como Susana Díaz, por ejemplo, llenarse la boca con la palabra democracia y no llevar la uñas manchadas de hollín ya que eso no está muy bien visto cuando uno está firmando cheques en presencia del director de la sucursal bancaria suiza.

Tras apurar un trago del complicado gin tonic, este buen hombre, cabezón, ojeroso, y con una espléndida barriga que delata su afición a las amplias comilonas de humeantes cocidos, reanuda su discurso para constatar que la libertad es la posibilidad de elegir y que elegir es el acto supremo de la vida. Estarás de acuerdo, ¿no?. No creo que nadie pueda discutir esto y además es seguro que no hace falta haber estudiado master alguno en alguna de las universidades más prestigiosas de este superpoblado planeta para llegar a esa conclusión, pero en realidad, ¿cuantas personas disponen de la capacidad de elegir?. A saber, respondo, yo desde luego que no ya que ni siquiera has tenido la deferencia de preguntarme si quería beber algo que no fuera este complicadísimo gin tonic.

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