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Insultos

Unos líderes políticos sin soluciones, sin ideas, sin capacidad y sin proyectos, necesitan encontrar un enemigo donde sea para así reafirmarse.

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Lo último que se lleva en el mundo de la política es el insulto. No sé sí porque ya no hay ideas o porque la conversación es una práctica en desuso, pero lo cierto es que no existe nada tan moderno como insultarle a alguien, sobre todo en España que, por herencia, sospecho, pero también por pereza, ya no se razona sino que directamente se odia que siempre resulta más cómodo y además no da mucho que pensar..

He aquí la novedad: si quieres pertenecer al círculo selecto de los profesionales de la política no hables nunca de política ni de dinero, no escuches propuestas, no atiendas razones, no te intereses por los problemas de los demás, no elabores presupuestos para construir escuelas, hospitales, laboratorios o carreteras; limítate a llamarle estúpido a tu adversario, pásate por la entrepierna - a ser posible en público - sus resultados electorales, escribe artículos en la prensa tildando de fascista a todo aquél que te lleve la contraria y luego brinda a la salud de tus muertos con una copa de champagne en la mano, porque los muertos de los demás, al fin y al cabo, no fueron más que unos sarnosos hijos de perra que nunca tuvieron más que la miserable existencia que siempre se merecieron.

Este es el país en el que vivimos. Cada vez más parecido al que vivieron nuestros antepasados durante las primeras décadas del siglo veinte: un lugar retórico donde unos líderes políticos sin soluciones, sin ideas, sin capacidad y sin proyectos, necesitan encontrar un enemigo donde sea para así reafirmarse. Todo esto explica, en parte, el incremento electoral que los movimientos populistas están obteniendo en casi todos los estados europeos. Estas organizaciones son las únicas, al parecer, que han encontrado a los culpables de todos nuestros problemas, las que más rápidamente han conseguido definir al enemigo: ya saben, el enemigo es siempre el otro, sobre todo si es inmigrante, pero también aquel que tiene un criterio propio, que piensa por su cuenta, que no enarbola ninguna bandera y que además no se atiene a los mandamientos del pueblo, la nación, la raza o la religión donde nosotros estamos situados.

El enemigo es siempre el otro, sobre todo si es inmigrante, pero también aquel que tiene un criterio propio, que piensa por su cuenta

Todo esto ilustra, por ejemplo, por qué en Cataluña, ahora, hay hombres, mujeres, señoras bien peinadas, profesores de semiótica y muchachos universitarios, progresistas, tatuados y bien alimentados con tofu, natillas de canela, galletas dietéticas y hamburguesas de garbanzos que han tildado de fascista a Joan Manuel Serrat por haberse limitado a expresar su opinión respecto al referéndum o a lo que sea que este domingo se celebra en Cataluña. Tal vez porque los representantes de nuestras democracias no andan muy sobrados de ideas, carecen de imaginación, manifiestan tremendas limitaciones intelectuales y consideran que el respeto a los demás no es más que uno de los muchos fósiles que se han encontrado en Atapuerca entre nuestros políticos, y por contagio entre el resto de los ciudadanos, ya todo se trata de resolver con una contundente demostración de violencia verbal, dando, así, por cierta aquella lúcida y desoladora máxima de Bertrand Russell según la cual “el gran problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas”. 

 

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