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Podemos: transversalidad, confluencia… y miedo

Los grandes grupos de interés mediático alimentan un debate, una confrontación binaria, entre aquellos supuestos defensores de la transversalidad (con Errejón como ejemplo de esta teoría) y las personas que apostaron por la confluencia (representadas por Pablo Iglesias)

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Pasadas las elecciones, recuperados ya un poco de la sensación de zozobra moral por el número de votos obtenido por un partido orgullosamente incívico y sin principios, toca reflexionar sobre qué ha ocurrido en otros ámbitos. Centrémonos, por ejemplo, en los resultados de Unidos Podemos.

Pasada también la perplejidad de unos resultados opuestos a los anunciados por las casas de apuestas (digo, de encuestas), aquéllas personas que participamos activamente en este movimiento político que pretende dar voz a los sin voz y reequilibrar la relación de poder entre poderosos y ciudadanía empobrecida, necesitamos estudiar con calma qué ha ocurrido.

En primer lugar lo que ha ocurrido es que un espacio político inexistente hace dos años se consolida como tercera fuerza política de Estado, primera en dos regiones clave como Euskadi y Catalunya, con un discurso anti-recortes, redistributivo y favorable al derecho a decidir. Lo que es más relevante es que además, tiene un número de votos similar al de la segunda fuerza. La desazón proviene de las expectativas no cumplidas, de profecías y autopromesas nunca satisfechas. Pero la política es una película de largo metraje y ritmo pausado y más pronto que tarde habrá que afrontar la tercera vuelta.

Mientas, los grandes grupos de interés mediático alimentan un debate, una confrontación binaria, entre aquellos supuestos defensores de la transversalidad (con Errejón como ejemplo de esta teoría) y las personas que apostaron por la confluencia (representadas por Pablo Iglesias); la improbable división como sueño erótico de los defensores que nada cambie.

Sin embargo, el debate sobre la estrategia sí debe plantearse utilizando (no exclusivamente) estos criterios, transversalidad y confluencia, analizando los resultados y observando, si se puede, el impacto de las diferentes mecánicas. A todo esto, como en la sal de los mejores guisos, habrá que incorporarle el efecto del miedo. Vayamos por partes.

La transversalidad de lo trasnversalizable

Se ha hablado hasta el infinito (y a menudo incluso más allá) de las bondades de realizar una propuesta política transversal, que fuera capaz de llegar a personas que no se han sentido interpeladas tradicionalmente por la política, que no tienen una identidad de clase definida o que simplemente no le dan relevancia a las etiquetas políticas heredadas de la Revolución Francesa. Este guión ha tenido unos resultados fascinantes y necesarios: ha incorporado un lenguaje político novedoso, fácilmente comprensible y aprehensible por una ciudadanía harta de ser robada y empobrecida. Ha supuesto llevar a las instituciones la frustración de la gente sin perder ni un ápice de dureza en la calificación de comportamientos. Implicaba una formulación de la realidad que identificaba con claridad responsables, víctimas y desmanes. También supuso una perdida de oportunidad de darle contenido alternativo a un discurso que, a menudo, resultaba vacuo.

Sin embargo, la transversalidad venía con el anuncio de su capacidad de crear nuevas mayorías, de ensanchar la base social crítica. De recibir apoyo electoral incluso de votantes del PP. En la universidad, en la investigación científica, sabemos que las teorías, que las hipótesis, hay que formularlas precisa y correctamente para, a continuación, probar su viabilidad. En las elecciones del 20D esa teoría dio como resultado 69 diputados/as y 5 millones de votos. Tercer lugar. Teoría refutada. Las personas que votaban PP, no votaron Podemos, votaron Cs. La transversalidad tenía límites.

La confluencia de lo confluenciable

Frente a la transversalidad, se ha pretendido colocar a la confluencia. A la suma de partidos en torno a un mismo movimiento político para hacerse más grande. Sin embargo, según se iban ensanchando las alianzas en sus múltiples formas, más claro parecía que las alianzas, las únicas posibles, se encontraban en el ámbito de la izquierda y los movimientos políticos y sociales. Se planteó, erróneamente, que las sumas de partidos se trasladan matemáticamente a las urnas. Se subrayó, muy acertadamente, que la ley electoral penalizaba la división y que decenas de miles de votos acababan en el sueño de los justos.

Pero la confluencia y la coalición tenía otro valor crucial: unía voto indignado y voto luchador, unía tradiciones de resistencia diferentes pero concluyentes, ponía en contacto personas, militantes, que no se cruzaba y que ahora luchan a brazo partido por mejorar su país. La confluencia aniquilaba la injusticia del sistema electoral dando valor, en forma de personas electas, a la mayoría de los votos del cambio. De nuevo, la teoría fue puesta a prueba por un caso empírico: las elecciones del 26J. Resultado: 5 millones de votos, 71 diputados/as. Tercer lugar. Teoría refutada de nuevo. Algunos votantes de Podemos se quedaron en casa. La confluencia tenía, en fin, fronteras.

El miedo a lo trasversal y a lo confluyente

Si lo dejáramos aquí podríamos concluir que las mentes más preclaras de nuestra política activa y nuestra ciencia política no lo son tanto. Y erraríamos de nuevo. Ambas teorías son ciertas, tan ciertas como son las Ciencias Políticas o las Económicas. Para explicar los resultados hay que recurrir también a estudiar los factores exógenos a Podemos: la teoría del miedo.

Durante los últimos seis meses los medios de comunicación principales, los grandes partidos del sistema y algunas instituciones internacionales nada neutras han intentado aterrorizar a la población frente a una victoria de Unidos Podemos. Se ha hablado de Venezuela, de Grecia, del Brexit, de los rojos que queman iglesias con los pechos descubiertos, se ha mentido a conciencia sobre el programa de gobierno. Y la respuesta de Unidos Podemos, con una ceguera nada desdeñable, ha sido llenar el país de corazones y sonrisas. Ni una respuesta a la agresión y la mentira, ni un pronunciamiento claro sobre la alternativa de gobierno (que aún hoy representan). Frente a la estrategia del miedo, se pensaba, pasemos de puntillas y sin hacer ruido. Y el miedo se quedó. Es evidente que me paso de listo. Esto es más fácil verlo hoy que hace dos semanas.

Sin embargo, un estudio detenido de los resultados dan respuestas muy diversas. La confluencia con IU ha funcionado excepcionalmente bien en Euskadi y Nafarroa. También en Catalunya o Baleares. El discurso del miedo del PPSOE funciona peor aquí porque son dos fuerzas residuales, tanto en lo político, como en lo social y en lo económico. Son todas zonas de fuerte dinamismo económico y alto nivel cultural, donde la cultura del pacto político, la transversalidad y la confluencia son más habituales.

Pero no es sólo la capacidad de influir del emisor del miedo. Es también la posibilidad de ser creído. Y ahí la imagen de IU es muy relevante. En Euskadi y Nafarroa está más relacionada con un Garzón muy bien valorado que con unos rojos sedientos de sangre. En otras regiones, sin embargo, la estrategia del miedo ha funcionado mejor porque el PSOE es fuerte y lleva décadas abonando esta teoría. No cabe duda (miren ustedes ETB) que el PNV ya está preparando misiles repletos de pánico al rojo español ante la probabilidad de perder el confortable trono de Ajuria Enea.

Podemos Euskadi: confluir y transversalizar más para volver a ganar

Podemos afronta ahora dos escenarios muy diferentes: unas elecciones al Parlamento Vasco como primera fuerza en Euskadi y la gestión de un grupo parlamentario en el Congreso que se consolidará como la única voz rebelde a las salvajes políticas de Bruselas, redistributiva y capaz de entender que este es un Estado repleto de pequeños países y pueblos.

En ambos casos, debe recordar una cita del insufrible Aznar (su perversidad no le convierte necesariamente en iluso): “el miedo es una pistola con una única bala”. En base a esto se recuperó de la derrota de 1993. En base a esto, debe Podemos seguir creciendo para ganar.

El miedo tiene los días contados y toca construir más y mejores alternativas. Transversales Y confluyentes. Transversales, por supuesto, con un nuevo lenguaje político que dé respuesta a las necesidades de la ciudadanía y traslade el mensaje desde abajo hacia las instituciones. Una transversalidad con contenido que no se construya exclusivamente, que también, sobre la emoción. Confluyentes, ampliando base social. Reeditando (lo contrario sería un suicidio irresponsable) en Euskadi la coalición con IU e invitando a sumarse a aquellas personas y grupos que no entienden la extraña deriva de EH Bildu. Una base social que dirija esta nueva alternativa política, que proponga un modelo de contrato social alternativo al del PNV, que anuncie la lucha sin cuartel contra el clientelismo, que sostenga unas propuestas económicas radicalmente ecológicas, redistributivas y responsables. Una base social que tenga la defensa de los Derechos Humanos, individuales y colectivos, como el eje de su propuesta. Una base social que se empodere y diga no al discurso del miedo. Queda mucho trabajo y poco tiempo para cambiar este país nuestro. Sin miedo.

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