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En el podio de las rebajas

Esta estrategia comercial es una forma de ocio que define el estándar de la feminidad y excluye a las personas que no encajan en él

Se incentiva a las mujeres para que compren ropa y, al mismo tiempo, se las ridiculiza por considerar que su actitud es superficial

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Fotograma de la película 'Sexo en Nueva York'

Fotograma de la película 'Sexo en Nueva York'

Han dado el pistoletazo de salida y tú ya has calentado los músculos. Comienza una carrera en la que se disputa mucho más que una medalla. El premio es aquella falda tan mona que viste semanas atrás con brocados en los bajos y que sobrepasaba los límites de tu tarjeta de crédito. La quieres. La necesitas. Le haces la mirada del tigre a la mujer que corre a tu lado y te mira las caderas. Ella también gasta la talla 42. Esto no tiene buena pinta. Tu contrincante derrapa hasta la falda. Tú te abalanzas sobre ella. Chocáis. Ninguna de las dos gana la competición. Es un triunfo del sistema que te arrastra a las trincheras del consumo desenfrenado y hace que practiques tu mejor esprint para comprar una prenda de saldo, con la cremallera rota, por un precio muy superior al que tiene ahora.

Por lo menos, no estás sola. Has venido con un grupo de amigas que también están entrenadas para el evento. A una de ellas no le han dado el ascenso que esperaba en el trabajo y necesita un premio de consolación. Así que hoy toca divertirse y sentirse guapa, aunque tengas la regla y te veas hinchada. Nunca se falla a las amigas. Tampoco se falla a las rebajas. Es el ritual. Te miras en el espejo del probador y te ves los muslos enormes. Piensas en la amiga que se ha quedado en casa porque no le gusta comprar ropa. Las otras compañeras del grupo le quitan importancia. "Es que ella no es femenina, le gusta ir casual", dicen. Tampoco tienen su talla en las tiendas a las que vamos, piensas.

Si no vas a esa cita, estás fuera del grupo. Lo sabías, antes de renunciar a acompañarlas aunque hace seis meses que necesitas pantalones. Solo tienes dos y los has remendado ya tres veces. La que te hace los arreglos te ha mandado a freír espárragos. Pero es que ir de compras te baja la autoestima cuando no encajas en las prendas. Así de crudo es. Tengas el cuerpo que tengas, si las medidas o las formas de tu cuerpo no se ajustan a las prendas, no encajas en el sistema de género. Resoplas ante el espejo de tu habitación. Recuerdas al hombre vestido de Gucci que hace dos días, miraba tu ropa holgada y le decía al de al lado: "Algunas mujeres no cuidan su feminidad en absoluto".

Los medios de comunicación te dicen lo mismo. Todas las mujeres triunfadoras que aparecen en la tele y en los anuncios realzan su silueta, combinan los colores "con gusto" y llevan siempre las bragas y el sujetador a juego. Encima, les sobra tiempo para brillar en su vida profesional. Tú también quieres ser una mujer de éxito. Por eso, te arreglas para tu primer día de trabajo. Te pones las prendas que adquiriste en las rebajas y te sientes satisfecha delante del espejo.

Durante el almuerzo, tus nuevas compañeras te cuentan detalles sobre la gente de la empresa. "Las que están ahí sentadas son las del grupo de las guapas. Aquí, todo el mundo las llama así porque siempre van muy bien vestidas. No son como nosotras, que nos preocupamos por otras cosas". Te miras de arriba abajo. Has tardado media hora en vestirte. Al salir del trabajo, vuelves a la tienda a por más ropa.

Eres de las que se preocupan por otras cosas, así que te sientes a gusto con tu estilo casual. Pero cuando sales del probador, tu compañera te mira como si hubieras cometido un crimen de odio contra los colores de tendencia. ¿Marrón con negro? Con lo guapa que eres y n o te sacas partido. Ya verás. Coge esos jeans, ese crop top, y ponte esos pumps que te realzan el culo. Ahora sí. Te sientes disfrazada y caminas como si aguantaras un huevo entre los muslos. Pero eres "lo más" y hasta la dependienta, que lleva tres horas doblando prendas mezcladas en una pelota gigante de ropa, te felicita. No sabes si lo que te has probado te gusta del todo. Te miras en el espejo por delante, te das la vuelta, te agachas un poco. La dependienta se te acerca. Si no estás segura, da igual. Llévatelo. Total, por ese precio... Al final, durante las rebajas, no hace falta ni ir al probador.

Desde dentro, mientras vuelves a ponerte tu ropa, oyes la conversación entre dos hombres. "¿Has visto a esas dos tías que corrían por una falda en la entrada? Están todas locas". Avergonzada, agachas la cabeza ante el espejo y colocas, una a una, las prendas que te has probado, sobre su correspondiente percha.

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